Una de las cosas mágicas de la literatura es que te adentra a mundos que de otra manera no tendrías oportunidad de vivir. También te da personajes inolvidables, ya sea porque los amas, o porque el odio te hace recordarlos cada vez que te dicen el título del libro en el que habitan.

Me pasó con Emma Bovary y la antipatía feroz que me producía. La novela Madame Bovary de Gustave Flaubert (1821, Francia) la leí muy joven, tal vez ahí está la razón. Tenía apenas trece o catorce años llenos de libertad para escoger, en un mundo donde podía decir lo que pensaba con comodidad y alegría, y claro que la aborrecí. Cada uno de sus suspiros, de sus decisiones, de sus anhelos y de lo que para una adolecente privilegiada parecían errores. No podía creer que fuera tan infeliz, no podía admitir el curso de sus acciones. No aceptaba que simplemente no se fuera, que hiciera su vida lejos de lo que le fastidiaba. Me molestaba que no viera lo mucho que la amaba Monsieur Bovary.

Ahora que vuelvo a leerla, sé lo importante del contexto, de la maduración como lector, de la importancia de releer, para reencontrar y reconocer la historia y no sólo disfrutar una novela apasionadamente como lo hace uno en la primera adolescencia, sin más.



Fragmento manuscrito de Madame Bovary, de Gustave Flaubert

Gustave Flaubert nos regala una protagonista tan entrañable que sigue viva a pesar de los siglos. Nos hemos acostumbrado a hablar de ella como si hubiera existido, como si formara parte de nuestra cotidiana lucha. Emma es una mujer de su tiempo, como se dice por ahí, llena de necesidades, pero muy irreverente para aceptar que eso, que nada más eso que vive, sea todo lo que puede hacer. Y de ahí esa búsqueda, triste me parece ahora, sin esperanza.

Una protagonista que anticipa, que grita esas necesidades que cada mujer tiene sin importar la época. Aquí lo lamentable son las condiciones terribles de encierro, porque no es físico, sino emocional. La falta de posibilidades, la subyugación a las leyes del hombre, la falta de conocimiento y, sobre todo, la necesidad de ser.

Ya no es libertad, ni rebeldía, simplemente las ganas del ser humano por ser lo que su esencia le pide. En el caso de Emma la ansiedad por las fiestas, los vestidos lindos, las pasiones, traduce las ganas de estar vivo, de no sentir que eso que se vive que es una rutina, de no saber que el amor no existe, de olvidar que se es un objeto “hermoso y gracioso” en casa.

Dice Vargas Llosa que “el drama de Emma es el abismo entre ilusión y realidad, la distancia entre deseo y cumplimiento”. La ilusión de su juventud que creía que con el matrimonio resolvía, pero la realidad la golpea una y otra vez, y no logra conformarla, al contrario, la vuelve un ser desafiante, hasta que termina con ella.

La novela narra la historia de una joven que se casa con un médico apagado y simple, que, debido a ello y sin querer, desata la ansiedad de Emma por vivir grandes pasiones, se cree que también tuvo que ver en ello la lectura de obras sentimentales. Así, al no tener esas exaltaciones, se decepciona de la vida real y sueña con la llegada de un héroe romántico. A partir de esto, se habla del bovarismo o ese estado de insatisfacción crónica producida por el contraste de sus ilusiones y la realidad.

Pero Madame Bovary va más allá de ser enmarcada en un mero síndrome. Además de la “pureza gramatical” con la que Proust alabó el estilo de Flaubert y de lo obviamente poético de su prosa con la que la narrativa adquiere un nuevo lugar dentro de la literatura, tenemos la visión de lo femenino que también es impulsivo, egoísta, imprudente, caprichoso y sensual, todos esos adjetivos que se han tenido que esconder durante mucho tiempo, y trastocarlos en amabilidad, generosidad, prudencia, y un largo etcétera de cosas lindas para el hogar.

Madame Bovary es un relato sobre el idealismo, el sentimentalismo, lo cotidiano, la libertad, la locura, el ahogo, en fin, es una novela cuyo retrato de la realidad logra entrar en la psicología de los personajes, incluyendo los meramente de paso. 

Me reconcilio con Emma, con época, con sus pasiones, con su locura quijotesca, con las mentiras y embrollos que no logran sacarla de la aburrida existencia que les ha tocado a tantas mujeres como ella, sin oportunidad, atrapadas en la pasión, en la violencia y la muerte como única solución.

Fotografías: Internet


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).