A los seis años escuchas un relato sobre un hombre de una flacura exageradamente superada por la del caballo en el que iba montado, con su mente en otro momento de la historia y una facilidad verbal que podía convencerte de ver gigantes en vez de molinos.

A los diez años lees el fragmento de un libro que habla de la fragilidad de un hombre de cristal cuyo cuerpo se rompe al contacto con la menor realidad y recuerdas, porque entonces ya conoces la locura de cerca representada en tu vecino Rafael, que la línea entre la cordura y la demencia suele ser tan frágil que basta el soplo de una inspiración repentina para hacerla saltar en astillas vidriosas que jamás se volverán a unir.

A los trece años el discurso oficial y adulto con el que te entregan el libro más gordo que hayas visto; arenga llena de espesas palabras recordándote lo ignorante que eres en tu ser adolescente, más preocupado por grabar canciones de la radio que en tu mente el discurso del profesor que tienes enfrente. Dice que lo que leas jamás lo entenderás porque tu vocabulario dista mucho del ser el del libro, pero aun así, maravilloso fascismo de la secundaria, tendrás que leerlo, hacer resumen, explicarlo, y utilizar las palabras del autor en el examen más pesado de tu vida. Cada una de las letras de ese libro se extienden en una línea sin fin; obligadas por la premura se alargan hasta la incomprensión total, hasta ese lugar de la memoria que no guarda un solo párrafo obligatorio.

A los veinte, husmeas en biblioteca ajena. Las ilustraciones del libro que tienes en las manos te traen un vago recuerdo de noches de campamento, un tío que va hilando historias hasta que el fuego se extingue. Descubres que no era inventor de cuentos, sino lector del libro que te has llevado prestado y lees porque es en el final donde consigues encontrar el principio de una historia propia, la motivación que te llevará a perseguir tus sueños a pesar de las voces que murmuran queriéndote hacer ver la realidad, seca y llana.

A los treinta, no sólo los gigantes se volvieron molinos, ni la princesa una mujer; la vida te ha quitado el idealismo flaco que sube a los hombres al corcel, que convierte tus palabras en flores arrojadas cual dones sobre imaginarios pueblos. Te vuelves rotundamente práctico. Te obligas a esconder todo aquello que pudiera llevarte de nuevo a la búsqueda de los leones, a hacerte parecer un loco montado en una utopía de ideales noblemente humanos. Y te alejas, cada vez más de aquella lucha contra tu antiguo soñador, pero no de vanas esperanzas, sino de humanos proyectos que aparentan inmadurez, pero esconden una sana moral, una profundidad del alma que no tiene que ver con ninguna religiosidad, sino con el reconocimiento de lo que es el ser verdaderamente humano.

A los cuarenta logras terminar de leer El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primero como una fábula jocosa, una serie de relatos que se encadenan a manera de sátira, pero entendida como un gran chiste por el niño que eras; cuentos para hacerte dormir con la sonrisa en los labios y el alma en paz, porque algunos locos son inofensivos y no buscan molestar a los vecinos trepando azoteas, sino que esperan ayudar al prójimo a través de su quimeras. Después te conviertes en el caballero de la triste figura cuando pretendes salvar a la humanidad, cuando los obstáculos se te presentan más grandes de lo que son y corres a terminar con ellos, cuando tus ideales son tan irrealizables como los del Quijote y la voz de tus escuderos actúa únicamente como el empuje que necesitas para proteger y librar no importa qué mientras sea algo tan noble como  desinteresado.

Finalmente, una forma literaria que te seduce: relatos dentro del relato, personajes que se saben seres literarios y como tal viven una existencia basada en los riesgos de lanzarse a defender ideales, conociendo de antemano que la muerte no ronda por sus aventuras, sino hasta el momento de cerrar el libro de la existencia que ellos mismos escribieron a través de la pluma de Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547), quien, al advertirnos contra los libros de caballería, realizó una de las mejores novelas filosóficas en lengua española de todos los tiempos. 


Foto de Leah Kelley en Pexels

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).