En realidad no pasa nada: la historia, de hecho, ni siquiera está escrita todavía. Lucia Berlin

M

Lo primero que hace al pisar suelo español es cagar. En cuanto sale del túnel y aparece la maleta, corre. Le abren las puertas de par en par y corresponde ensuciándoles el baño, tapándolo, pervirtiendo el agua cristalina del manantial de esa hospitalidad. Ríe. Se sube los pantalones, agarra la maleta y atraviesa Barajas hasta el metro.

 

A

Un cigarro no le vendría mal

Pero por ningún lado ve dónde comprarlo. Se imagina el negocio redondo que sería venderlos sueltos, como allá en su país, en plena calle. Pero lo único redondo esta vez es la rotonda que tiene enfrente. Las glorietas pertenecen a otra variante, casi otra lengua, así que las rotondas aquí se designan con esta palabra circular, y se pregunta si no sería buena idea, ya, que los narradores hicieran ficción con las variantes y acentos de una región distinta a la de la lengua embalsamada de todos los días. Pero por algo será que las buenas ideas le sacan la vuelta a los idiotas, se dice, mientras recorre el perímetro de esta rotonda hasta decidirse por cualquier calle sin saber si se aleja, o vuelve.

 

D

¿Bienvenido?

Sigue la rosa hasta llegar a Nuevos Ministerios. Luego agarra la línea gris, que se entretiene mordiéndose la cola, y lo lleva a la Estación Sur. Tiene algunas horas libres antes de que el autobús salga así que deja la maleta en la consigna y se va a vagar por ahí.

Una cerveza en la mano lo acompaña por esa primera calle larga que se desenrolla a sus pies como una alfombra fina. Las calles iguales unas a otras van cobrando identidad y por ahí florece aquel edificio espléndido que le ilumina la cara con su gigantesco arco de luz. Se detiene a contemplarlo mientras la alegría de estar en otro sitio le abre un tajo en la cara. Alguien más, atraído por el privilegio que supone aparecer en la ficción escrita por otro, se para junto a él. El arco une los dos puntos desempeñando ejemplarmente su tarea. ¿Qué lugar es éste en el que sólo está de paso? El otro, acaso una silueta negra recortada contra la luz del fondo, se lo dice, pero como no lo puede creer hace una segunda pregunta a la que el otro responde con un sí, la Atocha de los atentados. Se ríe sin saber bien por qué. Cuando le pasa por la cabeza la posibilidad de que reírse de los muertos ajenos sea una grosería, el otro también se ríe. Tranqui: no pasa nada. El reloj de la torre dice que la madrugada está cerca así que él decide seguir y salirle al encuentro. Ya habrá tiempo de saber cuáles son los muertos de los que está bien reírse y de cuáles no.

Bienvenido.

La amplitud de las avenidas lo complace. Como cualquier ciudad que valga la pena recorrerse de madrugada, y a pincel, la calle está viva y habitada por insomnes que solitarios o en grupo van de allá para acá mientras hablan o ríen de cualquier cosa. Por la hora él sabe que es el momento propicio para hacerlo. Hablar y reír de lo que está prohibido reír y hablar es potestad de quien da saltitos a ambos lados en la frontera entre un día y el otro.

Un cigarro no le vendría mal.

Pero por ningún lado ve dónde comprarlo. Se imagina el negocio redondo que sería venderlos sueltos, como allá en su país, en plena calle. Pero lo único redondo esta vez es la idea que tiene mente.

Cuando escapa al fin del circunloquio entra a un bar. El hambre es el hambre y él aprovecha la inteligibilidad de este hueco en la panza que a diferencia de otros se sacia con cualquier cosa. Su primera cena en Europa no puede esperar más. Entre una botella de cerveza y otra aterriza el plato grande de carnes, quesos y galletitas crujientes. Provecho. La carne chiclosa y el queso amargo no son exactamente una novedad pero siempre maridan bien. En un rincón, al fondo, está la maquinita de los cigarros y él elige los de siempre. Una plática breve pero sustancial sucede con las dos mujeres de edad en la mesa contigua cuando les pide un encendedor. Salen para fumar y para hablar mal del Real Madrid: en especial de Hugo Sánchez. El Wanda desafortunadamente queda por allá, lejos, y hace frío así que será en otra ocasión. Vuelven. Él se acaba eso que llaman fiambres, paga, y muchas gracias.

Bienvenido a Madrid.

¿Qué lo ha traído hasta acá? Un avión. La cópula de mamá y papá: su negligencia. También su dinero. Y esta ficción que, como cualquier otra, tiene que empezar por algún sitio y ha decidido hacerlo con él, un sujeto equis que algún motivo tiene, pero que es demasiado pronto para saberlo. No obstante, algo se les puede adelantar: cuando el manual diga que toda ficción contiene una obsesión o un enigma, tómenselo con calma. Es sólo el manual hablando de sí mismo.

Al regresar a la estación, él ve a otras y otros, con maleta y todo, esperando no sabe muy bien qué. ¿Será que algo anda mal? Va hasta la puerta, muestra su boleto y la cosa de la consigna. Por la hendidura entre dos hojas de vidrio deslizables, un gordo adormilado y con chaleco fluorescente le dice que no se puede entrar; que no todavía; que sí, que todo tranquilo, pero que será hasta las cinco que las puertas se abran. No mamen. Otras, otros, y ahora él, esperan a que el reloj monumental en la pared haga lo que sabe hacer.

Unos duermen sobre cartones o directamente en el suelo. Algunas lo hacen en las bancas. Él se pregunta qué sueños engendrarán unas y otros, pero el silencio es la única respuesta. Vale. No pasa nada: en el peor de los casos sólo se trata de otro mal sueño. Hace frío y hay gente que duerme en la calle, pero nada más. Esto no es nuevo. Él tendrá que esperar a la intemperie, como hace mucho no lo hacía, pero no pasa nada. Vale. En un descuido podrá colgarse de las manecillas del reloj y hacer que el futuro apresure sus pasos. Lo bueno es que eso que su mano acaricia en la bolsa de la chamarra son los bordes y las puntas afilados de la cajetilla de Marlboros. Además, hay con quien fumárselos y arbustos por si ya no aguanta las ganas de mear.

Bienvenido, entonces.

 

R

Tenía que ser vato: el manual.


I

Su cabellera es negra y rizada. Los ojos grandes y las anchas fosas nasales lo miran mientras la sonrisa vigorosa se va abriendo paso en el mar de anonimato que supone el rostro de aquellos a los que no conocemos. La madrugada cabe entera en el hueco entre los dos incisivos.

Él saca los Marlboro, abre la cajetilla y la pone a su alcance. Ella acepta y con esa inclinación lateral de cabeza lo invita a sentarse a su lado. Le dice un nombre y el de su lugar de origen. Ella también tiene un nombre y ha venido de algún lado. Ninguno es capaz de ubicar el país del otro pero eso no les impide decir cosas amables sobre esos lugares lejanos y que suenan exóticos. De la bolsa del abrigo ella saca el encendedor. Él se recarga y sube un codo en el respaldo mientras ella, aislada a media banca, mantiene la espalda recta y las piernas juntas igual que una niña obediente. El fuego vivo de sus manos se acerca al rostro de él en el que fugazmente aparecen unos rasgos prescindibles que de inmediato se hunden, uno y otro, como en una balsa recién atravesada por un arpón. Ella enciende su propio cigarro y antes de guardar el encendedor, se le cae de las manos. En el suelo, junto a sus pies calzados en esas botas de plástico, tiene una bolsa grande del Corte Inglés en donde dormita su ropa doblada y algún sueño que aún cree en el mañana.

La edad, los años, no se le notan. Él se lo dice y ahora el vigor de la sonrisa se lo dedica, entero, a su persona. Las historias, sus risas y los silencios van envolviéndolos en una membrana espiral que los protege del frío y la orfandad, pero los deja indefensos frente a la naturaleza cíclica de las cosas. No pasa nada. El humo del cigarro y el vaho de las palabras dan giros placenteros antes de apagarse más allá de la luz de la farola. Limpiar baños es su trabajo y hacerlo ya en otra ciudad es lo que tiene a esta mujer aquí. La nariz larga de Madrid va asomándose poco a poco en el horizonte.

¿Bienvenidos?

Eso pregunta ella al tiempo que señala con la punta del cigarro aquel letrero encima de la puerta cerrada. Aquiuuno; que hacia el sur o hacia otro lado, pero que aquiuuno. La tratan como animal; los tratan, dice, mientras lo incluye a él en el círculo que traza con la mano: que por eso mejor ya se va. La hospitalidad, como cualquier virtud, siempre viene de otras manos.

No todo el mundo puede darse el lujo de extraviarse a sí mismo y de salir a buscarse de ciudad en ciudad. Hay quien hace las maletas por razones distintas y que son otras, acaso más urgentes, apremiantes, quizá: comer, sobrevivir, ¿qué tal escapar de aquella cosa, cualquier cosa, que pretenda esclavizarnos? Pero si fuera el caso, se pregunta él, ¿a dónde habría que largarse?

Le avergüenza ser tan como es: ingenuo, aburguesado, tan hijo de mamá. Una gota de agua fría le baja por la espalda. Hace el esfuerzo por imaginar a esa mujer huyendo del hambre o de la ablación, de su isla en el Atlántico; atravesando ese doble abismo que debe ser el mar y la noche, y todo para lograr la hazaña y venir a dar acá, de bruces, contra una taza de baño que a algún idiota se le ha hecho gracioso dejar tapada y embarrada de mierda.

Pero el mundo es así, dicen los que no están interesados en que el mundo sea de otro modo. Es como es, dicen, los que tienen el privilegio de ponerle nombre a lo que es y no es. A ella no le queda más que encogerse de hombros ante la caracterización del mundo que hagan otros y esperar a que abran las puertas para largarse de una vez.

Uno, dos, cuatro, ocho Marlboros y así, en pares, hasta que casi se acaban. Ella se niega a aceptar más y le estrecha una mano entre sus manos. Le da las gracias acariciando vocales y limándole las asperezas a las consonantes. Una ficción con esas palabras siempre suena mejor de lo que es: graucias, perou ia no te queudes sin tus cigaurros. El futuro o el pasado llega y las puertas se abren. Luego de convencerla de que agarre el último para el camino, se abrazan y se dicen adiós.

Antes de abordar él recuerda que tiene que ir por la maleta. Cruza por su mente la idea de dejarlo todo, y listo. Pero no es de los que se desprenden fácilmente de las cosas así que va hasta la consigna, mete la llave en la cerradura y la maleta vuelve a él o más bien él vuelve a la maleta. No puede creer cuánto pesa y se pregunta qué tanto trae adentro.

Es una buena pregunta.


D

Sube al avión de noche y un número de horas incalculables después, o antes, llega de noche a su destino. Como si todo el viaje un gato negro caminara a su lado sobre la barda eclipsando así la luz del día. Intenta descifrar qué es lo que ve desde la ventana del avión. La noche y el mar de noche. Es decir, nada, en especial si el avión se cae y saben nadar. A estas alturas quién es quién: ¿se ha convertido en el abismo que devuelve la mirada o es él quien mira al abismo? Un foco palpita y en su palpitar delinea el contorno de un ala y de una cara que aparecen en la ventana cuando se prende la luz. ¿Cuál de ellos soy yo? ¿Quién es el que lanza esa mirada estrábica sobre el otro? Esa constante del foco que prende y apaga le hace abrigar la esperanza de que no está atrapado, ahí dentro, para siempre. Pero a diez mil metros sobre la gran boca del abismo de qué sirve la esperanza. El avión por fin se cae y sucede que topa con su destino. O es el destino, con su nombre mal escrito en una hoja de papel, quien pasa a recogerlo a lo que ya no sabe si es un aeropuerto, una estación de trenes o de autobús. Es demasiado pronto para saberlo.

Tal vez sólo está soñando otro mal sueño.

Fotografía: Pixabay

VÍCTOR M. CAMPOS es licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y tiene un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad en la Pablo de Olavide. Es cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro, con los títulos La Diablera y otros cuentos (2005), Los Cuentos del Arcángel (2006); además por una docena de revistas electrónicas tales como Monolito, El elefante azul, Interliteraria, etc. Desde 2009 imparte talleres de escritura y actualmente es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual. Nació en la CDMX, en el 76.