Fotografía: Milenio

Hubo un tiempo a finales de los ochentas principios de los noventas en que los talleres literarios eran muy machistas. Al menos en provincia. Ahora no sé cómo sean, ya tiene mucho tiempo que no asisto a uno, pero en ese entonces el coordinador era hombre, el escritor estrella del taller, hombre, las referencias literarias, hombres, y las pocas mujeres que nos acercábamos a esos grupos, algo así como meras espectadoras casi esperaban que fuéramos groupies. Además, destrozaban nuestros textos con críticas feroces, rayando en lo insultante. A algunas señoras las hacían llorar. Para ellos, nuestros temas eran vanos o no aptos para que una mujer escribiera sobre ello. Pareciera que querían quitarnos las ganas de escribir. Tenías suerte si eras guapa, porque era menos la saña y el desprecio.

La ventaja es que en ese entonces yo tenía menos años y estaba estudiando teatro con Rogelio Luévano donde las clases eran severas, peligrosas y difíciles sin importar tu género, así que estaba fuerte ante la crítica. Dejé de ir al taller literario no porque me molestara el trato, sino porque tuve que elegir entre eso y el Diplomado de Arte Dramático, que exigía mis tardes y noches completas. Así que me convertí en la creadora solitaria, aunque sociable si se da la ocasión, que soy ahora. Escribiendo en los ratos que le robaba a los ensayos, o en las madrugadas, o en los camerinos y autobuses.

Esta introducción viene a cuento, porque era muy raro escuchar como referencia, el nombre de alguna autora en aquellos talleres. Yo era la típica joven que tomaba nota de todos los nombres y títulos mencionados. Así, el cuaderno donde guardo esos primeros poemas olvidados está lleno de autores y libros que después me dediqué a buscar en la biblioteca.


Inés Arredondo me cautivó con el erotismo enfermizo de sus narraciones, con sus historias que venían de lo íntimo, del hogar, de la recámara, de muy dentro.

Inés Arredondo me cautivó con el erotismo enfermizo de sus narraciones, con sus historias que venían de lo íntimo, del hogar, de la recámara, de muy dentro.

Uno de esos nombres fue el de Inés Arredondo, subrayado tres veces por ser la primera referencia femenina mencionada. Desafortunadamente batallé para encontrar algo de ella en el pueblo donde viví en ese entonces, nada en la librería, nada en las bibliotecas. Y la autora se convirtió en algo así como un ser mitológico al que me propuse encontrar. Fue dos o tres años después de esa anotación, ya en Xalapa donde pude hacer la lectura de una mujer que desde el primer cuento me atrapó. El libro fue Río Subterráneo en esas cómodas ediciones que de Lecturas Mexicanas hacía el Fondo de Cultura Económica.

Inés Arredondo me cautivó con el erotismo enfermizo de sus narraciones, con sus historias que venían de lo íntimo, del hogar, de la recámara, de muy dentro. Cuentos de amores fuera de lo convencional, valores familiares resquebrajándose, relatos rompiendo lo establecido, traiciones y deseos que me identificaron con esa escritura poética, pero real. Hablar de sexo, orgasmos, abortos, necesidades físicas inmediatas, era posible. Y era también válido hacerlo.

La Inés que comencé a leer, era una mujer sin ataduras ni convencionalismos, de pies descalzos y ropa ligera, pero sin fragilidad en el alma, sin seres vaporosos necesitados de magia; al contrario, sus personajes son salvajes, crueles, incestuosos y contrastantes. Y, lo más fascinante, se llamaba a sí misma “escritor”, otro rasgo en común con mi deseo de ser un escritor, a secas, sin problemas de género.

Inés Arredondo (Sinaloa, 1928), marcó la diferencia con la mayoría de las mujeres de su generación al irse a Guadalajara y posteriormente a la Ciudad de México a estudiar. Fue una niña de colegio acostumbraba a actuar y a declamar. Ya en la Ciudad de México formó parte del grupo conocido como Generación de Medio Siglo. Arredondo puede narrar desde la perspectiva masculina o femenina, sin que se sienta falso o forzado. Su narrativa plantea la relación desigual entre mujeres y hombres, pero no desde una visión de compromiso político, sino desde su visión personal, desde lo íntimo que se vuelve más completo al retratar ambos lados de la desigualdad. Con sensibilidad e imaginación. 

En una clase de Literatura del Norte que tomé vía streaming, Eduardo Antonio Parra dijo que Arredondo era “el cuentista mexicano más grande de todos los tiempos”. ¿Exagerado? Pues les toca a ustedes, queridos lectores, decidir. Nada más fácil que ir a la biblioteca más cercana y zambullirse en el universo de La señal (1965), Río Subterráneo (1978) y Los espejos (1988). 


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).