Con Armando

Abro la ventana y me encuentro con una iluminación dorada. Los techos, la casas, las calles, la plaza que alcanzo a ver, son de un dorado perfecto. Veo su cuerpo en la cama y también descubro la misma tonalidad, el mismo mensaje. Hay mensajes que se escriben justo en instantes como éste. Hay equilibrio, hay armonía, hay una dicha que permite vivir cada cosa, cada objeto. La noche fue fenomenal.

A veces quisiera que el amor se quedara en los besos; vibra cada parte, se eriza la piel, se quiere llegar más allá. Esta vez, dentro de mí se extendió el color dorado. No es la mañana, ni siquiera el sol; soy yo quien lo irradia y forma, en el centro de la cama, el cuerpo que me abrazó, me montó, me embistió hasta corrernos en un tsunami de manchas.

Abro la ventana de par en par para que el color entre y tome como propio cada rincón, cada objeto, cada libro puesto en la mesa. Pero no es sólo el dorado, sino el rojo, el azul, el verde, el amarillo. Miro a mi alrededor y las paredes giran como dentro de un caleidoscopio. El hombre se ha puesto de pie y gira el túnel ¿A dónde se han ido mi cabeza, mis manos, mis piernas, el cuerpo entero? Dentro de este espacio que se angosta, se acumulan el color, las voces, las resonancias de cada reflejo. Me aproximo rápidamente al punto de explosión.   


Imagen de Gordon Johnson en Pixabay

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