Hace poco más de dos años  inicié la aventura de esta columna. La primera de ellas se tituló Lecturas Prestadas, y la idea era hablar de todos esos libros que vamos leyendo porque los tomamos de aquí y allá. Más que libros comprados, son los libros de bibliotecas ajenas, incluyendo las públicas.

He mencionado varias veces en varios textos la biblioteca de mi tío Juan, y hoy voy a volver a hacerlo. Pero no para hablar de un libro en particular, sino de todos esos que encontré, compartí, conversé con él; también incluiré lo que no leí, porque no formaba parte de mi gusto y lo que le fui aceptando en sus recomendaciones, convirtiéndolo en un deleite compartido.

En lugar de hablar de un autor en particular, hablaré de esa persona con la que hice un vínculo especial a través de la literatura, pero no de la impuesta, sino de esa que ves como algo cotidiano. La literatura que forma parte de tu realidad hogareña. Cierto que en casa de mis papás existieron siempre los libros, pero una vez agotadas esas lecturas, era hora de salir a buscar más, de adoptar nuevos en la librería de viejo y de encontrar con quién compartir esas inquietudes, sueños y deseos que dejan los libros en sus lectores.

Al inicio, todavía muy pequeña, ir a su casa era saber que, en algún momento del día, especialmente por la tarde o en la noche (si había piyamada), habría una historia sacada de la Iliada, de la Odisea, de Las Mil y una noches, que nos haría abrir los ojos de asombro y atesorar personajes por el resto de la vida.

Odiseo o Ulises fueron tomando forma a partir de sus relatos, la fantasía de un Oriente lleno del brillo de piedras preciosas se volvió un juego que inventé con ayuda de espejos y algunas piedras de colores simulando los tesoros encontrados en el lago. Y qué decir de la pausa dramática antes de que el cíclope dijera quién le había lastimado el ojo. Los juegos que venían después de las historias del gran Kraken y otros mitos que todavía atesoro.

Después me asomé a los libreros de su casa y pude escoger variedad de historias, sin ninguna restricción de tema o autor. Ya lo mencioné en otra ocasión: bestsellers de Wallace, de Collins, de Robins, de Hailey, de King; clásicos de las Brönte, de Austen, de Wilde.

Podía sentir un guiño divertido cada vez que me comentaba “ese libro es impropio para la mayoría, pero creo que a ti te gustará”, refiriéndose a la apertura de pensamiento que venía arrastrando de mi hogar.

Nuestra relación inició con los libros, y la despedida se dio entre libros. Mi amigo de lecturas fue también mi crítico literario, a quién le agradezco sus palabras para con mi escritura.

Espero haber podido inculcar en otros el gusto por la lectura como lo hicieron, mi madre, por supuesto, y él.

Qué importante es dejar los libros al alcance de los niños, pero más importante hacerse de un tiempo para leerlos con ellos, para compartir un poco de la magia que cada volumen guarda, paciente, en espera de los mentores que lograrán hacer de un libro, no un objeto bonito o pretencioso, acumulable y muerto, sino un estado emocional, una aventura, un secreto compartido, un recorrido, un placer.

Gracias por la lectura, y mil gracias más, por la compañía.

Fotografía: Pexels

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).