Cada vez que me tomo un tiempo para escribir (que ya debo replantearme eso porque esos tiempos se van reduciendo cada vez más) me da una cierta envidia el mundo de la escritora que únicamente se ha dedicado a ello. Como imagino a veces a las Brontë, como lo hace la Allende o como la vida terminó premiando a J. K. Rowling, después del tremendo éxito de su Harry Potter. Pero la envidia no conduce a nada, ni siquiera te otorga tiempo para escribir, así que mejor dejo de desear ser escritora, coqueta y próspera y me siento frente a la máquina, en un caluroso lugar del desierto, con mis realidades que incluyen trabajo (intentando ser próspera), gimnasio (intentando seguir siendo coqueta) y robar tiempo a la realidad para saciar esta necesidad creadora.

De todas formas, las Brontë no estaban tan bien acomodadas en su mundo. Se dice que escribían para no aburrirse, para no sentirse tan encerradas, para un y mil pretextos que han de haber tenido que ver con su situación de mujeres en un siglo en el que todavía se dudaba fueran seres pensantes, o al menos humanos.

Mientras pienso en cómo abordar Cumbres borrascosas, escucho a mi marido haciendo ejercicio en el patio (para seguir siendo coqueto), y pienso que una mujer que escribe siempre está tomando los espacios que se pueden. Luisa Josefina Hernández en una entrevista decía que se levantaba a las cinco de la mañana para poder sentarse a escribir en paz dos horas, antes de que iniciara el relajo hogareño. Yo ahora escribo con relajo o sin relajo hogareño, pero ya por fin tengo una mesa propia (¿tal vez ya soy próspera?).

Pero me estoy distrayendo del asunto. El tema, más que Emily Brontë (Inglaterra, 1818) y su difícil vida, es Cumbres Borrascosas (para variar, publicada bajo pseudónimo masculino) novela que leí cuando estaba en la maravillosa edad donde te enamoras de Heathcliff tal vez por la misma absurda razón que hace a la mayoría de las adolescentes enamorarse del gañán violento pensando que eso es un hombre. O no sé. El caso es que disfruté de la novela no solo como “treceañera” boba, sino que había algo en este contar historia dentro de la historia, en este enredo de personajes con tanta pasión por hacer, vivir y tanto dolor por lo que no se hizo, en este retrato del paisaje yermo, contenido, solitario, que hasta la fecha me hace recordarla como una novela con las fogosidades a milímetros de desbordarse.

Es importante aclarar que no es una novela típica de romance. Al contrario, es una novela oscura, donde los sentimientos no encuentran eco, hay fantasmas. Están los espectros de seres y de las cosas que no se dijeron, de lo que no se expresó nunca, de lo que no se les permitió a los personajes; existe una cargada melancolía por lo no vivido y un odio acérrimo hacia los que pueden amar. Hay violencia en las relaciones personales y hay cero moralinas a pesar de ser la época victoriana, llena de respetabilidad.

La publicación de la novela escandalizó al público y a la crítica de su tiempo. Se le consideró brutal, confusa, amoral, innoble y salvaje. Y la verdad es que así son sus personajes y las situaciones que plantea, por eso es un clásico de la literatura. ¿De qué nos sirven las novelas lindas, sin catarsis, que solo cuentan y no despiertan en nosotros más que aburrimiento? El arte mueve, el arte es catártico. La novela de Emily nos plantea el tema de la venganza, tan humana aunque nos duela, tan absurda sobre todo si se lleva más allá de la muerte.

Foto de Oziel Gómez en Pexels


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).