La nueva casa tenía tres cuartos. Lalo y yo podíamos tomar uno cada quien, si queríamos, pero preferimos compartir el mismo. Él estaba emocionado, a mí me dio un poco de tristeza abandonar nuestra vieja casa. Allá estábamos bien, así, todos juntos y apretujados en un mismo cuarto: papá, mamá, Lalo y yo. Pero papá decía que necesitábamos más espacio con el bebé. A Lalo no le gusta que llame al bebé por su nombre, en realidad no le gusta mucho hablar de él.

A mamá tampoco le agrada este nuevo lugar, lo sé aunque no lo diga, aunque ya casi no diga nada. Desde que llegamos las hojas de los árboles se acumulan en el patio sin que nadie las recoja. La sala está llena de cajas con nuestras cosas; cada que Lalo o yo necesitamos algo tenemos que hurgar por horas hasta encontrarlo. Me doy cuenta de que a mamá le da miedo todo este espacio sin casas y sin gente. La he visto saltar de repente cuando sopla el viento y hace crujir las ramas, pero no grita ni dice diosanto, sólo se lleva la mano al pecho y mira fijamente a la ventana. A mí me dan miedo las sombras que se forman debajo de los árboles por la noche.

Lalo se siente explorador. Desde el primer día no hace otra cosa que deambular por el cerro a espaldas de la casa. Trepa muros de piedra y árboles que se elevan hasta el cielo, tan altos que tengo que gritarle para que me escuche. Entre más sube y se aleja, más rápido late mi pecho.

Papá llega de noche y cansado. Ya no viene a la sala a ver con nosotros las caricaturas. Se va directo a la cama. Mamá recoge el plato intacto y tira la comida en el bote de basura. Ella que siempre nos regañó por desperdiciar. Después se queda horas sentada en el comedor, con la mirada perdida.  Cuando poso mi cabeza en sus piernas, ella ya no escarba en mi pelo con sus dedos tibios. Tampoco viene a darnos las buenas noches cuando estamos acostados.

A primera hora, Lalo sale disparado de la casa, apenas y se pone los zapatos. Yo voy detrás de él, corriendo. Lo sigo aunque no quiero, aunque preferiría quedarme en casa recostado en las piernas de mamá. Esta vez caminamos más que otros días. A medida que avanzamos hace más calor y el cielo es cada vez menos visible entre las copas de los árboles.

Cerca de una roca, parecida a una cabeza gigante, encontramos un estanque de aguas verdes. En la superficie flotan hojas secas, basura y animales muertos. Pájaros, lagartijas, cucarachas, una rata y una ardilla, contamos nueve bichos en total pero se nota que hay más en el fondo, muchos más. Algunos están hinchados y otros podridos con los huesos de fuera. Lalo comienza a tocarlos con un palo y trata de sacarlos del agua. Al moverlos aviva más la pestilencia podrida. Ya vámonos, le digo una y otra vez, pero él no me hace caso.

Continúa removiendo las aguas viscosas del  pantano. Después de batallar durante varios minutos logra sacar a todos los animales y los coloca en hilera en el piso, del más chico al más grande. Si tuviéramos la cámara, me dice. Pero la cámara todavía está guardada en alguna de las cajas que mamá no quiso desempacar. Nos quedamos con las ganas de ver reveladas las fotos que siguen en el rollo.

A diario regresamos al estanque. Lalo se da cuenta que cada día hay nuevas víctimas. Hoy encontramos el cuerpo de un cachorrito de pelaje gris con negro. Es un coyote, dice Lalo. Como nunca he visto uno, le creo.  El estanque está tan oscuro, tan cubierto por las sombras de los árboles, que funciona como una trampa. Los animales caminan tranquilos en la noche, de repente caen y se ahogan. Esa es nuestra teoría. A mí me dan mucha lástima. Se me ocurre que deberíamos tirar la roca encima, hacer que el estanque desaparezca. Pero Lalo dice que así es la vida salvaje.

Trata de agarrar una de las patitas del cachorro, pero está muy lejos. Se estira lo más que puede pero cada que lo toca, el cachorro se desliza más adentro. De pronto, Lalo pierde el equilibrio y cae al agua. Yo estoy a unos metros de él, sentado en el piso. Me levanto de golpe y trato de agarrar sus manos, pero Lalo está muy retirado de la orilla. Da manotazos desesperados, el agua es tan espesa que ni siquiera hace espuma. Me inclino lo más que puedo, pero las rodillas se me hunden en el lodo, siento que también caeré dentro del estanque. Quiero gritar por ayuda pero lo único que hago es lloriquear como vaca. Busco alrededor mío hasta que encuentro una rama. Lalo dura un par de segundos sumergido y me vuelvo loco. Cuando brota de nuevo pongo en sus manos la punta de la rama. Él se agarra y logro jalarlo hasta la orilla.

Lalo tose hasta vomitar, arroja agua verde por la boca y la nariz. En cuanto recupera  el aliento, se pone de pie y regresa al estanque. Yo le digo que no vaya, que por favor ya no vaya, pero él no me hace caso. Toma la vara y con mucho esfuerzo saca al cachorro. Tiene la panza hinchada, la boca abierta y los ojos abiertos. Lalo se queda un buen rato ahí en la orilla, con el cuerpecito del cachorro entre sus brazos.

Esperamos bajo el sol a secarnos de la ropa. Lalo apesta a alcantarilla y no ha dejado de bromear sobre lo sucedido. Yo sigo asustado y cada vez que él sonríe me da mucho coraje. Lo único que digo es que no volvamos nunca más a ese lugar, que deberíamos quedarnos en casa con mamá. Cuando la menciono, él deja de reírse, sus cejas se arrugan, sorbe los mocos y escupe un gargajo. Me llama bebito chillón.

Regresamos a casa cuando el sol comienza a meterse detrás del cerro. Entramos sigilosos para no ser descubiertos, pero mamá está durmiendo en el sillón, acostada de espaldas a nosotros. Papá aún no llega del trabajo. Entramos a bañarnos sin que nadie nos lo pida y después nos vamos a dormir sin cenar.

En la madrugada despierto asustado. Soñé el estanque del cerro. En el centro de las aguas verdes flotaba el cuerpo del bebé: boca abajo y desnudo. Boca abajo como en la tina. Un escalofrío me hace retorcer de pies a cabeza. Abrazo fuerte la espalda de Lalo, pero él me retira a codazos.

Me levanto y voy a la cocina a tomar un vaso de leche. Estoy lloriqueando lo más bajito que puedo, con un sentimiento que escarba en mi pecho y deja un hueco grande, un estanque de aguas oscuras. Al prender la luz veo a mamá sentada en una silla del comedor. Voy con ella, la abrazo y pongo mi cabeza sobre sus piernas. Mientras ella mete sus dedos entre mi pelo, le digo que ayer, cuando jugábamos en el cerro, Lalo cayó a un estanque y estuvo a punto de ahogarse. Entonces ella se levanta de golpe y su rostro me da miedo. La manera en que me mira, como si le hubiera dicho la peor de las groserías.

Va hacia nuestro cuarto, enciende la luz y comienza a zarandear a Lalo. Lo hace tan fuerte que pienso que va a romperle la piyama. No se detiene y a cada rato pregunta ¿por qué? ¿Por qué? Lalo está muy asustado. Mamá grita como si estuviera loca. Entonces me cuelgo de su cintura y ella se detiene. Abraza a Lalo y los tres nos ponemos a llorar.


ROGELIO SILVA. Colima, Col. Narrador y artista visual. Egresado de la carrera de Diseño Artesanal por la Universidad de Colima. Sus textos han sido publicados en diversas revistas literarias como: Revista Himen, Estrépito, Materia Escrita, Retruécano, entre otras. Es autor del libro Anatomía transparente