Circulo de lectura. Twitter.

Ya comenté alguna vez mi visita a los talleres literarios en una remota adolescencia. Ya les platiqué como tomaba notas de todos los nombres y títulos que escuchaba, con el deseo de alguna vez poder conseguir esos textos o leer a los autores, pero sobre todo autoras mencionadas.

También les conté cómo las escritoras que asistían, especialmente las mayores, eran maltratadas por sus contenidos tan femeninos o por sus temas que no gustaban al grupo en general conformado en su mayoría por hombres. Y pregunto ¿de qué otra cosa podemos escribir las mujeres sino de lo que vivimos día a día y desde nuestra muy particular visión y sensibilidad del mundo?

Eso fue a finales de los ochenta. Hoy, tenemos más espacios para que nuestra voz sea escuchada, tenemos lugar donde ser leídas y podemos tratar el tema que se nos antoje.

Y esto viene a colación porque he releído a Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925), esos dos últimos años, aprovechando la facilidad que hay, hoy en día, para conseguir sus libros, incluso en las bibliotecas.


Lo primero que conocí de ella, en esos años de adolescencia, fue su cuento Lección de cocina, porque estaba en una antología cuyo título ya no recuerdo, brillando como un tesoro en medio de cuentos escritos por hombres. Posteriormente leí su novela Balún Canán, recuerdo haberla comprado en una especie de cubículo que había en la Alameda el siglo pasado. Se convirtió en referente inmediatamente. No para escribir como ella, sino para saber que escribir nos está permitido.

Lección de cocina, un texto cargado de ironía respecto a las supuestas funciones femeninas, sobre el encasillamiento que, todavía, se debe soportar en muchos lados. Una mujer de la que se espera conozca en automático como guisar un pedazo de carne, cuando lo único que ella ha hecho antes de casarse (porque toda mujer de esa época se casaba, y ¡válgame!, tenía que cumplir con el protocolo) son tareas intelectuales. La angustia del personaje ante la posibilidad de perder su personalidad, su ser que tanto esfuerzo le ha costado sacar a flote, se disfraza en una historia (que para muchas de nosotras ha sido superada) con gran sentido del humor. Ya no se elige entre la casa y la máquina de escribir (o computadora o pluma) sino que se puede decidir una sola con toda la actitud retadora, o balancear (o hacer malabares con) las dos. ¡Qué más da!

En algunas antologías se ha querido encasillar a Castellanos como escritora indigenista. Nada más equivocado. Es una mujer que escribió sobre lo que vio y vivió en su relación con la gente de Chiapas, con ese mundo que tanto se parece al femenino en su falta de oportunidades, en el ninguneo por parte de la sociedad, pero también en su lucha siempre presente por manifestarse y surgir con todo el poder de una realidad que debe tomarse en cuenta.

Castellanos es consciente en su literatura de una postura feminista, de lucha por los derechos que se tiene a decidir los “no”: no ser madre, no llevar una casa, no casarse, no estar en espera de que el otro resuelva, no aceptar las verdades del “hombre blanco” como la última palabra, no vivir en la miseria económica y espiritual.

Su cuento Cabecita blanca, todavía me produce malestar al releerlo: una mujer de edad madura que sigue fingiendo que todo está bien en la vida, y que cualquier cosa que hagan sus hijos debe aceptarlo como parte de su sufrimiento maternal. Basta de ello, basta de estar esperando que los demás nos saquen de la tortura que nos hemos creado a partir de ciertos convencionalismos sociales.

Rosario Castellanos sigue aquí, para recordarnos que la libertad es nuestra y solo debemos cruzar la puerta con la firme decisión de no regresar a continuar tradiciones que nos enferman.


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).