Imagen tomada de Unir, la Universidad en Internet 

No hay duda de que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra se trata del mejor libro jamás escrito. No por nada es uno de los más traducidos de la historia y, por consiguiente, el más leído, solamente detrás de La Biblia.

Mi propia experiencia lectora del Quijote se remonta largamente a las épocas de mi adolescencia en que una profesora de español de tercero de secundaria nos lo dejó leer completito en unas dos semanas. Mi mamá me compró una flamante edición conmemorativa de la Real Academia Española y Alfaguara por su aniversario número cuatrocientos, en el ya lejano año de 2005. Evidentemente, aquella vez, con poco menos de dieciséis años, apenas empecé algunas páginas y no pude ir más allá.

La primera vez que lo leí entero fue en la universidad, cursaba yo la materia de Siglos de Oro en la UNAM e igualmente se me dieron más o menos quince días para terminar la ardua tarea. En aquel momento, abrumado y lleno de otras obligaciones, con muchas actividades en la puerta, naturales quizás en un estudiante universitario, leí las páginas de Don Quijote con una prisa espantosa y unas ansias supremas por terminar, acompañadas por un cansancio infinito que no me abandonó, tal vez, hasta que me gradué. Fue una lectura forzada por cumplir el trámite y obtener el 10 de calificación, simplemente.

Sin embargo, en aquella ocasión ya veía yo el mérito literario de Cervantes y alcanzaba a dimensionar la importancia enorme de un libro como ese en la historia de la literatura, pero no pude disfrutarlo, sus palabras no traspasaron mi corazón y la memoria de sus anécdotas no permaneció mucho tiempo en mi mente, para olvidar casi por completo el contenido del libro tiempo después. Seguramente, todo ello debido a las circunstancias que acabo de narrar y a una clase en la que el profesor no se detuvo lo suficiente en explicar y hacernos entender lo que realmente significa esa novela extraordinaria; y no es que fuera un mal maestro, sencillamente no era el que yo necesitaba en ese momento para una obra como tal.

La segunda lectura de la historia del Caballero de la Triste Figura llegó alrededor de diez años después, está tan reciente en mi cabeza, que en el momento en que escribo estas líneas no han pasado ni 24 horas de que terminé la última página.

En esta ocasión el profesor era yo, se me encargó por vez primera esa misma materia en que yo leí las aventuras del Quijote y Sancho: Literatura de los Siglos de Oro. Ya desde la planeación de la clase pensé en que le dedicaría a este libro todas las sesiones que a mí me hubiera gustado tener de él y decidí darle un mes entero para él solito, y no es que Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Lope de Vega, por mencionar algunos, no tuvieran su lugar, claro que lo hicieron, pero El Quijote de Cervantes ameritaba su espacio.

Esta segunda vez la responsabilidad fue mayor, porque simplemente así lo demanda ser el profesor, pero toda mi realidad vital era y es distinta ahora, y así lo fue también esta segunda lectura que hice de las aventuras del más famoso y más noble caballero manchego que jamás haya poblado algún libro.

Desde el inicio todo fue diferente, me sorprendí enormemente de lo poco que recordaba al ir recorriendo una a una las más de 1100 páginas de la misma edición de mi adolescencia.

Qué grandes enseñanzas las de este libro que me atrapó en largas sesiones de lectura, imaginando esas bellas aventuras fabricadas por la imaginación de un personaje tan influyente en la cultura universal.

Y es que a pesar de los casi 420 años de vida con los que cuenta Don Quijote, muchas de sus palabras, advertencias y aventuras parecen calzar perfectamente con la realidad de hoy en día. Quedé impresionado con los consejos que ‘el de la Triste Figura’ da a Sancho Panza en la segunda parte del libro, antes de que este vaya a ser gobernador de la ínsula de Barataria; sentía en la voz del Quijote las mismas palabras de mis abuelas dándome consejos a mí cuando era niño, básicamente, los mismos que podríamos dar hoy a cualquier persona: tener modales, tratar bien a las demás personas sin importar sus cargos, actuar con justicia, equilibrio y, en casos requeridos, con misericordia.

Además, el ramillete de mujeres empoderadas (a su manera) que aparecen en distintos episodios de la novela es digno de mencionar: Marcela, la pastora que decide vivir por ella misma, independiente y sin necesidad de marido, o las desdichadas: Dorotea, Lucinda, Clara y Zoraida, todas ellas dispuestas a arriesgar su honra en pos de conseguir el amor que su corazón anhela y, entre algunas otras como Altisidora, Doña Rodríguez o Ana Félix (quien se disfraza de hombre y capitanea un barco lleno de turcos hasta las costas de Barcelona), la que más me llamó la atención fue Claudia Jerónima, la única de todas las anteriores que toma un arma en sus manos y mata al hombre que la ha ofendido. Qué adelantado a su época Cervantes.

Igualmente, hay que repasar los extravagantes nombres de imaginarios gigantes como el de Caraculiambro, Pandafilando el de la fosca vista o Manbruno; a quienes acompañan los de los encantadores Frestón, Urganda o Radamanto. Son ellos los más fieros enemigos de nuestro andante caballero y los habitantes más despiadados de los desvaríos mentales del ingenioso Don Quijote.

Y así, entre duques desgraciados, refinados señores, campesinos ingenuos y una gran cantidad de personas de todos los oficios y profesiones imaginables en la época, con los que convive el manchego más famoso de la historia, hallé un relato tan potente, divertido y conmovedor que he quedado deslumbrado, tanto, que en esta segunda visita a sus páginas, mi visión de esta historia es completamente diferente a la anterior.

Lo anterior me da para pensar que no todos los libros son para todos los momentos y que me regocijo enormemente de que Don Quijote haya vuelto así a mi vida, ahora, para poder enamorarme de él y no olvidarlo nunca, y como dice Antonio Moreno, personaje que aparece en los capítulos finales:

¡Oh señor –dijo don Antonio– Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No veis señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? (Cervantes, 2005: p. 1049).

Concuerdo con él: que nadie nos cure a Don Quijote nunca, que sus locuras sigan siendo leídas por las generaciones venideras y que, todo aquel que quiera imponer la razón sobre los sentimientos, recuerde que el jinete de Rocinante y eterno enamorado de Dulcinea, vivió y fue feliz con la sola emoción de creer en aquello que deseaba, aunque fuera de manera imaginada, situación que remite a una de las más grandes preguntas existenciales: ¿qué es la felicidad? Yo creo que Don Quijote nos responde cabalmente desde su locura: momentos, instantes que si no hacemos nosotros por nosotros mismos nadie habrá de fabricarnos.

Así que si tú, lector, estás entre aquellos que medio leyeron El Quijote en la escuela o que lo leyeron de mala gana y lo terminaron por obligación, para después refundir su tomo en las profundidades de un estante polvoriento con el deseo de olvidar con rencor siquiera haberlo abierto, recomiendo que le des una segunda oportunidad, y sin presiones ni dolores te dejes envolver por uno de los textos más bellos que existen en el mundo y si, por el contrario, eres un lector por cuyos ojos no han pasado nunca las páginas de este libro, aprovecha esa hermosa oportunidad de oro y sumérgete en las aguas de este libro gozoso sin prejuicios; porque aunque han pasado más de cuatro siglos desde su primera publicación, estoy seguro que ha de ser una experiencia que, además de satisfactoria por su envergadura, quedará en tu memoria para siempre.

Referencia bibliográfica

Cervantes Saavedra, Miguel de (2005) Don Quijote de la Mancha. Madrid: Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Alfaguara.

FEDERICO CENDEJAS CORZO. Colaborador en diversos medios escritos electrónicos e impresos como las revistas Etcétera y Pálido punto de luz. Profesor a nivel medio superior y superior, actualmente catedrático en el CUIH y el CUMP. Doctorante en Humanidades (en el área de Literatura) en la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa). Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Licenciado en Comunicación por la Universidad Anáhuac.