Los niños sin bautizar se van al limbo, dice la señorita Esther mientras acaricia con su arrugada mano el crucifijo que pende de su cuello. Heriberto la oye vagamente, distraído por una hebra de sol que se desliza a través de la persiana, cruza entre los bostezos de sus compañeros de catecismo y termina posándose en un rincón colmado por viejos santos de cerámica. Las almas de esos niños no conocen la gracia del Señor: sus padres no los han guiado a los sacramentos; son almas a medias, como las de los animalitos, continúa la catequista, su mano inquieta pasa de la cruz al ajado vestido marrón como un bicho rastrero. Por eso es importante que ustedes cumplan con los sacramentos; si no hacen su primera comunión también podrían terminar en el limbo, su voz gana fuerza, enardece. ¡Imagínense!, algo les pasa pronto, Dios no lo quiera, y terminan sus ánimas salvajes flotando ahí, ¡entre almas de perros! A ningún lado fijo apuntan los desasosegados ojos de la señorita Esther, pero Heriberto sabe que se está dirigiendo a él y de repente lo asalta aquel mal sueño de una noche cercana. Su padre y su hermano cargaban con un pequeño ataúd a lo largo de un sendero delimitado por soldaditos de plástico, coloridos dinosaurios, luchadores de brazos extendidos: todos los juguetes arrumbados en una caja de cartón que él abre cada vez menos y solamente cuando nadie puede verlo. Al final del camino esperaba su madre cruzada de brazos, como impaciente por lidiar con un engorro. No había en su cara rastro de lágrimas, ni el menor dejo del llanto cascada que desbordaba sus manos semanas atrás, cuando se enteró de la muerte de su padre y le prohibió a Heriberto ir al velorio y después al entierro porque no son ceremonias para niños, tú te quedas en la casa. Su padre y Javier llegaron hasta ella, se detuvieron un instante para que diera un último vistazo dentro del ataúd y después lo dejaron caer en un hoyo a la medida. Entonces Heriberto pudo ver que el contenido del féretro era su cadáver y que alrededor había decenas de fosas ocupadas por gatos, perros, racimos de blancas liebres resaltando contra el lodo. Su familia abandonaba el cuerpo en ese cementerio de mascotas luego de cerrar la caja y echar encima un poco de tierra con los pies: tres espaldas alejándose deprisa, en medio de risas despreocupadas, bajo la noche porosa. La catequista sigue arrojando palabras como montañas. Habla de la eucaristía, de recibir a Cristo, merecer el reino de los cielos. El aliento de abril ya envuelve el cuarto, la mañana amarilla se derrama sobre los niños. Empapado en sudor dentro de la chamarra gris plomo que su mamá lo obligó a ponerse contra toda protesta, Heriberto se imagina cubierto por un blanco pelaje, la boca vuelta hocico respingado, las orejas largas y puntiagudas: indefenso animalito. En su mente se agolpan las escenas de la pesadilla, atropellándose con las que el sermón evoca. Tarda varios segundos en notar que los otros niños ya guardan sus cosas, arrullados por la voz ahora suave, casi susurro, de la señorita Esther: aprendan el credo de memoria para el próximo sábado; no quieren ser iguales a los animalitos. Su lánguida mano yace sobre el crucifijo como descansan algunas alimañas tras aguijonear a sus presas.



De camino a casa Heriberto muerde su puño. Si despega sus dientes de los nudillos va a reventar en gimoteos frente a quienes pasan por la calle. Así ocurrió cuando la muerte del abuelo: sus padres se fueron al velorio girando la llave en la cerradura desde afuera y Heriberto aflojó la mordida, cediendo al lloriqueo, aventándose a puntapiés sobre aquella puerta tan irremediablemente cerrada. Lloraba menos por tristeza que por rabia; quería vestirse de negro, poner su gesto más serio y recibir el murmullo solemne de los pésames, tal como había visto en algunas películas. También las lágrimas que apenas puede contener mientras camina están impregnadas de rabia. Sintió su sabor agrio cuando se negó a jugar con los otros niños, terminando el catecismo, y ellos contestaron al rechazo con un manojo de apodos: tapón de alberca, enano, chingaderita. Después la señorita Esther lo retuvo: ¿cómo te vas a ir solo?, tus papás no me avisaron. De nada sirvieron las explicaciones de Heriberto, mi mamá está ocupada, vivo aquí cerca; ella lo veía con una sonrisa condescendiente sin soltarle el brazo. Así pasaron veinte minutos mientras esperaban que los padres recogieran a sus hijos. Cuando por fin se llevaron al último niño la catequista llamó por teléfono una, dos, tres veces hasta encontrar respuesta. A mí nadie me avisó, señora, todavía está muy chiquito para andar solo, decía la señorita Esther y lo repasaba con la mirada, como reafirmando sus palabras en la brevedad de ese cuerpo tembloroso, harto de sentirse tan niño. Tras colgar el teléfono lo dejó irse a regañadientes, mascullando su indignación. Y ahora Heriberto gira en la esquina de su cuadra, concentrado en aferrar su puño con la mordida, agotar los pasos que lo separan de su cuarto, llegar a la cama donde al fin podrá desplomarse y empapar de coraje la colcha. Cruza la calle sin oír el carraspeo de un motor acercándose, sin ver la camioneta que frena de golpe, con un rechinido, a un par de centímetros de él. Entonces se vuelve hacia el cofre que sopla su aliento tibio, se aparta del camino pinchado por un escalofrío, la vergüenza de ser tan niño y recordar, siempre a deshora, la voz severa de su padre: mira a los dos lados antes de cruzar. De la vagoneta sale un fíjate, escuincle pendejo. Heriberto la ve arrancar de nuevo; el rótulo azul marino en la portezuela: Renta de sillas y mesas Sandoval, se torna cada vez más borroso a través de la distancia y las lágrimas que brotan por el susto sin puño que pueda ya contenerlas. Camina con ansias de esconder el llanto: nunca ha visto llorar a su padre; su hermano, Javier, no llora desde hace años, cuando sus peleas de patio desembocaban en juguetes rotos y pequeños moretes. Camina varios metros, hasta que ve la vagoneta estacionada ante la casa de su vecina Tere. Dos hombres se apean y, mientras uno toca el timbre, el otro empieza a bajar sillas con pesadez. Tere sale de su casa acompañada de Rufo, su inquieto beagle, todo ladridos y volteretas. Surca el jardín abierto haciendo suaves ademanes a los hombres, como indicándoles donde acomodar las mesas. Reflejos de sol latiguean contra las patas metálicas de las sillas y rebotan hacia la cara de Heriberto, encandilándolo. Ya no llora, y sin embargo permanece quieto: lo paraliza la idea de ser visto por su vecina, delatado por la impronta fresca del llanto. Ella bailotea en su jardín, junto al parterre de violetas. Atrae las miradas de los hombres que buscan sus piernas lechosas bajo la falda carmesí. Heriberto imagina que esas miradas dejan una mancha rojiza a su paso por la piel de Tere, como el rastro de las orugas en las hojas. Su vecina orbita alrededor de un espigado cactus. Heriberto la encuentra repentinamente alta y se sorprende por lo largo de su cabello, la intrincada coleta donde antes se revolvía una melena corta, sus movimientos de espuma en vez del viejo andar a tropezones. Siente entonces una súbita ansiedad, un extraño hervor en el estómago. Piensa en la imagen del cielo llenándose de nubarrones sobre una alberca de hotel cuya agua se enfría aprisa; los domingos terrosos en los que de pronto recuerda que su mochila está repleta de tareas; las cascaritas de futbol en la escuela, interrumpidas por el timbrazo como bramido de un enorme animal a punto de devorar el recreo. Piensa en un atardecer denso, inminente. Desea llevarse a Tere a su propio jardín, donde los barrotes la protejan de miradas; invitarla a un juego perpetuo: estropear con un chorro de su pistola de agua el maquillaje que atisba en su rostro. Pero ella está envuelta en risas bajo la sombra del duraznero con el más joven de los empleados, sin notar que el otro, brusco, descarga mesas y sillas y arruina su jardín a manotazos como caricias brutales. Del rosal y las gardenias se desprenden pétalos blancos. Nada puede hacer Heriberto sino esperar, quieto e invisible, aunque lo quema el sol y se ahoga en el grosor de la chamarra impuesta por su madre. Espera durante minutos que se estiran con lentitud hasta bordear el mediodía y de repente ve cómo lo reconoce el beagle, cómo menea la cola y se dirige hacia él igual que los ojos de su vecina. Instantes después Tere se acerca mientras él esquiva los efusivos saltos del perro y se enjuga las huellas húmedas del llanto con una manga. Tere dice hola y Heriberto responde con un balbuceo, sorprendido por la gravedad que ha ganado la voz que lo saluda. Se anudan en su memoria escenas efervescentes: el subibaja y el pasamanos, el parque próximo donde jugaban apenas unos meses atrás, las manchas de chocolate en sus camisetas, las jadeantes carreras en patines. El tiempo le parece una sustancia elástica. Tere le dice que en la noche tendrá una fiesta por sus catorce años, con sus amigos de la secundaria, y que debería ir. También, de hecho, invito a Javier. Heriberto promete que sí, claro que irá, ¿a las siete?, pero no, niño, es muy temprano, a las nueve empieza, ríe Tere. Emana de su piel un vapor de menta. Él la contempla sin decir nada, embebido por sus gestos. Le dolió la palabra niño. Hay un silencio gelatinoso que Tere parte con un beso fugaz en la mejilla y un adiós, al rato nos vemos. Heriberto se desase de la chamarra plomiza y reanuda su trayecto a casa. Detrás de él va Rufo fisgando entre arbustos, alzando la pata aquí y allá, siguiendo su recorrido de costumbre por la cuadra.


Heriberto mira el anochecer por la ventana de su cuarto. Apenas hacen daño a la espesa penumbra los dos faroles que todavía funcionan en la calle. Por esa misma ventana va a fugarse en cuanto sus padres salgan a la acostumbrada reunión de los sábados. Lo decidió cuando mamá le dijo que las fiestas a las que invitan a Javier no son fiestas para él, que Teresita es muy buena niña, ¿o era?, pero ha visto a sus amigos tomando en la banqueta de su casa y no, no, no, tú estás muy chico. Un montón de noes apiñados hasta formar una pesada puerta cerrada desde afuera y que, a diferencia de la ventana, jamás iba abrirse. No buscó permiso en su malhumorado padre, pues horas antes, volviendo de la oficina, había sumado una nueva abolladura a la camioneta, otra cicatriz en la maltratada pintura y todo por olvidar los malditos lentes, carajo. Fingió una resignación insólita, sin protestas ni berrinches, incluso cuando Javier lo despeinó entre carcajadas, a modo de venganza por empaparse con su perfume a escondidas: treinta minutos con el cepillo ante el espejo, en busca de un peinado que lo hiciera parecer un poco mayor, arruinados por una sacudida de manos socarronas. Devolvió la camisa violeta al guardarropa, colgándola cuidadosamente para evitar las arrugas, y se puso la pijama para alivio de mamá, quien entra a su habitación, le dirige una sonrisa, un rápido cariño en el brazo y un después habrá muchas fiestas para ti, Heri, puedes esperar unos años; desvélate un poquito viendo la tele, pero nada de películas de terror, ni sangre, ni balazos o cosas feas. Papá la apresura desde la sala: ya vamos tarde, caramba. Heriberto asiente. Se despiden. Desde la ventana los ve salir junto a Javier, a quien papá le entrega un billete por lo que se ofrezca, hijo. Escucha el movimiento de la llave en la cerradura, tal como suponía, y luego las quejas de su padre por tanta demora y ese pinche perro de los Saavedra, vino otra vez a dejar su mierda aquí. Un cosquilleo lo invade mientras se cambia de ropa y se arregla el peinado. Espera todavía unos minutos mientras el sonido del motor se deshilvana con el pasar de los metros. Entonces sortea la ventana y la reja, sorprendido de su agilidad. No importa si Javier lo acusa, se dice, no importan los regaños por venir. Ve a Rufo husmeando junto a un árbol. Sigue el rumor de la música que llega desde el jardín de Tere, la promesa de su fragancia mentolada. Se echa a correr. El beagle se le une en la carrera. Ambos cruzan con ansias hacia la otra banqueta, sin reparar en las dos luces que vienen de frente, los arrollan con su fuerza metálica sin frenos ni remordimientos. En la camioneta los padres de Heriberto sienten la sacudida y oyen el alarido de Rufo. Papá celebra que ese cabrón animal de los Saavedra ya no se va a cagar donde se le antoje, y acelera camino a casa, hacia sus lentes olvidados una vez más. Heriberto es puro cuerpo roto y dolor. Escucha a su lado el quedo aullido del perro: un amasijo palpitante. Aún alcanza a pensar en su pesadilla, el cementerio de mascotas, la arrugada mano de la señorita Esther acariciando el crucifijo que pende de su cuello mientras dice que los niños sin bautizar se van al limbo. 

Después sus párpados ceden.


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ANDRÉS AUGUSTO KLINGBERG OROZCO (Salamanca, Guanajuato, México. 19 de abril de 1987). Licenciado en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Querétaro y maestrante en Literatura y Creación Literaria por Centro Cultural Casa Lamm. Ganador en la categoría de cuento de los Premios de Literatura de León 2017 y primera mención honorífica en la misma categoría en la edición 2016. Ha participado en las antologías Poquito porque es bendito (2013, Instituto Cultural de León/Universidad Iberoamericana León), 80 microrrelatos más (2013, Mundopalabras), El tótem de la rana (2017, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), Cuerpos rotos (2017, Ebook. Bitácora de vuelos ediciones) y Crear en apuros: manual de escritura creativa (2020, Universidad Iberoamericana).