Foto de Ron Lach en Pexels

Los meses siguientes fueron muy difíciles para mí, los señores cambiaron mucho, ahora de continuo se mantenían tristes y callados, o encerrados en la iglesia o en su cuarto. Lo peor fue cuando empezaron a llegar los hijos de don Ernesto a recoger sus efectos personales y tuvieron el descaro de hacerle cuanto reclamo se les ocurrió provocando que la señora cayera en cama. Yo los detestaba, tenían la misma sangre pesada del padre y se hacían odiar gratis.

Ahora, más que el jardinero y compañero de sus mandados yo parecía el enfermero de ellos; con gusto me encerré en el cuarto con la señora para cuidarla en lo necesario; don Antonio y yo ya no sabíamos qué hacer para verla reponerse. Un día resolvieron cerrar la casa por una temporada e irse al extranjero con su hijo. Trataron de colocarme en otra casa y accedí sólo para ofrecerles esa tranquilidad de dejarme en un lugar seguro como el de ellos, pero a los pocos días de irse, yo también me marché.

Mi vida sería, a partir de entonces, un peregrinar continuo por culpa de mi madre, esa mujer desnaturalizada quien, desde pequeño, me abandonara a mi suerte durante un año en manos de la sirvienta de su padre la cual se quedó en la casa con la segunda esposa. Esa era la costumbre de ella, tener un hijo y botarlo un año para que esa mujer, sin consideración alguna, nos criara en la etapa más crucial de nuestra infancia. Conmigo más por ser prematuro. Ella no se tocó el corazón para quedarse conmigo ese tiempo y ver si podría salvar la débil vida que me unía a este mundo o si muriera por descuido de la señora quien de por sí tenía varios hijos por atender, y de nosotros sólo le interesaba la paga recibida.

Mis hermanos sí pudieron soportar esos abandonos, yo no, a mí me marcaron, por tal motivo me llené de rencor de sólo recordar su desinterés e irresponsabilidad. A veces sentí compasión y la perdoné, porque también había sufrido la ausencia de su propia madre. Pero esta vez no era momento de disculparla, sino de recriminarla por querer volcar su amor en su padre, el cual no nos dio a nosotros, por eso nos dejaba en esa casa, para así tener que ir a visitarlo y fastidiar a la segunda esposa. Mi madre era la culpable de cuanto me pasaba.

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RUTH PÉREZ AGUIRRE

Mérida, Yucatán, México. Diplomada en Creación Literaria SOGEM José Gorostiza y Diplomada por INBA, 2016, actualización para escritores. Escribe poesía, novela, cuento, microficción y literatura infantil. Ha publicado 30 títulos. Traductora de italiano. Para promover la lectura fundó en 2011 Ediciones htuRquesa Cartonera, con la cual formó parte del proyecto Cartoneras en América auspiciado por la Universidad de Surrey, Inglaterra, en 2018. Ha obtenido premios en Barcelona y Palma de Mallorca, Menciones de Honor, Menciones especiales en Cuba, EEUU, Argentina, Chile, España, Italia, Australia, Bolivia, Brasil. Premio a la Trayectoria SELAE, Sociedad de Escritores Latino Americanos y Europeos, Milán, Italia, 2014; Premio a la Trayectoria Academia Literaria de la ciudad de México, 2018; Premio Gustavo Ponce en 2019, Academia Literaria de la ciudad de México. Su proyecto: Mujeres que NO callan, cuenta con cinco antologías hasta 2020, presentadas en muchas ciudades y países, incluido Marruecos en el XIII EIDE, Encuentro Internacional de Escritoras. Ha participado en cien antologías en diferentes idiomas y géneros.