El teléfono timbra por tercera vez. Óscar intenta levantarse; pero el cansancio pesa, como si arrastrara en sus pies el desvelo de la noche anterior. El timbre se repite de nuevo y, para evitar el ruido, se levanta de la cama, sacude un poco el rostro —como queriendo arrebatarse la mirada soñolienta— y camina hacia la puerta. Baja las escaleras, dando pasos lentos, mientras escucha el bramido de la lluvia que cae desde la mañana. El sonido del teléfono se apaga como si fuera la voz de una vela. Mira a través de la ventana cómo la lluvia escurre sobre el tejado de la marquesina, y cómo el vapor impregna el cristal. Limpia el vaho con la mano y ve que al fondo la ciudad duerme ahogada entre la luz de los postes y entre la brisa que se levanta con el borboteo del agua. El teléfono suena por cuarta vez. Óscar camina hacia la sala y descuelga el auricular.
            —Hola, buenas noches —escucha del otro lado de la bocina.
            —Buenas noches —responde, sin tantos ánimos.
            —Disculpe la hora; pero hasta estos momentos tuvimos tiempo de comunicarnos con los amigos de mi sobrino —Óscar levanta la mirada hacia la ventana y permanece inquieto. —Lo esperamos en la funeraria Morelos para velar el cuerpo de Arturo.
            Óscar queda petrificado ante aquellas palabras.
            —¿Quién habla?
            —Por ahora no puedo dar más explicaciones. Tengo otras llamadas por hacer. La funeraria está en la colonia Progreso. No tarde, por favor. Gracias.
            La mujer, del otro lado, cuelga. Óscar se despega el auricular y mira el teléfono, como si tuviera entre sus manos una pistola. Camina despacio hacia el sillón y se sienta. Trata de evocar si en su vida hay un amigo que se llame Arturo y recuerda que en la secundaria tuvo un compañero con ese nombre. Se levanta, va hacia la habitación y busca en su directorio. Encuentra el nombre. Baja corriendo las escaleras y marca. El teléfono suena; pero no hay respuesta. Su corazón comienza a despertarse, como una bestia dormida, y de nuevo sus manos marcan. La lluvia parece acompañar el compás del teléfono. Luego de sonar tres veces, una voz de mujer responde.
            —Buenas noches, señora; disculpe la hora —dice Óscar—, ¿se encuentra Arturo?
            —Buenas… ¿De parte de quién?
            —De Óscar, por favor.
            Después de unos instantes Arturo contesta la llamada.
            —¡Qué onda, carnal! Disculpa si te desperté… ¿Cómo estás?
            —No te preocupes, carnal. Ya tenía tiempo que no me marcabas. Aquí, descansando de la chamba, ¿y tú?
            —También, descansando —el cuerpo de Óscar se libera del sopor de la noche. —Oye, fíjate que hace rato una señora me marcó y dijo que me esperaba en el funeral de un tal Arturo; pero la neta no recordé a ningún compa con ese nombre. Busqué tu número y por eso te marqué.
            —¿Neta? Qué raro. Quizá se equivocaron de número.
            —Tienes razón. Porque ni siquiera preguntaron por mi nombre.
            —Pues ya ves. Hay un chingo de muertos hoy en día que quizá se equivocaron.
            —Disculpa la molestia, carnal. Bueno, te dejo descansar. A ver qué día nos vemos para tomarnos unas chelas. Pero por la tarde porque ya ves que está bien cabrón.
            —Simón. Cuídate —Arturo cuelga el auricular, Óscar baja la mirada y hace lo mismo. Afuera, la lluvia cae como el inmenso llanto de la noche.
            Luego de observar cómo la oscuridad cubre la casa, Óscar sube las escaleras y entra en su habitación. Se sienta en el borde de la cama y piensa en quién habrá sido la persona que le marcó por teléfono; pero, por más que lo intenta no encuentra respuesta. Se levanta y enciende la televisión. De la cómoda toma un cigarrillo y fuma. Nada lo tranquiliza. Da vueltas por la habitación hasta aspirar la última bocanada de humo. Se asoma por la ventana: la lluvia cae con estrépito sobre las tejas. «¿Quién pudo haber sido?», se pregunta una y otra vez; y busca en su memoria algún amigo o conocido con el nombre que retumba en su cabeza. No encuentra rastro. Al único que conoce es al de la secundaria. 
            Luego de cavilar un momento —convencido de que se habían equivocado de número— piensa en Luis Arturo. Él es con quien hace tres años hizo amistad gracias a que se conocieron en la Academia de Música y a quien jamás había llamado por su verdadero nombre. Le decían Zelda porque así rayaba ilegalmente las paredes de Acapulco. Luego de meditar, Óscar baja a la sala, toma el teléfono y marca. Nadie responde. Busca en su directorio el número de teléfono de casa de la abuela de su amigo; tampoco responden. Con la memoria macilenta piensa que no es normal lo que está sucediendo. «No puede ser», susurra. Siente cómo una avalancha se le viene encima. «Esto no es posible; hace un par de días nos vimos», piensa.
            Apresurado por descubrir la verdad, baja las escaleras, mira el estuche de su guitarra Fender, se mira a través del espejo, y se arregla para ir a buscar a su amigo. «No voy a poder dormir hasta saber que ese cabrón está bien», susurra. Toma las llaves de su casa y sale a la calle con un paraguas entre sus manos. La lluvia no deja de caer con intensidad. Espera un rato a que pase un taxi. Después de veinte minutos un Volkswagen se detiene. Óscar permanece impávido y cierra el paraguas.
            —Me lleva a la Progreso, por favor —dice Óscar con pasmosa respiración.
            —Buenas noches, joven —responde el conductor—. ¡Híjole! ¿A qué altura va?
            —Mero a la calle Sonora.
            —Lo que pasa es que está muy feo por ahí. Hay mucho delincuente.
            —Le voy a pagar bien —saca un billete de quinientos. El conductor mira el dinero y piensa en su hija y en el medicamento que necesita para que ella esté bien. —Súbase —el conductor echa hacia atrás el asiento del copiloto.
            Óscar abre la puerta, cierra el paraguas, se interna en el Volkswagen; mantiene la mirada hacia el frente y observa cómo el limpiaparabrisas enjuaga las lágrimas del cielo. El semáforo de la Y griega se pone en rojo. El taxista mira, un poco nervioso, a su pasajero que parece estupefacto. Con la franela limpia el cristal percudido, tratando de ahuyentar el temor de sus ojos. La luz verde se enciende y, en un brusco movimiento, las llantas arrancan una bola de humo a la carretera. En el estéreo suena «Si te hago tanto mal», de Marco Antonio Solís, mientras el conductor esquiva los baches con una agilidad de piloto profesional.
            El taxi llega al puente Bicentenario; pero el conductor se detiene. Asimila el atolladero de vehículos que pitan desesperados: dos automóviles habían chocado frente a la empresa de mensajería FedEx. Sin pensarlo dos veces —y para no hacer perder más el tiempo de su cliente— toma la lateral hasta llegar a Las Anclas. El tráfico disminuye justo delante de la Coca. Suben por la Firestone y doblan a la izquierda, hasta llegar al andador Sonora. El conductor mira de reojo el paroxismo de Óscar y él, con la seriedad de su rostro, sólo le da las gracias. De un golpe cierra la puerta y abre el paraguas. El Volkswagen arranca apresurado, como si llevara en sus llantas el susurro de un niño recién despierto. Con el paraguas encendido cruza la calle y llega hasta la puerta de la casa de su amigo. Cuando sube las escaleras ve que en el barandal hay un letrero; estira la vista, pero no alcanza a leer porque la lluvia estropea su mirada.
            Antes de acercarse a la puerta un Jetta se estaciona. Óscar reconoce a Marco, el tecladista, y a la mujer que viene en el copiloto. «Es Karla», dice. Óscar comienza a sentir un temblor en las piernas, y cómo el corazón se le hace pequeño en cada latido que brota de su pecho. Ha tratado de no tener como posibilidad una tragedia, pero su rostro parece desvanecerse a cuentagotas. Sosteniéndose del barandal baja las escaleras y espera en la banqueta. Karla y Marco salen del Jetta, sin importarles la lluvia, y miran a Óscar con el rostro descompuesto, como si llevara en sus pupilas el cadáver de esa noche.
            —¿Qué pasó, carnal? ¿Qué haces aquí? —pregunta Óscar, incrédulo ante lo que estaba viviendo.
            Marco agacha la mirada, da un paso hacia adelante y lo abraza. «Mataron a Zelda, carnal.»
            —¿Qué verga estás diciendo?
            —Mataron a nuestro hermano, carnal. Lo mataron.
            Óscar deja caer el paraguas y sus brazos desfallecen estrepitosamente. Karla, sin palabras qué decir, se acerca y se funde con ellos en un abrazo. Marco le explica que el día sábado Arturo fue asesinado en la Escénica. «Su papá me marcó en la mañana, carnal. Era su segundo día de chamba; pero en la madrugada del sábado, justo antes de salir, una camioneta llegó al lugar y comenzó a disparar por todos lados. Les valió madres que hirieran o mataran a gente inocente. Y pues se lo llevaron en la camioneta. Ese mismo día lo encontraron muerto poco más arriba de Palladium. Hasta ahora se sabe que fue encontrado con otra persona y apenas los de la SEMEFO les entregaron el cuerpo.»
            Óscar suelta un llanto minúsculo que se mezcla con la acidez de la lluvia. Los tres se abrazan en un solo acto y suben al Jetta para ir a la funeraria. Dentro del carro se respira una tristeza que se atora en los pulmones. Luego de cruzar las calles, de zarpar entre el agua sucia que resbalaba de la acera, el auto se estaciona. Obcecado por el sueño, observa por el parabrisas que el dolor se asoma con el rostro lívido. Él baja del Jetta y camina rápido. «Tengo que verlo con mis propios ojos», piensa. Cuando llega al vano de la puerta ve a doña Josefina, madre de su amigo, sentada a lado del ataúd. Él reconoce el bajo Ibáñez de cuatro cuerdas que descansa en la espalda de un cirio. «Esto no es posible», piensa. Siente como si la sangre fuese un puñado de vidrio molido.
            Intentando guardar su debilidad en lo más profundo de su corazón, se acerca a doña Josefina para consolarla, aún con el estertor entre sus labios. Ella lo mira y le dice «Me lo mataron. Me mataron a mi niño.» Él se agacha —tratando de encontrar las palabras adecuadas— y la abraza en un profundo estado de desconcierto. Escucha el respirar del bajo eléctrico, siente el calor de los cuatro cirios que rodean el ataúd, ve a muchas personas llorando de dolor; a lo lejos, divisa la silueta de Isaías, hermano de Arturo, y siente cómo el sudor comienza a brotar de su piel como si fueran brasas. No sabe qué decirle a doña Josefina. Intenta escupir una palabra, pero el desierto aflora en su interior.
            Óscar se levanta, mira el ataúd y camina hacia él. Busca el visor y ve a su amigo acostado, con el pómulo verde. Tiene el mismo peinado y un saco negro que lo viste. Su ojo izquierdo parece mirar un poco; y sus labios, hinchados, murmuran apenas un silencio incomprensible. Es un muerto hermoso a los ojos de la noche; la lluvia cae a pedazos, como si llevara en el agua los huesos del cielo. El tiempo se detiene un momento y observa con furia el pasado inamovible.
            —Carnal, siento mucho esto; pero en un rato más nos tenemos que ir a la casa. Por el Coloso las cosas también están feas.
            —Está bien. ¿Me das un aventón a la Cima? Voy por algo de ropa. Estoy bien mojado.
            Marco asiente con la cabeza. Óscar sale de la funeraria; se detiene un poco en un poste de luz a llorar todo lo que no pudo cuando estaba adentro. Está inconsolable. Luego de un momento sube al Jetta. Mira a través del cristal los recuerdos que se le van lentamente; aquellos días en que ensayaban en su habitación, aquellos momentos en que soñaban con pisar los grandes escenarios del país. Sin darse cuenta el coche se detiene en la Cima.
            —Gracias, carnal. Nos vemos mañana en el entierro.
            —Si vas a regresar, hazlo con cuidado. Las cosas están muy feas.
            Óscar cierra la puerta de un golpe. Camina por el andador hasta llegar a su casa. Se detiene un poco a llorar bajo el amparo de la marquesina. Después, entra cabizbajo. Deja el paraguas en la entrada, se quita la playera, los tenis, y se recuesta en el sillón. Mira por la ventana la lluvia que resbala de los cristales. Se levanta y sube a su habitación. Se acuesta un momento en la cama para asimilar lo ocurrido. Luego de un instante, sus ojos se apagan.
 
El teléfono timbra por tercera vez. Óscar despierta por la luz del sol que se filtra por la ventana, como si las virutas de fuego rasgaran el cristal de la marquesina. El teléfono vuelve a timbrar y siente un regusto amargo en su boca. «¿Qué pasó?», se pregunta. Recuerda todo lo que vivió la noche anterior. El cansancio fue tan grande que nunca supo en qué momento se quedó dormido. El teléfono sigue timbrando; luego se levanta, sacude un poco el rostro, tratando de aventar los ojos apesadumbrados; baja rápido las escaleras y contesta.
            —¡Qué onda! ¿Otra vez me vas a dejar plantado? —escucha del otro lado.
            —Disculpa, carnal. ¿Qué hora es?
            —Ya pasan de las diez. Tengo rato esperándote.
            —Aguanta, Zelda. Anoche llegué muy cansado que no supe en qué momento me quedé dormido. Ahorita llego.
            —Simón. No tardes.
            Óscar se sienta en el sillón, bosteza largamente y estira sus extremidades; a lo lejos escucha el canto rasposo de un pájaro. Luego de meditar un rato se mete a bañar, se viste y desayuna un plato de cereal. Antes de salir de casa trata de recordar en dónde se habían quedado de ver. «No me acuerdo de nada», dice. Va hacia el teléfono y le marca al celular. Suena dos, tres veces. No hay respuesta. «Quizá ya se habrá ido», murmura. Después, sube a su habitación. Toma un cigarrillo de la cómoda y fuma. Mira por la ventana cómo el sol es abrigado por una parvada de nubes. Piensa en ir a buscar a Arturo; pero no tiene idea en dónde estará.
El teléfono suena de nuevo. No responde. Quizá alguien —preocupado por encontrar a su familiar extraviado— se ha equivocado de número.

Fotografía: Pixabay

LUIS RICARDO PALMA DE JESÚS (Acapulco, 1990) es licenciado en Literatura Hispanoamericana y Maestro en Humanidades por la Universidad Autónoma de Guerrero. Obtuvo el Premio Estatal de Ensayo CONACYT (2014), el XVIII Premio Estatal de Cuento y Poesía María Luisa Ocampo (2016), ganador del Premio Programa Editorial con el libro Las maneras de conjugar la muerte (2016) y finalista del I Premio Internacional de Cuento Rafaela Cuevas Jiménez (2021). Ha publicado cuentos en las revistas Norte/Sur, Cardenal y Círculo de poesía. Es autor de libro El sueño que no era (Praxis). Becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG, 2015), del Programa Los signos en rotación dentro del Festival Cultural Interfaz 2017 y del PazAporte 2020, en Literatura.