Una amiga escritora está viviendo el drama de la polilla comedora de libros. Lo chistoso del asunto, es que las famosas polillas dejaron intacta la madera de los libreros y prefirieron el sabor (y saber) del papel. Por supuesto que hubo comentarios chuscos alrededor de eso, lágrimas por parte de mi amiga, y una tremenda pérdida de ejemplares que se fueron acumulando durante décadas. Los más afectados supongo fueron las primeras ediciones y los libros más ancianos que, a diferencia de los humanos, con frecuencia son los más apreciados.

Tengo la costumbre de hacer limpieza cada cierto tiempo de las diversas bibliotecas que he tenido a lo largo de la vida. La verdad es una labor que implica primero mucho pensarle, segundo, escoger una fecha de preferencia en vacaciones o puente larguísimo. Mis lectores supongo que ya sabrán por qué, ¿verdad? No es sólo sacar libros, sacudir y volver a poner. El trabajo implica los "¡ah, me he encontrado este! (o aquél)". También hay muchos "¡mira, no sabía que todavía lo tenía! ¡Órale, cuándo me hice de…!" Y así, hasta llegar la noche y ver que el piso de la biblioteca está saturado de ejemplares, tal vez sacudidos, tal vez no (dependiendo de qué se haga primero) y ver que no se ha concluido nada del objetivo primario que era tan simple como sacudir.

Pero ya para entonces tenemos pilas de libros para leer, pilas de libros para consultar, pilas de libros para leer después de la primera pila de libros para leer, y así, se van haciendo subdivisiones dentro de esos montones; hasta que finalmente (al menos en mi caso) llega el último día de ese descanso largo destinado a la labor de limpieza y lo que se hace (al menos en mi caso) es sacudir rápidamente los libreros y volver a colocar libros en desorden, torpemente, con ganas de ya irse a dormir porque hay que madrugar mañana, y nuestros planes de reacomodo por autor, o por editorial, o por color, o por tamaños, quedan reducidos a un ¡bueno, al menos ya están sin polvo! Y hasta dentro de un año, o dos o los que sean necesarios para recuperar fuerzas para volver a tener el propósito de, ahora sí, sacudir, clasificar, acomodar.

Así, en estas aventuras de pulcritud, me he releído más novelas que en cualquier otro tiempo. Sobre todo bajo el pretexto de que son cortas, y se leen en uno o dos días vacacionales: Aura, El bordo, Las batallas en el desierto, Los recuerdos del porvenir, El luto humano, Las edades de Lulú, Todas las noches Josephine y un largo etcétera que abarca los años de vida que tengo de pensar que la limpieza de los libreros es importante; aunque sólo lo haga en mis propósitos y termine relegando eso a la suerte que tengo de cambiarme de casa de manera frecuente; lo que implica un reacomodo, una limpieza y un fuera bichos en automático, al menos hasta que me vuelva a mudar.

Fotografía de Pixabay


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).