Texto tomado del libro La sociedad de control. Privacidad, propiedad intelectual y el futuro de la libertad, de Jose F. Alcántara. Colección Planta 29. Primera edición: septiembre del 2008. 412, pp.

Mucho tiempo atrás, cuando alguien quería obtener información masiva sobre otra persona revisaba inspeccionaba los desperdicios que había arrojado a la basura. Éste era sin duda uno de los métodos que más información permitía recoger sobre las personas. Con esta técnica podíamos saber si nuestro espiado se alimentaba de comida basura, si compraba primeras marcas, si la noche anterior había comido huevos o si había estado haciendo limpieza de papeles en su estudio.
        La aparición de la tarjeta de crédito hace algo más de cuarenta años se anunció como una auténtica revolución. De repente podíamos viajar o ir de compras llevando en el monedero la cantidad justa de dinero, y todo nos parecía algo más seguro. Y es así: estoy seguro que todos las usamos y procuramos llevar poco dinero encima, pero abusar de ellas tampoco es la mejor opción. La construcción de perfiles comerciales en función de lo que consumimos y lo que hacemos es la responsable de la revolución de las técnicas de venta de los últimos años y el empleo de sistemas de pago trazables permite que la información de compras asociada a nuestra persona aumente progresivamente.
        No podemos obviar que los gastos que se pagan con una tarjeta de crédito son perfectamente trazables. Esto significa que se puede ir desde el lector de tarjetas de crédito del establecimiento de turno directamente hasta la puerta de la casa de uno, y conocer por el camino todos los detalles de la transacción (quién, qué, cómo, cuándo, cuánto, dónde). El mismo nivel de trazabilidad nos encontramos si decidimos utilizar tarjeta de fidelidad de un establecimiento cualquiera.
        Actualmente sólo hay una forma de pago que nos permite evitar completamente el circuito de la trazabilidad de nuestros gastos: el pago en efectivo. Sólo con el gesto de abrir la billetera y buscar en ella un billete de veinte euros nos aseguramos de que nadie pueda mirar en una base de datos y saber qué marca de preservativos, gel o aceite de oliva compramos. Sólo si pagamos en efectivo nadie podrá saber qué libro hemos comprado, sea cual sea este libro.
        Sin embargo, todos suspiran por saber qué compramos: el supermercado y sus legiones de publicistas para saber más sobre nosotros y así dirigir mejor su publicidad hacia nuestra persona, vendiendo más y mejor; el Estado para mantener su seguridad, que no tiene por qué coincidir con la seguridad de sus ciudadanos. En la democracia actual no es especialmente preocupante, pero en un entorno político más peligroso quizá alguien podría mostrar un inquietante interés por saber si usted lee a Bertolt Brecht, Noam Chomsky, Haro Tecglen, Karl Marx, Primo de Rivera o Pío Moa. Todos ellos son amados y odiados por una parte de nuestros políticos, y el que ahora vivamos en un régimen que respeta nuestros derechos y las libertades de expresión y de información no significa que siempre vaya a ser así.
        El mundo sin dinero efectivo sirve tanto para controlar la información como para controlar a las personas. El sistema legal actual persigue establecer un sistema de suscripción a la información, que será enviada vía streaming, la denominada jukebox global, y nunca podrá ser almacenada localmente, algo que se quiere conseguir empleando restricciones digitales o DRM. En un mundo sin efectivo, que obligará a pagar de forma trazable cada vez que queramos acceder a información, mantener un registro de quién accede a qué es extremadamente sencillo y se pueden producir abusos con facilidad. Como nunca se sabe en qué mundo vamos a vivir mañana, vale la pena luchar para que el dinero en efectivo siga teniendo su utilidad y su cuota de protagonismo, evitando que sea totalmente reemplazado por los pagos a través de Internet y las tarjetas de crédito.
 
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