#DelBaúl Cartas desde el hospital || Rebeca Castiñeira Cuenca


El trasiego de los enfermeros y los psiquiatras me despertó antes de que el celador viniera a subirme las persianas. Me quedé en la cama pensando en mi situación. Era mi primer día en el hospital y me habían ingresado la noche anterior por anorexia purgativa. Por el momento, estaba en una fase que los médicos llaman “privilegios cero”, lo que significaba que no podía hacer absolutamente nada aparte de escribir un diario en el que tenía que plasmar todos mis sentimientos y contar qué era lo que me había llevado a caer en aquella enfermedad.
 
La noche anterior apenas había podido dormir, por lo que había pasado la mayor parte de la misma pensado. En aquellas horas de oscuridad y silencio, decidí que para escribir el diario pediría ayuda a Pedro, un escritor, viejo amigo de mis padres, con el que yo tenía mucha confianza. Pedro publicaba habitualmente artículos en un periódico. Además, en aquellos momentos estaba escribiendo su primer libro, aunque aseguraba que le faltaba inspiración.
 
Absorta en mis pensamientos, el celador entró y al fin me pude levantar. En ese instante no sabía qué hacer, pues por las mañanas teníamos que seguir un estricto protocolo que consistía en que medían la orina y después nos pesaban y nos tomaban la temperatura y la tensión.
 
Aún no me había acostumbrado a todo aquello, por lo que pedí ayuda al resto de las pacientes que, como yo, eran chicas que se encontraban allí por trastornos alimentarios. Ellas me indicaron qué era lo que tenía que hacer en cada momento. Cuando terminé de hacer mis obligaciones me tumbé en la cama a la espera de que los psiquiatras vinieran a verme.
 
Yo me imaginaba que vendría uno o como mucho dos médicos, pero cuando entraron, me encontré con quince personas alrededor de mi cama preguntándome qué tal estaba. La mayoría eran psicólogos en prácticas, pero aun así yo me sentí agobiada e intimidada por ver tanta gente a mi alrededor. Cuando se fueron, cerré la puerta de mi habitación y encontré la paz y la tranquilidad que necesitaba para empezar a escribir mi diario.
 
El único modo que yo tenía para contactar con Pedro, era por medio de correspondencia a través de las visitas de mis padres, que serían los mensajeros. La cuestión era que tenía que empezar a redactar desde el primer día y aún no había podido mandarle ninguna carta, por lo que tendría que enfrentarme al reto yo sola. Pensé en lo que los profesionales me habían dicho hacía apenas unos minutos: tendría que escribir acerca del pasado, es decir, resumir en unas pocas páginas toda mi vida, desde mi nacimiento hasta el comienzo de la enfermedad. Para ello no necesitaba mucha ayuda y me puse en seguida a hacerlo, aprovechando los pocos minutos que me quedaban antes de enfrentarme a mi primer desayuno en el hospital.
 
Comencé relatando la historia de una niña que fue feliz durante mucho tiempo. Aparentemente, mi vida rozaba la perfección. Yo había sido siempre muy responsable e inteligente, mis notas raramente bajaban de sobresaliente y era una chica abierta, aunque un poco tímida. Había sido hija única hasta dos años atrás, cuando nació mi hermano pequeño. Por eso estaba muy acostumbrada a tratar con adultos y todos los mayores me halagaban por mi buena educación e inteligencia. La gente que veía mi vida desde fuera creía que era envidiable. En parte era cierto, pero no conocían mi verdadera situación ni mis sentimientos. Mis problemas se acumulaban. Al margen de las apariencias, siempre estuve preocupada. Las típicas discusiones familiares me angustiaban, los estudios me agobiaban demasiado por mi autoexigencia; tanto, que a veces me ponía físicamente enferma si no llevaba bien preparado un examen. Además, aunque sucedía en pocas ocasiones, algunos niños se metían conmigo por mi físico, ya que estaba un poco gordita.
 
Con esas últimas aclaraciones terminé de escribir mi pasado, justo antes de que me llamaran para desayunar. Ese acto rutinario y tan común para algunos, suponía para mí un gran esfuerzo. En seguida mi mente empezó a calcular las calorías que estaba ingiriendo. Cuando terminé y fui al reposo (otra parte del protocolo hospitalario consistía en reposar en cama una hora después de cada comida) estaba tan nerviosa que, para calmarme, me dejaron escribir. Así que empecé la primera de una larga de lista de cartas que intercambiaría con Pedro a lo largo de mi estancia en el hospital. En ella le explicaba mi situación y le pedía consejo para poder plasmar con sentido todos mis sentimientos.
 
El resto del día transcurrió tranquilo a pesar del esfuerzo que tenía que hacer en cada comida para no vomitar después. Pero a pesar de todo, poco a poco me iba adaptando a la rutina hospitalaria.
 
Cuando llegó la hora de las visitas y vinieron mis padres, les entregué la carta que debían darle a Pedro. Iba en un sobre cerrado, para que ellos no la leyeran. Cuando se fueron, seguí con mis ocupaciones del día y finalmente me fui a dormir. Aquella era ya mi segunda noche y por tanto pude dormir un poco más que la anterior.
 
A la mañana siguiente, me dediqué a esperar con ansia la visita de mis padres, para que me dieran la respuesta a mi carta. Ésta me sorprendió tanto como me agradó y decía así:
 
“Querida Rebeca,
 
Espero que este ingreso te sirva para mejorar y me alegro mucho de que hayas decidido contar conmigo para escribir tu diario.
 
Para poder expresar bien tus sentimientos, debes pensar y centrarte únicamente en lo que sientes, y anotar todo lo que se te pase por la cabeza. Después, con las palabras que hayas apuntado, podrás redactar un texto, estructurándolo primero en tu mente.
 
Por otro lado, creo que deberías desgranar todo lo ocurrido para poder saber la causa que te ha llevado a enfermar y, cuando la hayas descubierto, opino que deberías hacer una crítica despiadada a la misma para que los médicos puedan entender tu frustración y tu rabia.
 
Un abrazo,
 
Pedro”
 
Cuando terminé de leer, pasé las horas muertas pesando y rompiéndome la cabeza para poder hallar la causa de mi enfermedad. Pensé en mis padres, en el colegio, en los amigos... pero no logré encontrarla. Se me acabó la esperanza, desistí en mi intento y me llamaron para merendar.
 
Cuando estábamos en el comedor, vi un paquete de galletas de chocolate y recordé que eso había sido lo primero que había vomitado. Hacía ya casi un año de aquella primera vez, pero recordaba perfectamente la escena. Era un martes por la tarde, estábamos en época navideña y la caja tonta (como la solía llamar yo) estaba cargada de anuncios por aquellas fechas. Ese día yo había comido poco (simplemente por la escasez de tiempo con la que nos obliga a vivir el contexto social actual) y en la televisión anunciaban las galletas de chocolate que mencioné antes. Como tenía algo de hambre, me dirigí a la cocina y me comí una ración considerable de esas galletas. Cuando terminé, regresé al salón y continué viendo la tele. En aquel momento el anuncio era de una tienda de ropa y en él aparecían modelos delgadísimas que representaban el ideal de la mujer actual. En cuanto terminó el anuncio, me empecé a arrepentir de haberme comido las galletas. Fui corriendo al baño y me miré en el espejo. La imagen que reflejaba no se asemejaba en nada a la de las modelos que yo acababa de ver. Observé detenidamente mi considerable barriga y unas cartucheras que empezaban paulatinamente a llenarse de piel de naranja. Mi propio reflejo me horrorizaba. Entonces reparé en el váter que se encontraba justo a mi lado y una parte de mi cerebro vio la luz: lo único que tenía que hacer para que esas galletas no alimentaran más aún mi grasa corporal era sacarlas de mi estómago. Por tanto, no lo dudé ni un instante: me arrodillé delante del váter, abrí la tapa, me introduje dos dedos en la garganta hasta que alcanzaron mi campanilla y comencé a vomitar como una posesa.
 
Tras el recuerdo de la escena caí en la cuenta de cuál había sido la causa que me había hecho caer en la enfermedad. No habían sido ni mis padres, ni mis amigos, ni el colegio, ni nadie en concreto sino todos a la vez. La causa había sido la sociedad al completo. Por fin había averiguado la respuesta que llevaba tanto tiempo intentando hallar y, sin esperar ni un segundo más, me dispuse a hacer lo que Pedro me había recomendado en su carta, redactando en el diario una crítica a la sociedad actual sin ningún miramiento. Estuve mucho tiempo escribiendo, ya que en ese momento la rabia hacía que las ideas se me amontonaran en la cabeza. Cuando terminé, estaba bastante satisfecha. Había logrado escribir un texto en el que explicaba, de una forma perfectamente comprensible, la rabia que sentía hacia la sociedad actual por haberme causado esta enfermedad. Lo que escribí en mi diario ese día se podría resumir así: “Yo estoy enferma porque la sociedad actual es demencial. 

Los magnates del dinero y los dueños de las multinacionales nos lavan el cerebro a través del marketing engañoso y nos hacen creer que necesitamos tener una figura perfecta para ser felices. Sin embargo, los que se hicieron ricos de otra manera completamente diferente, nos alejan de la comida sana invitándonos a comer grandes cantidades de productos hechos a base de aditivos y grasas que nos hacen engordar de una manera asombrosamente rápida. Estos dos tipos de empresas, se complementan a la perfección haciendo que primero nos gastemos el dinero en engordar y después en adelgazar. A base de lavados de cerebro, pretenden que nos olvidemos de lo que verdaderamente importa en la vida e intentan que todos nos cortemos por un mismo patrón simplemente para seguir agrandando sus arcas. Y mi conclusión es que, mientras nuestras vidas las sigan rigiendo una minoría multimillonaria que controla la sociedad actual, seguirán existiendo trastornos de la conducta alimentaria”.
 
En mi siguiente carta le envié a Pedro una copia de mi diario, para que me diera su aprobación y me siguiera ayudando. Pero no recibí su respuesta hasta dos días después, ya que mis padres no podrían recogerla antes. Mientras esperaba mi carta, yo seguía la rutina hospitalaria de una forma más tranquila, pues sentía que al haber escrito la razón de mi enfermedad, me había quitado un gran peso de encima.
 
Cuando la respuesta de Pedro me llegó al fin, no podía estar más sorprendida y a la vez contenta, pues ésta era así:
 
“Querida Rebeca,
 
Creo que jamás podré agradecerte tanto lo que has hecho por mí, pues aunque para ti el diario no sea más que una tarea más de las tantas que tienes que hacer para combatir tu enfermedad, a mí me ha fascinado tanto que he encontrado la inspiración que necesitaba para escribir mi libro. Y es que he decidido basar mi personaje protagonista en ti, contando de alguna manera tu situación y haciendo una crítica a la sociedad.
 
Espero que me permitas utilizar tu historia para mi libro.
Un abrazo muy fuerte y nunca dejes de luchar,
 
Pedro.”
 
Como podéis imaginar, su idea me hizo mucha ilusión y acepté encantada. Mi historia representa la de tantos otros que están en mi misma situación. Tras muchas otras cartas que intercambiamos durante el resto de mi estancia en el hospital para poder informarse de un modo muy directo de la enfermedad, terminó de escribir su libro. Además, contra todo pronóstico, resultó un gran éxito de ventas cuando lo publicó.
 
Por otro lado, la idea de que tanta gente comprendiera que no necesitamos hacer caso de lo que nos dicen los anuncios y las modas para ser felices, me dio la fortaleza suficiente para luchar durante mucho tiempo y, así, conseguí ganarle el pulso a mi enfermedad y recuperarme por completo.

En mi verso soy libre. V certamen nacional de relatos. Relatos 2012. El libro lo pueden descargar AQUÍ

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