ACERCAMIENTOS Desde el exilio la vida es viaje. Comentarios al libro de poemas de Carmen Ávila | Nadia Contreras

Postales del exilio* (Ed. Jus/ DMC Torreón, 2013) es efectivamente un poemario escrito desde el estar en otra parte, los lugares conocidos, pero sobre todo, desde el exilio al que nos condena nuestra propia historia. Esta es la mirada de Carmen Ávila y la mirada que nos presenta en estas postales: “La palabra dolor /huele en el aire”. Allá, en otros países la guerra infinita; aquí, en el nuestro, las ráfagas de la batalla perdida. Este es el exilio, polvo-humus: “una mota de polvo /en la alfombra gigante /tejida de ramas y raíces”, de la gran descomposición.

Los poemas de Carmen, a manera de álbum fotográfico, nos muestran su estancia: París, Alemania, Praga, Ginebra, el País X, que no es otro que México y su desierto al norte. El viajero observa y la memoria registra, traza sus planos, las raíces de estos planos. La memoria, sin embargo, es caprichosa y en el momento en que registra, también olvida. Carmen, le agradecemos quienes no hemos llegado tan lejos, quienes vemos la posibilidad del viaje no más allá del umbral de la puerta, no confía en la memoria, toma pluma y papel, su cartografía de recuerdos.

El viajero, lo que atestigua, se concentra en el alma y engendra la felicidad o la extrañeza, el deseo o el miedo, la presencia o la falta. Pienso en esto mientras leo los poemas de “Praga y otros paisajes de la vida Judía”; ciudades, como la nuestra, lejanas en la esperanza de resucitar. Sin embargo, hay en este viaje del exilio, dos alternativas que son aliciente: el amor y la infancia. El apartado “Todos los caminos llevan a Ginebra” es el amor. Pero un amor “caí en tus labios/ fui marioneta a la que le cortaron los hilos /de tus ojos brotaron girasoles”, que no se reconoce sino en el pasado, en aquello que un día alguien sembró (“Regáñame madre por llorar abrazada a ti”, La máquina de escribir, FETA, 2008) y crece como el árbol y se hace fuerte bajo la sed o la tormenta. El amor, la caricia, frotar lo que se capta del mundo: “de niña me gustaba frotar /en el remolino de mis huellas /polvo negro y naranja /de las mariposas secas”. El amor y la fe, no sólo cubrirán de cemento las balas o la pierna o el brazo perdidos en la guerra: fincarán un nuevo comienzo.

Lo que destaca en Postales del exilio, y aquí su diferencia con la simple aventura, tomar pluma y papel para escribir cualquier cosa, es el poder que reside en cada verso; su lenguaje, su imán, obliga a detenernos a mirar, acaso la respiración entrecortada, el paisaje hipnótico y terrible de la existencia. Es necesario mirar, claro que sí. Sólo la mirada y la reconstrucción de lo que antes fue punto de partida, darán continuidad o aniquilarán el exilio, nuestro exilio, la orfandad. Esto, depende de nosotros. Ahora.
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*Premio Nacional de poesía “Enriqueta Ochoa 2010”.

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