EL TELAR DE ANGÉLICA Pearl Buck en 'La buena tierra' | Angélica López Gándara

Imagen que hace alusión a La buena tierra (The good earth) novela de Pearl S. Buck y publicada en 1931. Fue con esta obra que la autora obtuvo un Premio Pulitzer en 1932. Enlace de imagen.

Pearl Sydenstricker Buck (Estados Unidos 1892 – 1973) fue hija de Absabm Sydenstricker y Carolyn Stulting, ambos misioneros que se dirigieron a China cuando Pearl tenía unos meses de edad. Pearl Buck aprendió así a balbucear las palabras chinas aun antes que las inglesas y jugó con niñitas de las que más tarde se enteró que no eran de su propia raza. Se entiende pues el gran conocimiento de la cultura china en su magnífica novela La buena tierra.

Parecería poco que de ciento once Premios Nobel de Literatura otorgados, únicamente catorce hayan sido a mujeres, pero tomando en cuenta la escasez de escritoras, hasta hace poco, es un hecho esperado. Uno de esos premios fue obtenido por la norteamericana Pearl S. Buck en 1938. Una mujer blanca que vivió entre amarillos la mitad de su vida. Buck tiene una extensa obra que habla de la cultura china. Esto se refleja en La buena tierra, novela escrita con la belleza de la sencillez.

En China se desarrolla la historia, allí encontramos dolores de mujer, dolores de hombre que hacen suspirar, ambiciones ingenuas y otras perversas. Una prosa limpia donde pude ver lo hermoso de la primavera con los cerezos y duraznos en flor, de donde se obtiene la sensación del aire tibio en la cara y se percibe el deslumbramiento de un dorado atardecer. Se siente la tierra, que es la madre, algunas veces seca, otras húmeda.

Es perfecta la recreación de los dolores de  parto y de la inigualable sensación de amamantar a un hijo, con el correr de la leche por los conductos galactóforos a la boquita ávida de una criatura.
En esta novela la moral se da la vuelta cuando se siente hambre y pude confirmar lo que nuestra naturaleza siempre pide:
“Si el humano ya satisfizo sus necesidades de comida y vestido para su cuerpo, buscará comida y vestido para su ego”.
Es la historia de Wang Lung y su familia. Wang, quien vivía con su anciano padre a quien diariamente debía atenderlo. Luego se iba a labrar la tierra, pero “estaba en edad de mujer”  y su padre le hizo saber que iría a la casa grande a pedir una esclava como su esposa; sólo pidió que no estuviera picada de viruela ni tuviera el labio partido. Y así Wang Lung ese día lavó su cuerpo y cepilló su trenza y fue por su mujer. Le decepcionaron sus grandes pies, pues era de buen gusto tener una mujer de pies pequeños que hubieran sido vendados. Sin haberla visto antes, regresó con O Lan. Por la noche él y ella se recostaron en su cama; él no pudo acercarse pero lo hizo ella. Desde que se casó con O Lan, Wang Lung empezó a vivir en la abundancia y a comer la buena comida que ella sabía preparar. Le ayudaba en la siembra y cosecha de su grano.Él pensó que había sido bueno tener aquella mujer que a veces sonreía, con una sonrisa que no subía a los ojos. O Lan parió cuatro hijos sin ayuda de nadie. Pero vino la sequía y no hubo qué sembrar ni qué cosechar. La gente se moría de hambre; los vivos se comían a los muertos y a los perros. O Lan en esas fechas amamantaba a una niña, pero dejó de hacerlo por otro embarazo y, cuando dio a luz, igual que siempre, pidió estar sola. Wang Lung oyó sólo un chillido y luego el silencio. O Lan le dijo: “Nació muerta”, pero tenía dos moretones en el cuello.

El retrato de la miseria en las comunidades chinas a principios de Siglo XX, así lo explica la autora: “La familia entra en un sopor, tirados en sus camas con la piel pegada a los huesos. No había nada qué comer, ni siquiera raíces. De vez en cuando comían un poco de tierra para calmar su estómago, que después ya no pedía. Pensaban que así morirían”. Salvados también por la venta de sus muebles y el medio de la limosna.

Como siempre, queda el recurso de la migración, y se fueron a la gran ciudad donde Wang Lung trabajó tirando de una carreta que transportaba hombres, bajo el frío, bajo la lluvia y sobre piedras, que eran sus enemigos personales; paso a paso se le clavaban en sus pies haciéndolo sangrar.

Uno de los pasajes que más me impresionó de esta obra fue el contacto por primera vez de Wang Lung con la figura de Cristo crucificado pintada en un cuadro, donde algo extraño pasó, pues le trajo consuelo, pensando: “Éste sufrió más que yo”. Y se preguntaba: ¿Qué habrá hecho este hombre para merecer semejante muerte?”, pues él no sabía que se trataba del Dios de otros. En su desesperación por volver a su tierra, cruzaba por su mente la idea de vender a su pequeña hija, pero se decía a sí mismo: “Si no la hubiera estrechado contra mi pecho…”. Y no pudo.


Vino una revolución, porque dice Buck que: “Esas cosas suelen suceder cuando los ricos son muy ricos y los pobres son muy pobres”. Las casas de los ricos fueron saqueadas. O Lan y Wang Lung obtuvieron oro y joyas. Regresaron a su tierra. Él compró más y más tierra. Fue un hombre rico y respetado. Entonces reparó en la mujer fea que poseía, y pensó que ahora merecía algo mejor. Por lo que fue a una casa de té y conoció a Loto, la más hermosa, de piel suave y joven, de ojos de almendra, con cuerpo frágil y pies tan pequeños que la hacían caminar con saltitos. Y él fue su esclavo. Le complacía en todo. Y O Lan sufría, pero no hablaba. Sólo su padre de vez en cuando le gritaba a Loto: “¡Ramera!”

O Lan murió y Wang Lung la conoció entonces, y sintió remordimientos por no haberla amado. La extrañaba. Vistió de luto a toda la familia con ropa blanca, que es el luto de los chinos. Vivió sorprendiéndose de sus hijos, sufriendo y enorgulleciéndose de ellos. Envejeció cuando Loto, a fuerza de tanto regocijarse en la comida, se hizo una mujer gorda y no quedó señal de su belleza. Wang Lung tuvo la chispa de juventud que a los viejos les da; tomó otra mujer joven. Luego quiso morir en su tierra y escuchó a sus hijos decir que venderían todo y enfureció. Sólo para no hacerlo enojar le prometieron no venderla.
“La voz de Wang Lung oyéndola, no la escucharían más”.
Pearl S. Buck

La buena tierra, una novela escrita con una prosa extraordinaria. Será por eso que aquí en México se popularizó y fue una de las más leídas hace cuarenta años, cuando Yolanda Vargas Dulché la recreó con dibujos en la revista semanal, Lágrimas y risas, dentro de la serie que llamó “Grandes Novelas”. También fue llevada al cine.



Angélica López Gándara. Autora del libro El peor de los pecados, es colaboradora permanente de la revista Siglo Nuevo, suplemento del periódico El Siglo de Torreón, donde también se ha desempeñado como editorialista. Ha publicado sus textos en las revistas Estepa del Nazas, La Manzana Cultural de Veracruz, Intermezzo, Edukt y Acequias, al igual que en los libros colectivos Enseñanza Superior, Voces del desierto, Sinfonía a dos voces, Cien puertas de Torreón y Coral para Enriqueta Ochoa. Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo Cultural "Armando Fuentes Aguirre", en el 2000 y 2015. Ha participado en diferentes foros literarios y culturales de la región, como presentadora de libros y conferencista, principalmente; de igual forma ha colaborado con las principales instituciones culturales de la Comarca Lagunera.


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