TEXTOS CARDINALES Realidad y literatura. Con algunas inversiones necesarias de valores [1] | Julio Cortazar


Hubo un tiempo entre nosotros, a la vez lejano y cercano como todo en nuestra breve cronología latinoamericana, un tiempo más feliz o más inocente en el que los poetas y los narradores subían a las tribunas para hablar exclusivamente de literatura; nadie esperaba otra cosa de ellos, empezando por ellos mismos, y sólo unos pocos escritores fueron aquí y allá la excepción de la regla. En ese mismo tiempo los historiadores se concentraban en su especialidad, al igual que los filósofos o los sociólogos; lo que hoy se da en llamar ciencias diagonales, esa invasión e interpenetración de disciplinas que buscan iluminarse recíprocamente, no existían en nuestra realidad intelectual cómoda y agradablemente compartimentada.

Ese panorama que en alguna medida podríamos llamar humanístico se vio trastornado por síntomas de dislocación y desconcierto que se volvieron acuciantes e imperiosos hacia el término de la Segunda Guerra Mundial; a partir de eso sólo las mentalidades estrictamente académicas y también las estrictamente hipócritas se obstinaron en mantener sus territorios, sus etiquetas y sus especificidades. Hacia los años cincuenta esta sacudida sísmica en el establishment de lo intelectual se hizo claramente perceptible en el campo de la narrativa latinoamericana; los cambios fueron incluso espectaculares, en la medida en que entrañaban una resuelta toma de posición en el terreno geopolítico, más que un avance formal o estilístico; como el viejo marinero de Coleridge, muchos escritores latinoamericanos despertaron «más sabios y más tristes» en esos años, porque ese despertar representaba una confrontación directa y deliberada con la realidad extraliteraria de nuestros países.

Los ejemplos de esta toma de posición son inmediatos y múltiples en esa década, pero cabría decir que ya estaban condensados proféticamente en la obra de dos grandes poetas cuyo salto hacia adentro, por decirlo así, surge inequívocamente cuando se mide, en César Vallejo, lo que va de Los heraldos negros a Trilce y los Poemas humanos, y en Pablo Neruda cuando se pasa de Residencia en la tierra al Canto general. Por su parte la narrativa, que anunciaba ya esa nueva latitud de la creación a través de la obra de Mariano Azuela, Ciro Alegría y Jorge Icaza entre otros, se perfila cada vez más como un método estético de exploración de la realidad latinoamericana, una búsqueda a la vez intuitiva y constructiva de nuestras raíces propias y de nuestra identidad profunda. A partir de ese momento ningún novelista o cuentista que no sea un mandarín de las letras subirá a una tribuna para circunscribir su exposición a lo estrictamente literario, como todavía hoy puede hacerlo en buena medida un escritor francés o norteamericano. Desde luego y por razones obvias y necesarias, esto es aún relativamente posible en la enseñanza universitaria (aunque también ahí los territorios se han trizado como un espejo), pero esa compartimentación no puede hacerse ya frente a un público de lectores u oyentes que se apasionan por nuestra literatura en la medida en que la sienten parte y partícipe de un proceso de definición y recuperación de lo propio, de esa esencia de lo latinoamericano tantas veces escamoteada o vestida con trapos ajenos.

Sé que aquí, como en tantos otros auditorios de nuestros países, estoy frente a ese público; por eso lo que pueda decirle hoy nace de la conciencia angustiada, hostigada, pero siempre llena de esperanza de un escritor que trabaja inmerso en un contexto que rebasa la mera literatura pero sin el cual su trabajo más específico sería —repitamos los versos célebres— «como un cuento dicho por un idiota / lleno de ruido y de furia / y sin sentido alguno».

Esa invasión despiadada de una realidad que no nos da cuartel es tan perceptible para los lectores como para los escritores conscientes de América Latina, y casi no necesito enumerar sus elementos más evidentes. Hoy y aquí, leer o escribir literatura supone la presencia irrenunciable del contexto histórico y geopolítico dentro del cual se cumplen esa lectura o esa escritura; supone la trágica diáspora de una parte más que importante de sus productores y de sus consumidores; supone el exilio como condicionante forzoso de casi toda la producción significativa de los intelectuales, artistas y científicos de Chile, Argentina y Uruguay entre muchos otros países. Vivimos la paradoja cotidiana de que una parte no desdeñable de nuestra literatura nace hoy en Estocolmo, en Milán, en Berlín, en Nueva York, y que dentro de América Latina los países de asilo como México o Venezuela ven aparecer casi diariamente en sus propias editoriales muchas obras que en distintas circunstancias les hubieran llegado de Buenos Aires, de Santiago o de Asunción. Todo un sistema de referencias, de seguridades intelectuales se ha venido abajo para ser sustituido por juegos aleatorios imprevisibles e ingobernables. Casi nadie ha podido ser capitán de su exilio y escoger el puerto más favorable para seguir trabajando y viviendo. A medida que pasa el tiempo el contenido y la óptica de muchas obras literarias empiezan a reflejar las condiciones y los contextos dentro de los cuales han sido escritas; pero lo que podía haber representado una opción, como tantas veces lo fue en nuestra tradición literaria, es ahora el resultado de una compulsión. Todos estos factores relativamente nuevos pero que hoy se vuelven agobiadores, están presentes en la memoria y en la conciencia de cualquier escritor que trate de ver claro en su oficio; de todas estas cosas es necesario hablar, porque sólo así estaremos hablando verdaderamente de nuestra realidad y de nuestra literatura[2].

Detrás y antes del exilio, por supuesto, está la fuerza bruta de los regímenes que aplastan toda libertad y toda dignidad en mi propio país y en tantos otros del continente. Gabriel García Márquez afirmo que no volvería a publicar obras literarias hasta que no cayera Pinochet; creo que afortunadamente está cambiando de opinión, porque precisamente para que caiga Pinochet es preciso entre otras cosas que sigamos escribiendo y leyendo literatura, y eso sencillamente porque la literatura más significativa en este momento es la que se suma a las diversas acciones morales, políticas y físicas que luchan contra esas fuerzas de las tinieblas que intentan una vez más la supremacía de Arimán frente a Ormuz. Y cuando hablo de la literatura más significativa quisiera que se me entienda bien, porque de ninguna manera estoy privilegiando la literatura calificada de «comprometida», palabra muy justa y muy bella cuando se la usa bien pero que suele encerrar tantos malentendidos y tantas ambigüedades como la palabra democracia e incluso, muchas veces, la palabra revolución. Hablo de una literatura por todo lo alto, como diría un español, una literatura en su máxima tensión de exigencia, de experimentación, de osadía y de aventura, pero al mismo tiempo nacida de hombres y mujeres cuya conducta personal, cuya responsabilidad frente a su pueblo los muestra presentes en ese combate que se libra en América Latina desde tantos frentes y con tan diversas armas. Sé de sobra hasta qué punto este auténtico compromiso del intelectual suele ser mal visto en sectores preponderantemente pragmáticos, para quienes la literatura cuenta sobre todo como instrumento de comunicación sociopolítica y en último extremo de propaganda. Me ha tocado, en la época en que escribí Libro de Manuel, soportar el peor y el más amargo de los ataques, el de muchos de mis compañeros de combate, para quienes esa denuncia por vía literaria del cruento régimen del general Lanusse en la Argentina no tenía para ellos la seriedad y la documentación de sus panfletos y sus artículos. Me cito porque el tiempo, encarnado en aquellos lectores que compartían mi noción del verdadero compromiso del intelectual, dio todo su sentido y su razón de ser a esa tentativa de convergencia de la historia y la literatura, como la dará siempre a los escritores que no sacrifiquen la verdad a la belleza ni la belleza a la verdad.

No hay que dudar en reconocer, frente a nosotros mismos y sobre todo frente a nuestros lectores, que muchos escritores de un vasto sector de América Latina sometido al caos de la explotación y la violencia de enemigos internos y externos, despertamos diariamente en nuestro país o en el exilio bajo el peso de un presente que nos agobia y nos llena de mala conciencia. A la vista de lo que está ocurriendo en países como el mío, a la vista de esos enormes campos de concentración disimulados con carnavales hidroeléctricos y campeonatos mundiales de fútbol, toda actividad básicamente intelectual parecería tener algo de irrisorio y hasta de gratuito; toda labor literaria y artística entraña una lucha permanente contra un sentimiento, una sospecha de lujo, de surplus, de evasión de una responsabilidad más inmediata y concreta. No es así, muy al contrario, pero muchas veces lo sentimos así. Tenemos que hacer lo que hacemos, pero nos duele en el acto de hacerlo. En muchos de nosotros el ejercicio de la más auténtica vocación se ve como agredida por la mala conciencia; y si esto se advierte en intelectuales de muchos países, países en donde cada uno tiene el derecho y los medios de dar a conocer abiertamente sus puntos de vista, sus aceptaciones y sus rechazos, ¿cómo describir el estado de ánimo de un intelectual chileno, boliviano, uruguayo o salvadoreño, que se esfuerza por seguir cumpliendo su trabajo específico en el interior o en el destierro, con las limitaciones y los problemas de toda naturaleza que ello le plantea?

Es entonces, cuando en mitad de una página me asalta como a tantos otros ese sentimiento de desánimo y de abandono, cuando me siento no sólo física sino culturalmente exiliado de mi país, es precisamente entonces que mi reacción tiene algo de perfectamente lógico si se mira a la luz de cualquier criterio razonable. Nunca lo sentí más claramente que el día en que me enteré de que un libro mío no podría ser publicado en la Argentina, como los de tantos otros escritores desterrados; simultáneamente con la amarga realización de que entre mis compatriotas y yo acababa de cortarse el puente que nos había unido invisiblemente durante tantos años y tantas distancias, y que el verdadero, el más insoportable exilio empezaba en ese momento, en esa soledad de la doble incomunicación del lector y el escritor, en ese mismo instante me ganó un sentimiento totalmente opuesto, algo que era como un impulso, un llamado, una convicción casi demencial de que todo eso sólo sería cierto si yo lo aceptaba, si yo entraba estúpidamente en las reglas del juego del enemigo, si me pegaba a mí mismo la etiqueta del exiliado crónico, si buscaba reconvertir mi vida hacia otros destinos. Sentí que mi obligación era la de hacer todo lo contrario, es decir multiplicar mi trabajo de escritor, exigirle mucho más de lo que le había exigido hasta entonces, y sobre todo proponer de todas las maneras posibles a mis compatriotas latinoamericanos, como seguiré haciendo mientras me queden fuerzas, una noción positiva y eficaz del exilio, una actitud y una responsabilidad totalmente opuestas a lo que quisieran aquellos que nos expulsan física y culturalmente de nuestros países y que esperan con ello no solamente neutralizarnos como opositores a sus dictaduras sino hundirnos lentamente en la melancolía y la nostalgia y finalmente en el silencio, que es lo único que aprecian en nosotros.

No me estoy saliendo del terreno de la literatura, muy al contrario. Voy a buscarlo allí donde hoy en día están naciendo tantos de sus productos, trato de mostrar los posibles valores que pueden resultar de la literatura del exilio, en vez de inclinarme ante el exilio de la literatura como lo quisiera el enemigo. Esa actitud positiva, esa determinación de asumir afirmativamente lo que por atavismo y hasta por romanticismo se tiende a ver a priori como pura negatividad, exige poner en tela de juicio muchos lugares comunes, exige el valor de autocriticarse en circunstancias en que lo más inmediato y comprensible es la autocompasión. Hace unos días se me acercó un señor que se presentó con estas palabras: «Yo soy un exiliado argentino». En mi fuero interno lamenté la prioridad que daba a su condición de exiliado, porque me pareció como tantas otras veces un reconocimiento sin duda inconsciente de la derrota, de la expulsión de una patria que de alguna manera pasaba a segundo plano en su presentación. Esto que parece psicología callejera no lo es cuando asume formas más complejas, cuando, por ejemplo, se convierte en un obsesivo tema literario. También aquí la usual noción negativa del exilio tiende a volverse poema, canción, cuento o novela, que en definitiva no pasan de ser alimento de la nostalgia propia y ajena. Recuerdo una frase de Eduardo Galeano sobre el exilio: «La nostalgia es buena, pero la esperanza es mejor». Claro que la nostalgia es buena, en la literatura y en la vida, puesto que es la melancólica fidelidad a lo ausente; pero lo ausente nuestro no está muerto, lejos de ello, y es ahí donde la esperanza puede cambiar el signo del exilio, sacarlo de lo negativo para darle un valor dinámico, unirnos a todos en el esfuerzo por reconquistar el territorio de la nostalgia en vez de quedarnos en la mera nostalgia del territorio.

Si un día logramos esto, si lo estamos logrando ya poco a poco como me parece comprobarlo en una parte de la literatura que nace hoy fuera de nuestros países, el peso de sus factores positivos aportará una contribución capital al conjunto de nuestras letras, que es decir también de nuestros pueblos. Una cosa es la cultura internacional adquirida dentro de cada país o en el curso de viajes de perfeccionamiento, y otra muy diferente la vivencia forzada y cotidiana de realidades ajenas que pueden ser favorables u hostiles pero que para el exiliado son siempre traumáticas porque no responden a su libre elección. Es entonces cuando conviene recordar que los traumatismos de todo tipo han sido siempre una de las razones capitales de la literatura, y que superarlas mediante una transmutación en obra creadora es lo propio del escritor de verdad. En estos últimos años he visto el efecto a veces destructor del desarraigo violento en hombres y mujeres que llevaban ya realizada una obra valiosa en sus países de origen. Pero a diferencia de ellos están los que han sido capaces de llevar a cabo esa alquimia psicológica y moral capaz de potenciar y enriquecer la experiencia creadora, los que han tenido la fuerza de hundirse hasta el fondo de la trágica noche del exilio y volver a salir con algo que jamás les habría dado el mero viaje de placer a París, la visita cultural a Madrid o a Londres. Y eso empieza a reflejarse ya en lo que se escribe lejos de la patria, y es una primera y difícil y hermosa victoria.

Hermosa precisamente porque su dificultad parece por momentos insuperable. Pienso en mis compañeros argentinos perdidos en tantos rincones de esta América y de Europa, en esos escritores cuyo trabajo empecinado representa fundamentalmente una batalla contra la muerte, quiero decir esa batalla que muchos libramos diariamente en nosotros mismos para seguir adelante mientras a nuestro lado, leyendo sobre nuestros hombros, hablándonos con sus voces de sombra, los que sucumbieron por escribir y decir la verdad nos impulsan y a la vez nos paralizan, nos instan a volcar en la vida y el combate todo lo que ellos no alcanzaron a completar como hubieran querido, y a la vez nos traban con el peso del dolor y de la desgracia. Yo ya no sé escribir como antes, hacia dondequiera que me vuelva encuentro la imagen de Haroldo Conti, los ojos de Rodolfo Walsh, la sonrisa bonachona de Paco Urondo, la silueta fugitiva de Miguel Ángel Bustos. Y no estoy haciendo una selección elitista, no son solamente ellos los que me acosan fraternalmente, pero un escritor vive de otras escrituras y siente, si no es el habitante anacrónico de las torres de marfil del liberalismo y del escapismo intelectual, que esas muertes injustas e infames son el albatros que cuelga de su cuello, la cotidiana obligación de volverlas otra vez vida, de negarlas afirmándolas, de escupirles en la cara de esa otra muerte, esa que Pablo Neruda viera proféticamente «vestida de almirante».

Si todo eso no se refleja un día de una u otra manera en la obra de los escritores latinoamericanos exiliados, los Videla y los Pinochet y los Stroessner habrán triunfado mas allá de su momentáneo triunfo material, mal que les pese a los que siguen creyendo que al enemigo hay que enfrentarlo culturalmente con su mismo vocabulario superficial, dialogando de alguna manera con él, reconociéndolo como un interlocutor válido en la medida en que no se sale del nivel de los panfletos y las consignas partidarias y las temáticas estrictamente ajustadas a la realidad política. Si no somos capaces de cambiar esencialmente la negatividad que busca envolvernos y aplastarnos, habremos fracasado en nuestra misión y nuestra posibilidad específicas, seremos solamente los escritores desterrados que se consuelan con novelas y poemas, los mismos que continuarán presentándose ante el mundo como «exiliados argentinos» o «exiliados paraguayos», para recibir como respuesta una sonrisa comprensiva o un asilo más. Creo que no es así, vivo en una ciudad donde diariamente recibo lo que se escribe en tantas otras, y sé que cuando llegue la hora de que los críticos y los especialistas tracen el panorama de la literatura latinoamericana de nuestros días, la creación cumplida en el exilio será un capítulo con características propias pero en plena ligazón con nuestra entera realidad, y que ese capítulo mostrará el nacimiento y el desarrollo de nuevas fuerzas, de rumbos diferentes y fecundos, de aportaciones acaso vertiginosas a la fuente común de nuestra identidad. Será como si una nación espiritual hubiera nacido de nuestras naciones devastadas por la opresión y la violencia y el desprecio, será como si el vientre torturado de nuestro Cono Sur hubiera parido una criatura que contiene y preserva la verdad y la justicia, el niño del futuro que, como en tantas mitologías y tantos cuentos de hadas es arrojado a las fieras o abandonado a la corriente de un río pero que volverá, llegado el día, para unirse definitivamente a su pueblo, tal como la historia vio un día a José Martí, tal como yo soñé un día a mi pequeño Manuel.

No tengo ya dudas de que la literatura de esta otra nación latinoamericana que es la nación del exilio continuará dándonos productos culturales que al sumarse a los que se originan en aquellos países cuyos intelectuales pueden trabajar dentro de su contexto propio, nos harán avanzar globalmente en tanto que lectores y escritores, quiero decir como pueblos. Ese avance abarcará las dimensiones más extremas y osadas de esa invención verbal que se abre paso en las conciencias y las subconciencias como una extraña, indefinible levadura que enriquece las potencias mentales y morales de los hombres. Es ahí, en esa oscura operación sin nombre pero claramente perceptible en el decurso de todas las civilizaciones, que lo literario nacido en esas condiciones tendrá un máximo valor político aunque no entre forzosamente en la dialéctica ideológica como tema o como pretexto. Es ahí que la experiencia que transmitirá esa literatura nacida hoy tantas veces de la peor angustia, de la exasperación y el desgarramiento, nos hará adelantar por ese camino que ella ha andado solitaria pero que quiere compartir con todos los suyos, el camino hacia nuestra identidad profunda, esa identidad que nos mostrará por fin nuestro destino histórico como continente, como bloque idiomático, como diversidad llena de similitudes amigas, para repetir el verso de Valéry.

En ese sentido la literatura más lúcida en estas décadas, venga del interior o del exterior de nuestros países, coincide en mostrar a través de ensayos, cuentos, novelas y poemas que incluso la más libre de nuestras naciones está muy lejos de ser auténtica y profundamente libre, y que prácticamente todos los escritores latinoamericanos, vivamos o no en nuestra casa, somos escritores exiliados. Todavía me asombra que haya entre nosotros intelectuales que dan la impresión de sentirse definitivamente seguros del terreno geopolítico que pisan, o que comparativamente se estiman en suelo firme porque los otros suelos tiemblan y se resquebrajan. Es el mismo tipo de intelectual que habla de los lectores, por ejemplo, como una realidad positiva en términos de tiradas de libros o de galardones literarios, y para quien ser editado y comentado es prueba suficiente de deber cumplido. Desde el punto de vista de nuestra realidad continental —hablo sobre todo del Cono Sur, pero esto se aplica a muchos otros de nuestros países— los intelectuales seguimos siendo un sector privado de toda estabilidad, de toda garantía. El poder nos controla ya sea de una manera salvaje o con arreglo a códigos en los que no hemos intervenido para nada, nos frena, nos censura o nos expulsa, y en estos últimos años directamente nos mata si nuestra voz disuena en el coro de los conformismos o de las críticas cautelosas. Vuelvo a citar a Rodolfo Walsh, eliminado cínicamente porque había osado decirle la verdad en plena cara al general Videla; y pienso en hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo para la conciencia de Macbeth. ¿Qué literatura puede ser la nuestra en estas condiciones, tanto la del exilio como la que se cumple en el interior de países menos atormentados, si no nos obstinamos en romper ese círculo de ignominia? Un ejercicio de la inteligencia por la inteligencia misma, como los que se ven hoy en algunos países de Europa, pero sin el derecho secularmente conquistado de los europeos a gozar más que nosotros de los puros placeres de la escritura; un triste autoengaño para tantos lectores y escritores que confunden cultura minoritaria con dignidad popular; un juego elitista, no porque nuestros escritores honestos acepten el elitismo sino porque las circunstancias exteriores a ellos les imponen un circuito cerrado, un circo donde todo aquel que ha podido pagar la entrada aplaude a los gladiadores o a los payasos mientras afuera los pretorianos contienen a la inmensa muchedumbre privada a la vez del pan y del circo. Digo con imágenes algo que siento y que vivo con mi propia sangre; me avergüenza como si yo mismo fuera el responsable cada vez que leo entrevistas en las que se habla de grandes tiradas de libros como si constituyeran la prueba de una alta densidad cultural; me avergüenza que entre nosotros haya intelectuales que todavía escamotean el hecho desnudo y monstruoso de que vivimos rodeados por millones de analfabetos cuya conquista cultural más importante se reduce a las tiras cómicas y a las telenovelas cuando son lo bastante afortunados para llegar a ellas. Detrás de todo eso, y es más que obvio decirlo, está la política de «patio de atrás» del imperialismo norteamericano y la complicidad de todos aquellos poderes nacionales que protegen a las oligarquías dispuestas a cualquier cosa —como en El Salvador, para dar un solo ejemplo— antes de perder sus privilegios. ¿De qué podemos jactarnos los escritores en este panorama en el que sólo brillan unos pocos, aislados y admirables fuegos de vivac? Nuestros libros son botellas al mar, mensajes lanzados en la inmensidad de la ignorancia y la miseria; pero ocurre que ciertas botellas terminan por llegar a destino, y es entonces que esos mensajes deben mostrar su sentido y su razón de ser, deben llevar lucidez y esperanza a quienes los están leyendo o los leerán un día. Nada podemos hacer directamente contra lo que nos separa de millones de lectores potenciales; no somos alfabetizadores ni asistentes sociales, no tenemos tierras para distribuir a los desposeídos ni medicinas para curar a los enfermos; pero en cambio nos está dado atacar de otra manera esa coalición de los intereses foráneos y sus homólogos internos que genera y perpetúa el statu quo, o mejor aún el stand by latinoamericano. Lo digo una vez más para terminar: no estoy hablando tan sólo del combate que todo intelectual puede librar en el terreno político, sino que hablo también y sobre todo de literatura, hablo de la conciencia del que escribe y del que lee, hablo de ese enlace a veces indefinible pero siempre inequívoco que se da entre una literatura que no escamotea la realidad de su contorno y aquellos que se reconocen en ella como lectores a la vez que son llevados por ella más allá de sí mismos en el plano de la conciencia, de la visión histórica, de la política y de la estética. Sólo cuando un escritor es capaz de operar ese enlace, que es su verdadero compromiso y yo diría su razón de ser en nuestros días, sólo entonces su trabajo puramente intelectual tendrá también sentido, en la medida en que sus experiencias más vertiginosas serán recibidas con una voluntad de asimilación, de incorporación a la sensibilidad y a la cultura de quienes le han dado previamente su confianza. Y por eso creo que aquellos que optan por los puros juegos intelectuales en plena catástrofe y evaden así ese enlace y esa participación con lo que diariamente está llamando a sus puertas, esos son escritores latinoamericanos como podrían serlo belgas o dinamarqueses; están entre nosotros por un azar genético pero no por una elección profunda. Entre nosotros y en estos años lo que cuenta no es ser un escritor latinoamericano sino ser, por sobre todo, un latinoamericano escritor.
 
Texto tomado de Clases de literatura de Julio Cortazar. Nº de páginas: 320 págs. Editorial: ALFAGUARA. ISBN: 9788420415161
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[1] Conferencia publicada con variantes y con el título «De gladiadores y niños arrojados al río en Obras completas, vol. VI, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2006. Al no disponer de la grabación, transcribimos la copia mecanográfica en español que se conserva con esta nota en la primera página: «Jalapa, 1980. Berkeley. 1980 (en inglés). Dar a Les Temps Modemes (enero 81)».
[2] En la versión que leyó en inglés, Cortázar añadió en este punto respecto a la versión castellana leída en la Universidad de Veracruz, Jalapa, el 4 de septiembre de 1980: «And I know all too well that these factors are frequendy neglected in academic research and literary criticism».

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