CUENTO Los felinos | Juan José Arreola


El que sacó de la leonera el guante de Doña Juana; Don Quijote que mantiene a raya dos fieras con pura grandeza de alma; Androcles sereno y sin retórica (el león ya no se acordaba de la espina); los mártires cristianos que se metieron por la fuerza en las fauces hambrientas; y el Vizconde de los Asilos que estropeó un espectáculo circense al poner un sándwich en la boca del Rey de la Selva sin látigo y sin silla plegadiza, han hecho del oficio de domador uno de los más desprestigiados en nuestros días.

En realidad el león sobrelleva a duras penas la terrible majestad de su aspecto: el cuerpo del edificio no corresponde a la fachada y es como su alma, bastante perruno y desmedrado. Sigue siendo un carnívoro gracias a ciertos súbditos que realizan para él oficio de verdugos. El león se presenta intempestivamente en los banquetes salvajes y a base de prestancia pone en fuga a los comensales. Luego devora solitario y lleno de remordimientos los restos de una presa que nunca captura personalmente. Si de ellos dependiera, todos los leones que ambulan por la selva estarían ya enjaulados, triturando fémures y costillares de caballo tras de innecesarios barrotes. En fin de cuentas, nunca son tan felices como al verse hechos de mármol y de bronce o estampados por lo menos en los alarmantes carteles del circo. La falta de melena hace que muchos felinos se busquen por sí mismos el sustento. De allí la innegable superioridad de tigres, panteras y leopardos, que a veces logran forjarse una leyenda atacando piezas de ganado mayor después de poner en fuga cobarde a los guardianes.

Si no domesticamos a todos los felinos fue exclusivamente por razones de tamaño, utilidad y costo de mantenimiento. Nos hemos conformado con el gato, que come poco y que de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo. Sólo algunos príncipes orientales pueden darse el lujo de poseer felinos en formato mayor, que ronronean como una locomotora, que son muy útiles como perros de caza, que devoran ellos solos la mitad del presupuesto palaciego, y que si llegan a distraerse y arañan, son capaces de mondar a cualquier esqueleto de toda carne superflua.

De Bestiario


JUAN JOSE ARREOLA. Nació el 21 de septiembre de 1918 en Zapotlán el Grande, Jalisco, México. Con el concurso de sus pasiones: el teatro, el ajedrez y la conversación, Arreola compuso una biografía irrepetible. Fue editor de distintas revistas —Eos y Pan, entre otras—, así como de varias series que enaltecen la bibliografía mexicana: Los Presentes, los Cuadernos y los Libros del Unicornio. Para el teatro escribió una farsa de circo, Tercera llamada, ¡tercera!, o empezamos sin usted, y un juguete cómico, La hora de todos. Reunió sus cuentos y prosas bajo títulos como Varia invención, Confabulario, Palíndroma, Prosodia. Escribió una sola novela, La feria, y un ensayo biográfico, Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario. Los textos de Bestiario acompañaron originalmente una carpeta con 24 dibujos de animales realizados por Héctor Xavier. Arreola murió el 3 de diciembre de 2001 en Guadalajara, Jalisco.

Ilustración | C. Brooke - White Cats (1953)

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