BLANCO Cuestiones de taller | Daniel Medina


Nada más común en este mundo que buscar ayuda. Nada más común en este mundo, y posiblemente en otros, que buscar un taller literario cuando uno inicia en los asuntos de la escritura poética. He pensado siempre que el tallerista posee algo similar a un mapa cuyos trazos van de continente a continente, apuntes que señalan atajos y compendios de rutas que deben evitarse a toda costa; un par de recomendaciones para no sufrir accidentes y llegar de forma menos turbulenta al destino deseado. Hay, por supuesto, lecturas distintas de este mapa por razones obvias. Un taller, desde esta visión, es el ofrecimiento de la experiencia para evitar naufragios.
            Es cierto que el tema está rodeado de prejuicios y en ocasiones con justicia: que si el asistente debe soportar el ego de dimensiones pantagruélicas de quien imparte; que si el tallerista cree en cierto tipo de escritura como roca inamovible y termina moldeando una especie de ejército de clones. Lo única certeza es que el éxito del taller no depende del tallerista sino de la disposición de los asistentes.
            En alguna ocasión, hace un par de años, tuve la oportunidad de asistir a un pequeño taller impartido por cierto poeta cuyo nombre omitiremos al menos esta vez. De esto recuerdo pocas cosas y, sobre todo, cierta frase: “no le prendo fuego a esta pendejada porque me chingan”. Si bien esta frase es común en el contexto de la corrección literaria, debo agregar que, justo un día antes, aquel poeta dio el visto bueno y el aplauso por ese poema primerizo e inocente. Uno termina más confundido que al inicio. También recuerdo un (anti)consejo: leer a Pita Amor por sobre todas las cosas. Baste eso para resumir la situación. Y es cierto: existen talleristas que no aplican en sus textos nada de lo que proponen. La confusión va en aumento.
            Siempre, cuando joven, es difícil enseñar los poemas iniciáticos (si es que la etapa de genio maldito y de “ya quisiera Neruda escribir uno de estos” ha pasado) pero más difícil es desprenderse de ellos, cambiar de página y desechar ese puñado de poemas que por cuestión de un azar que estamos lejos de comprender resultaron ser veinte. Decía un maestro: una cosa es un poeta maldito y otra un maldito poeta. Los aprendizajes van acumulándose de esa forma, de frase en frase, de lectura en lectura y de gente en gente que sin darse cuenta termina enseñándonos a escribir. El taller, como las escuelas de escritores y las universidades, es apenas un impulso para la escritura y en muy rara ocasión piedra angular. Cuestión de suerte, en ocasiones.
            Pero como señala Eugenio Montejo en su Taller Blanco, si existe un taller al que debemos prestar excesiva atención es al primero al que asistimos en la vida, ese que surge antes que el mismo conocimiento y gusto por las palabras y su magia y fuerza. Casi siempre situado en la niñez o la pubertad, existe un taller cuya fórmula es más efectiva que cualquier método ideado en la cabeza de un tallerista; y aunque a menudo evito caer en ideas románticamente ramplonas, debo decir que esta vez es imposible: el taller primerizo es, ciertamente, el taller de la vida. Me explico: señala Montejo en el texto referido anteriormente que si algo ha marcado con insistencia su escritura es el Taller Blanco, en otras palabras, el acercamiento y posterior ejecución del oficio del panadero:

Hablo de un aprendizaje poético real, de técnicas que aún empleo en mis noches de trabajo, pues no deseo metaforizar adrede un simple recuerdo. Esto mismo que digo, mis noches, vienen de allí. Nocturna era la faena de los panaderos como nocturna es la mía, habituado desde siempre a las altas horas sosegadas que nos recompensan del bochorno de la canícula. Como ellos me he acostumbrado a la extrañeza de la afanosa vigilia mientras a nuestro redor todas las gentes duermen. Y en lo profundo de la noche lo blanco es doblemente blanco.

Y es cierto, el oficio de la poesía es cercano al oficio de existir, de respirar y articular palabras desde un sonoro balbuceo. Pocos talleres enseñan semejante cosa. Y es que si nos detenemos a pensarlo, lo que señala el autor del Alfabeto del mundo ha sido cierto desde siempre: hay un taller cero, una experiencia ofrecida por la infancia y que logra, antes que formulemos nuestra primera e inocente línea, una enseñanza poética imprescindible. Similar es el caso de Simic, quien compara las preocupaciones del poeta con las del ajedrecista:

Recientemente me di cuenta de que en mi pasado hay otra cosa que contribuyó a mi perseverancia en la escritura de poemas, y es mi amor al ajedrez. Aprendí el juego a los seis años, en tiempos de guerra en Belgrado, gracias a un profesor de astronomía retirado y durante los años siguientes me hice lo suficientemente bueno para derrotar no sólo a los niños de mi edad, sino a muchos de los adultos del barrio. Mis primeras noches de insomnio, lo recuerdo, se debieron a los juegos que perdí y que repasaba en mi cabeza. El ajedrez me volvió obsesivo y tenaz. […]  El tipo de poemas que escribo —en su mayoría breves y que requieren interminables retoques— me recuerda los juegos de ajedrez. Su éxito depende de que palabra e imagen sean puestos en el orden adecuado y sus finales tienen que poseer la inevitabilidad y la sorpresa de un jaque mate ejecutado con elegancia.

Si bien existen buenos y malos talleristas, debemos tener en claro que la escritura del poema es un fenómeno del que sabemos poco o nada, no hay certezas de su alumbramiento y, en ese sentido, el taller ofrece herramientas y ejercicios que pueden depurar lo ofrecido por ese taller primerizo al que todos, sin excepción, hemos asistido y tomado apuntes de su magnífica enseñanza.
El germen de la escritura poética nace mucho antes que la misma idea de poema. Con toda seguridad, en esos primeros años de vida y aprendizaje del mundo, hay un taller cero cuyo programa es infalible; huye de toda instrucción y atajo, de todo orden y de toda nomenclatura. Se da en la página sin tener conciencia: sólo sucede.



DANIEL MEDINA (Mérida, 1996). Es autor de las plaquettes de poesía Mímesis para gusanos (2015) y Casa de las flores (2016). Ha publicado poemas y traducciones en Blanco Móvil, La Gualdra (suplemento cultural de La Jornada Zacatecas) y Periódico de Poesía. Obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 años de letras mexicanas y el IV Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara, ambos en 2014; así como la mención honorífica del Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015. Es responsable del proyecto editorial Ediciones O. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.

1 comentario:

  1. Esa cita de Simic es la mejor exposición que he visto sobre la contundencia que buscamos en el cierre de un poema, justo cuando mis alumnos de taller iniciático me piden que se lo baraje más despacio. Pues les comparto tu columna y gracias por compartir tu experiencia y visión sobre talleres.

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