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    CRÓNICA Arte Maya, cuando la artesanía se convierte en obra de arte | Mauro Barea


    El Arte que ha asombrado al mundo por casi cuarenta años está en peligro de perderse para siempre. Desde Ticul, Yucatán, la Familia Echeverría Castillo ha logrado lo que nadie: llevarnos cientos de años en el pasado para volver a observar, el mismísimo arte que nuestros antepasados mayas nos dejaron en forma de reliquias.
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    En las tierras del Mayab, en Yucatán, se ubica la conocida Ruta Puuc que abarca los vestigios prehispánicos de Uxmal, Sayil, Labná, Xlapak y Kabah, incluyendo las grutas de Calcehtok y el laberinto de Oxkintok, único en su tipo. Ticul suele ser una parada obligatoria, pues está enclavado a pocos minutos de las zonas arqueológicas antes mencionadas, y a pesar de considerarse como un «pueblo», posee infraestructura que la hace pensar como una ciudad. Aún así, en sus calles se siente, desde la llegada, la tranquilidad ajena al estrés de las grandes ciudades, y su gente nos recibe con la calidez yucateca acostumbrada.
             La última vez que estuve en Ticul, unos seis o siete años atrás, llegué con mi familia a una galería-escuela-taller-tienda llamada Arte Maya, ubicada justo a la salida de Ticul, conectando a la carretera que lleva a Muna. Esa vez, un joven muy amable nos mostró la enorme sala taller abierta permanentemente al público, y una galería más pequeña, reservada para conocedores y coleccionistas. Nos preparó una figura de yeso, con simple jugo de naranja agria, tierra roja, y humo de ramas verdes que quemó para ahumarla. En unos minutos, transformó una figura de yeso normal en una pieza encontrada en una ruina maya bajo el suelo. A esta singular alquimia la llamé «Magia» aquella vez. Ahora sé que el joven se llama Moisés Echeverría Castillo, hijo de la pareja que creó la Magia. Desde esa vez quedé impresionado y me prometí regresar para llevar algo más de aquella singular galería.


    La última vez que pasé por Ticul y la Ruta Puuc, esta vez solo, me quedé a pernoctar en el pueblo, saboreando el aire limpio y relajando mis sentidos con el folclor yucateco. A la mañana siguiente, me dirigía a las grutas de Calcehtok, pero estaba lejos de imaginar que mi parada más importante estaba a la salida de Ticul. Llegué temprano, a eso de las nueve de la mañana. Uno puede estacionar sin ningún problema el automóvil dentro del enorme predio que es la galería, llena de plantas y formas piramidales que recuerdan vestigios mayas semienterrados. La señora Lourdes Castillo me recibió excelentemente, no tenía el gusto de conocerla, y en seguida entablamos conversación, debido a mi fascinación que le tengo a ese arte desde que era niño. La señora Castillo quedó gratamente impresionada por la forma en que conocía y valoraba Arte Maya, cosa que, me comenta, los paisanos no hacen. Sin pensarlo, me mostró la galería reservada, donde se concentran los más exquisitos trabajos de don Luis Echeverría Villalobos, y si es posible la expresión, uno puede perderse ante la inmensidad del trabajo reunido en la pequeña sala. Vasijas, vasos ceremoniales, platos, esculturas de la isla de Jaina, reproducciones hechas al más mínimo detalle, hacen pensar que estos artistas viajaron al periodo Maya Clásico y de ahí las trajeron para nuestro deleite.


    Poco después llega don Luis, y no puedo más que expresar mi gusto y honor en conocer a semejante artista. La charla con doña Lourdes y don Luis me permite intimar un poco sobre su gran pasión de hacer obras de arte, no artesanías que pululan en los centros comerciales, en los «Flea Market» y mercadillos a la salida de las zonas arqueológicas.
              La plática con estos grandes Maestros de la cerámica se hace más amena conforme se entra en confianza. Comentan con sabor agridulce: «Arte Maya es una corriente que, debo decir, morirá con nosotros dos. Cuarenta años nos costó llegar a la perfección que les daba a los mayas hacer grandiosas obras de arte, y créeme que probamos desde las cosas más estúpidas hasta las más atinadas. Fue el camino del aprendizaje que nos trajo aquí», comenta don Luis, «Si alguien más quiere hacer algo como nosotros, les debe tomar su respectivo tiempo. Es poco o nulo el interés que hay en los locales, aprender el verdadero arte maya. Se conforman con manejar el barro, y venderlo, pintar con pintura incluso vinílica, industrializar y crear moldes y moldes de las mismas figuras; eso no es arte, es industria, es fabricar, vender por unos pesos una obra que sus artistas originales crearon con un fin, y ese fin, se ha degradado en los intentos de acercarse a moldear, pintar esas figuras históricas».


    Y es que a don Luis le asiste la razón: sus obras han competido en diferentes concursos, llevándose premios a nivel nacional e internacional representando a Ticul y Yucatán: «Nuestras piezas se encuentran dispersas por todos los continentes: coleccionistas, gente que sí paga los elevados precios porque entiende el producto que se está llevando. Desde Alemania hasta Australia, se han llevado piezas envueltas como verdaderos tesoros y hemos hecho grandes amigos que vienen exclusivamente a visitarnos a Arte Maya».
              Y no es para menos, los precios de las reproducciones dentro de la galería «exclusiva», van desde los $1000 hasta los $50,000 pesos, y más. Las cantidades suenan elevadas, pero el Museo Metropolitano de Nueva York las ha comprado hasta en diez veces su precio. De cualquier forma, en la galería externa hay piezas a precios accesibles, y su calidad sigue siendo incomparable a las «artesanías industrializadas» que se consiguen en cualquier tienda. Cuando les pregunté si había algún apoyo por parte de las autoridades, me comentan con cierto desencanto: «El gobierno solo alza la cabeza cuando se ganan premios importantes a nivel nacional o mundial. No existe presupuesto para financiar una empresa así, ni como escuela de arte, ni como lugar turístico».
              Es notable que haya muy poca afluencia a la galería, no hay parador turístico, entran turistas muy esporádicamente. Don Luis y doña Lourdes han subsistido con propios recursos, trabajando como un equipo homogéneo que crea Magia en cada una de las reproducciones, y mientras la plática continúa, me doy cuenta que don Luis es una persona perfeccionista y muy exigente, autocrítico en su trabajo, apasionado de la cultura maya, puede hablar de cualquier tema referente a su arte y la historia en general. Ahora me queda más claro de donde salen semejantes obras. Doña Lourdes, de carácter alegre y bohemio, pinta la mayor parte de las figuras, y les da ese acabado con una técnica de «patinado», que hace que las vasijas, platos y vasos lleven ese sello característico de antigüedad, desgastadas, con roturas, como si se trataran verdaderas piezas de museo. «El secreto viene desde la tierra que se usa para moldear las piezas. Es una tierra muy especial que tienes que encontrar, cosa nada fácil; sacarla con las manos y llevarte picaduras de unas hormigas muy belicosas, las creadoras de esa tierra especial».


    Más de dos horas de plática amena, y llevando mis respectivas piezas que considero tesoros, tuve que despedirme de la genial pareja de artistas. En la entrada de la galería el enorme mural de Palenque del Dios del sol Kin permanece como un guardián milenario. Afuera también hay estelas en piedra, esperando que alguien las acoja como recordatorio de que la cultura Maya vive, y gracias a artistas como doña Lourdes Castillo y Luis Echeverría, se mantiene vigente, a pesar de las dificultades económicas, de apoyo, de la poca falta de visión de los institutos culturales y gobiernos. Un arte que, desgraciadamente, se aprecia mucho más en el extranjero, y que tal vez nuestros hijos puedan no apreciar en un futuro. Si tengo la oportunidad de regresar a Yucatán seguro que iré a Ticul y a Arte Maya, un lugar único, con personas únicas en el mundo.



    MAURO BAREA (Cancún, 1981). Estudió la Maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundos; publicado en la antología infantil Mi mejor amigo (Editorial Verbum, Madrid, 2015). Fue articulista para la Revista Pioneros, publicación historiográfica de Quintana Roo (2011-2015). Estuvo a cargo de la columna Desde Ninguna Parte para el periódico Quintana Roo Hoy, con temas culturales y sociopolíticos (2015-2016). Finalista y antologado en el Certamen Relats d' amor del Adjuntament de Constantí (Tarragona, 2017) y finalista del V Concurso de Microrrelatos del Ateneo de Mairena (Sevilla, 2017).

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