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POESÍA Aquellas primeras tardes del otoño | Juan Marcelino


SIN PRISA

Sin prisa alguna
salvamos la calle tomados de la mano
          con la ternura a cuestas
          y una botella de besos clandestinos,
justo del otro lado de la acera
nos esperaba la noche despeinada
y la locura flotando entre los sueños.

Desde el balcón a oscuras
escuchamos el paso de las nubes,
el traslúcido canto de la fuente,
y el tozudo ulular de las sirenas.

Y en la búsqueda del uno contra el otro
no precisamos de brújula ni luz,
          nos encontramos
          en el ansía guardada entre los huesos
          en el sigilo          de la piel desnuda. 
         

DE LA NOCHE

Con la premura de las hojas muertas
cae la última hora de septiembre

apenas cruzando la avenida
       palpitan semáforos en rojo
cortejados por el viento norte

En algún lugar de la ciudad
             es muy probable
que vida y muerte caminen de la mano,
que algún viejo al borde del suicidio
se queje de dios y del gobierno,
o que una niña
sueñe con gatos y canarios,

     incluso
         también es muy probable
         que no suceda nada.

Pero la noche
se pasa de largo sin mirar
mientras nosotros
       (también a ciegas)
desafiamos la brevedad del tiempo
en el hechizo de un beso improvisado. 


SECRETO A MEDIAS

S e m i d e s n u d a
te pones de pie al lado de la cama
y un trozo de luz esboza tu silueta,
mi camisa
     es la única prenda que te cubre
y tu  p i e l 
     se me revela como un secreto a medias;

Corres despacio la cortina,
tu sombra y tú
     se vuelven una sola con la noche,
y la ciudad se torna en un murmullo
del cual nos vamos olvidando.

Entonces, sin poder mirarte
adivino tu cuerpo junto al mío,
y en la oscuridad total que nos embriaga
germinan el beso y la caricia;
y las manos que siempre fueron torpes
van inventando su razón de ser.


AL PASO DE LOS AUTOS Y LAS HORAS

Te pienso así,
como en aquellas primeras tardes del otoño:
tomando café negro y sin azúcar
en la banca de un Oxxo,
mirando a través de la ventana 
el paso de los autos y las horas
por la avenida gris
            de una ciudad que no es la tuya.

Tal vez ojearás una revista
para espantar la lentitud del tiempo
y distraer la pena que te ocupa.
Acomodarás de nuevo tus cabellos
y al mirar el reloj te darás cuenta
que lo viste hace apenas tres minutos.

Quizá te dé por recordar
que alguna vez ahí estuvimos juntos
e imagines también que yo te pienso
como en aquellas primeras tardes del otoño.


SAL Y CANELA

Compartimos la mesa,
                          la sal y la canela,
el pan, la risa, la añoranza,
compartimos también la taza de café
    en un intento por burlar el sueño.

Compartimos
    (tal vez por accidente)
el roce vago de las manos
     al querer tomar la servilleta.

Compartimos el sol de la mañana,
y vimos juntos
     al indeciso viento de noviembre,
arrastrando las hojas quebradizas.

Compartimos
     trozos de eternidad
                   por unas horas.


JUAN MARCELINO RUIZ. Nace en Cd. Juárez en 1963 y radica en Cd. Cuauhtémoc desde hace más de 25 años, donde se desempeña como profesor en una escuela de educación primaria. Ha pertenecido a diferentes talleres literarios, cursó un Diplomado en Creación Literaria. Ha publicado cuento y poesía en diversas revistas y diarios del norte y centro del país. Es autor de los libros: Derrepentes (1998), poesía, UACH; Quinteto para un Pretérito (2000), poesía, ICHICULT; Del Aleph a Guernica (2010) cuento, Ficticia Editorial; El Hormiguero (2012), novela, Doble Hélice; Delitos Menores (2014), varia invención, Abaleo Ediciones, entre otros. 


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