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RESEÑA Poemas para armar: Sobre Colibrije, de Balam Rodrigo | Daniel Medina


En ocasiones, la poesía mexicana reciente olvida que el poema puede ser un juego, una serie de estructuras armables e intercambiables, matizadas en un lenguaje tenso, poderoso y armónico. ¿Toda poesía es un marco teórico? ¿La temática del poema es acaso más importante, relevante dentro de la manufactura de un libro? ¿O es que tema y tensión lingüística van de la mano y son complementarias? La única certeza, dentro del marco de la poesía última, es que poetas como Balam Rodrigo se mueven magistralmente por etapas creativas reservándose el derecho de regresar cuando sea necesario. Balam es un poeta de muchos libros, de largos periodos de escritura en los que sostiene un registro particular hasta la aparición de otro o el cambio a voluntad.
            Tiempo, la poesía requiere tiempo para gestarse. Colibrije (FOEM, 2017) fue escribiéndose entre 2006, 2008 y 2011. Ganador del Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco 2016, es un libro compuesto por cinco poemas capitulares o cinco estaciones al interior de un museo de rostros y de espejos. Suerte de homenaje, acto de saldar las deudas poéticas con la tradición y los maestros, en estas páginas caminan Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Gilberto Owen, José Gorostiza y Amado Nervo.
En la primera habitación del Colibrije o museo salvaje del poeta chiapaneco, encontramos al Octavio Paz del poema “Jardín con niño”. La apropiación de la identidad, o mejor dicho la formación del espejo de Balam Rodrigo se titula “Octavio Paz silba silencio sobre una página mientras la música de nueve floripondios alumbra su jardín en Coyoacán”. El acto del silbo y la introspección que realiza el poeta está totalmente ligada a ciertas líneas del autor de Árbol adentro, es decir, el Paz que dibuja Balam es una extensión del Paz dibujado por sí mismo: “el rincón del monólogo” como denomina el nacido en 1914 a su jardín, es el espacio elegido por el autor de Colibrije para esta inmersión pazeana. Del mismo modo, Paz dice: “Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías”. Y precisamente el acto que se realiza en este libro es echar a volar las profecías vinculadas a la contemplación del floripondio como posibilidad y alargamiento del conocimiento poético: “Los floripondios son trompetas de nieve, cornos de leche que silban música lunar, color de hueso, para levantar a los vivos de su letargo de pájaros muertos, del mortal aburrimiento”.
            La segunda estación es “José Emilio Pacheco deambula por las calles de la antigua Tenochtitlán hasta encontrarse con una manada de jacarandas, el fantasma de Juan Rulfo y un ramo de leones en el metro Etiopía”. En este caso, Balam dialoga con un poema de Pacheco publicado en su libro El reposo del fuego; usado como epígrafe, dice: “¿Qué se hicieron tantos jardines, las embarcaciones y los bosques, las flores, los prados? Los mataron para alzar su palacio los ladrones”. La preocupación central de este poema es la reflexión en torno a la urbe como gigante que no detiene su marcha y es víctima también de la corrupta modernización mexicana: “El metro es una jaula llena de langostas vestidas con trajes grises. Millares de ojos empollan la misma herida: adentro nacen el infierno y sus dolores sin gemido alguno”.
Llegamos entonces a las “Epístolas de mal amor y prosas de arena de Gilberto Owen para tañer el mudo corazón de Clementina Otero, su infanta de acíbar”, poema que refiere, por supuesto, el Muero de sin usted –las cartas escritas por Owen a la actriz mencionada en el título: Clementina Otero–. Balam Rodrigo retoma el taciturno aliento del autor nacido en El Rosario, Sinaloa para cantar o recantar el mal amor: “Cicatriza ya la herida que la noche escribe en los dominios de mi corazón, donde usted vaga lila y desnuda, nacida nuevamente para mí, asaeteada por el verbo y el dolor, salmodiada y bautizada en maga soledad, ebria y felina”. Altamente erótico y enmarcado en la estridencia de un lenguaje pulcro y sonoro, la voz de Balam Rodrigo toma por momentos la condición de camuflaje, y aunque seguramente la intención del poeta no es imitar o retratar fielmente a sus homenajeados, el hecho es que la intertextualidad se extiende hasta la reproducción del registro más de una vez: “Quise resucitarlo a fuerza de miedo y de recuerdos, de amor y de locura, pero la vida es más templada y más valiente que la fuerza que tañe mis manos”, o bien “Corazón mío es también su pequeño país. He de conquistar nuevos cielos y nuevas tierras —sueño adentro— para saberla mi hermosa, la más mía”.
José Gorostiza aparece en este libro mediante su poema “Preludio”, que tomado a manera de epígrafe refiere esa palabra “ausente, sin voz, sin eco, sin idioma, pero exacta”. La realización poética de Balam Rodrigo, aquí, consiste en continuar la búsqueda de ese humo y bruma de magnolias propuesta por el poeta tabasqueño: “somos letras sin descanso y sin memoria que escriben el símbolo finito de su sino en el breve libro del invierno”. El tema aquí es la no certeza del mundo enmarcada en una noche de, claro, puro invierno. El espejo que realizado a José Gorostiza reproduce no su registro sino su obsesión por ese algo extraño al fondo de las cosas terrenales: “Espejo fragmentado en las ventanas del azar, partitura de una música tenue que desvela sus mantos de calcita, la niebla se amura en la mirada, atraca los barcos del insomnio entre los párpados y no boga ni danza, nos lleva”.  
Finalmente, el último homenajeado del Colibrije, la última pieza, es Amado Nervo junto a su Damiana, musa de musas y nombre de todas las cosas para el poeta nayarita. “De cómo Amado Nervo ensoñaba con ramos de libélulas y parvadas de lenguas para vagar por el cuerpo de su Damiana” es un poema que se adentra en la imaginería, casi el inconsciente, del autor de Los jardines interiores para elucubrar sobre el amor desbordado y obsesivo de Nervo: “Ojalá soñase sus maduros ojos y pudiera morder la tibia gota de su boca”. Más adelante: “Entonces hago el amor al viento alondro, abandono el placer a su húmeda invisibilidad, a sus legiones de polen. (Desde luego que Damiana y yo copulamos en el aire)”. 
Hablar de Colibrije es hablar de una experiencia de lectura que se construye mediante la tradición, es decir, una lectura poética y escritural que parte de la voz de otros poetas consagrados para interrumpir el silencio de la muerte. Este es un libro como es un alebrije y un colibrí: son poemas para armar, poemas elevándose sobre una fina capa de nombres para amplificarlos. Colibrije es una experiencia particularmente lingüística donde palabra, imagen y ritmo inteligente invitan al lector a esta serie de espejos y camuflajes, de recreaciones e invenciones que llevan al poema, al poeta y al lector a una zona de música, de niebla y de retratos.

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DANIEL MEDINA (Mérida, Yucatán; 1996) es autor del libro de poemas Una extraña música/A strange music (Ofi Press, 2017). Obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 Años de letras mexicanas 2014, el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Mención Honorífica en el Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015 y el Premio Regional de Poesía José Díaz Bolio 2017. Becario del PECDA Jóvenes Creadores (2017-2018) en el área de poesía. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, albanés e italiano. Dirige Ediciones O.

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