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CUENTO La tumba imaginaria | Edgar Tadeo Martínez Martínez


No, no y no Altagracia, no te quiero, te le metiste a la mala a mijo y eso no se hace, por tu culpa se fue Rufina, que era a quien él quería, ya te dije que no quiero explicaciones, tú, ni con toda el agua de ese río me lavas el corazón, ya vete, no te quiero en mi casa.
          Esas fueron las palabras que yo escuche decir por parte de mi santa madre a Altagracia, y yo por cobarde tampoco la defendí, como tampoco defendía a mi Rufina, soy un desgraciado, lo sé, por eso cuando vino la leva de los pelones me les fugué, yo miba con mi general Villa, quería que mi nombre no quedara como un cobarde ante los ojos de mi mamacita, no quería morir con ese recuerdo.
          Me fui de Cuencamé, Durango, una mañana muy fría, solo con mi revolver, unas tortillas en mi morral pa pasar el hambre y una cantimplora de agua, agarré camino entre la sierra para llegar a Lerdo, había escuchado que ahí estaba la tropa de mi general, quería unírmeles; en realidad quería morir. Algo en mí no estaba bien, mi mamacita decía que era porque Altagracia me había hecho un daño y que por eso me había vuelto huraño y desagradecido con dios y con la vida y que por eso engañé a Rufina, sin importarme mi niño de brazos, mi pequeño Gelasio. Le puse así porque así mesmo yo me llamaba y así se llamaba mi apá. En medio de la sierra me encontré a Dimas, un conocido del pueblo vecino que iba también con mi general. En el camino vimos a unos ajusticiados y nos llevamos sus carabinas, balas y sus botas, casualidad que éramos del mismo callo, al fin que ellos ya caminan con el creador, dijo Dimas.
          Encontramos una brigada que iba pa Tlahualillo y, antes de que nos dejaran ir con ellos nos interrogaron, les dimos santo y seña de nosotros y así luego de unas horas nos dejaron unirnos a la causa, el camino fue largo hasta Tlahualillo, más de una semana, pero ahí fuimos refuerzos de mi general que venía de ganar una batalla en Bermejillo, Chihuahua, y traiba hartas bajas, por lo que le dimos duro a los pelones que se replegaron en Gómez Palacio, Dimas y yo salimos vivos de milagro, ya que las baterías de los pelones nos dieron sin piedad en las orillas del cerro de la pila.
          Ahí fue donde vi por primera vez a mi general, en la orilla del rio Nazas estaba refrescando a su jamelgo, nos pegó un grito a toda la tropa, “Ya falta poco muchachitos, ya nos tuvieron miedo” y así fue, porque cuando entramos a Gómez Palacio la plaza estaba solitaria, no había ningún pelón, yo me fui a buscar a Dimas que traiba una botella de bacanora y quería bajarme el susto con un sorbo, pero a escondidas ya que a mi general no le cuadraba que uno anduviera de teporocho con la tropa, la tranquilidad solo nos duró esa tarde, ya que mi general había dado la orden de tomar Torreón.
          Había llegado mi hora, pensé, había llegado la hora que tanto le había pedido yo al creador me diera, la de lavar mi honor, quería que mi nombre y apellido no fueran manchados por la cobardía, eso naiden lo sabía, y a naiden le importaba, solo a mí y eso era suficiente; yo quería que naiden mirara a mi Gelasio y le dijera que su apá fue un cobarde que no lo quiso ni lo defendió, y quería que mi mamacita me perdonara, ella en el fondo sabía que yo no era cobarde.
          Marzo 29 de 1914, sería puesto en mi tumba imaginaria como fecha de mi muerte, también en la de Dimas y en la de muchos hermanos de causa, porque ese día marchamos sobre el Nazas con pocas esperanzas de regresar a nuestros lugares de naciencia, diría mi agüelo, atacando a los pelones que nos llegaron por el frente a la mala, pero nosotros juimos por la derecha y no les dimos tregua; Dimas se me perdió en el camino. Mi general mandó sus brigadas por el cerro de las calabazas y Santa Rosa, ahí tomamos la estación del ferrocarril, los pelones estaban replegándose, ahí dimos un golpe de autoridad, pero el cabo Arnulfo Pérez nos dijo con aire de nostalgia, “hoy ganamos hijo, este día es de recuento de nuestro caídos, mañana será el día de sangre, el día que no muchos veremos anochecer, duérmete un rato”.
          Sobrepase mi día de muerte, no fue como yo pensaba, pensé que el eterno no me quería todavía, tan poco tiempo había pasado desde que me uní a la bola que ni tiempo tuve de pensar en mi mamá, ni en mi Rufina, solo esa mañana antes de que me venciera el sueño le pedí al sagrado que me la cuidara mucho, porque ella tenía que criar bien a mi Gelasio. Ella era una niña inocente, su apá no quería que se juera conmigo porque apenas se estaba convirtiendo en mujer y yo ya estaba labregón, pero un día me la robé, así, a la de sin susto en la camino por la brecha, le dije que yo quería que ella criara a mis criaturas, que ella era la que mi corazón buscaba y aventó su balde de agua y nos juimos pa la casa. Al ver que no llegaba su mamita salió a buscarla, Nicolás fue la chiva que nos delató y pa pronto fue a vernos, “Hija que has hecho, tu apá se va a indigestar cuando se enteré, vámonos antes de que todo el rancho lo sepa, ámonos a la casa” dijo su ma. Pero de nada sirvió porque ahí venía Eleuterio y su hijo con los fierros en la mano, traiban el machete pa tasajearme, me gritó desde la vereda, “Gelasio, hijo de mil infiernos, orita te voy a sacar el tripaje y se los daré a los perros, maldito ladino”, yo agarré el mío y le dije a mi viejita que me diera su bendición, que el honor de Rufina estaba intacto, por si moría ai en la vereda. Me le cuadre a su hijo primero y le tiré al machete; le dije a Eleuterio que siempre fui derecho con Rufina y que era dama todavía, pero no entendió y me sorrajó el primer chingazo, le dije que dios me perdone por dejar a mis crías sin agüelo y le respondí, al tercer jalón mío cayó al suelo y le grité de nuevo, que quería legalidad con su hija y que acabará el pleito, me di la vuelta y jalé a mi casa, no hice más. Eleuterio nunca quiso hablar conmigo, ni cuando nació mi niño lo fue a ver. A veces pienso que fue él quien me mandó a Altagracia a desgraciarme la vida cuando andaba revisando el algodón de la cosecha. Maldito Nicolás, fue de chiva otra vez a contárselo a mi Rufina, ella venía a dejarme el almuerzo en una mantita con mijo en brazos, cuando voltié a verla nomas dijo, dios te perdone hombre de poca fe y se fue con mi mamacita, el capataz no me dijo ir y a la noche que llegué ya se había ido, ya no la divise, pero juro por mi mamacita que no toque a Altagracia, nomás le dije que se juera a su casa y me abrazo refuerte, ahí nos agarró Rufina y todo acabo.
          Los pelones se abalanzaron contra nosotros muy de mañana atacando con todo lo que tenían, al mando venía el general José Refugio Velasco y nos replegó por la presa "Del coyote"; ahí nos apoyamos y sentí mucho miedo, sentí el miedo que jamás pensé sentir. Muchos compañeros estaban cayendo como moscas, ahí quedo Dimas, cayó frente a mí con la quijada partida de los tiros que recibió; yo me pegue atrás de una enorme piedra y lloré, le grité a mi madrecita, le grité con todas mis fuerzas, “Agripina, ven que tengo miedo, abrázame, no me sueltes Pinita”
          El cabo Pérez me levantó de un jalón y me grito “Marica cabrón, párate y echa tiros”, obedecí su orden y salí con mi Rufina y mi Gelasio en mi corazón a soltar bala, total, por eso iba, por eso me uní a la bola, corrí e iba disparando al horizonte. El polvo no te deja distinguir, recogía fusiles del piso y cuando se me acababa la munición me tiraba para recargar o tirar las armas, disparé con todo lo que tenía.
          El 2 de Abril de 1914 quedé tendido en las faldas del cerro de la Polvareda, quedé junto Villistas y pelones, quedamos aí revueltos. Quién lo iba a decir, que después de tanto alboroto ambas tropas terminaríamos casi de la mano, mi agüelo decía que siempre es bueno pelear por lo que uno cree es lo correcto, que no importaba que fuera, si era una mujer, era mejor, yo por eso pelie por mi Rufina contra su familia, por mi Gelasio, por mi país y me voy tranquilo, también sé que mi mamacita está en paz por mí, mi tumba ya no es imaginaría, es real y estoy rodeado de amigos.

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EDGAR TADEO MARTÍNEZ MARTÍNEZEs auditor de sistemas de gestión ISO, escritor aficionado y gran lector. 

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