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#EPUB #NARRATIVA Calaveritas mexicanos, de Luis Bugarini

El autor Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978).   Escritor. Ha incursionado en la narrativa, el ensayo y la poesía con diversos títu...

ENTREVISTA Cincuenta años después del 68: La hecatombe (II/III) | Nancy Hernández y Stephany Rocha


La segunda entrevista que conseguimos fue con el actor Jorge Ávalos, encargado de darle vida al Lic. Diéguez. Por la personalidad cálida de Jorge, logramos que este ejercicio pensado como entrevista, es decir, con la distancia y objetividad que exige el trabajo, trascendiera y se convirtiera en una charla con Jorge; sin perder la objetividad, establecimos una conversación en la que el actor nos compartió su proceso creativo para construir al alter ego de uno de los personajes más odiados de la historia mexicana. Físicamente, Diéguez es casi idéntico al expresidente Gustavo Díaz Ordaz, conforme avanza la obra el parecido, en todos los sentidos, se nota más hasta casi homologarlos. Desde esta perspectiva, con ambos personajes (histórico y ficticio) en el mismo escenario, es posible también ver la otra cara de la moneda: el lado humano de Díaz Ordaz.

Nancy Hernández (N.H.): Jorge Ávalos, muchas gracias por darnos esta entrevista y muchas felicidades por el extraordinario trabajo que nos regalaron con esta obra de teatro, La hecatombe. Quisiéramos empezar por preguntarte ¿cuál fue el trabajo actoral que realizaste y la dificultad con la que te encontraste para desarrollar la faceta humana de tu personaje, el Lic. Diéguez, alter ego de Díaz Ordaz?

Jorge Ávalos (J.A): Pues… a la par que íbamos leyendo el texto, analizándolo con Carlos Corona, el director, mis otros compañeros Emilio Guerrero y Rodolfo Arias, Nalleli y Luis, nos dieron algún material que podíamos consultar: video, literatura, etcétera. Bueno, yo recordé haber leído hace mucho tiempo La noche de Tlatelolco, y compré el libro de Aguayo que habla sobre el 68.[1] Ese libro habla de la CIA y de los presidentes de la política mexicana integrados con la CIA y me sorprendió mucho porque era algo que yo no sabía, me sorprendió mucho que la presencia de Díaz Ordaz estaba muy cercana, inmersa allí, cómo Diéguez [Díaz Ordaz] estaba confabulado, formaba parte de eso y tenía un ingreso fijo por participar. Esa parte casi me sonaba como una especie de thriller, de espías y todas esas cosas. Y luego leí una biografía de él [de Díaz Ordaz], vi algunos videos y yo creo que ahí fue donde más me conecté con el trabajo de [interpretar a] Díaz Ordaz porque cuando empecé a leer… verdad, mentira, no sé qué niveles tenga todo lo que uno lee. Pero conocer que desde la infancia fue un niño muy acomplejado por su físico, yo no sé si fealdad, pero yo, cuando lo veía en los videos de joven, decía “es un ser normal”. A lo mejor, bueno, a mí no me resulta atractivo físicamente pero…

N. H.: Pero tampoco es el horroroso que nos hacen creer.

J. Á.: Yo lo pensaba, por ejemplo, como con Ricardo III, ¿no?, de Shakespeare. Ricardo III, que en la historia era un hombre valeroso, un héroe, pero, bueno, cómo Shakespeare le da ese giro dramático y entonces lo convierte en un monstruo y así aparece, con una joroba y con una mandíbula prominente, cuando en la realidad no era así. Entonces ya tenemos la idea de Ricardo III como un deforme, un monstruo.

N. H.: Y de Díaz Ordaz como un dinosaurio.

J. Á.: Exacto. Entonces, ahí me conecté.  Seguí viendo los videos, leyendo la biografía y yo me iba preguntando, eso no justifica la conducta por supuesto, pero decía “para un hombre que nace en ese contexto conservador, qué difícil es el rechazo y ser el centro de las agresiones hacia su físico”. Yo no sé qué tanto sea verdad, pero el rechazo de su madre y su preferencia por el otro hijo que era físicamente mejor dotado recrudeció la personalidad [de Díaz Ordaz]. Entre las cosas que más feliz me han hecho es estudiar psicología, quizá por allí entré a estudiar Diéguez, al personaje, a la justificación de lo que hace como ser humano.


N. H.: Sí, es que justamente, en la obra de teatro, tu personaje nos da la posibilidad de ver, a través de Diéguez, a Díaz Ordaz como persona, como hombre, como humano. Porque lo pensamos como lo que nos han dicho que es: el político, el vende patria y el represor, pero también fue un humano. No se justifica…

J. Á.: No, definitivamente. Sus actos son reprobables.

N. H.: Sí, es reprobable, pero fue un hombre y como tal se equivoca, como todos nos equivocamos, pero también tuvo aciertos, por supuesto; pesan más sus errores, y lo que tú hiciste en la obra fue un extraordinario trabajo que nos lleva a humanizar a este señor.

J. Á.: Sí, porque todos lo vemos como esa figura malhumorada, autoritaria, casi siempre enfática. Pero, bueno, desde el punto de vista de la psicología, si estudiamos un poquito la mente de una personalidad como ésa, podemos encontrar una riqueza muy, muy grande, y para mí fue eso, como una veta que me hubiera gustado seguir explorando. Te das cuenta de que a las veintitantas funciones sentíamos, mis compañeros y yo, todos, que ya la obra empezaba a acomodarse de otra manera, favorablemente.
Estudiaba esta parte de Díaz Ordaz, este sentirse siempre por debajo de los demás, con todo en su contra… y yo creo que lo que despierta en una personalidad así es un resentimiento social muy fuerte. Porque finalmente quienes fueron los destinatarios de ese resentimiento fueron la sociedad y los jóvenes.

N. H.: Claro, y como decías, por ahí, entre los mitos y verdades sobre esta figura, está que la represión es de alguna manera el castigo, sí a los jóvenes, pero también era dirigido hacia su hijo que le salió rockero, reventado; y su forma de reprimir al hijo y castigarlo era arrasar con todos.

J. Á.: Sí, sí, es una represión que él mismo vivió y después él se convirtió en el represor de eso mismo. También en la parte humana, la parte física fue verdaderamente una delicia porque también verlo… Decía Carlos Corona “yo creo que el éxito de una obra de teatro radica en el casting”; y me llamó mucha la atención, porque, por ejemplo, yo conocía a Emilio Guerrero y a Rodolfo Arias, a ambos ya los conocía pero tenía tiempo de que no nos encontrábamos como colegas trabajando en el teatro, pero dije “¡qué curioso!”, o sea, Rodolfo Arias, Emilio Guerrero, Jorge Ávalos nada tienen que ver. Y luego nos juntan, empezamos a interactuar y cada uno desarrolla su propia inspiración de las cosas y cómo nos conectamos, pero a mí, la parte física, sí dije “no, los dientes tienen que estar”. Carlos ya lo sabía, pues, decía “yo no sé cuánto vaya a costar eso, pero los dientes tienen que estar porque es la característica más fuerte de Díaz Ordaz”. Pero no se trataba de hacer una imitación de algo, no, como dices tú, una parodia, no. Iba más allá, no era nada más peinarte como Díaz Ordaz, que te hagan un traje como Díaz Ordaz, ponerte unos dientes, no. Eso lo hace extraordinariamente el cine, sobre todo el cine que tiene recursos muy grandes, pero cuando tienes grandes actores, no sé, Glenn Close o Al Pacino, Meryl Streep; entonces, la verdad, yo pensaba mucho en esos actores a los que admiro tanto y decía “no, no se trata de ponerte una prótesis ni de peinarte, sino se trata de que empieces a comportarte con esas características”.
            Los dientes eran un obstáculo muy grande porque yo decía, como actor, primero, se me tiene que entender lo que estoy diciendo porque con estos dientes yo no puedo hablar, luego el texto, que a mí de pronto me empezaba a parecer muy literario; cómo le empiezas a dar vida y es un proceso muy bonito para mí porque es como ir depositando cada día un detalle. Escuchaba yo las grabaciones de cómo hablaba Díaz Ordaz y trataba de hablar como él, porque esa manera de hablar era su personalidad. Y después, ya cuando me veía en el espejo…

N. H.: ¿Caracterizado?

J. Á.: Sí, era decir “¡ah, qué padre y qué bonito!” Sí, así es. El anillo que le ponen de matrimonio… este asunto del cáncer que lo consumió. O sea, todo eso, esta fortaleza pero por dentro tan frágil, tan frágil.

N. H.: Ahora que mencionas el cáncer; en escena, cuando Flores le pregunta “¿de qué era tu cáncer?” La dignidad con la que responde. Es que además es una parte pudenda, digamos…

J. Á.: Sí, claro, es una parte que nos da pudor.

N. H.: Es una parte de la intimidad de las personas y es este decir de Diéguez, o sea, cómo expone su intimidad, pero al mismo tiempo se mantiene digno.

J. Á.: Sí, sí.

Stephany Rocha: Es una de sus características. Me parece que es, creo, uno de los personajes más vulnerables y trata de encubrir esa vulnerabilidad con la dignidad y eso habla también de esas carencias que él tuvo, es una forma de compensar.

J. Á.: Sí, muchas. Sí, totalmente de acuerdo. Era a través de la apariencia, de cómo me comporto para no sentirme agredido nuevamente y en ningún momento muestro debilidad. Hay un video famoso donde lo están entrevistando y él, ante el cuestionamiento de un joven estudiante, contesta: “Estoy muy orgulloso de haber hecho el 68 porque, ¿sabe qué? Si yo no hubiera hecho lo que hice, usted no estaría aquí, preguntándome”. Y este estudiante le hace otra pregunta y se traba, y Díaz Ordaz se burla de eso. Como que parodia al joven que se equivoca. Sin embargo, en su informe, cuando dice “Hemos sido tolerantes…”, él se equivoca también. Él dice algo así como…

N. H.: Que fueron tolerantes hasta excesos…

J. Á.: Hasta excesos criticados. Pero en ese discurso, que lo pasan en la obra, él dice: “de acuerdo a mi investidura me declaré responsable moral y jurídico de las decisiones del…”, en esa parte se traba. Entonces quedó grabado para la Historia, la fragilidad, la fragilidad total. Era un ser humano y también era este centro de las burlas a todo lo que él dice… A él le decían “chango cabrón al paredón”.

N. H.: Todas las pintas…

J. Á.: “King Kong”. Yo pienso que para una persona debe ser difícil ser objeto de la burla, extensiva hacia su familia e hijos.  

N. H.: Para ti ¿qué significó participar en una obra como La hecatombe? Recordando todo esto, tuviste mucha responsabilidad de lo que vimos porque eras “Diéguez”, el personaje, insisto, identificable a primera vista.

J. Á.: Sí, sí, era… o sea, no había manera de confundirse; se ríe y ya sabes quién es.

N. H.: Es una obra extraordinaria, no sólo es informativa, creemos que no es una obra más, es una obra que está contribuyendo a la memoria histórica para que repensemos todos los acontecimientos pasados, a que nos sentemos a pensar qué se nos viene más adelante y tú, como actor y también como personaje y como Jorge, ¿qué significó participar en esta obra?

J. Á.: Todos tenemos que pensar en eso… Cuando niño, yo no vivía aquí, yo no soy de aquí, yo soy de Gómez Palacio, Durango. En el 68, yo tenía 7 u 8 años, y me acuerdo que lo único que supe de ese momento fue que mi papá vino a las Olimpiadas y regresó lleno de souvenirs, llaveros y baloncitos. Todo era muy padre y yo me acuerdo que estaba en una escuela y jugábamos; ese es el recuerdo que yo tengo de 1968: las Olimpiadas. Nunca escuché ningún comentario en mi familia o algo que yo pudiera recordar de una masacre, de un presidente, de nada. Para mí era una fiesta, las Olimpiadas.

N. H.: Viste la otra cara de la moneda, ¿no?

J. Á.: Yo, desde esa parte, pues, así la viví. Entonces, el 68 durante muchos años no significó más que las mejores Olimpiadas de la Historia. Nada más eso. Y fue, creo que hasta que llegué aquí a la Ciudad de México, en el 89, que empecé a tener la conciencia de todo eso porque donde yo vivía no se hablaba de ello, nadie lo sabía. Incluso mucha gente de aquí mismo no lo sabe. La información estaba totalmente calculada y controlada. Entré a la universidad, a la UNAM, al CUT a estudiar Teatro y ahí empecé a tener más conocimiento de las cosas, leí La Noche de Tlalelolco, que digamos que es el libro con el que todo el mundo empieza a conocer todo eso y aún así, en el 89, yo leí el libro y me impresionó pero no, no…

N. H.: No te conmovía, digamos. Aquí podemos hacer una comparación. Rodolfo nos decía que él también era un niño, pero que sí tiene recuerdos de que era un ambiente raro y que, cuando veía estudiantes a lo lejos, se asustaba porque le decían “es que los estudiantes son unos asesinos, te pueden golpear”; les creaban miedo.

J. Á.: Sí, sí, les creaban miedo. Seguramente el impacto es diferente. El mío era meramente histórico, con distancia. Bueno, después cuando ya te vuelves un estudiante universitario y vivimos la huelga, se dimensiona de otra manera. He tenido la oportunidad de hacer obras con ese tinte político.
Hace muchos años en La Casa del Teatro hicimos una obra que se llamaba Las cenizas del poder, de Víctor Flores Olea, donde se hablaba de todas estas estrategias políticas durante el sexenio de Salinas de Gortari. Y entonces ahí se crea otra conciencia de la realidad histórica. Entonces, cuando se me presenta la oportunidad de hacer otra obra sobre el 68 allí sí, allí sí creo que sentí; participando, poniendo un grano de arena en la memoria. Como artista, como alguien que crea, dices “pues sí, mi manera de expresar mi inconformidad es a través del arte”. Entonces lo hago, pero lo hago con toda la responsabilidad y el respeto que merece.

N. H.: Una de las escenas con los jóvenes, en este arco dramático, nos conmovió y notamos que fue una conmoción generalizada en el público; fue cuando se refieren a los estudiantes de Guadalajara, porque además esto fue tremendo. Fue… no hay palabras para eso.

J. Á.: ¡Atroz!

S. R.: Y la forma en la que se refieren al asesinato: “Los pozolearon, la cagaron, la responsabilidad fue de ellos”, es muy fuerte.

N. H.: Esta parte, que ya es la final, tiene una carga emocional. El que no siente nada no tiene sangre en las venas.

J. Á.: Para mí se fortaleció la enorme responsabilidad y el enorme respeto con lo que se debía tocar ese tema.
Entre los mensajes que nos enviamos de Facebook, yo decía también “pues, yo quiero agradecer a la Universidad, estoy feliz con mis compañeros, con el director, con el autor [dramaturgo] pero también quisiera expresar el enorme agradecimiento hacia esas personas que ya no están, que para mí fueron fuente de inspiración”; o sea, yo me inspiré en los ausentes y en su vida que fue cortada en un segundo y quienes fueron inspiradores para que yo lograra hacer algo y vivir de eso. Me están pagando, aparte. Entonces, uno dice “¿Con qué derecho puedo tocar estos temas?” Bueno, pues me lo da el arte pero también debo tomarlo con todo el respeto y con la profunda responsabilidad que merece. Entonces siento que yo sí colaboré en conservar viva la memoria del 68.

N. H.: Que no sea una fecha de efeméride. Hay que recordarlo, pero no como un dato en un libro de Historia, sino con todo el sentido que tiene.

J. Á.: Sí, claro. Incluso me acuerdo que la esposa de nuestro vestuarista, cuando nos estaban tomando las medidas y platicábamos sobre la obra, decía: “yo estaba en la preparatoria”, y empezó a contarnos. Entonces, ya estaba llegando al inconsciente de todos nosotros información importante. Como actores, desde ahorita, oír, oír, oír. Y ese granito de arena… desafortunadamente no pudimos develar una placa. Yo creo que hubiera sido importante hacerlo.
Hablando de las placas, que las quitaron del metro para quitar ese nombre [del presidente Gustavo Díaz Ordaz]. Yo también pienso no, son puntos de nuestro espacio para recordar. No hay que olvidarlo. Haya sido lo que haya sido es parte de nuestra historia. También está Porfirio Díaz, también está Santa Anna, Salinas de Gortari, o sea, siempre en la Historia de la Humanidad, siempre habrá esta fuerza destructiva y esta pulsión de destrucción y de vida. Siempre. Eso es la vida.

N. H.: Sí, la tensión entre la vida y la muerte.

J. Á.: Para que exista eso necesita existir gente como Díaz Ordaz y como Donald Trump como Echeverría.

N. H.: Echeverría fue su mala conciencia.

J. Á.: Ni modo. Sí y que además sigue vivo; 96 años. Yo creo que…
N. H.: Ese es su castigo, seguir vivo.

J. Á.: Seguir vivo. Carlos decía: “Ya vamos a estrenar, ojalá no se vaya a morir en esta temporada porque tendremos que cambiar la obra”; porque se supone que está vivo.

S. R.: Ahora, también creo que es importantísimo resaltar que esta obra, para nosotros que tenemos esta distancia de 50 años, que no vivimos el 68, es una manera de encarnar toda esa emoción y dimensionar el hecho histórico.

J. Á.: Sí, sí. No es sólo una fecha. Es como en el teatro clásico, ese es un texto para revivir la tradición. Entonces dices un texto para volver a ese momento, para representar ese momento, vivo, totalmente vivo y efímero.

N. H.: Hablábamos de cómo viviste el 68 en Durango, pero visto desde la edad, ¿cuál crees tú, desde tu participación en La hecatombe, cómo ves la relación entre el poder y la población estudiantil?

J. Á.: ¿Actualmente?

N. H.: Sí, actualmente y hace 50 años; ¿crees que cambió, que sigue igual? ¿Tienes una visión pesimista como José Emilio Pacheco y crees que la Historia es cíclica, que cambian los nombres pero los hechos son los mismos?

J. Á.: ¡Aaay! Es una pregunta complicada para mí. Yo sí creo que ha cambiado. Definitivamente. Aun cuando yo conocí esto ya adulto prácticamente, antes de los 30 años, sí noto que cambió, es decir, no fue gratuito, no me quedé igual, o sea, esa ignorancia en la que viví durante la adolescencia no fue un tiempo perdido; a los 29 yo conocí eso y me hizo ver la realidad de otra manera y participar dentro de la sociedad de otra manera. Entonces yo sí creo que si se repiten, se modifican, pero yo creo que la juventud, su actitud ante el poder es otra totalmente a favor de la sociedad. O sea, ya los estudiantes no quedan indiferentes ante las cosas y ahora son los estudiantes los que imprimen esa fuerza a los adultos, ya no es al revés, ahora los jóvenes nos enseñan cómo responder ante la represión, ante el abuso de poder. A mí mis estudiantes del CUT me enseñan muchísimo, cómo responden, cómo se organizan, cosa que en mi época era impensable.

N. H.: También ha sido, creo que gracias a la tecnología, que es arma de doble filo: puede ser negativa pero también puede ser positiva cundo se trata de organizarse. Lo vivimos en el temblor, por ejemplo. Toda la organización de la sociedad civil fue en redes sociales.

J. Á.: Sí, ahí sí respeto muchísimo cómo responden los estudiantes y cómo sí las saben utilizar. O sea, uno los ve con el celular todo el tiempo y los critica, dice “bueno, ya deja el celular”. Pero cuando se trata de situaciones como la de septiembre reciente [ataque de los porros a estudiantes de CCH] o la del año pasado [temblor] son los jóvenes, porque ellos saben manipular todos estos dispositivos, quienes de alguna forma también nos arrastran a nosotros los adultos a utilizarlos en bien, de una manera positiva.
Entonces yo no creo que sea igual. De alguna manera, los papeles se invierten porque es la juventud mexicana que reacciona y se activa inmediatamente. Bueno, su fuerza es hoy diferente a la de los adultos porque nos volvemos reservados, pesimistas de alguna forma, o hablo por mí, no hablaré por los demás, pero gracias a los alumnos, a mis estudiantes yo me mantengo y formo parte de eso, ya no me quedo como simple espectador o al margen.
No es pesimismo. Visto de una manera realista, es tanta la presión, es tanta la fuerza que se ejerce en nuestro país, no nada más desde dentro, sino desde fuera, que es muy difícil cambiar las cosas, creo. Claro que se puede. Hay que desear que se pueda porque si decimos que no, sí será muy difícil. Probablemente no es en estas generaciones cuando se verán los cambios, pero se verán en los que ahora son adolescentes, quizás. Volviendo a la obra, porque decía Carlos “esa frase es para que los jóvenes hagan conciencia”. Y pues sí, ¡claro!, porque si tres de esos que fueron de 18 años, a los 25 van a ocupar un puesto en la política, ellos ya no tendrán el mismo pensamiento que habrán tenido otros porque creo que pudimos ayudar un poquito con los libros, con el arte, con todo lo que hay alrededor para que ellos reaccionen de otra manera. Ya no pueden reaccionar igual.

N. H.: Esto fue otra cosa que notamos. Fuimos a ver la obra dos veces. En nuestra primera visita vimos que era público mayor de 20 años y en la segunda vimos muchos adolescentes, tal vez mandados por sus maestros de la prepa pero estaban ahí, que eso es lo importante y otros que fueron por interés; eso nos llamó mucho la atención.  También que en esa segunda visita el público era joven en su mayoría, participaba, no fueron espectadores simplemente, se reían de los chistes, y en nuestra primera visita, que era un público de los veintes para arriba, no.

S. R.: Fue una recepción totalmente diferente, pero igualmente valiosa, porque puede ser que el público mayor haya estado un poco más maleado; pero quiero creer que el público joven tenía una visión un poco más inocente del asunto, lo cual les permitía actuar de manera más espontánea.

J. Á.: Sí, sí. En 25 funciones pudimos ver diferentes reacciones. Unos que se reían pero, fíjate, ahorita que decías de la parodia y todo eso. Ahí sí radica mucho la precisión de la dirección: no venimos a hacer una parodia como un Don Juan Tenorio o una obra política de ésas… La corneta de mi general y todas esas cosas burdas, que hacen parodia de la política. “Agarraron a López por pillo”[2], esa era una obra. Yo creo que aquí la precisión de Carlos fue muy buena porque jamás caímos en esto de la parodia.

N. H.: En el chiste.

J. Á.: En el chiste burdo, simple, para provocar la risa, no. Yo digo algo que sucedió y la gente lo recibe y se ríe, sí. Alumnos míos, hermanos, un chico y una chica, fueron a ver la obra; alguien me dijo “es que cuando acabó la obra estaban abrazados los dos”. O sea, reacciones diversas y no quiere decir que “miren la obra, qué padre lo que nosotros logramos, no, no, no”, es la sensibilidad del espectador que estaba abierta porque no nada más fue eso. Eran ellos abiertos porque lloraban o se reían, esa risa también es válida. Te ríes por lo absurdo de los que están diciendo. Cuando dice Diéguez “¿Y no te pesa todo ese montón de muertos?” y ¿qué le contesta Echeverría [Covarrubias]?: “¿Y a mí por qué? si tú fuiste el que cargó con ellos”.  Es de un cinismo que lleva a la risa, la gente se reía, porque era de un cinismo atroz.

S. R.: Pero es que era real, acabo de ver una entrevista que le hicieron en el 91 y era esa la actitud, era esa la actitud, perfectamente representada. Cuando lo vi, los extremos entre el horror y la risa se tocaron.

J. Á.: Sí.

S. R.: Es una sensación contradictoria, que uno no sabe qué hacer como espectador ante eso.

J. Á.: Sí y yo creo que eso fue lo que no vi al principio cuando leí la obra, fíjate. Yo leí y no percibí todavía eso en mi primera lectura, hasta después ya empecé a conectarme con eso. Al principio no. Pero después dije “¡No, qué cosa!” Y ahí sí merece todo mi respeto Juan Tovar porque él sí sabía todo lo que estaba escribiendo y podía, yo creo, intuir la reacción de la gente.

N. H.: A propósito de tus problemas para entrarle a la obra y al personaje, ¿por qué decidiste hacerlo? Dijiste sí lo hago, así, sin la convicción absoluta, o ¿qué te motivó a interpretar?, ¿tenías aversión porque era Díaz Ordaz?

J. Á.: Quizás, eh, quizás. Es probable.

N. H.: Además, insisto, era mucha responsabilidad la que llevaba tu personaje.

J. Á.: Es probable eso, pero creo que lo que sí en ese momento me dije fue “deposita toda tu confianza en tu director”; porque Carlos sí estaba entusiasmado con la obra y así lo expresaba y yo pensé “como actor confío plenamente en Carlos”, porque ya había trabajado con él. Dije “Carlos, me pongo en tus manos”, y también la gran confianza en mis compañeros actores, dos actores muy solventes, muy sensibles, pero sobre todo fue la confianza en el director.
Esa resistencia inicial, la modifiqué, la transformé y la deposité en confianza hacia el director y ahorita, si me preguntas, diré que adoro hacer La hecatombe. Yo quisiera hacerla muchas, muchas veces más porque cada día iba descubriendo nuevas cosas, iba conociendo al personaje a través de la actuación. De pronto, surgen naturalmente e intuitivamente gestos que, no es que yo los esté preparando, sino que de pronto ¡pack! y dices “puede ser que esto le vaya muy bien a Díaz Ordaz, ya está pidiendo este gesto”, entonces, al otro día lo exploras y empieza a formar parte ya de la naturaleza del personaje. Eso es fascinante.

N. H.: Sí, bueno, claro que la obra, aunque es temática, debería presentarse más y no ser sólo una obra de conmemoración de cada 2 de octubre. Yo creo que, no sé tú, si no, ya me corregirás, que merece presentarse en cualquier época del año, en cualquier mes.

J. Á.: Sí, ojalá… Yo soy muy malo para gestionar proyectos, soy actor y no tengo esa iniciativa. Pero yo digo que esta obra debería llevarse a Durango, por ejemplo, a Torreón, o sea, a diferentes estados de la República, al norte, al sur, porque allá no se conocen estas cosas. Se desconocen en gran medida y yo creo que sería muy bueno llevar de gira esta obra.

N. H.: Sí porque además, bueno, salvo por lo que le incluyeron, digo, no a pesar de que le hayan incluido los últimos actos de represión, también del gobierno, es una obra actual, es una obra vigente. No porque sucedió hace 50 años se queda en el pasado. Yo creo que  el trabajo que ustedes hicieron nos trae a todos estos personajes al presente para juzgarlos de otra manera, no justificarlos, pero sí pensar de otra manera sus acciones, entenderlos.

J. Á.: La respuesta que uno debe dar no es destruyendo lo anterior, es a través de dar a conocer quién es esa persona, qué sucedía en ese entonces. Sí, Díaz Ordaz fue el inaugurador del metro, algo muy bueno también; no es para compensarlo, pero también es esto [un represor]. Un problema tiene dos caras, no nada más es una sola cosa. Hay que ver las cosas desde diferentes perspectivas, no nada más eso, porque entonces sí te conviertes en un resentido y entonces dirías la política es nada más eso. La política no es eso, la política es muchas cosas.

N. H.: Y se sesga la crítica y la mirada…

J. Á.: Sí, sí se sesga, por supuesto. Entonces ya no puedes recibir más que de esa manera pesimista. Hay acciones del gobierno que también son muy buenas; el gobierno que tenemos, pues sí, tiene todos los problemas que conocemos pero también hay políticos jóvenes que están buscando corregir todas esas cosas.

N. H.: Entonces, ¿tú crees que La hecatombe sí es una obra que fija la memoria histórica o va a ser una obra más sobre el tema del 2 de octubre?

J. Á.: Voy a ser franco, como tengo que ser. Yo creo que en este breve tiempo que duró la obra, 25 funciones, de agosto a octubre. 25 funciones, cuántas personas la vieron, no sé si la capacidad del teatro era, pongamos, 100 personas, cuántas personas la vieron. 100 x 25: 2,500 personas en una población de millones. Creo que corre el riesgo de ser una obra más, desafortunadamente.

S. R.: De ahí la importancia de la difusión.

J. Á.: De la difusión y de que se siga llevando. Si esta obra empieza a llevarse de un espacio a otro, quizá deje de ser una obra más. Y no es pesimismo, es ser realista. Como decía, el teatro es efímero, el teatro es crítica, pero en una población de millones…

N. H.: Y el espacio, además, era la Universidad.

J. Á.: Era la Universidad, era el momento justo. No estoy haciendo ningún juicio, ninguna crítica a una política cultural, pero yo pienso por qué esta obra se tiene que quedar así, en esto, como muchas otras, pues. O todas las que están en este M68, Olimpia 68, la obra que se va a presentar en el CUT, Palinuro en la escalera, o sea, todas estas obras. Bueno, en el CUT van a tener 50 funciones. Pero, digo, pues sí, se va a olvidar. Punto. Ojalá que ustedes, con lo que están haciendo, sí contribuya un poquito también a despertar y digan, bueno, pues vamos a hacer otras diez funciones, vamos a hacerla en las mañanas y vamos a llevarla a una escuela o que venga una escuela. Yo creo que la obra tiene mucha vida, podría tener una larga, larga vida.

N. H.: La merece.

J. Á.: Respondiendo a tu pregunta, corre el riesgo de ser una obra más, lamentablemente.

S. R.: Y no solamente la obra la merece, sino también nosotros la necesitamos.

N. H.: Sí, porque son tiempos convulsos.

J. Á.: La gente está muy sensible, muy sensible. Yo creo que lo del temblor del año pasado sigue manteniendo en vilo a todos los jóvenes que ahora reaccionan quizá como los del 85, pero ya se saben organizar. Pero están así, los tocas e inmediatamente [reaccionan].

N. H.: Para terminar esta entrevista te preguntamos ¿cuáles fueron las expectativas que tenías con Diéguez y si se cumplieron o no?

J. Á.: ¿Las expectativas que tenía con Diéguez?

N. H.: O ni siquiera las tenías, porque ya nos dijiste que tenías ciertas reservas para interpretarlo.

J. Á.: Más que una expectativa, era como un deseo de construir un personaje de la historia real y de darle esa vuelta e internarme un poquito, profundizar hasta donde mi inteligencia me dio para que ese personaje estuviera vivo en escena y no fuera una mera parodia, un disfraz, sino que tuviera vida; realmente que tuviera vida, que fuera un ser humano y creo que me estaba encaminando hacia allá. Creo que si hubiera seguido más tiempo la obra, hubiera cumplido mi deseo; creo que lo cumplí. Pero mi deseo se fue haciendo más grande cada vez. Pero era un deseo, no una expectativa. Una expectativa sería como si yo, como actor, me propusiera esa palabra, sonaría un poco arrogante de mi parte. Preferiría hablar de un deseo. Cumplí mi deseo. Como actor cumplí un deseo.

Ver fragmento de la obra (Noticieros Teatrikando)



[1] Sergio Aguayo (2018) El 68. Los estudiantes, el presidente y la CIA.
[2] El título de la obra es ¡Agarren a López por pillo!
http://www.jornada.com.mx/2004/02/18/008n1pol.php
http://www.wikimexico.com/articulo/el-rey-de-las-carpas


STEPHANY ROCHA nació en la Ciudad de México. Estudió literatura hispánica y es maestra en Letras Mexicanas. Es amante de los géneros breves. Ha escrito en revistas académicas y recientemente se ha interesado en incursionar en la cuentística.


NANCY HERNÁNDEZ GARCÍA (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras Mexicanas por la UNAM, escribe la columna “hojasueltas” en la revista digital Amarcafé y ganó el Premio Bitácora de Vuelos Ediciones 2018 en la categoría de “Ensayo” con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos. Un acercamiento a José Emilio Pacheco, publicado en esa editorial.

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