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La Academia Sueca anunció a los Premios Nobel de Literatura por los años 2018 y 2019. Olga Tokarczuk y Peter Handke, respectivamente, fueron los galardonados en medio de una conferencia en Estocolmo, que fue transmitida en vivo vía YouTube
      “La literatura de Handke parte desde la catástrofe”. Así reseña el sitio web oficial de los Premios Nobel al escritor austríaco -radicado actualmente en Francia-. Peter Handke (1942) tuvo que enfrentar el suicidio de su madre en 1972, escribiendo semanas después Desgracia impeorable. Más información: La tercera

Hace más de diez años tomé un avión desde Anchorage, en Alaska, hasta Nueva York. Fue un vuelo largo y penoso, con despegue, después de medianoche, en la ciudad que está junto a Cook Inlet —un lugar hacia el que, cuando subía la marea, los bloques de hielo, levantándose, avanzaban al galope y del que luego, cuando bajaba la marea, habiendo tomado una coloración negruzca, se alejaban, adentrándose, también al galope, en el océano—; una escala al amanecer, en medio de torbellinos de nieve, en Edmonton, Canadá; otra escala dando vueltas en la espiral de espera; luego, la espera abajo, en la pista, en la luz viva y penetrante de la mañana de Chicago; el aterrizaje en el ambiente sofocante de las primeras horas de la tarde, muy lejos de Nueva York. Al fin, en el hotel, quise ponerme a dormir, como enfermo —separado del mundo—, después de una noche en blanco, aire y movimiento. Pero vi abajo las calles que pasaban junto a Central Park —lejos del sol de principios de otoño—, en el que, me parecía, la gente paseaba como si fuera un día de fiesta y, con la sensación de que en aquellos momentos, en la habitación, me estaba perdiendo algo, salí para estar con ellos. Me senté en la terraza de un café, al sol, cerca del estruendo y de los vapores de gasolina, todavía aturdido, más aún, en una inquietante inestabilidad interior provocada por la noche en vela que había pasado. Pero luego, no sé cómo —¿despacio?, ¿o de nuevo de un modo progresivo, como a saltos?—, la transformación. Una vez leí que los melancólicos podrían superar sus crisis si se les privara de dormir noches y noches; el «puente colgante» de su yo, llegado a una situación de peligrosa inestabilidad, se volvería estable. Tenía ante mí aquella imagen cuando en aquel momento la tribulación dio paso al cansancio. Este cansancio tenía algo de curación. ¿No es verdad que se decía: «Luchar con el cansancio»?
       Este duelo se había terminado. El cansancio era ahora mi amigo. Yo volvía a estar ahí, en el mundo, e incluso —y no por estar en Manhattan— en su centro. Pero luego ocurrieron además algunas otras cosas, muchas, y cada una era una delicia más grande que la otra. Hasta las últimas horas del día no hice otra cosa que estar sentado y mirar; era como si, en esta situación, ni siquiera necesitara respirar. Ningún ejercicio de respiración de los que llaman la atención de los demás, que se hacen para darse importancia, tampoco una posición de yoga: estás sentado, dentro de la luz del cansancio, y ahora, de un modo ocasional, respiras bien. Paseaban continuamente mujeres, de pronto increíblemente bellas —una belleza que de vez en cuando me llenaba los ojos de lágrimas—, y todas, al pasar, me acogían: reparaban en mí. (Era extraño que los que advertían esta mirada de cansancio fueran ante todo las mujeres hermosas, como también algunos viejos y los niños.) Pero ni se me ocurría que nosotros, una de ellas y yo, más allá de lo que estaba ocurriendo, pudiéramos hacer algo juntos; yo no quería nada de ellas, me bastaba con poder mirarlas al fin de la manera como las estaba mirando. Y era además la mirada de un buen espectador, en un juego que sólo puede salir bien si como mínimo hay un espectador como este que está sentado allí. La mirada de este cansado era una actividad, hacía algo, intervenía: los actores de este juego se hacían mejores con él, más bellos —por ejemplo, tomándose más tiempo ante estos ojos—. Este lento parpadeo les hacía valer, les llevaba a tener el valor suyo propio. A su vez, al que estaba mirando así, gracias al cansancio, como por milagro, se le quitaba el Yo-Mismo, la eterna causa de desazón: habiendo desaparecido las deformaciones de antes, las costumbres adquiridas, los tics y las arrugas de preocupación, no era otra cosa que los ojos liberados al fin, tan insondables como los de Robert Mitchum. Y luego: el mirar ajeno a uno mismo, mucho más allá de las bellas transeúntes, se hizo activo; incorporaba a su centro del mundo todo lo que vivía y se movía. El cansancio articulaba —un articular que no rompía en pedazos, sino que proporcionaba conocimiento— la maraña habitual, gracias al ritmo del cansancio, en beneficio de la forma —forma hasta donde alcanzaban los ojos—, gran horizonte del cansancio.

Texto tomado de Ensayo sobre el cansancio (1989)


Fotografía del autor: La tercera