NO TI MEXCONDAS Mitos mortuorios | Víctor Roura


[Los muertos, en la historia del mundo, siempre han trascendido, siempre han ido más allá, válgase el pleonasmo, de la muerte, al grado de conformarse severos y solemnes rituales en torno a ella, a la Muerte, que a diario está presente en la Vida de los que la celebran, cortejan, conmemoran, honran…]

CERVEZAS Y PAN EN MINUATURA

Heródoto, en el segundo libro de su monumental Historia, dice que los egipcios, al concederle gran importancia, eran “sumamente ceremoniosos en lo sagrado y en las demás supersticiosos por extremo”.

      Dice Na­dia Julien en su Enciclopedia de los mitos que los egipcios creían que “el cuerpo debía conservarse para asegurar la supervivencia del doble, materia vaporosa y coloreada que adoptaba la forma de aquél (la tumba era la estancia del doble), así como la del alma. A ésta la imaginaban en forma de pájaro, o de llama; algunos creían que las áni­mas volaban al cielo en forma de gavilán para unirse al cortejo de los dioses de luz". Para otros, "el destino del alma se subordinaba al comportamiento que hubiese tenido el difunto durante su estancia en la tierra; el ánima embarcaba en Ahydos para justificarse y confesar sus pecados ante el tribunal de Osíris asistido por 40 jueces. Tanto los pensamien­tos del corazón como las acciones constituían las prue­bas de la buena fe. Luego se pronunciaba la sentencia y los réprobos iban al Infierno, donde se alimentaban de materias inmundas y eran acosados por escorpiones y serpientes hasta la extinción definitiva”.
      La muerte, como en todas las culturas primigenias, era, en la egipcia, “objeto de un culto extraordinario y de fastuosas ceremonias que duraban varios días; las mujere­s se manchaban la cara de fango y recorrían la pobla­ción lanzando gritos plañideros para congregarse luego en la casa mortuoria. Mientras tanto, los embalsamadores preparaban los cuerpos para lo cual extraían los órganos internos más corruptibles (que se guardaban en vasos de alabastro llamados canopes) y los sumergían en un prepa­rado denominado natrón a veces hasta 70 días; luego los rellenaban de serrín y trapos empapados en sustancias aromáticas para envolverlos finalmente en vendas, de las que se gastaban en ocasiones hasta cinco kilómetros, en las que intercalaban diversos amuletos, y el rostro se cubría con una máscara funeraria”.
      Es sabido cómo los faraones se hacían construir pi­rámides gigantescas para la hora de su muerte y los adinerados, sin la fastuosidad faraónica, se hacían introducir, sin embargo, “provisiones para el otro mundo”. En algunas tumbas, precisa Nadia Julien, “se han encontrado plantas perfectamente con­servadas, con cinco o seis mil años de antigüedad”. Los ricos, poderosos como en todos los tiempos, decidían sepultarse “con un arcón destinado a contener las artís­ticas figurillas de shawabti de sus sirvientes, con toda una cervecería y una panadería en miniatura para que no fal­tase nada al difunto”. Dicha sustitución, “desde el pun­to de vista de los sirvientes —acota Nadia Julien—, sin duda resultaba preferible a ser sacrificados durante los funerales de su amo, como ocurría en distintos pueblos de África”.

HIJA DEL SUEÑO DE LA NOCHE

Entre los caldeoasirios, “el culto a los finados se basaba en el miedo. Imaginaron también un ciclo, un Infierno y un juicio después de la muerte; las almas virtuosas eran recibidas en la morada de los dioses; y sometidos a horribles suplicios eternos los que no hubieran hecho méritos”. Y, al igual que los fenicios, los embalsa­maban para, más tarde, trasladarlos a un ataúd o sarcófa­go, “traspasándolos luego a criptas excavadas en la roca y provistas de varias cámaras”, apunta Nadia Julien.
      En la civilización medopersa, “los cadáveres no eran enterrados, ni quemados, ni arrojados a los ríos, pues se consideraba que podían contaminar los elementos, sino los revestían de cera y los exponían al aire en las llamadas Torres del Silencio para que fuesen devorados por las aves rapaces”. De ahí que “no se hayan encontra­do en Persia sino contadas sepulturas aisladas de reyes y sátrapas”. El panteón era un templo consagrado a todos los dioses. El más célebre de ellos, recuerda la investigadora Nadia Julien, “es el de Roma erigido por Agripa en el año 27 antes de Cristo, de planta circular con un diámetro de 44 metros, y dedica­do a los dioses de la familia Julia”.
      Por su parte, Carlos Gaytán, en su Diccionario Mitológico, precisa que la Muerte “fue hija del sueño de la No­che. Vivía en el Tártaro. Hércules la sujetó con clavos de diamante cuando fue a libertar a Alceste. Tenía corazón de hierro y entrañas de bronce. Se le representaba como un niño negro, con los pies torcidos, al que acariciaba su madre, la Noche. A veces se le añadían alas negras y una red con la que atrapaba las cabezas de sus víctimas”. Los antiguos, subraya Gaytán, “no llegaron a representar a la Muerte con un esqueleto aun cuando en ocasiones la describieron en forma aterradora, con un hacha en la mano, largos dientes rechinadores, uñas ensangrentadas con las cuales señala a sus víctimas, estatura gigantesca y manos que se llevaban a toda una población”.
      Las Parcas, que con el tiempo se convirtieran en si­nónimo de la Muerte, “fueron divinidades infernales que la Noche engendró por sí misma”. Presidían, paradójica­mente, “el nacimiento y la vida del hombre”. Eran tres: Cloto, “que señoreaba el nacimiento y bordaba el destino en una rueca”; Laquesis, “que hilaba los aconteceres de la existencia”; y Atropos, “la más terrible de las tres, que con unas tijeras cortaba el hilo de la vida”. Los designios de las Parcas “eran ineluctables aun para los mismos dioses”.
      Durante la Gigantomaquia (o Guerra de los Gigan­tes) “acudieron en auxilio de Júpiter y sus golpes anona­daban a los enemigos”. Habitaban “un antro tenebroso simbolizando con ello la oscuridad del futuro de todos aquellos cuyas vidas iban hilando y cortando. Eran tan persuasivas y elocuentes que Plutón las nombró sus ce­lestinas para que convencieran a Proserpina y la hicieran resignarse a vivir con él y fueron también ellas las que consolaron a Ceres por el rapto de sus hijas”.
      Los mitos pintan a las Parcas como a unas mujeres indomeñables (quizá de ahí, cosas del prurito lingüís­tico, su conversión a sinónimo de parco como sobrio, escueto, circunspecto, reservado, agarrado, mezquino e incluso avaro). Gaytán dice que “no atendían los ruegos de los mortales: bordaban, hilaban y cortaban implaca­blemente. Sólo en una ocasión concedieron un trueque de destinos: cuando Alceste se ofreció a morir en lugar de su esposo Admeto. En las batallas, las Parcas decidían si los guerreros heridos debían morir o seguir viviendo”.

EL MICTLAN NO ES EL INFIERNO 

También los griegos tenían a sus Parcas, llamadas Moiras, a quienes el propio Zeus les debía obediencia “hasta el momento en que se adueñó del poder supremo y de la facultad de medir la vida de los humanos”. La Muerte siempre ha tenido el rostro de una mujer tal vez por esa idea latente de la seducción, atributo principal­mente femenino. Ahí está la hermosa Xtabay maya, que atraía a los hombres para, luego de saciarse sexualmente con ellos, difuminarlos del mapa terrestre.
      En su libro El universo de los aztecas, Jacques Soustelle dice que el rasgo dominante del ritual en los primeros mexica­nos, “desde los tiempos toltecas, fue el sacrificio humano. Las víctimas eran o prisioneros de guerra o esclavos com­prados con ese fin. En ciertos casos eran escogidos en una categoría particular (mujeres, jóvenes)”.
      Se cuenta que uno de los hijos de Gonzalo Guerrero, el primer español avecindado voluntariamente en América y que combatie­ra contra Hernán Cortés para defender a los suyos, que no eran por supuesto los europeos, sufrió —resignado, adolorido, mas respetuoso de las creencias de los sacerdo­tes, enamorado como estaba de Zazhil, su esposa indíge­na— la muerte de uno de sus hijos en estas inmolaciones colectivas, consideradas entonces “una manera segura de alcanzar una vida eterna feliz”.
     Por lo mismo, esa torturante muerte era aceptada con estoicismo, o aun buscada por convicción. La víctima, dice Soustelle, “llevaba la vestimenta y los adornos del dios y era llamada la imagen del dios. Los sacerdotes colocaban a la víctima sobre la piedra de los sacrificios; uno de ellos le abría el pecho de un golpe con el cuchillo de pedernal y le arrancaba el corazón, que luego se quemaba en una urna de piedra (cuauhxicalli). En ciertas ceremonias las víctimas eran decapitadas, ahogadas o quemadas. Asimismo, por el ritual, se comía una parte de su carne”.
      Al fin de cada ciclo de 52 años se celebraba una ceremonia de “ligadura de los años” en la cumbre de la montaña Huixachtécatl. Los sacerdotes encendían el “fuego nuevo” sobre el pecho de su víctima. La última renovación de ese fuego ocurrió en 1507.
      Christian Duverger precisa, a su vez, en El origen de los aztecas, que el ritual funerario consistía en depo­sitar a los fallecidos en Mictlan, que los cronistas espa­ñoles tradujeron como “Infierno”, pero significa “Lugar de los Muertos”, un sitio subterráneo en donde reinan Mictlantecutli, “Señor del Lugar de los Muertos”, y su mujer Mictecacíuatl. Mictlan, dice Duverger, “es indudablemente el destino post mortem más corriente. A Mictlan van todos los que mueren de muerte natural, de vejez, de enfermedad, sin importar su origen social, su edad o su sexo. Al contrario de lo que sucede con el nacimiento, en el que el signo del día determina definitivamente el destino del recién nacido, la fecha de la muerte carece de toda importancia”.

EN LA OTRA ORILLA DEL RÍO

Sin distinciones, los funerales se realizaban siempre. de la misma manera: los parientes dedicaban palabras a su muerto; dichos “actos dilatorios ante el cadáver se alargaban cierto tiempo y luego llegaban los mamtlama­tque ueuetque, los ancianos encargados de preparar la momia mortuoria para los funerales: el muerto, envuelto en bandas apretadas, es colocado en un asiento en la posición tradicional, sentado, con las piernas plegadas delante del pecho. De esta manera, a imagen y semejanza de un bulto funerario, aparecen los muertos representados en los manuscritos figurativos indígenas”.
      Sin embargo, no era sencillo llegar a Mictlan. Se pen­saba incluso que el viaje podía durar hasta cuatro años. “Y después de pasados cuatro años, el difunto se sale y se va a los nueve infiernos, donde está —se apunta en el Códice Florentino—, y pasa un río, muy ancho: y allí vienen y andan perros, en la ribera del río, por donde pasan los difuntos nadando, encima de los perritos. Di­cen que el difunto que llega a la ribera del río, arriba dicho, luego mira el perro a ver si conoce a su amo, luego se echa nadando al río, hacia la otra parte donde está su amo, y le pasa a cuestas; por esta causa los na­turales solían tener y criar los perritos para este efecto”.
      Porque evidentemente en el mito azteca el hombre no podía llegar solo al más allá. Necesitaba del perro. “Previendo este último obstáculo —dice Duverger— se sacrificaba ante los restos mortales a un pequeño perro amarillo (céntetl chichiton in cocí). El texto insiste en el color: no se trata de un perro blanco, ni de uno negro, ni de un perro pinto”. El Códice Florentino es muy claro en su crónica: “Sólo el perro de pelo bermejo podía bien pasar a cuestas a los difuntos”.
      Alcanzada por fin la otra ribera, el fallecido desaparecía para siempre. “Y ansí en este lugar del infier­no que se llama Chicunanictla se acabavan y fenescían los defuntos”, se lee en el referido Códice. La superviven­cia subterránea, añade Duverger, “conduce a la desin­tegración total, a la nada, negra y fría. Al cabo de estos cuatro años simbólicos, al llegar a su término el proceso de telurización, el tonalli residual, liberado por la muerte, acaba por disiparse”.
      Lo extraordinario del “peregrinaje” mortuorio estriba­ba en que tanto el cadáver del muerto como el del perro “eran incinerados juntos, en las afueras de la ciudad, por unos ancianos encargados de este empleo; las cenizas las recogían y las ponían dentro de una urna junto con una piedra verde, una esmeralda o un chalchiuitl. Después entregaban la urna a los parientes, quienes la enterraban en sus casas. Le rendían honores durante cuatro años, al cabo de los cuales cesaba todo gesto ritual”.
      Dice Miguel León-Portilla que “la práctica de sacri­ficios humanos (en el antiguo México) ha despertado muchas veces reacciones de horror y condenación”. No obstante, la teología humana se basa principalmente en uno de ellos. La creencia asevera que un sacrificio humano y divino ha sido el origen de la redención de todos los hombres y mujeres en la Tierra, aseveraba León-Portilla, quien llegará a su destino final, según la tradición prehispánica, hasta el año 2023.. 

Fotografía: Benjamin Sz-J. en Pixabay 


VÍCTOR ROURA. Posee una trayectoria de más de 40 años en el periodismo cultural. Fundador de importantes medios en el país, como Unomásuno y La Jornada, y creador de la sección cultural de El Financiero, así como de los periódicos culturales De Largo Aliento y La Digna Metáfora. Es autor de medio centenar de libros en los que ha explorado el ensayo, el cuento, la poesía, la narrativa e incluso la ilustración para hablar acerca de rock, erotismo, prensa y literatura (poética y narrativa, sin hacer a un lado las letras infantiles); se ha adentrado en la crónica de las perplejidades del medio escritural e informativo y demás jocosidades del ámbito en el que se ha desempeñado toda su vida. Subdirector cultural de Notimex. 

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