El Sur me entra por los poros, me entra por los oídos y se me instala en la vida diaria. Te escucho, y si logro el arte de mirar de reojo, entras por la puerta, te metes en la cama y siento el breve calor seco de tu cuerpo junto al mío. Lo sé, eres, y siempre has sido, una construcción de mi necesidad de que existas, un autoengaño bien tramado a partir de un experimento puntual. No, eso no te lo dije, a pesar de que te conté que en estos días perdí el apetito y que estoy un poco enamorada de ti. Tú dijiste que no te daba miedo, no mucho, al menos. Fuiste amable, te reíste un poco, hiciste alguna observación sobre un libro que yo leía. Fuiste amable. Yo, no sé, te dije que eras lindo, que me parecías una buena persona, que besabas bien. Y si no lo dije, entonces lo pensé. Besas bien, eres una buena persona, eres amable y me he enamorado de ti un poquito. Eso no tiene nada que ver contigo, ya te lo dije: eres una construcción minuciosa de ese personaje que quiero que exista. Una narrativa que decidí encarnar en ti, porque te apareciste un día y eras amable y te reías bonito. Sí, o no, quizás una sonrisa linda como la tuya no existía hasta que decidí inventar que la tenías.
Como invariablemente sucede, las agendas son complicadas en estos días y no queda mucho tiempo en la vida diaria para darse el lujo de desperdiciarlo, así que voy a explicarte, con la mayor brevedad la metodología de ese experimento, al que llamo Proyecto Sur. Así creamos una ilusión de estructura. Es importante esa sensación de orden y premeditación (para usar un lenguaje más técnico y evitar confusiones, no vamos a hablar de premeditación, sino de planeación).

Proyecto Sur: Ensayo sobre el auto-enamoramiento
(¿Te gusta el título? Es provisional)

Periodo de preparación
Aquí comienzan las preguntas ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Yo? Trataré de responderlas, ya sabes, con el afán de aclarar cualquier duda que te tengas tú y que tenga yo. Supongo que te creé porque te necesitaba. Uno no puede dejar entrar nada a su vida si no lo necesita con un carácter urgente, casi doloroso. Tenías que existir, porque sin alguien como tú, el mundo estaría perdido. El mundo mío, pero también el mundo de allá afuera, sería una bola informe de autos y lluvia y grises en tonalidades. Vamos bien, te necesitaba. Decidí que eras tú, como habría podido encontrar otros ojos, otra voz, otros labios. Pero los tuyos eran correctos, suficientes, amables. ¿Te dije que eres amable? Así es ¿Cómo lo sé? Porque te sonrojaste por lo bajo cuando te di las gracias y te apresuraste a responder con un gracias que te tomó por sorpresa.
Entonces la decisión estaba tomada, aunque que estuvo tomada desde siempre (no quiero meterme en discusiones sobre el determinismo, estaba tomada y punto).

Periodo de construcción
Ahora mismo recuerdo el momento justo cuando tuve la certeza. Yo me sentaba junto a ti y olía tu rodilla. Supongo que era verano porque tenías pantalones cortos; quizá no, quizás es otra de las características de tu personaje (como puedes darte cuenta, esto es un despliegue de tecnicismos y etiquetas bien colocadas). Quizás era verano, quizás usabas pantalones cortos y quizá yo olí tu rodilla. Cuando todos estos condicionales ocurrieron, me di cuenta que olías poco, como una hoja blanca o como un pedazo de plástico que va saliendo de una máquina. Quizá también esa característica consustancial a tu cuerpo, me permitió encajarte en el personaje. Entrabas bien, necesitabas detalles mínimos y eras amable. No te quejaste cuando te olí la rodilla, ni cuando recargue mi cabeza sobre ella, eras amable y olías casi a nada. Tampoco usas calcetines a menudo. Odio los calcetines y a la gente que no se los quita ni en verano. Eras tú. Ahora venía la sonrisa abierta, dibujarte los ojos, reconstruir el tacto de tus manos, mirarte de reojo interactuando con otros seres humanos, lanzarte preguntas al azar y definirte un pasado.
Creo que lo último fue más difícil, porque a pesar de todo no sé nada de ti. Me cuesta trabajo crear personajes que no sucedan en el presente. Tú sucedes en presente, en un guiño que se le escapa a tu conciencia, en un par de palabras dichas en el momento oportuno, en una acción perfecta que no nota nadie, pero que existe, sí que existe.

Incluyendo detalles técnicos
Nada puede salir de la nada y, a estas alturas, estarás preguntándote para qué. ¿Para qué todo este despliegue estúpido de recursos? ¿Sólo para construir una casa con pasillos que no van a ningún sitio?
Pues hay en el mundo un sitio (yo he estado ahí), repleto de escaleras que suben a ningún lugar y rematan en corolas de flores amarillas. Puedes caminar sobre puentes que se detienen en un pequeño acantilado, así sin más, sin protección ni alertas de peligro. Entras por puertas minúsculas a habitaciones abovedadas o a sarcófagos verticales hechos de hormigón y varillas.
Yo también me preguntaba sobre la existencia de ese jardín de incoherencias. Uno camina, sube, baja, se desliza y pasa a través, para comprender que no importa. Que en la vida nada va a ningún lugar. Pero, también, uno sale de ahí con la sensación de que algo ocurrió y quiere volver, y a veces, hasta quiere construir una columna que no sostiene nada, sólo para que sea. Para que sea.
(Como dato adicional te contaré: el hombre, que construyó todo aquello, decidió que ese lugar era perfecto cuando un puñado de mariposas se arremolino en su camino. Sí, tú también tenías mariposas saliendo de las palmas de tus manos).

El proceso medular
Quizás saltaste todo lo anterior para llegar acá (yo también lo habría hecho). Explicaré el Proyecto Sur con toda la objetividad posible, en pasos minuciosos para evitar confusión:

          Paso 1: Inventarse las particularidades del sujeto, hasta que parezcan reales, y sobre todo, vivientes. Los pies desnudos, blanquísimos. Una aspiración profunda después de tres aspiraciones breves. Unos zapatos cafés, muy viejos, que usarías en casa, para salir al jardín o  a tirar la basura. Una tendencia, ligeramente exhibicionista, a quitarte la camisa y volver a ponértela. Unos vellos del brazo, casi rubios, que destellan con la luz blanca que se usa en las oficinas. Un padre, una necesidad de irte, una ex esposa, un hijo que ama los libros de cuentos y las historietas (en España los niños crecieron con algo llamado Tebeo, que contaba aventuras de héroes justicieros, y en Latinoamérica con cuentos sobre mujeres que se quitan las piernas por la noche y las guardan junto al fogón donde cocinan por las mañanas).

          Paso 2: Describir las acciones del sujeto. El sujeto no es una cabeza flotante que lanza monólogos filosóficos al aire. El sujeto es un ser con piernas, brazos, pecho y dedos; un sujeto que se duerme minutos antes de las doce de la noche y se despierta cerca de las seis de la mañana. Un sujeto que abraza una almohada y se envuelve bien en las mantas. Un sujeto que deambula por los pasillos de una Universidad y come sopa en la cafetería. Un sujeto que se sienta en la biblioteca a leer un libro, pero sueña que está lejos, en un sitio soleado cuidando lanchas o metiendo la mano en la tierra negra llena de gusanos. Un sujeto que bebe café con leche y parte un terrón de azúcar para endulzarlo. Un sujeto que prefiere el piso a los sillones. Un sujeto cualquiera en medio del mundo. Un sujeto vivo. Es importante, yo diría fundamental, que posea la capacidad de caminar por él mismo, aunque puede causar ansiedad imaginarlo lejos, en una ciudad casi desconocida, viviendo una vida ajena, una cotidianeidad ignorada.

          Paso 3: Insertarse en la escena. El reto en este paso es incluirse al menos en dos horas a la semana de la vida del sujeto. Considerando la duración de una semana promedio, ni siquiera sería un 2% de la vida del sujeto. La idea es buscarse un momento significativo, una y otra vez, cuanto haga falta. Una  broma, una frase equivocada, un personaje imaginario. Pero también es posible inventarse un mundo donde uno habla con el sujeto y le sonríe, y el sujeto sonríe de vuelta, entonces se toman de la mano, sin decirse nada, sólo caminan por pasillos grises mirándose a los ojos, pensando en cualquier cosa en común: un libro, una palabra, una actividad anual, un pasado juntos que nunca vivieron, esos quince minutos que pasaron juntos, de verdad juntos, escuchando el corazón del otro, metiendo los dedos entre dos hebras de cabello y sabiendo que el universo hablaba a través de ese gesto y decía: estoy aquí.

Cerca del final (pero aún no)
Pasados los tres pasos del experimento, el sujeto se ha convertido en un ser con nombre, y todos sabemos lo que significa eso. Se crearon ideas y acontecimientos ficticios que difícilmente podrían parecer falsos o amañados. Entonces, uno se sienta a desayunar pan con mantequilla y sabe que el sujeto toma un sorbo de agua y piensa en el café, pero es muy temprano. Es un vínculo unilateral, eso lo concedo, pero no es menos real. Yo lo explicaría como una verdad a medias, pero ¿no todas las verdades lo son? En este punto uno siente que está llegando al acto de enamorarse un poquito.
(La diferencia entre un poquito y mucho es el futuro. Sí, cuando es poquito, uno piensa en los sucesos inmediatos, la proximidad, ese día que se encontraron de frente y él dijo: hoy fue un día difícil, y el otro respondió: te entiendo. Todo esto muy diferente a mucho, dónde uno piensa que lo mejor sería tener una hija con su sonrisa y compartir un balcón con un árbol de manzanas pequeñitas. Un futuro en toda regla, un futuro en el que alguien deja su casa y sus libros y sus discos de Sonny y Cher y da un salto al vacío)

La conclusión (provisional también)
No lo mencioné antes, pero el objetivo primordial del experimento no era el sujeto, no eras tú; era el llamado uno, específicamente yo. No se trataba de ti, se trataba de mí. Inventarse un personaje tan estudiado era, en última instancia, la creación de un estímulo para observar mis reacciones comunes ante la nada, la necesidad y la búsqueda. El producto del experimento es de una valía incalculable; puede utilizarse para otros muchos subproductos y genera bastante energía para poner en movimiento nuevas empresas.
Sin embargo, en cualquier proyecto se corren riesgos, a pesar de que se trabaje en un entorno controlado y se tomen todas las medidas de seguridad. El Proyecto Sur no es la excepción. Cuando uno crea un tú, con tanto detalle, e invierte tanto tiempo para su construcción, puede toparse con situaciones inesperadas. Por ejemplo, que fueras amable (¿te dije que eras amable?), que existieras en tu propia realidad o decidieras abandonarlo en cualquier momento. O que de verdad terminara encariñándome contigo. Pero es así, todas las cosas sobre el mundo están condenadas al fracaso, la única incógnita es la fecha de caducidad. Proyectos como este no ofrecen información suficiente para calcularla. Quizás, para la próxima debería dedicarme a producir yogurts. Esa es la conclusión más atinada que he conseguido: todo se precipita, lento y seguro hacia un despeñadero, parecido a las estrellas que no producen sonido cuando mueren.
De mi diré poco, el Sur se me instala en la esperanza de volver a verte, en los objetos que tocaste, en una lista de pistas musicales que guardé para pensar en ti, en un par de recuerdos que sí sucedieron, aunque no estuvieron jamás en el plan, como el calor seco de tu cuerpo y tu perfil iluminado por la luz de los arbotantes en invierno.  
Con todo, supongo que el resultado final está cerca de ser un éxito rotundo.
(¿Tú qué crees?)

Foto de Daria Obymaha en Pexels

RENATA SOLLEIRO. Actualmente estudia el Máster de Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia. Cursos seminarios y talleres la formaron como narradora, como el diplomado de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana en México. Dedica parte del tiempo laboral a una organización de promoción y defensa de Derechos Humanos de México en Alemania y tiende puentes intercontinentales en diferentes terrenos de las artes. Las letras son su salvación, su camino y su sitio en el mundo.