Para los Milennials la imagen del vampiro actual se asocia a la figura de Edward Cullen y su familia de “guaperas” que brillan a la luz del día. La saga Crepúsculo, ha cambiado mucho la imagen del vampiro formada durante siglos y siglos gracias a la literatura y la historia propia del ser humano.
El vampiro actual no se parece en nada al vampiro del siglo XX ni al vampiro del siglo XIX ni al que merodeó durante el siglo XVIII, es en este siglo cuando se empieza a germinar y a calar la imagen que se tiene del vampiro actual. Como, por ejemplo, el conde Drácula de Bram Stocker.
De dónde viene la palabra vampiro. El vampiro está asociado a los parásitos, que seleccionan una víctima y se alimentan de ella poco a poco hasta matarla. Las culturas antiguas ya hablaban de seres que salían de sus tumbas a chupar la sangre de los vivos; desde la antigua Grecia donde se le llamaba Vrycolaca, aunque estos seres al parecer eran inofensivos, a la antigua Roma con los llamados “quebrantahuesos”, los cuales en vida había sido muy malos.
Pasamos por Egipto, en el ya famoso y célebre Libro de los Muertos se hacen muchas alusiones a seres que regresan de sus tumbas, los no-muertos. También tenemos vampiros en la antigua India o en China. De hecho, en China se han encontrado diversas crónicas escritas por el filósofo Chi-Wu-Lhi quien narra las “aventuras” de un chupador de sangre que causó gran terror y pánico en aldeas cerca de Pekín hace más de dos mil años. En el año 1679, el cronista Pu Sung-Ling, reflejó la vida campesina y criticó las políticas de su época en forma de cuentos fantásticos llenos de zorros, fantasmas, demonios, mujeres bellas y amistades entre humanos y no humanos, donde los vampiros eran conocidos como Jiang Shi: «Los cuentos extraños de Liao Zhai». Esta obra contiene 431 cuentos cortos y algunos de éstos, se han llevado al cine.  
Es en el siglo XVIII cuando la imagen literaria del vampiro realmente germinó con el famoso Tratado sobre los vampiros (1751) de Agustín Calmet. Este tratado narra, en pleno siglo de las Luces, historias oscuras y góticas que le dieron fama mundial a Antoine Augustin Calmet; dedicó su vida a estudiar la biblia y de este estudio derivaron los veintitrés volúmenes de sus Comentarios sobre el Antiguo y Nuevo Testamento. Pero todo esto se vio eclipsado por un tratado poco asociado a monjes benedictinos. El padre Calmet estaba profundamente preocupado por la gran “fama” y gran “amenaza” que suponían las historias asociadas, supuestamente, a vampiros en zonas de Hungría, Moravia, Silesia o Polonia. Esta “plaga” de vampiros puso en jaque a muchos gobiernos. Aunque ahora se sabe que muchas de estas epidemias de vampiros están asociadas a plagas como la peste, la cual no se libró de la superstición de la gente de los pueblos sobre todo eslavos.
Muchísimas historias llenaron las páginas de periódicos de la época, la gente enloquecía con los vampiros y claro todo esto degeneró en algo más que una simple creencia popular y de ahí que Agustín Calmet decidiera calmar las aguas e intentara explicar con razonamiento crítico y religioso este tema tan candente.
Los revinientes, como así son nombrados los vampiros en la obra de Calmet, son explicados por el autor como hombres muertos desde un tiempo considerable, que salen de sus tumbas y que vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre y finalmente les causan la muerte (palabras del propio autor). También nos da detalle sobre la mejor manera de acabar con ellos tal como lo afirma la famosa teoría:  desenterrarlos, cortarles la cabeza y quemar sus cuerpos.
Calmet se plantea muchísimas preguntas al respecto que luego intenta responder poco a poco: ¿Cómo salen de sus tumbas sin abrir la tierra? ¿Los muertos se resucitan a sí mismos? ¿Qué pasa con su alma? ¿El alma cómo vuelve al cuerpo? ¿Un hombre realmente muerto puede volver a aparecerse con su propio cuerpo? En estos países al parecer era así. Todo esto dentro de un lenguaje muy religioso, con base en la Biblia y explicaciones más bien racionales.
En la primera parte aclara que la resurrección de un muerto es obra únicamente de Dios. Ningún hombre puede devolver la vida a otro, a menos que haya un milagro de por medio, como en el caso de Lázaro. Habla de los excomulgados, de los que se creían iban al limbo, de las almas y, claro, de vampiros. Hay un capítulo entero dedicado a los excomulgados fallecidos, los cuales, si no se les cremaba, se aparecían a los vivos y les chupaban la sangre. Para dar ejemplos Calmet menciona los casos de la isla de Quíos.
Cartas Judías» (1738) del Marqués d´Argens, específicamente la carta 137, narra la historia de un hombre de sesenta y dos años que falleció y que, para desgracia del hijo, se le apareció. Poco después el hijo también murió como otras seis personas más. Así lo relata el comunicado oficial y la carta del marqués.
Calmet intentó desmitificar estos casos, darles un valor y una realidad para que no cayesen en conjeturas paganas y en delirios colectivos. Pero fue, gracias al monje español Feijoo, que este tratado no cayó en el olvido. Este monje apoyó la conclusión de Calmet agregando que tal superstición era aprovechada por estafadores. Al igual que Feijoo, Voltaire en su famoso Diccionario filosófico, en la letra V secunda a ambos clérigos y se puede leer textualmente: El resultado de todo esto es que una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros... y que hoy ya no existen; que hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años, y que hoy ya no los hay; que resucitaron muertos durante algunos siglos... y que hoy ya no los tenemos. O sí, mi querido Voltaire. Gracias a este monje benedictino francés se germinaron grandes obras posteriores como la de John William Polidori con su cuento “El vampiro” o Sheridan Le Fanu y su entrañable Carmilla.

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