A los 70 años de edad murió, hoy, el narrador chileno Luis Sepúlveda. Para recordarlo Bitácora de vuelos reproduce un fragmento del libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, editada por Tusquets en 1996 con ilustraciones de Miles Hyman. Con la debida autorización de Planeta México, presentamos la literatura de Sepúlveda.

HISTORIA DE UNA GAVIOTA

–Por favor, comprobemos primero la estabilidad de los puntos de apoyo –indicó Sabelotodo.
      –Probando puntos de apoyo –repitió Afortunada saltando primero sobre la pata izquierda y luego sobre la derecha.
      –Perfecto. Ahora probaremos la extensión de los puntos –maulló Sabelotodo, que se sentía tan importante como un ingeniero de la NASA.
      –Probando extensión de los puntos –obedeció Afortunada extendiendo las dos alas.
      –¡Perfecto! –indicó Sabelotodo–. Repitamos todo una vez más.
      –¡Por los bigotes del rodaballo! ¡Déjala volar de una vez! –exclamó Barlovento.
      –¡Le recuerdo que soy responsable técnico del vuelo! –contestó Sabelotodo–. Todo debe estar convenientemente asegurado, pues de lo contrario las consecuencias pueden ser terribles para Afortunada. ¡Terribles! 
      –Tiene razón. Él sabe lo que hace –opinó Secretario.
      –Es exactamente lo que yo iba a maullar –refunfuñó Colonello–. ¿Dejará usted alguna vez de quitarme los maullidos de la boca?
      Afortunada estaba allí, a punto de intentar su primer vuelo, porque la última semana habían ocurrido dos hechos que hicieron comprender a los gatos que la gaviota deseaba volar, aunque ocultara muy bien su deseo.
      El primero ocurrió cierta tarde en que Afortunada acompañó a los gatos a tomar el sol en el tejado del bazar de Harry. Tras disfrutar una hora de los rayos del sol, vieron a tres gaviotas volando arriba, muy arriba.
      Se las veía hermosas, majestuosas, recortadas contra el azul del cielo. A ratos parecían paralizarse, flotar simplemente en el aire con las alas extendidas, pero bastaba un leve movimiento para que se desplazaran con una gracia y una elegancia que despertaban envidia, y daban ganas de estar con ellas allá arriba. De pronto los gatos dejaron de mirar al cielo y posaron sus ojos en Afortunada. La joven gaviota observaba el vuelo de sus congéneres y, sin darse cuenta, extendía las alas.
      –Miren eso. Quiere volar –comentó Colonello.
      –Sí, es hora de que vuele –aprobó Zorbas–. Ya es una gaviota grande y fuerte.
      –Afortunada, ¡vuela! ¡Inténtalo! –le animó Secretario.
      Al oír los maullidos de sus amigos, Afortunada plegó las alas y se acercó a ellos. Se tumbó junto a Zorbas y empezó a hacer sonar el pico simulando que ronroneaba.
      El segundo hecho ocurrió al día siguiente, cuando los gatos escuchaban una historia de Barlovento.
      –... y como les maullaba, las olas eran tan altas que no podíamos ver la costa y, ¡por la grasa del cachalote!, para colmo de males teníamos la brújula descompuesta. Cinco días y sus noches llevábamos en medio del temporal, sin saber si navegábamos hacia el litoral o si nos internábamos mar adentro. Entonces, cuando nos sentíamos perdidos, el timonel vio la bandada de gaviotas. ¡Qué alegría, compañeros! Pusimos proa siguiendo el vuelo de las gaviotas y conseguimos llegar a tierra firme. ¡Por los colmillos de la barracuda! Esas gaviotas nos salvaron la vida. Si no las hubiéramos visto, yo no estaría aquí maullándoles el cuento.
      Afortunada, que siempre seguía con mucha atención las historias del gato de mar, lo escuchaba con los ojos muy abiertos.
      —¿Las gaviotas vuelan en días de tormenta? —preguntó.
      —¡Por las descargas de la anguila! Las gaviotas son las aves más fuertes del universo —aseguró Barlovento—. No hay pájaro que sepa volar mejor que una gaviota. 
      Los maullidos del gato de mar calaban muy profundamente en el corazón de Afortunada. Golpeaba el suelo con las patas y su pico se movía nervioso.
      —¿Quieres volar, señorita? —inquirió Zorbas. 
      Afortunada los miró uno a uno antes de responder.
      —¡Sí! ¡Por favor, enséñenme a volar!
      Los gatos maullaron su alegría y enseguida se pusieron patas a la obra. Habían esperado largamente aquel momento. Con toda la paciencia que caracteriza a los gatos habían esperado a que la joven gaviota les comunicara sus deseos de volar, porque una ancestral sabiduría les hacía comprender que volar es una decisión muy personal. Y el más feliz de todos era Sabelotodo, que ya había encontrado los fundamentos del vuelo en el tomo doce, letra “L” de la enciclopedia, y por eso se encargaría de dirigir las operaciones.
      –¡Lista para el despegue! –indicó Sabelotodo. 
      –¡Lista para el despegue! –anunció Afortunada.
      –Empiece el carreteo por la pista empujando para atrás el suelo con los puntos de apoyo –ordenó Sabelotodo. 
      Afortunada empezó a avanzar, pero lentamente, como si patinara sobre ruedas mal engrasadas.
      –¡Más velocidad! –exigió Sabelotodo.
      La joven gaviota avanzó un poco más rápido.
      –¡Ahora extienda los puntos d! –instruyó Sabelotodo.
      Afortunada extendió las alas mientras avanzaba.
      –¡Ahora levante el punto e! –ordenó Sabelotodo.
      Afortunada elevó las plumas de la rabadilla.
      –¡Y ahora mueva de arriba abajo los puntos para empujar el aire hacia abajo y simultáneamente encoja los puntos b! –instruyó Sabelotodo.
      Afortunada batió las alas, encogió las patas, se elevó un par de palmos, pero de inmediato cayó como un fardo.
      De un salto los gatos bajaron de la estantería y corrieron hacia ella. La encontraron con los ojos llenos de lágrimas.
      –¡Soy una inútil! ¡Soy una inútil! –repetía desconsolada.
      –Nunca se vuela al primer intento, pero lo conseguirás. Te lo prometo –maulló Zorbas lamiéndole la cabeza.
      Sabelotodo trataba de encontrar el fallo revisando una y otra vez la máquina de volar de Leonardo.

Fuente: Notimex
Fotografía: semana.com