[La poeta Ethel Krauze (Ciudad de México, 1954) habla de su confinamiento donde la poesía refulge abarcadora, si bien este género literario no abandona nunca a la escritora desde el momento en que surgió para las letras mexicanas a finales de la década de los setenta. Ensayista y académica, la autora nos confiesa certezas e intimidades justamente en estos momentos del encierro necesario a causa de esta epidemia que nos confina momentáneamente…].



“Soy un animal domesticado”

—Esta inesperada situación pandémica, Ethel, como todas las catástrofes impredecibles, ha tomado completamente desprevenida a la humanidad al grado de vernos impedidos de una cura inmediata. Porque la ciencia no puede ir al parejo de las nuevas mortandades. Sin embargo, se sabe que el temible virus provino de un murciélago cuya relación con el hombre es milenaria. ¿Qué hacer con este intercambio permanente animal salvaje-humano? Incluso hay diversos programas culturales abocados a estas manifestaciones de sobrevivencia en las selvas desconocidas…
      —Si yo supiera qué hacer, mi querido Víctor... Pienso que no es el animal salvaje-humano lo que atrae las nuevas mortandades, sino el animal humano que olvida su verdadero instinto de sobrevivencia. Ésta siempre ha estado ligada a la comunidad: la empatía, el cuidado recíproco, la horizontalidad en las prioridades, el respeto a la sabiduría y las responsabilidades compartidas para una crianza eficaz. El animal humano se ha puesto patas de acero, dedos electrónicos y un cerebro algorítmico de unos y ceros, con olor a pesos y centavos.
      “Aún le queda un corazón que resucita en la catástrofe, algunas veces, me temo que cada vez menos veces.
      “Que haya un dios llamado Bolsa de Valores, con sus tablas de la ley de mercados, templos bancarios y profetas financieros, con la hostia del petróleo en los pobres hocicos hambrientos, es la más profunda enfermedad.
      “Dejemos a los murciélagos en sus ritornelos danzantes, en los claroscuros boscosos. Ocupémonos de nosotros, qué hacemos con nosotros, con nuestra triste historia de errores, que seguimos repitiendo, y que ahora adquiere dimensiones explosivas, porque, mira, qué bien estamos conectados, nosotros mismos, aquí en estos mensajes instantáneos, más para desahogarnos que para mover un grano en el duro desierto de la necedad humana.
      “Perdón, hoy no tengo un optimismo brutal, de esos a los que ahora se nos insta a promover. No me he desconectado ni un minuto de los aparatos, cumpliendo mis deberes.
      “Soy un animal domesticado”.



“Hemos vuelto la vista a los otros…”

—Los templos monetarios, sí, son los que mueven los márgenes de las operaciones del mundo, pero los humanos domesticados somos los que pagamos los tributos a estos dioses peculiares. ¿Nuestro encierro es la forma más visible de la sujeción contemporánea?, ¿de veras en toda esta calamidad sanitaria tenemos irremediablemente que voltear hacia los poderes económicos? La epidemia se vino, como todos los males, de manera abrupta. Yo leía La peste sin pensar un minuto en que viviría siquiera algo parecido.
      —Creo que hemos vuelto la vista a los otros, los auténticos poderes: el arte, la filosofía, la ciencia, la agricultura, la naturaleza, la comunidad, la familia (como cada quien entienda esta relación afectiva y ética). Lo que nos va manteniendo cuerdos, si acaso, son las reflexiones que nos permitimos sobre el destino, la existencia y la fe y nuestro papel en el concierto de todo esto; los libros, la danza, el cine, la pintura, el humor; y, claro, los alimentos que se han vuelto sagrados junto con quienes los trabajan y los llevan a nuestra mesa; contarnos cosas unos a otros, sueños, mirar juntos fotografías, escuchar nuestras angustias; por delante, claro, la ciencia y sus héroes de la salud que me llenan de lágrimas de gratitud (en mi familia abundan estas profesiones de una absoluta entrega a los otros).
      “Los poderes económicos, con toda su arrogancia, sólo han mostrado su cara más oscura, cobarde, individualista y perversa. Ya dirá la Historia, esa señora brutal que no se anda con pelos en la lengua...”



La continua insatisfacción de la comunidad cultural

—Quisiera creerlo, Ethel, pero también entiendo que durante esta difícil fase ha aumentado la relación amor-odio en las parejas. Vivir en el encierro es, ciertamente, una etapa compleja. Ojalá el arte permeara la vida. Entiendo, asimismo, que después de transcurrida esta emergencia sanitaria las cosas no van a ser las mismas. En la propia cultura, aun en esta demoledora cotidianeidad, se están llevando a cabo modificaciones en la estructuración de la Secretaría de Cultura…
    —El amor, si lo hay, queda; lo que llamas amor-odio es más bien ansiedad por la situación inesperada, irritación por el confinamiento, disminución de la tolerancia frente a las diferencias obligadas en una relación; deberá servir esto para renovar acuerdos y crecer juntos.  Si no lo hubo, pues qué bueno que sirva para tomar mejores decisiones y salir de ahí.
      “Qué bueno que no vayan a ser las mismas. Ojalá que nunca vuelvan algunas. Acabo de tener una clase-programa de radio, vía zoom, compartido en Youtube, con mis estudiantes del Tec de Monterrey, Campus Cuernavaca, en la cual expusieron las nuevas preguntas que la pandemia plantea ahora para las carreras que han elegido, como negocios, mecatrónica, administración, finanzas, ingenierías, comunicación y otras. Fue hermoso ser testigo de cómo estos jóvenes están alerta, saben que la salud, el medio ambiente, el capital humano y el equilibrio entre todos los componentes de una sociedad serán de aquí en adelante los anclajes de todo emprendimiento, tecnología, aparato financiero, empresarial y de mercado. También han señalado el papel tan pobre que está desempeñando el profesional de la comunicación, con poca preparación para el ejercicio de esta fundamental actividad. Saben que tendrán que estudiar más y mejor.
      “En cuanto a la restructuración de la Secretaría de Cultura, es pronto, para mí, para ofrecerte una respuesta con suficiente conocimiento de causa. Me parece que los cambios, en principio, siempre se proponen tendiendo a la mejoría y a la actualización de los programas. Cambiar es a veces difícil, pero la mayoría de las veces necesario.
      “La comunidad cultural, en su propia función social, siempre aspira a un cambio y nunca queda satisfecha por completo con el resultado. Es su papel, nuestro papel, como críticos y creadores. Qué bueno que sea así.
     “Los cambios hablan de inclusión, de democratización, de ampliación, en fin... espero que vayan para bien”.



El miedo al otro

—Tus palabras expresan un optimismo radiante, Ethel, lo cual me deja con una sombra de inquietud porque, a diferencia de ese razonado pensamiento del estudiantado mexicano, se hallan las calamidades externas donde la juventud vota por Donald Trump y vitorea el odio, el racismo, la discriminación. Son los vecinos del norte. Sí, pienso que las cosas nunca van a ser las mismas después de esta espantosa epidemia mundial, pero el miedo cala hondo: ¿éste no permeará en las capas sociales luego del reinado de los temores a los cuatro vientos?
      —No creo que sea optimismo. ¿O sí? Espero que no. Espero que este monstruo con cabeza de corona microscópica nos enseñe lecciones. La mirada tendrá que estar puesta en el planeta, en todos nosotros, porque una pandemia no respeta razas, géneros ni clases sociales. La salud, el arte, la ciencia, la tierra, la comunidad. No le veo para dónde más movernos. El miedo nos va a durar. Mucho. El miedo al otro, a la cercanía, al abrazo, a esa conspiración de espíritus que se fraguan en el aliento compartido del beso. Oh, el beso lento y amoroso con los ojos cerrados. El miedo va a calar, va a dolernos demasiado. Ya nos duele. Estamos perdiendo una inocencia: aquella de saber que, a pesar de todo, éramos felices porque se nos permitía el consuelo de los cuerpos enlazados, el apapacho mexicano que nos identifica como pueblo. No somos dioses, vivimos a ras de suelo, invocamos el abrazo para nacer y para morir. No sé cómo vamos a reponernos de este desamparo.
      “Pero tendremos que hacerlo.
      “No me asustan los tiranos ni sus seguidores, pues ya los hemos padecido. Lo que más me asusta es cómo seguir siendo humanos sin aquello que nos hace humanos: el otro que soy yo”.



“La belleza siempre está en las mismas cosas”

—Sí, Ethel, creo que el miedo nos permanecerá largamente. ¿Cómo volver a tocar al otro, a hacernos renacer la confianza, a aproximarnos a alguien deseado? Los tiranos van y vienen, ¿Cómo el amor, como la cercanía, como los besos? Estos días del monstruo coronado, paradójicamente, me remiten a los poemas bellos: ¿será que la atrocidad invariablemente nos obliga a buscar la belleza en otras cosas?
      —La belleza siempre está en las mismas cosas. Siempre ha estado. La poesía es el supremo don de la belleza que eso que llamamos Dios nos ha obsequiado para entender nuestro paso por el mundo. A pesar de todo, no me ha abandonado ese contacto con el milagro. Ese “toque delicado” del que hablan los místicos. Sigo estremeciéndome ante el beso presentido en las oscuras noches, y te comparto aquí la desmesura de mi anhelo de que no desaparezca nunca esta sed, esta sed que nos mantiene atados a la vida, al otro que es la vida, el otro siempre más acá de la distancia, el otro en mí, el otro que soy yo.
      “¿Recuerdas este poema que se publicó hace tiempo en un libro que, estoy casi segura, puse en tus manos durante una larga entrevista que me hiciste? Como siempre contigo, memorable. Como siempre, agradecida porque tu ojo periodístico y tu instinto literario emprenden vuelo en la conversación. Por muchas más, querido Víctor”.



Poema número 20, del libro Juan, Aldus


¿Recuerdas cómo era la lluvia
cuando aún no nos besábamos?
Era julio
y el moribundo cielo
se rasgaba.
Nos miramos tras la reja
muchas veces,
antes de que el fruto
se abriera.
Nos subimos al puente del aroma
para probar el naranjo
en nuestra sed,
y no saciaba.
No saciaban los hielos
en el vaso
ni el cántaro de vino
ni la miel.
Nos bebíamos el filo
de la lluvia
en la ropa,
en el paraguas,
y el clamor no cesaba.
Recorrimos las calles,
los planetas,
buscando el vértice
del agua.
No lo hallamos.
Intentamos la espuma,
la neblina,
el vidrio de la madrugada,
las fibras del rocío,
la escarcha,
la vibración de la nieve…
Nada.
Ni una gota que calmara
la fiebre.
No hubo otro modo:
cerramos los ojos
y dejamos que el beso
nos llamara.



La poesía, el género autobiográfico por excelencia

—Lo guardo en la memoria, Ethel, en efecto. Pero ahora los besos quizás nos van a saber de otra manera. Finalmente, esta pandemia cambiará nuestra vida y la forma de relacionarnos con los demás. La poesía, como dices, ahí está, junto a la belleza de las mismas cosas. Este miedo nuevo, desconocido, acaso nos descubra a nosotros mismos o nos haga caminar en la orilla de algún precipicio, no lo sé. Como ocurrió después del 68, tal vez ahora también tarden las novelas sobre la epidemia mundial, pero la poesía brotará como las flores en la primavera. ¿Es la poesía la vertiente de a pie de la literatura?
      —Una hermosa pregunta. Siempre he pensado, y lo he dicho en todos los medios y foros posibles que han estado a mi alcance, que la poesía es el género autobiográfico por excelencia. Además de ser el género madre de la expresión verbal, pues así nació la lengua, siendo poesía, emergiendo como metáfora de cada objeto, de cada impresión, es la forma original de la literatura, de la cual derivan las demás, a lo largo del tiempo.
      “No se puede ficcionalizar la poesía, porque ella misma es el grito, la melodía, el aliento natural del organismo humano cuando se vuelca en palabras.
     “La poesía siempre ha sido la vertiente de a pie de la literatura, en el sentido de que ha estado ahí, al alcance, en todo momento, en su doble función de ser creada y compartida. No reconoce fronteras académicas, no se atiene a las modas de la industria editorial ni a las leyes del mercado. No anda en pasarelas de los medios que se pelean por los clics.
      “Parafraseando al Tao, la poesía es sendero y no se anda jactando de llegar a ninguna parte. ‘Retirarse de la obra acabada, del renombre conseguido, esa es la ley del cielo’. Pero, sabemos que no se da mucho esto en nuestro gremio. Pienso también en Gustavo Adolfo Bécquer, con quien tanto soñé en mi adolescencia, cuando dice podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.

Fotografía de la autora: Cambio.gob.mx