Recuperar la infancia es uno de los ejercicios indispensables para sentirse enraizado en el mundo. Recrear ese tiempo acomodado en una capa profunda de la memoria hace renacer -con similar alegría- aprendizajes, amores y desdichas. Elvia Elena Gómez de Valle, en su libro Mascotas (Generación X) (Bitácora de vuelos ediciones, ebook, 2020), deja en claro que una de las aventuras más significativas de un niño en el descubrimiento de su entorno es la convivencia con los animales, pero también que ese hallazgo se renueva en el acto de la escritura: “Las mascotas y las hojas en blanco son pacientes”, escribe la autora en uno de los epígrafes que abren su obra.

Las primeras líneas plantean la dinámica de la narración: “En una semana me pasaron tres cosas; me raspé la rodilla, explotó la olla de presión, me regalaron un Makech”. Estamos por conocer historias significativas al lado de perros, tortugas, cóconos, pollos, ranas, renacuajos, un conejo y tantos más. Hasta ese desventurado escarabajo yucateco adornado con cuentas brillantes, el cual vemos morir después de un accidente lamentable en el recreo.

Cada episodio va retratando la vida cotidiana de una familia de clase media, en la ciudad de Saltillo, en el estado mexicano de Coahuila. La narradora va construyendo con detalle sus andanzas infantiles acompañada por dos hermanos y una hermana, todos ellos seres ansiosos de conocer el mundo.

Dentro de este recorrido, el lector se asoma a una época de ciudades pequeñas rodeadas de un entorno rural donde los niños tenían la opción de disfrutar de espacios abiertos y amplios para convivir directamente con la naturaleza, a la vez que gozaban de la entrada de la modernidad, representada por la televisión y sus programas importados.

El camino de la narración es una constante búsqueda expresiva, el mundo creado se vuelve cada vez más nítido y adquiere una profundidad emotiva que conmueve al lector: “Con la hoja brillante y bien afilada del bisturí, le cortó la faringe y un largo hilo de sangre cayó sobre una bandeja colocada sobre el piso. El fino pelaje blanco se pintó de escarlata”, escribe la narradora, con tranquilidad pasmosa, al relatar la manera como su padre mata y destaza un cabrito. La locución no se conforma con enunciar los objetos, sino que busca ampliar su percepción con imágenes minuciosas: la coraza de la tortuga, “era como un hueso de durazno gigante”, un raspón en la rodilla se sentía “como cuando tienes los labios partidos y chupas una naranja”, la olla de presión “hacía un sonido como víbora de cascabel al dejar escapara el vapor”.

Esta manera de expresión se vuelve franca y llena de libertad cuando describe la plenitud de la naturaleza. Entonces, el lector se deja llevar por la presencia de un caudal sugestivo de sensaciones: “El aire hace dañar la tierra en remolinos. Hojas secas como pétalos cubren las bolas de algodón. Es como si corderos diminutos estuvieran sostenidos por tallos largos”.

Como en todo buen relato para niños, los adultos se presentan sólo como un telón de fondo, pero de gran relevancia, porque son los depositarios del amor de la narradora y su guía. Los ojos de la niña se fijan en detalles: las manos de la abuela, el rostro del padre desde el espejo retrovisor del automóvil, el vestido color violeta de la madre: “sus ojos cristalinos me abrazan a la distancia”.

Para quienes vivimos la niñez en los años sesenta o setenta, los incidentes narrados pueden parecer familiares y nostálgicos. Para los niños de la actualidad resultará asombroso descubrir la naturalidad con la que se convivía con los animales en esos tiempos en los que preparar un caldo de pollo implicaba ir al traspatio a corretear una gallina “golona”, meterla en un costal de ixtle, observar sus plumas suaves y sedosas, ver sus ojitos redondos que “parecían lentejuelas negras de las que mamá tenía en su costurero”, y presenciar la maniobra repentina de la abuela al quebrar el pescuezo de la gallina; al final, atrapar el cuerpo descabezado que alcanzó a brincar y dar vueltas en una ciega danza.

Porque, en medio de los diferentes acercamientos a estos seres que atrapan la curiosidad de un infante, aparece la muerte como parte esencial de la vida. Puede mirarse a los pequeños enfrentándose a ella, incluso causándola, sea por candidez, por un percance desafortunado, por curiosidad científica o por un acto involuntario de violencia.

Así es como una serie de hechos escuetos logra impresionar en relatos dramáticos como el del hermoso pinzón de pecho colorado. “Un día de agosto en el que el cielo era sólo azul y los higos estaban maduros”, Ricky, uno de los hermanos, quiso tenerlo entre sus manos y le disparó con su rifle. La contemplación de la muerte, unida al deslumbramiento por la belleza del pájaro, estremeció al niño: “-Sólo quería acariciarlo en mis manos y verlo de cerca, pero lo maté”. Y luego, la voz de la narradora: “Un escarabajo verde metálico se me atoró en la garganta. Observamos al pajarito. Lloramos juntos bajo la higuera”.

El aprendizaje de la existencia de la muerte, a través del contacto con los animales, no es la única de las revelaciones que Elena Gómez logra mostrarnos dentro de este territorio rotundo de la infancia, el cual se presenta como la zona donde afloran todas las emociones humanas:  la culpa, la soledad, la vergüenza, el desconcierto, la crueldad, la alegría desenfrenada, el infinito amor a los mayores, pero también el miedo de perderlos.

El libro está dirigido al público infantil y juvenil. Sin embargo, el cúmulo de historias funciona como un cristal hondo y sosegado donde cualquier lector puede reflejarse. También, sentir su propio escarabajo atorado en la garganta al encontrar su niñez en esas historias que desafiaron la paciencia de la hoja en blanco.

Elvia Elena Gómez de Valle (2020). Mascotas (Generación X). México: Bitácora de vuelos ediciones. Ebook.


MARGARITA AGUILAR URBÁN. Es investigadora de arte, poeta y profesora de lengua y literatura. Escribió los poemarios Como estación de tren (1988) y Algodón en el corazón (poesía infantil, 2012). Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (1994), Campos ignotos (1998) y Taller Literario “Pablo Ochoa” (2009). Como investigadora, recopiló las memorias del artista tarahumara Erasmo Palma en el libro Donde cantan los pájaros chuyacos (1992, reedición 2015, traducción al rarámuri 2018). Su obra Aurora Reyes. Alma de montaña, editada por el Instituto Chihuahuense de la Cultura, fue considerada el mejor libro del 2011 por el suplemento Día siete de El Universal y por la página de crítica literaria Salón de Letras. Recientemente Bitácora de vuelos ediciones publicó en versión electrónica, su libro para público infantil y juvenil Testudina descubre el horizonte, con ilustraciones de Ana Gudiño Aguilar.