Hace unas semanas, la compañía Otra Danza presentó 10 sonetos en la VIIEdición Descorcha Momentos Íntimos del Teatro Chapí de Villena (Alicante). Los poemas de Garcilaso de la Vega fueron transmitidos más allá de lo verbal por Asun Noales y Sebastián Rowinsky con la música de Johann Sebastian Bach (que escucho al escribir estas notas y que recomiendo poner en caso de leerlas) interpretada por Antonio Ballester al violoncello. Tras el espectáculo, íntimo, con no más de cincuenta personas alrededor del hall de uno de los mejores teatros de la provincia, se sirvió en la cafetería una cata de Bodega Las Virtudes de Villena.


En el mármol por el que suele cruzar el público para acceder al patio de butacas se halla una mesa con dos sillas, también de madera. El público se sitúa esta vez alrededor de la sala, pues lo habitual es que el ciclo “Descorcha Momentos Íntimos” tenga lugar en el mismo escenario, lo que permite advertir la majestuosidad del espacio, en penumbra, mientras disfrutas de la experimentalidad de obras clásicas como, en otras ediciones, La Celestina o los Sonetos del amor oscuro de Lorca.

Enseguida caes en la cuenta de que esa es la mejor estancia para que resuene y envuelva Bach. Sobra la voz en off, pues siento que la gracia de 10 sonetos no es el texto en sí, que se va escuchando enlatado durante los cuarenta y cinco minutos; sino la expresión de los catorce endecasílabos mediante dos cuerpos al compás de la música.


Al comenzar la obra, Noales y Rowinsky se sientan frente a frente, a un lado y otro de la mesa. Estamos ante el primer soneto, «Cuando me paro a contemplar mi estado», de Garcilaso que desde Ovidio, el celebrado Dante o Petrarca (y tantos otros, posteriores) estudiaNadine Ly. Si en el programa de mano vinieran los poemas, por ejemplo, podrías optar por meterte de lleno en las célebres composiciones sin recurrir a lo verbal. El logro resulta de la coreografía.

El sujeto poético se observa, de manera recíproca. La cabeza multiplica su peso sostenida por un cuerpo tan ágil como contundente en los movimientos que pasan cerca de las mascarillas del público. Arrastran sendas sienes y nucas alrededor de la sólida tabla. Dicho mueble, junto al respaldo de sillas que también se tumban y mueven como prolongación de las extremidades, naturales, cruje en la armonía de los vaivenes.

Las oposiciones fortalecen al unísono trazos perfectamente asimétricos. La mesa resulta lo mismo una embarcación que una cama: en ella reposan los seres que transmiten con sus ojos todo aquello que de negro dejan ver los graduados focos. Desde arriba, desde la cafetería, el público observa contagiado por la tensión, en su caso, de los taburetes, el escorzo plural que llega a una americana, también oscura, colgada de una de las esquinas.

Tras la sensación inerte de dicha prenda, con erotismo, entrega y cálculo quienes bailan se solapan al abrazarse con una sola manga. Cual reflejo desplazan un vals que el hilo narrativo de la historia exenta de verbo sustantiva en las preposiciones. Son estas las que resuenan en la historia que compone primero Garcilaso, luego Bach y ahora Noales y Rowinsky; artistas a los que todavía se les puede preguntar por las técnicas que siguen a la hora de releer al famoso poeta renacentista, tinto en mano, en la demostración de que la poesía no deja de beber de otras artes.


IGNACIO BALLESTER PARDO (Villena, Alicante, 1990). Es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alicante, con una tesis sobre poesía mexicana que dirige Carmen Alemany Bay. Es miembro del Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti y del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Es autor del libro La dimensión cívica en la poesía mexicana contemporánea: herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte (Tirant lo Blanch / Universidad Autónoma del Estado de México, 2019). Cada domingo comparte sus líneas de investigación en el blog Poesía mexicana contemporánea.