SOCIEDAD La curiosidad, una virtud censurada | Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda

Balthus. Young Girl at the Window. Imagen tomada de http://www.wikiart.org/de/balthus

La curiosidad es una virtud, es una pasión y una capacidad indispensable para sobrevivir, es una pasión humana y por lo mismo, llevada al extremo se convierte en un defecto y por ende, es censurada. El desarrollo de esta pasión, bien encausada su potencialidad, se relaciona directamente con la educación, lo cual significa que desde el nicho familiar se impulsa o abate  la curiosidad, que en primer instancia,  pareciera ser un defecto, por la reprobación social expresada de distintas formas, implícitas y explicitas, pues no falta quien prevenga, ¡cuidado, la curiosidad mató al gato!  

Se afirma que la mujer es más curiosa que el hombre, que  sin duda lo es y mucho, pero en ambos casos, la parentela la reprime, al considerarla un fisgoneo: ¡no seas metiche! Entre paréntesis, la etimología de esta palabra se discute bastante, según distintos autores: podría venir del náhuatl “metichtl”, entremetido(a), dícese de quien acostumbra meterse donde no le llaman; igual, se afirma que es una voz hibrida de  español y náhuatl, ya que es bastante común agregar el sufijo despectivo –che, que en náhuatl se refiere a un individuo masculino, a  un verbo español, así se forman, de pedir - pidiche, de hablar- habliche; incluso, podría derivar del mapuche (lengua mapudungun) en Chile, porque “mapu” significa tierra y che, gente. En el diccionario (RAE), metiche es un mexicanismo aplicable a la gente muy curiosa, que se mete en donde no le llaman, con lo que ni le va ni le viene.  

En general, estas definiciones desvirtúan la curiosidad, como indagación en busca del conocimiento,  por esto pensamos que desde el punto de vista educativo, la curiosidad debería ser objeto de  una reflexión sobre su aprendizaje y enseñanza. Es un comportamiento humano natural, lo mismo que de otras especies, porque la capacidad de observación, fruto de la curiosidad inquisitiva, es esencial para la sobrevivencia, así aprendimos que el fuego quema, por decir algo.

Educativamente hablando, es necesario desarrollar la habilidad para explorar el mundo e indagar en lo desconocido, buscando información, y saber cómo interactuar en el medio ambiente que nos rodea. Por supuesto, la curiosidad es inherente al ser vivo, pero siendo una respuesta emocional  del individuo a ciertos estímulos, las formas de observación pueden revestir tintes molestos, razón por la cual se han generado respuestas sociales de censura y en menor grado de aceptación; ambas repercuten en la psicología de la persona, reprimiendo o desarrollando su natural curiosidad.

De ahí la importancia educativa de cuestionar la curiosidad, pues es necesario definir cuándo es un defecto o en qué momento se está cometiendo el error de reprobar una virtud. Esto puede responderse desde muy distintos puntos de vista, de modo simple y lacónico diríamos, que depende cómo se use, pero es importante introducirnos  en la reflexión sobre la curiosidad en términos de magnitud e inclinación, es decir, el grado de la curiosidad y los asuntos hacia los que se dirige. 

Una reflexión educativa consideraría, que el exceso y lo remiso es vicio y que la virtud es el punto medio entre ambos (Aristóteles -384 a 322 a.C.-, Ética a Nicómaco, Libro II, cap. V). De este modo, al cavilar sobre la curiosidad  en términos de vicio o virtud, nos remitimos al comportamiento ético, que alude a tres características del alma humana: pasiones, potencias y hábitos. Las pasiones son las emociones, concomitantes al placer y el dolor; las potencias son las facultades para externar las pasiones, por ende, tienen que ver con la menor o mayor capacidad individual; y los hábitos son producto del aprendizaje social, que enseña a utilizar la capacidad en potencia,  es decir, aquellas pasiones que parecen instintivas o innatas, como la curiosidad.

De acuerdo a la ética, aprendemos  a conducirnos, pero no en el terreno de la moral, del bien y el mal, sino de la virtud o el vicio, lo cual se refiere a la vehemencia, la moderación o la debilidad con que se manifiesta una pasión, y ésta se  puede adjetivar como virtud o vicio, por lo cual evidentemente,  pueda ser alabada o censurada, ya que la magnitud  y la inclinación de una pasión es resultado de la elección individual.

Lo anterior sugiere la necesidad de  saber expresar las pasiones en su término medio, lo cual se aprende en un entorno cultural específico, donde las facultades genéticas se acrecientan o se reducen, según se enseña y aprende a utilizar el potencial individual, por lo regular de modo inconsciente, pero que se va convirtiendo en hábitos buenos o malos, o más bien, en virtudes o vicios, según las enseñanzas recibidas en el grupo social determinado, que inculca desde la más tierna infancia las formas habituales de proceder o conducirse.

Virtud es el hábito de conducirse adecuadamente, y el vicio es una conducta inadecuada, porque la persona y también la cosa, se habitúan a realizar bien o mal para la que fue creada; expliquémonos, el ojo tiene la virtud de ver bien, por tanto, el defecto de visión, es el vicio del ojo. En lo que concierne a la magnitud de los hábitos, ésta distingue en proporciones, donde más es exceso, menos es defecto y el justo medio es la virtud.

En lo que respecta a la persona, la virtud es el hábito de actuar conforme al justo medio, es desarrollar la potencia o capacidad al punto de poder desenvolverse virtuosamente, conforme a la situación; esto significa, que una vez aquilatadas las circunstancias, se procede de acuerdo al justo medio, por esto, la temeridad es exceso, la cobardía es defecto y la valentía es saber controlar la pasión, lo cual significa que se actúa razonadamente, porque ser valiente es tener el Valor, lo cual es una virtud. Aristóteles dijo, sentir la pasión de la ira es natural ante ciertos hechos, pero hacerlo en la medida adecuada, el momento  preciso, de la manera apropiada,  hacia la persona indicada y por una causa justa, eso es virtud.

Evidentemente, no se nace virtuoso, se aprende a expresar la pasión en su justo medio, y esto supone el aprendizaje de elegir una de las tres posibilidades: exceso, defecto o  virtud –justo medio,  ya que la persona tiene la opción de tener buenos o malos hábitos, cada quien decide si desea o no controlar sus pasiones y en qué grado hacerlo. Lo anterior, en cierta forma,  tiene que ver con lo que denominamos buenas costumbres, pero  es actuar conforme a la  ética.  

Retomando el tema de la curiosidad y asentado ya que es una pasión, un sentir humano que puede ser controlado para actuar virtuosamente, se puede afirmar que no se trata del bien y el mal en lo que concierne a la moral o la religión, aunque se relacione de modo indirecto; de ahí que alguien podría alegar que no en todas las pasiones existe un término medio, no se es medio adultero o medio  homicida, pero habría que señalar que estas son acciones, que resultan de las pasiones incontroladas; por esto han sido llamadas pecados capitales: soberbia,  ira, pereza y tristeza desproporcionada, lujuria, gula y ebriedad–gastrimargia  en griego-, envidia y celos, avaricia y codicia. 

Pero no es una intromisión en la teología o la filosofía de la religión, porque andando  ya por ese terreno,  vendría bien recordar que existen las virtudes cardinales, llamadas así por ser principio y fundamento de otras virtudes, las cuales se entienden como el hábito y capacidad para obrar bien, lo cual nos lleva al terreno de la ética. Son virtudes cardinales la prudencia, justicia, fortaleza y templanza,  ésta última constituye el término medio entre la ambición desenfrenada y la ruin avaricia, o entre las peligrosas  gula y anorexia, que devienen en problemas graves de salud.

De acuerdo con Pascal (1623-1662),  la curiosidad como una facultad del alma, que los seres humanos viven como una  enfermedad, porque queremos conocer lo que no puede llegar a saber;  en esto, Pascal coincide con la afirmación de Sócrates: “sólo sé que no se nada”, es decir, nada se puede saber con absoluta certeza, o bien, dada la infinitud del conocimiento, por más capacidad inquisitiva que desarrolle una persona, lo que logra saber es, nada.

Se  podría concluir, que la curiosidad es la pasión por conocer, pero es importante desarrollar virtuosamente el hábito de investigar, ya que la curiosidad intelectual provoca el interés por las ideas nuevas, por lo desconocido, por lo tanto, no conviene prohibirla, cuando se reprime la pregunta del infante que desea conocer, se mata la curiosidad intelectual. Tampoco se trata de pensar en genios con un CI de Einstein, pero sí, de propiciar un ambiente de libertad para inquirir y escudriñar sin temor, donde la niñez y la juventud pregunten y se les oriente para encontrar respuestas; es indispensable estimular la curiosidad infantil, ávida del saber.


La curiosidad es la virtud de artistas, científicos, investigadores, etcétera que curiosean el mundo, es la pasión de la imaginación, que desde la infancia nos lleva de la mano al mundo en movimiento, es la capacidad de maravillarse que llega al dintel  último de la vida, es inquirir virtuosamente, porque es la médula del deseo de conocer la causa y efectos de los fenómenos naturales o sociales, por lo que conlleva la virtud de saber plantear la pregunta científica. Desde luego, no es admisible el vicio de la curiosidad chismosa o de la murmuración, generalmente infundada. En resumen, la curiosidad es una potencia humana proclive a la educación, que debe ser conducida hacia el crecimiento intelectual,  sin levantar barreras a la capacidad de asombro que abre horizontes sin límites,  pues  el conocimiento nunca se alcanza, siempre hay algo más.

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Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda. Maestra en ciencias históricas, profesora- investigadora jubilada de la Universidad de Colima.


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