CUENTO Bernardo Gómez | Juan Carlos García Rodríguez


–Le llamó el señor Bernardo Gómez, que por favor le devuelva su vida.
Fue lo que me dijo la secretaria cuando regresé a la oficina después de comer con mi familia. Sus palabras tenían ese tono de las secretarias tan impersonal y desapegado que lo mismo podrían decir que se canceló una cita o que tienes una enfermedad incurable y te quedan apenas unos días de vida. Lo dijo como si no se diera cuenta de lo que significaba el mensaje, como si únicamente lo repitiera y no hubiese reflexionado ni siquiera un poco. Tal vez sea una señal de respeto, una forma en que las secretarías te dicen que no quieren meterse en tu vida y que no les importa, que sólo hacen un trabajo.

Pero sus palabras, con todo y su tono, quedaron resonando en mi cabeza durante varios minutos mientras dejaba el maletín, me quitaba el saco y tomaba asiento, con las manos me sobaba la cabeza. Qué significaba aquello, cómo debía responder a algo así, era incomprensible, no tenía ningún sentido. Pero de alguna manera, para mí, y sólo para mí, resultaba natural.

No era que yo lo esperara, quién puede esperar algo como eso, es más, no era que entendiera lo que ocurría, pues no sabía qué demonios estaba pasando. Sin embargo, muy en el fondo, dentro de mi alma, parecía cobrar un significado que yo aún no alcanzaba a comprender pero me daba cuenta que era así, que tenía que ser así.


Eran cerca de las 6 de la tarde, había comido con mi esposa y mis tres hijos, hubo sopa de habas, yo había tenido antojo por varios días y esa tarde mi mujer la preparó para darme gusto, no era del agrado de mis hijos, lo cierto es que a mí tampoco me gustaba de niño. Pero no hubo quejas, la comieron igual, no era cosa como para iniciar un pleito. En realidad teníamos una buena relación, a pesar de que mi hija Andrea, de 17 años, ya no hacía lo que queríamos y ni siquiera lo que esperábamos, Luis y Héctor, de 15 y 12, prácticamente unos adolescentes, pues el menor había tenido que crecer aprisa para estar a la par, eran terriblemente odiosos. Pero no peleábamos más de la cuenta, incluso platicaba muchas veces con Rebeca, mi esposa, que habíamos tenido suerte, la vida fluía suavemente y sin prisas.

En la comida platicamos de cosas sin importancia, Andrea saldría nuevamente con sus amigos y llegaría tarde, era martes pero ya no le reconveníamos, esperando que la etapa pasara rápidamente y fuera responsable, también salió a colación la clase de fútbol americano que tomaban los niños y que había que comprar más equipo. Yo estuve callado, sólo escuchaba y sonreía, mi mujer era quien hablaba con ellos y, ahora que lo pienso después del mensaje, me pregunto si para todos será igual, creo que para mí siempre ha sido así: he visto pasar la vida, disfrutándola, claro, pero más que nada sólo observando, contemplando y sonriendo. No sé si serán todas las personas así, o habrá por lo menos algunos que no participen, para quienes es mejor sentir, sólo sentir las cosas que uno tiene. Trato de pensar qué tanto me inmiscuyo en los asuntos de mi propia vida, si alguna vez busque algo o simplemente fui dejando que llegara y aceptando lo que era para mí (eso es un decir). Por supuesto que hablo con mis hijos, como todos, creo, pero no sé si bastante, o si acaso siempre fuera como hoy, yo mirando mientras ellos reían y hacían bromas, mi esposa les hacía preguntas y ellos respondían, a veces se escabullían o de plano la ignoraban para no tener que contestar, yo sólo los observaba y me parecía que el tiempo pasaba lento, suavemente, como caricia, mi vida envolviéndome como seda.
Me mantenía sereno, mi mente divagaba: al parecer, fue lo que pensé, he estado viviendo la vida de alguien más. Desconocía como sucedió, cómo podría haber sucedido, ¿era posible?

Me gusta la ciencia ficción, es un gusto que tengo, me emociono con películas y novelas, aunque es una afición que mantengo casi en secreto. Veo las películas con mi familia, en casa o en el cine, pero nunca les he demostrado mi fascinación. Ni a mi esposa ni a mis hijos les he contado jamás el temor creciente mientras veía Matrix o cuando leí a Isaac Asimov. Incluso El vengador del futuro me hacía sentir una inquietud y desazón tremenda, casi incontrolable. La posibilidad de que nuestra vida sea mentira o un sueño, o qué sé yo, tantas posibilidades, me provocan miedo y atracción, el vértigo va creciendo pero no puedo dejar de ver o leer. Sufro y gozo en silencio.

Precisamente en estos días estoy leyendo una novela, el personaje principal es un maestro de historia en lo que se supone es un futuro cercano, Nick Thadeus, lo que yo creo es un pretexto que el autor aprovecha para contarnos cómo es que Apple y Samsung terminaron con el mundo como lo conocemos y provocaron un nuevo orden mundial. El globo dividido entre iphones y galaxys colapsa cuando ambas empresas emiten su moneda cibernética. Pero bueno, esa no es la historia principal. Este maestro comienza a sospechar que hay algo raro en su esposa y se le mete la idea de que ella es un robot. Lo que desata sus recelos son algunos comportamientos de ella. Por ejemplo, un día, cuando él llega, ella está lavando los trastes, él la llama por su nombre, Natalie, Nat, pero ella no responde, él sigue llamándola y ella está como ida, pasan varios minutos hasta que ella reacciona y le contesta como si nada pasara. En otra ocasión, mientras platican, ella se suelta a llorar repentinamente después de que él hace un comentario banal. Esas cosas le meten la idea de que su mujer es un robot, cuando al poco tiempo ella desaparece, comienza la búsqueda y persecución, comenzando por la clínica de fertilidad a la que asisten cada mes. A la mitad de la novela, el protagonista descubre que en realidad el robot es él y ella era la última mujer en la tierra. Lo que pasaba es que no comprendía su humanidad.

No sé, no puedo explicar por qué no compartí esta fascinación con alguien, con mi esposa por ejemplo, pero es que a veces la siento tan lejana, como si fuese una extraña, tanto que en ocasiones ni siquiera sé de qué hablar con ella o cómo acercarme, o con mi hijo el mayor, pudiera ser, podría haber sido, creo que también le gustan, tal vez no le provocarán lo que a mí, pero al menos hubiera tenido alguien con quién platicar, pero ahora ya no será.

Me gusta la ciencia ficción, pero es algo irreal, ¿no?, esas cosas no pasan ¿verdad?, es imposible que algo así suceda, no es de esperar que un día llegue uno a la oficina y la secretaria le diga, tan sería, tan amable y tan ajena: "le habló el señor Bernardo Gómez, que por favor le devuelva su vida". Bueno, y quién demonios es el tal Bernardo Gómez que se cree que puede un día cualquiera reclamar la vida de alguien. Yo la he vivido, ¿no?

¿Cómo será? ¿Se parecerá a mí?, ¿Será como verme en un espejo, los mismos ojos vagabundos y errantes, hundidos en la profundidad de quién sabe qué?, ¿con la barba siempre a medias porque la rasurada resulta inservible? O quizás será alguien completamente distinto, tal vez más delgado, con anteojos y mirada avispada, el cabello ondulante. Y cómo será el asunto, cómo puedo devolverle lo que dice que es su vida, ¿será que deba yo morir?, o simplemente quedaré por ahí vagando sin una vida propia, sin esposa y sin hijos, sin una comida caliente en casa y sin secretaria con mensajes tontos.

¿Qué debo hacer? No dejo un número para hablarle y no quiso hacerlo, mi secretaria debió haberle preguntado, es eficiente y tuvo que hacerlo y aquel no quiso, así que tendrá que llamar nuevamente o tal vez llegue de improviso a la oficina. Quizá aparezca como una sombra en mi puerta. De verdad no se qué hacer, no sé qué debo hacer. Y mi familia (¿es mía?) cómo tomará las cosas, se quedarán viviendo con un extraño o se darán cuenta que no soy yo, que es un tipo desconocido quien les habla y ríe con ellos, les pregunta de sus cosas y del partido y de sus amigos. Me pregunto si algún día tendrán por lo menos alguna sospecha, si lo verán a los ojos y les parecerá que no hay ahí lo que había antes. No lo sé. Quisiera creer que será así al menos pero no lo sé. No sé qué pasará mañana cuando llegue a la oficina, si estará esperando ya sentado en la antesala, aguardando mi llegada.

No, nadie se espera algo así, estas cosas no pasan, me digo. Me lo he dicho desde que la secretaria me dio el mensaje, le di vueltas al tema, pensé que tal vez podría ser una broma, una absurda broma, que Bernardo Gómez no existe, nunca existió y jamás me buscará y en unos meses, incluso en unos días, no me preocupara el asunto, vaya, ni siquiera me dará risa porque no lo recordaré.

Trato de pensar, de recordar, si hubo algún aviso, como en la novela que estoy leyendo, alguna manera de adivinar que esta vida no era mía y he repasado todo, mi niñez en una ciudad lejana que todavía parecía un pueblo, donde los niños salíamos a jugar todas las tardes y en grupos rondábamos la colonia, por calles, callejones, terrenos baldíos llenos de maleza y basura, desagües que formaban arroyos y a veces entraban por túneles gigantescos, pesados cilindros de concreto que atravesábamos sin miedo, ahora ya no se ven niños en las tardes, apenas unos cuantos y sólo cuando están acompañados de sus padres; también evoco a mis padres, las tardes con ellos, los regaños y las Navidades, mis padres que vienen una vez al año y a los que visitamos otra. Me percato, o eso creo, que mis recuerdos son extraños, de verdad no se sí son ciertos o son inventados y puestos en mi memoria, veo el día que los Reyes Magos me trajeron una bicicleta y no se sí en realidad pasó así, tal vez sea cierto lo de la bicicleta, pero la ropa que tengo puesta en el recuerdo, la que tienen mis padres y mi hermano, ¿de verdad era así o yo se las puse después?, detalles que quizá mi cerebro inventó para llenar recuerdos, quizá la misma imagen la confeccionó mi mente a partir de un recuerdo que ya no tengo, y si fuera así, por qué carajos no hubiera podido inventar lo de la bicicleta y tantas otras cosas. Algunas imágenes son como fotografías viejas y amarillentas, otros son como vídeos antiguos con basura al proyectarse, y en todos la luz es tenue, no hay días soleados, siempre tienen una luz de atardecer, ese momento en que las cosas no tienen los bordes definidos, ¿así son los recuerdos de todos o sólo los míos?, que por cierto al parecer no son míos o son de una vida que no me pertenecía, ¿cómo sé que esa imagen no es de alguna película que mi mente uso para inventar mis recuerdos?


La vida ha pasado tan rápido, es decir, no parecía rápida cuando pasaba, pero ahora parece que todo fue de prisa, tanto que no tuve tiempo de nada, cuando quise hacer algo ya no era tiempo, conocí a mi mujer y me casé, claro, el día de mi boda fue emocionante, la espera, los familiares y amigos todos contentos y abrazándome, pero paso rápido, creo, fue hace tanto o ahora me parece más lejano, y así con todo, los hijos vinieron casi automáticamente, pero creo que no me di cuenta. Cuando quise enseñarles a leer ya sabían y estaban en primaria, cuando quise contarles cuentos ya ellos inventaban los suyos, cuando quise llevarlos a explorar al campo o al bosque, ellos ya tenían sus aventuras con sus amigos, cuando quería enseñarles a nadar ya llevaban clases de deportes, cuando quise abrazarlos ya no tenían miedo a la oscuridad, todo pasó tan rápido y yo siempre iba atrás, ¿será así para todos o sólo para mí?

Les digo, no es que no disfrutara mi vida, al contrario, pero creo que hay algo extraño, tal vez sí hubo avisos que no quise ver. Ahora que lo pienso, hay algo que me ocurre seguido, no recuerdo sus nombres, es decir, sí lo hago, sé como se llaman, pero en ocasiones, cuando quiero decirles algo de botepronto, se me va el nombre, sólo es un segundo o menos en que me siento perdido. Y creo que no debe ser así. He visto sus rostros desde que nacieron, he mirado como han ido cambiando pero son los mismos, y el nombre es algo que va junto ¿no? Es decir, uno ve una cara y el nombre viene a la boca automáticamente y sin esfuerzo. Así es con las personas, y la familia, a la que uno ha visto por años, día tras día, tan cerca y sin falta, no debería haber alguna duda al ver sus rostros. No sé si a todos les ocurre o sólo a mí que vivo la vida de alguien más. Pero ahora ya no tiene caso. Pronto aparecerá Bernardo Gómez y tendré que devolverle su vida, ésta que he vivido tantos años sin que fuera mía, le devolveré sus cosas, su familia y tal vez también sus recuerdos, yo no sé cómo tendrá que ocurrir, pero él vendrá y sabrá, sí, él debe saber.

A veces me llegan imágenes, lejanas pero tibias. Qué curioso, hay veces que hasta me parece recordar la suave felicidad del día que nacieron mis hijos.


JUAN CARLOS GARCÍA RODRÍGUEZ nació en Oaxaca de Juárez en 1977. Es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Ha publicado artículos, ensayos y cuentos. Participó en obras de teatro como actor y director; entre los años 1992 y 1996 formó parte del grupo de teatro Javi Ñu Ndabi, premiado por la Unesco. Ha sido ganador de varios concursos de cuento y fue becario del Instituto Veracruzano de la Cultura en la categoría de jóvenes creadores. Cuenta con un diplomado en periodismo por el Tecnológico de Monterrey. Ha diseñado y editado varios libros. Es autor de Manual de edición de periódicos editado por Conaculta y el Instituto Veracruzano de la Cultura. Formó parte del Consejo de Redacción del suplemento cultural Performance. Trabaja en Diario AZ, que se distribuye en el estado de Veracruz, en donde desde 2004 es subdirector de Redacción.

Ilustraciones | Imágenes de Google

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