CUENTO El doctor | Servando Clemens


El señor Jiménez era un doctor jubilado que muy temprano tomaba café parado en la ventana de su cocina. Una mañana llegó hasta su puerta un joven vestido de traje a pesar del calor. Tocó el timbre y el señor Jiménez inmediatamente abrió la puerta.
        —Bueno días —dijo el muchacho.
        —¿Qué se le ofrece?
        —Vengo a platicarle sobre la palabra del Señor y acerca de la importancia del perdón, si usted lo desea.
        «Deberías arder en el infierno, cabrón», pensó el anciano.
        — Antes que nada jovencito… dime de qué religión eres.
        —Soy de la iglesia de los últimos días.
        El viejo carraspeó y se acomodó el cuello de la camisa.
        —Sólo vengo a hablar de Dios, pero si lo desea me retiro.
        —Sabias que Jesús nuestro único Dios fue traicionado por los judíos.
        —Señor, no soy judío y pienso que Dios es amor y es el mismo para todos.
        —Te han lavado el cerebro, muchachito.
        El joven retrocedió unos pasos.
        —Espera —dijo el viejo.
        —Será mejor que me vaya.
        —Disculpa mi intolerancia, el mundo es tan diferente hoy en día.
        —No se preocupe.
        —Pasa, hablemos un rato, quizás me sirva platicar.
        Hizo pasar al joven a la cocina y le arrimó una silla.
        —Hermosa casa, señor.
        —Mi esposa que en paz descanse la decoró a su gusto.
        —Lo siento
        —No hay nada que sentir, además ella está con Dios.
        —Cierto.
        El señor Jiménez calentó agua y sirvió en una taza.
        —¿Cuántas de azúcar? —preguntó el anciano.
        —No se hubiera molestado, además no tomo café.
        —Vamos, es una ocasión especial.
        —Bueno, gracias.
        —¿Cuántas?
        —Una por favor.
        El anciano le acercó la taza y se colocó unas gafas para leer.
        —¿Sobre qué vamos a debatir? —preguntó el viejo.
        —En realidad no es un debate, únicamente vengo a leerle unos fragmentos de la Biblia para reflexionar.
        —Yo uso la Biblia católica, ¿algún problema?
        —Ninguno.
        El señor Jiménez sacó una Biblia del cajón de la alacena y la abrió.
        —Hermosa Biblia.
        —Esta es la buena, jovencito. En la católica encontrarás la verdad.
        El muchacho sorbió café mostrando incomodidad por las palabras de su interlocutor.
        —¿Sabes qué pienso? —preguntó el anciano.
        —Dígame
        —El mundo está jodido… se pudre por el Internet, la sobrepoblación, las drogas, la pornografía, la televisión y las sectas religiosas que nos están llevando a la mierda.
        El muchacho empezó a sudar.
        —Señor, ¿podría darme agua?
        —Personas como tú son las culpables… traen sus ideas estúpidas…
        El joven tembló sin control y cayó al piso.
        — ¿Te sientes bien? —preguntó el anciano.
        —Me siento muy mal —masculló el muchacho mientras se quitaba el saco—, por favor llame a un médico.
        —Estarás bien, soy doctor.
        Una hora más tarde el joven despertó amarrado de pies y manos en una camilla metálica.
        —¿Dónde estoy?
        —Este cuarto era de mi hijo.
        —¿Qué ocurre, señor?, ¿Por qué estoy atado?
        —No te preocupes, hijo.
        —¡Suélteme!
        —Te voy a exonerar de tus pecados, es por tu bien.
        Desabotonó la camisa del muchacho y le mostró un bisturí.
        —¡No! —gritó el joven.
        El señor Jiménez cortó a su victima desde el pecho hasta el ombligo.
        —Que Dios te perdone —dijo el anciano y se santiguó.
        El señor Jiménez se retiró de la habitación y dejó al religioso desangrándose. Minutos después el anciano estaba parado mirando por su ventana.
        —Buenos días, doctor —saludó una vecina que pasaba.
        —Buenos días, Lupita… nos vemos en misa.
        —Dios lo bendiga.
        El señor Jiménez siguió observando por su ventana mientras sorbía de su taza.


SERVANDO CLEMENS (México, 9 de febrero de 1981). Estudió la cerrera de administración de empresas. En sus ratos libres lee cuentos y novelas. Sus géneros favoritos son: el fantástico y policíaco. Ha escrito varios cuentos breves.

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