CRÓNICA Eliseo Alberto: el tigre de bengala alado | Marco Antonio Cervantes González


Empieza a llover en lo más alto del Desierto de los Leones, al suroeste de la Ciudad de México. Eliseo sirve cuatro whiskys. Ocupa su lugar en la sala. Mira con desgano el final de la tarde, con esa misma pereza ve a sus tres invitados. Uno de los tres extraños, sin querer, le da un pequeño empujón de entusiasmo: el mago y el domador se convierten en uno solo. El tigre de bengala se cose sus alas e inicia el vuelo: ¡Señoras y señores con ustedes, Eliseo, el mago, el escritor, el hijo, el tigre de bengala alado!
          El espectáculo inicia: Eliseo Alberto de Diego García Marruz comienza a conversar. Habla con precisión milimétrica de una pelea de box entre un norteamericano y un ruso color negro teléfono: “¡Créanmelo, negro carbón!… ¿de dónde, carajo, le habrá salido ese color?”.
          Y así surgen decenas de tramas en color sepia donde pasa de la historia de Corea, a la cocina cubana; de la poesía de su padre a la zafra de 1970; de sus libros más queridos… Pero Eliseo habla con mayor entusiasmo de su vida, es decir, de sus amigos.
          Recuerda: “Escuché que llamaban a la puerta de la casa. En la penumbra de esa madrugada alcancé a oír entre sueños: “Yo soy muy supersticioso, prometí que el primer lugar que visitaría al llegar a La Habana sería esta casa”. Aquel visitante cargado de maletas era el escritor que recién había publicado un libro titulado Cien años de soledad; el mismo escritor a quien le regaló la computadora donde escribió El amor en los tiempos del cólera, la novela que relata los amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza. Eliseo ríe y se divierte recordando: “Los empresarios de la Macintosh me ofrecían 250 mil dólares por la máquina. Le hablé al Gabo y me dijo: “¿Te urge el dinero? Te recomiendo que te esperes a que me muera. Te van ofrecer un millón; no te preocupes… la próxima semana la vendes”.
          Eliseo Alberto presume sus gustos: prefiere a Pablo Milanés que a Silvio Rodríguez; a los Stone que a los Beatles; a César Vallejo que a Pablo Neruda; a José Lezama Lima que a Alejo Carpentier. En su extraordinario Informe contra mí mismo relata que en la guerra de espionaje de los años setenta, que conducía con mano perversa el régimen de Fidel Castro y, que ponía a ver y a escuchar a todos los cubanos entre sí para después acusar el menor acto de disidencia, un texto lo acusaba: “Sólo se le conocían novias hermosas, lo cual podía significar una actitud elitista ante la mujer”.
          Pone y quita discos, presume la música compuesta por su primo para una de sus películas escritas por él: “Yo impartía un curso sobre cine y veíamos las diez peores películas de la historia. ¡Las diez peores!… ocho de esas diez, eran mías”. El tigre no para de volar, inventa personajes y tramas completas para próximas novelas “que si no la escriben ustedes, la escribo yo”.
          Se sirve el octavo whisky, se le acaban los cigarros. Baila. Llora. Lee algo de su primera novela: “Lloró por los hombres y mujeres que vagan por las ciudades, sin un número de teléfono al que llamar, sin una puerta a la que tocar, sin una esperanza a la que apelar; lloró por los amantes que nunca se conocerán a su pareja porque vive justo en el piso de abajo”.
          Y confiesa: “Yo lloro siempre, yo lloro como estornudo”.
          Se da cuenta que le molesta algo. La concurrencia no cree lo que está mirando. Le punza el dolor que no logra desaparecer ni con los artilugios de su personaje predilecto, el mago Asdrúbal. Se da cuenta que tiene una finísima espada de acero enterrada entre ceja y oreja en forma de “mamá lacrimómetro, los hermanos de esa foto, de papá, del barrio, de La Habana, del mar. Del mar. Del mar”.
          Hace mucho frío en la cúspide de ese desierto. Eliseo Alberto nos despide en el zaguán de su casa. Acaba de llover esa noche de viernes.
          Alguien estornudó.


MARCO ANTONIO CERVANTES GONZÁLEZ. A veces escribe y a veces da clases. También, en muchas ocasiones, lee a Juan Luis Guerra y escucha a Julio Ramón Ribeyro. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UNAM; le va al América, por cierto.


Imagen | elmundo.es

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