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    TEXTOS CARDINALES El viento comenzó a mecer la hierba [fragmento] | Emily Dickinson


    604

    ¡Qué bueno regresar a mis libros!
    —término de los fatigados días—.
    Casi compensa la abstinencia,
    y el dolor se olvida con el placer.
    Como aromas que confortan a los invitados
    en el banquete, mientras esperan,
    esta fragancia aligera el tiempo hasta que llego
    a mi pequeña biblioteca.
    Puede haber desolación afuera,
    lejanos pasos de hombres que padecen,
    pero la fiesta suprime la noche
    y hay campanas, interiormente.
    Doy las gracias a estos Parientes del Estante.
    Sus caras apergaminadas
    nos enamoran mientras esperamos,
    y nos satisfacen al alcanzarlas.


    670

    No es necesario ser una habitación
    para estar embrujada,
    no es necesario ser una casa.
    El cerebro tiene pasillos más grandes
    que los pasillos reales.
    Es mucho más seguro encontrarse a medianoche
    con un fantasma exterior
    que toparse con ese gélido huésped,
    el fantasma interior.
    Más seguro correr por una abadía
    perseguida por las sepulturas
    que, sin luna, encontrarse a una misma
    en un lugar solitario.
    Nosotros tras nosotros mismos escondidos,
    lo que nos produce más horror.
    Sería menos terrible
    un asesino en nuestra habitación.
    El prudente coge un revólver
    y empuja la puerta,
    sin percatarse de un espectro superior
    que está más cerca.


    677

    Estar vivo es tener poder.
    La existencia, por sí misma,
    sin más aditamentos,
    es suficiente poderío.
    Estar vivo y desear
    es ser poderoso como un dios.
    Aquel que, siendo mortal,
    tal cosa consiguiera,
    sería nuestro Creador.


    824

    El viento comenzó a mecer la hierba.
    Con ruidos graves y amenazadores
    envió una amenaza a la tierra
    y otra amenaza al cielo.
    Las hojas se desprendieron de los árboles
    y se esparcieron por todas partes.
    El polvo se arremolinaba,
    como agitado por unas manos,
    y por el camino se alejaba.
    Las carretas se apresuraban en las calles.
    El trueno, lentamente, se desató;
    el relámpago mostró un pico amarillo
    y una lívida garra a continuación.
    Los pájaros levantaron
    las empalizadas de sus nidos.
    El ganado corrió a los establos.
    Cayó una gigantesca gota de lluvia, y luego,
    como si las manos que sujetan los diques
    se hubieran levantado,
    las aguas rompieron el cielo,
    pero pasaron sobre la casa de mi padre
    y sólo rompieron un árbol.

    Poemas tomados de El viento comenzó a mecer la hierba. Ed. Nórdica, 2012.

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    EMILY DICKINSON fue una mujer inteligente, rebelde y culta que, en su encierro voluntario en la habitación de su casa en Amherst, construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal. Como señala Juan Marqués en la presentación, sus poemas «además de ser escritos, en principio, exclusivamente para la inmensa minoría de sí misma, fueron, a un tiempo, complicadísimos y simples, alegres y tristes, transparentes y enigmáticos. Son poemas que acompañan y ayudan a vivir a quien los lee, que enseñan a observar mejor, que obligan a ser más compasivo».

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