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CUENTO Street Fighter ll | Isaac Treviño


Me apeteció cruzar por el mall para luego tomar el rumbo a casa, pero justo cuando encontraba la salida algo llamó mi atención e hizo que contuviera mis pasos, mirando bien de cerca: un sujeto estaba jugando Street Fighter II en una arrumbada maquinita, allí, al alcance de todos los ojos curiosos… ¡Street Fighter ll! ¿El viejo Street Fighter II en pleno siglo XXI? ¡Qué demonios! ¿Al fin el mundo se había vuelto loco? Sin duda de lo más raro que había visto en mucho tiempo. Inmediatamente pensé en SF como en una tendencia juvenil de finales del siglo pasado. Noventero. Un juego tan popular en su tiempo como ninguno otro lo ha sido. Ahora ya nadie habla de él, pero en su tiempo fue todo un acontecimiento. Hoy en día era extraño que alguien estuviera jugándolo, así sin más, sin sentir al menos una pizca de vergüenza. 
          Miré con recelo al insospechado jugador: tendría alrededor de treinta y tantos años. Un poco más que yo, sólo un poco. Tan entretenido y despreocupado jugando SFIl a sus anchas, sin que nadie lo notara, pero yo sí…y esto no le iba a durar mucho. Se me ocurrió estropear su juego con un inesperado desafío. Le iba a sacar de su diversión literalmente “a patadas”. Me gustaban esos juegos donde podías golpear a otro sin ningún escrúpulo, sin experimentar ningún dolor físico o moral. Aparte de que yo era bueno en SF, lo reconozco. Vaya, ni siquiera lo pensé dos veces cuando me enfilé derecho a la máquina y le pregunté si servía el jugador número dos. Asentó, y tomé asiento a su lado. Estábamos rodeados por unas cuantas máquinas más, no muchas. Deposité en el suelo el regalo de navidad que había comprado recién, e introduje una moneda de un peso. 
          En otros tiempos las maquinas funcionaban con fichas que costaban cincuenta centavos; me acordé de este detalle mientras observaba tímidamente a mi adversario. Estaba mucho más sorprendido que yo. “Es raro que alguien juegue a este juego”, me dijo, sin declarar ninguna novedad. “Nunca me había tocado alguien que lo juegue”. Y tenía razón. Si ya de por sí era raro estar jugando SFII contra la CPU, era doblemente raro que alguien retara a un versus. Daba para pensar cuándo fue la última vez que dos humanos se enfrentaban en ese juego en un versus. De hecho daba mucho que pensar que nosotros lo estuviéramos haciendo en ese momento. “Casi todos juegan aquél”, y miré hacia un costado: estaban jugando al King of fighters. Que SF era un gran juego, y sepa qué tantas más barbaridades similares me dijo. Todo este dialogo se llevó a cabo apenas en unos segundos, desde el momento que introduje la moneda, hasta cuando elegí a mi personaje; después todo fue silencio, concentración, e insolencia.
          Y allá iba de nuevo…no sé por qué en veces hacía este tipo de cosas inexplicables, como actos compulsivos, y por lo mismo irrefrenables.
          Cuando presioné el botón (fallé en encontrar el correcto entre tantos) salió en la pantalla el clásico y nostálgico: “a new challenger is coming”. Como él usaba a Ken, yo usé a su némesis: Ryu. Entonces de E.U.A, el avioncito se trasladó a Japan. ¡Y así empezó todo!

Primer round:


Antes que nada pedí comprobar los botones para encontrar los golpes y patadas fuertes. Mi oponente me indicó cuáles eran, e incluso los botones débiles…conocimiento crucial para lo que ya se verá en adelante. No me gustaba mucho la idea de encontrarme en el lugar #2 porque me costaba un mundo hacer las “U” inversas. Pero no estaba en posición de elegir. Era un simple intruso, un troll. Lo único que me importaba era sacarlo a como diera lugar.

          Una vez calado el asunto, dio paso a la verdadera batalla, una épica freak sin precedentes. ¡El mando estaba muy pesado! Es que es un juego viejísimo, pero aun así no tardé en adaptarme y comencé con mi estrategia habitual: defensa-ataque. No atacaba a tontas y locas, sino que me defendía metódicamente y luego contraatacaba de una manera letal. Al principio todo fue maravilloso para mí. 
          Vencí en el primer round sin mayor dificultad. Cada vez que pateaba a su personaje miraba por el rabillo del ojo a mi oponente y éste se revolvía de puro coraje. Se veía que se lo estaba tomando muy en serio, demasiado diría, como si cada puñetazo que le propinaba lo recibiera en sus propias carnes y huesos. Era un niño que no quería perder… y yo también. Por nada del mundo perdería esta pelea. Imaginad pues a dos treintones jugando a un tonto videojuego como si estuvieran arriesgando el honor, el pellejo mismo…y así se darán una mínima idea de cómo estaba la cosa.

Round dos:


Como había superado el primer round con cierta facilidad supuse que el segundo correría de la misma suerte, que ese tipo no era más que un farsante usurpando las viejas glorias de SF, pero mis conjeturas fueron precipitadas. Prácticamente me regresó la misma faena: imitaba con maestría mi estrategia de la ultra defensa, manteniéndose pegado al suelo como una planta, y lo que es más, implementó eso que le daba mucha ventaja: las patadas débiles. Cada que me acercaba a intentar cargarlo me alejaba con unas cuantas “pataditas” miserables y todo terminaba en intentos frustrados. La verdad es que me dio una paliza en el segundo round, casi como yo se la había dado en el primero. Pero no importaba. Este round me había servido para conocer su verdadero nivel; aún confiaba en mis vastas posibilidades para el tercer encuentro. Todo se definiría en la tercera caída.


Round tres:


Ya habíamos medido el verdadero alcance de nuestras fuerzas. Teníamos casi el mismo nivel, y usábamos la misma estrategia. Los dos éramos igual de buenos. Cualquier cosa podría pasar ya. El duelo se apretaba y maduraba a la vez. Sentía sudorosa la mano izquierda en la palanca. Presionaba con frenesí los botones. 

          Mi defensa era impenetrable, y había trabajado la pelea de manera exitosa como en la primera caída. Sin exagerar yo tenía el triunfo en mis manos y ahora lo disfrutaba: había mostrado mucha más habilidad y destreza que mi rival. Durante el tercer percance le gané varios duelos individuales en los aires, por los suelos, le alejaba de mí con mi poder especial de las patadas elípticas, empatábamos los “hadokens” y en general yo le aventajaba con creces en mi barra de energía. Había sido mejor que él y estaba más que claro que vencería. El reloj se agotaba. Yo me mantenía atrás todo el tiempo a la espera de que se acabara todo, y así también desesperaba a mi rival con mi obstinada defensa. No faltarían más de quince segundos para que el conteo llegara a cero, y con ello me alzara con el triunfo, un triunfo merecidísimo por cierto, por haber trabajado mejor la batalla en general, era en todo punto imposible que perdiera en tan poco tiempo, sólo un milagro podría revertir las cosas, más que un milagro…Y como obra del demonio de pronto mi oponente se lanzó como un poseso contra mí, como perro rabioso, y me lanzó muy lejos con una cargada endemoniada que no pude sortear… y cuando mi personaje se puso en pie me repitió la misma dosis mortal… ¡dos cargadas consecutivas! ¡Ese era el milagro que necesitaba! 
          Las cargadas quitaban mucho más que los golpes ¡por medio de dos cargadas me había infringido gran cantidad de daño en fracción de segundos! Miré con temor nuestros contadores… mi barra de energía estaba ahora por debajo de la suya… ¡Pero aún había tiempo! ¡Tres segundos y contando! ¡En ese lapso podía hacer algo! Me lancé a por todas como un maniaco, intentando la misma jugada que él…pero el canalla me alejó con sus “pataditas” débiles. ¡Qué bajo! ¡Era una bajeza valerse de ese recurso tan vil! ¡Ay! ¡De haber hecho lo mismo que él con las pataditas y los botones débiles! Pero ya era demasiado tarde…el conteo cesó y yo había perdido, por un pelito. ¡Perdido cuando había hecho todo para ganar! Di un brinco en mi butaca y no pude ocultar mi impresión: “¡en el último momento!” grité con calor en mis mejillas. Pero mis palabras ni siquiera surgieron el menor efecto. Allí no se escuchaba nada por el griterío de la gente y el ruido de las máquinas. Nadie podría comprenderme. Ese sinvergüenza había ganado inmerecidamente. Él lo sabía. Yo también. Pero había ganado al fin.
          Pensé en la revancha, pero no, ya tenía suficiente. Me despedí de él, como si se tratara de un amigo, pensando en no sé qué cosas.

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ISAAC TREVIÑO. Egresado de la Escuela de Escritores, generación 2012. Torreón, Coahuila. Es responsable del blog: Las serpientes de medusa

1 comentario:

  1. Hola muy buen relato Issac Treviño, hiciste recordar cuando me mandaban a buscar a mis hermanos a las maquinitas.

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