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    Imagen al amanecer | Coral Bracho


    El agua del aspersor cubría la escena
    como una niebla,
    como una flama blanquísima, dueña
    de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso
    ritual
    y cadencioso.
    Un poco más allá y más allá hasta
    tocar las rocas. Lienzos de sol
    entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno
    oleaje
    silencioso. Un mismo
    denso
    movimiento lo centra; lo ahonda
    en su asombrado corazón. Profundo, colmado
    vórtice.
    Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento
    borbollón luminoso.
    Un poco más allá, más allá, su tacto límpido
    se estremece. Son remanso
    las rocas
    a su enjambre estelar, a su incesante,
    encendida nieve. Por un momento se cubre
    con su seda el jardín. Suavemente
    los troncos ceden
    y van tendiéndose sobre el pasto;
    largas sendas oscuras bajo el tamiz
    que inunda el amanecer. Cuando su lluvia
    se ha expandido hacia el este
    pesan menos las sombras
    y los troncos se adensan y se levantan.
    Vuelve entonces el arco
    a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena,
    un olor de magnolias
    y rocas húmedas.


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