TEXTOS CARDINALES El alcahuete | Carmen Báez


Todos creyeron que estaba loco. Pero no, no estaba loco. Tampoco era rabia lo que se leía en su cara. Abrió de par en par las puertas de la casona y dijo a sus hijas, a las dos que le quedaban, que podían salir a su antojo, y platicar con los hombres, y casarse con el que quisieran.
     Nadie supo la razón de ese cambio inesperado. Sólo María Antonia, la hija mayor, lo sabía. Pero María Antonia ya no estaba allí. Se había ido lejos, muy lejos, y tal vez no volvería nunca.
     Eran tres hermanas. Bonitas las tres; pero apenas si la gente podía verlas los domingos, cubiertas las cabezas con velos de gasa negra, y al lado sus padres, cuando iban a misa.
     La casona era grande, muy grande, rodeada de bardas altas. Allí no entraba nadie, ningún extraño, porque desde que María Antonia comenzó a ser mujer, el enorme portón quedó cerrado. especialmente para todo ser con pantalones.
     Y no es que don Dimas fuera malo. Si era el mejor padre del mundo. Pero, como el decía, a las hijas hay que cuidarlas desde el momento en que comienzas a ser mujeres. Está bien que se casen y que cumplan con la Ley de Dios, pero son las pobres tan ingenuas, que si uno no vela por ellas son capaces de enamorarse de cualquiera, y entonces sí que están perdidas.
     Por eso don Dimas encerró a su familia en la enorme casona heredada de sus abuelos. Para que nada faltara a aquellas cuatro criaturas, contando con su mujer, a quienes don Dimas adoraba. En la casona había de todo: música, alegría, jardines grandes y grandes comodidades.
     Se llamaban Marías. Las tres Marías. Y en Queréndaro todo bicho viviente sabía que las tres Marías eran las mujeres más bellas del pueblo. María Antonia era la mayor, la más guapa y la más atrevida. María Aurelia era tímida y dulce, y María Aurora, aparentaba siempre una callada sumisión a su padre, aunque ha hurtadillas, y en tanto que el señor cura hablaba de "Dominus vobiscums", se recreaba en mirar y mirar a los muchachos.
     María Antonia se puso enferma y don Dimas mandó su coche a Morelia a traer a un médico viejo, viejo y amigo de la familia, persona de toda confianza, para que se curara la muchacha. La fiebre subía y subía, y María Antonia, deliraba. La madre estaba muy angustiada, y don Dimas más angustiado todavía. Pero no se atrevía a hacer venir al médico de Queréndaro, un muchacho grandullón y soltero, ni a la curandera tampoco, porque eso sí lo que sea de cada quien, don Dimas no creía en los curanderos.
     Cuando el coche regresó de Morelia, don Dimas abrió el amplio portón para que entrara hasta el primer patio de la casa. Corrió veloz a abrir la portezuela y, la sorpresa lo dejó mudo. Había dentro un hombre joven, serio, que saludo a don Dimas, tomó su pequeño maletín y bajó rápidamente. —¿Dónde está el enfermo? —preguntó. Y había tal dignidad en su actitud, y era tal la premura de don Dimas a quien le angustiaba pensar que su María Antonia pudiera morirse, que no tuvo tiempo para medir las consecuencias. Llevó al médico a la habitación de María Antonia, y allí estuvieron presentes el padre, la madre y las hermanas, mientras el recién llegado hablaba con la enferma.
     Fue todo breve, muy breve. El médico las tranquilizó. Una amigdalitis, nada más. Pronto cedería la fiebre. Total: nada. Don Dimas se sintió profundamente agradecido y, como era de noche, llevó al doctor hasta el mejor hotel y allí lo dejó instalado. Supo que era el hijo mayor de su amigo, el viejo médico de confianza, quien no había podido venir a Queréndaro, y lo mandó en su lugar.
     Don Dimas ahora se sentía más tranquilo, María Antonia no se moriría. El doctorcito eran un muchacho simpático, de muy buena familia y, lo que es más importante, no trató de aprovechar su proximidad a las muchachas. Ni siquiera había tenido tiempo de mirarlas. El viejo pensó que, tratándose del hijo de su viejo amigo, lo menos que podría hacer era invitarlo a almorzar al día siguiente, antes de que regresara a Morelia.
     Las muchachas, las tres, fueron amables y discretas, y el muchacho, siempre cortés y siempre discreto, se despidió y regresó a Morelia. Una semana después su viejo amigo, el doctor, le escribió una carta diciéndole que su había decidido establecer un consultorio en Queréndaro. Don Dimas buscó una casa, la casa de unos amigos, donde instaló al muchacho. Allí podía vivir en familia. Don Dimas lo visitaba a menudo, pero nunca volvió a invitarlo a la casona.
     Sólo un vicio tenía don Dimas: el billar. Todas las noches salía de su casa, atravesaba la gran plaza, e iba a meterse al salón de billares que estaba en el otro extremo. Allí se pasaba dos o tres horas tratando de hacer carambolas, y regresaba luego a la casona. Por una rara coincidencia, don Dimas descubrió que el doctorcito era también aficionado al billar, sólo que, le dijo, no había tenido tiempo de aprenderlo. Don Dimas se prestó con agrado a enseñarle los secretos del juego, y así los dos de reunían todas las noches para aporrear con los tacos la calva de marfil de las bolas que rodaban sobre el paño verde para luego ir a refugiarse en las buchacas.
     Cada día que pasaba, el doctorcito le parecía más simpático a don Dimas. Pero de invitarlo a la casona, ni hablar. Cuando el viejo llegaba al gran salón aquél, en cuyo centro estaba colocada la mesa de juego ya el doctor estaba allí esperándolo. Con sencilla cortesía lo saludaba, lo ayudaba a despojarse de la chaqueta; sacudía un poco la prenda, y cuidadosamente la colgaba del perchero. Después se dedicaba, durante una o dos o tres horas a jugar.
     María Antonia era la hija más cariñosa. Todas las noches esperaba al padre cuando éste regresaba del salón de billares, con una taza de café oloroso y calientito, y con un par de pantuflas cómodas. María Antonia quitaba al padre su chaqueta y la guardaba cuidadosamente en el ropero. Después, lo hacía sentarse en un cómodo sillón, le quitaba los zapatos, le ponía las pantuflas y le daba su taza de café. Él se sentía entonces el hombre más afortunado del mundo.
     Pero un día... la criada le anunció la visita del doctor! Él no lo esperaba, no lo invitó nunca a su casa. Lo hizo pasar con marcada desconfianza, pues no podía negar la entrada en la casona al hijo de su mejor amigo, que por añadidura eran también uno de sus mejores amigos.
     El muchacho comenzó a hablar, inseguro, una poco turbado.
     —¿Sabe usted, don Dimas? Se trata de su hija.
     —¿De mi hija?
     —Sí, señor, de María Antonia.
     Y entonces, como quien se arroja en un despeñadero, el doctor se lazó:
     —Vengo a pedir a usted la mano de María Antonia.
     Don Dimas no supo qué contestar. No es que el muchacho le disgustara, al contrario, le era muy simpático y hasta alguna vez pensó que sería un buen yerno. ¡Pero así, de pronto!
     Entonces el viejo, como quien se ha agarra de un leño ardiendo, insinuó:
     —Usted no ha tratado a mi hija. Apenas si la conoce. Y ella no lo ha tratado a usted. Estas cosas del matrimonio son para pensarse...
     —Es que yo quiero a María Antonia.
     —Bueno pero ella no lo quiere a usted. Si casi no lo conoce.
     —Ella me quiere y está de acuerdo en que nos casemos. Fue precisamente María Antonia quien me pidió que viniera a hablar con usted...
     Entonces sí se cerró el mundo para don Dimas. Llamó a su hija, y ella confirmó lo dicho por el pretendiente. Estaba enamorada y creían conocerse lo suficiente para casarse.
     No había remedio. Se fijó la fecha de la boda. Cuando el diablo se suelta, ya no hay quién lo detenga. Menos mal que el doctorcito era un muchacho honrado y de muy buena familia, que si no...
     Sin embargo, la duda seguía atormentando a don Dimas. ¿Cómo que estos muchachos se enamoraron? Y se habían tratado lo suficiente como para enamorarse ¿Pero cómo es que se trataron? Él estuvo presente en la única entrevista y a él le constaba que ni siquiera se miraron...
     Y pensaba, y pensaba, y retorcía sus dudas sin comprender qué era lo que había pasado. Ahora estaba seguro de que alguien se encargó de relacionar a los dos muchachos, pero ¿quién? Ellas no hablaban con alguien. Él no se trataba con nadie que pudiera hacer esos oficios.
     —Donde lo encuentre, ¡Lo tuerzo!— exclamaba con rabia, pensando en el que se prestó a llevar y traer mensajes entre María Antonia y el doctor.
     Llegó por fin el día de la boda. María Antonia lucía bellísima y feliz. Todo era alegría en aquella casona, de donde la hija mayor salió vestida de blanco. Don Dimas estaba también feliz, pero aquella duda lo seguía mordiendo. ¿Quién había sido el alcahuete? Y por más vueltas que le daba no podía siquiera imaginarlo.
     Por eso, cuando llegó el momento de que los novios partieran, él llamó aparte a María Antonia. Allí solos, en su despacho, don Dimas le pidió que le revelara el secreto. Y lo que María Antonia le dijo lo dejó aplastado: ella y el doctor habían sostenido una larga correspondencia. Diariamente se escribían cartas en las que se hablaban de su amor y sus proyectos. Y esas cartas atravesaban la invisible muralla de la casona en... en... ¡En el bolsillo de la chaqueta de don Dimas!
     Sí. Don Dimas supo que él, precisamente él, era el alcahuete. Cuando él se preparaba para ir al salón de billares, María Antonia lo despedía con mimos y arrumacos, y le metía en el bolsillo de la chaqueta la misiva de amor. Al llegar al salón de billar, el doctorcito lo recibía afectuosamente, le quitaba la chaqueta, sacaba del bolsillo la carta y metía allí la contestación que María Antonia se encargaba a su vez cuando don Dimas regresaba al hogar por la noche.
     Por eso don Dimas ya no dijo nada. Cuando María Antonia, radiante de felicidad, se marchó de la casona, del brazo de su marido, él abrió de par en par las puertas y dijo a sus hijas, a las dos que le quedaban, que ahora podrían salir a su antojo, y hablar con los hombres, y casarse con quien quisieran.
     Porque, ¡vamos!, ahora se daba cuenta de que en estas cosas de amor son inútiles, ridículamente inútiles, las bardas altas y las puertas cerradas.

"El alcahuete", en La roba-pájaros, México, FCE, 1957, pp, 62-71.    



Carmen Báez. Nació en Morelia, Michoacán, el 31 de diciembre de 1909; murió en la ciudad de México en octubre de 1999. Narradora y poeta. Cursó la carrera de maestra normalista y realizó estudios en la FFyL. Fue articulista de El Nacional; titular de la Dirección Nacional de Cinematografía. Ganó el concurso de cuento organizado por El Nacional en 1950. Cuentos suyas figuran en diversas antologías: Cuentos de la Revolución, de Luis Leal (México, UNAM, 1976) y El apóstol y otros cuentos de la Revolución, de Felipe Garrido (UANML/Jus/Conaculta-INBA), entre otros. 

Su libro El hijo de la tiznada, lo pueden descargar de Materiales de lectura (descarga directa) UNAM. 












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