MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

CUENTO Primer Informe Transgaláctico sobre la Enciclopedia de Natdzhadarayama | Rómulo Pardo Urías


Las difíciles tareas cosmoarqueológicas para fechar el pico energético de la civilización de la sexta galaxia poblada son también las dificultades cronográficas para establecer con precisión el cenit y horizonte cultural del periodo pre-drendovskaiko. Sabemos que la emperatriz Drendovskaya Darayama fue la última sobreviviente del imperio Natdzhadarayama, cuyo nombre se remonta, etimológicamente, a la unión de las dinastías ancestrales de los primeros reinos Natdzhaki con las tribus Darayamamitas, alianza política que fungió como amalgama territorial de una inmensidad cosmográfica dentro de la ancha periferia de la sexta galaxia que incluía, al menos, 5 planetas con recursos renovables y altamente poblados. Suponemos, sobre la base de los restos arqueoplanetarios localizados en las proximidades de la estrella Novis lux, que el pico energético coincide con el esplendor cultural, artístico y social del imperio Natdzhadarayama.

Dentro de las reliquias, localizadas siete ciclos cuánticos atrás, en los restos del convoy imperial que trasladaba a la emperatriz Darayama hace setenta y nueve millones de milenios luz, logramos acceder a un artefacto multicolor que reacciona, estructuralmente, a quien lo sostiene: ora angular, ora esférico, ora plano, ora con volumen, el artefacto reaccionó como un organismo viviente de la más compleja cadena adenéica, según estuviera localizado en manos militares, civiles, diplomáticas o científicas.


Desconocemos en un 96.8% la complejidad de este artefacto, pero descubrimos que tiene instalada, en su sistema codificante, una contraseña polialgorítmica, cronopática (sensible al tiempo), termológica y egomática (asumiendo que los natdzhadarayamamitas no contaban con una entidad psíquica única por lo que no podían denominarse personas individuales ni psíquicamente unitarias). Los sistemas polialgorítmicos están condensados en núcleos de informaciones en un orden secuencial lineal, cuya estructura atómica se despliega al contacto del halito viviente, sea cual sea. Pero la poliestructura algorítmica carece de relevancia, siempre que es un primer candado para acceder a la unidad cognitiva del artefacto, el cual creemos es un dispositivo cognipédico y transgramatológico, asumiendo que contiene, en los índices polialgorítmicos a los que hemos accedido, una nómina precisa, y mucho más amplia, de todas las formas de lenguaje registradas en las 49 galaxias pobladas del Cosmos.

En la dimensión cronopática, la sensibilidad al tiempo del dispositivo no ha podido ser desentrañada, salvo en el sentido de que, al parecer, este candado funciona como un agente de reconocimiento intervinculativo, es decir, el dispositivo reconoce las temporalidades externas a quien lo sostiene y las internas de quien lo hace, generando cadenas nucléicas de desdoblamiento ribosomático en conjunción con unidades comprehensivas de desciframiento cosmosocial. Este juego entre las informaciones vitales y las informaciones sociocósmicas parece remitir estrechamente al nivel termológico, en tanto medición calórica, en tres dimensiones: intra dispositivo, entorno de localización y ostentador del dispositivo. El nivel más complejo del código de acceso a este artefacto, es el que denominamos egomático, especialmente por lo anotado anteriormente sobre la unidad psíquica en los habitantes de Natdzhadarayama. Considerando que los vestigios escritos de esta civilización atribuyen a sus capacidades de desdoblamiento mental y actitudinal su condición polimórfica en el nivel psicocultural, hemos decidido nombrar egomática a este nivel de la contraseña de acceso, por el simple hecho de la reacción del artefacto al biosujeto que lo sostiene, aunque no es tan simple, ya que el nivel de reacción artefacto-biosujeto asemeja una dualidad dialógica narrativa presente, que el dispositivo realiza al analizar al biosujeto que lo ostenta para generar, así, un relato interno de esta relación, de sí mismo y del otro, a manera de aguja de identificación, la cual sabemos puede descifrar los códigos genéticos de cualquier ser vivo en nanodécimas de segundo. La diferencia entre la aguja de identificación, usada ya de forma generalizada en todo el cosmos urbanizado, y el artefacto al que aludimos, es que la primera requiere de un agente externo que manipule la información recabada, mientras que el dispositivo natdzhadarayamamita lo hace por sí mismo, al conjuntar los niveles codificantes previamente mencionados. Sin embargo, estas informaciones son parciales y no pueden considerarse más que como principios para nuestras futuras hipótesis de trabajo.


Cabe advertir la similitud estructural entre la cultura del imperio de la sexta galaxia poblada con las formas culturales de la antigüedad cuántica humana, aunque no cabe duda de que el factor de desigualdad entre ambas es el desarrollo tecnológico. No olvidemos que los natdzhadarayamamitas habían desarrollado, mucho antes que cualquier ser vivo sobre el cosmos, una energética atómica segura que abastecía a todos sus planetas dominados, junto a sistemas de producción informáticos y metamateriliastas avanzadísimos, además de artefactos como el que nos encontramos estudiando, el cual creemos es una enciclopedia del conocimiento cosmouniversal alcanzado por esta civilización.

Frente al desarrollo tecnocultural del siglo CDXCIX y el umbral longitudinal de las exploraciones cosmoplanetarias, la Unidad Diplomática Poblacional de las 49 Galaxias nos ha encomendado a un equipo de cosmocientíficos, tecnólogos, informatólogos, culturólogos, cybernólogos, historiadores y cognitólogos, la realización de un estudio más profundo y detallado sobre este objeto peculiar. Su singularidad nos resulta fascinante y no sabemos si se trata de un ejemplar único o si era un artefacto común en la vida cotidiana de los territorios de Natdzhadarayama. La hipótesis más viable, dado que se encontró exclusivamente un dispositivo en el interior del convoy de traslado de la emperatriz Darayama, es que se trató de un dispositivo informático complejo, como dijimos una cognipédia transgramatológica, para fines diplomáticos y que debía pertenecer a los miembros de la realeza imperial. Desconocemos los potenciales comunicativos del instrumento una vez descifrado y desbloqueado el conjunto de contraseñas que deben optimizar el uso del dispositivo en niveles que incluso hoy, en nuestro presente, sobrepasarían cualquiera de nuestros sistemas complejos cognipédicos, informáticos, tecnológicos y gramatológicos. Este es simplemente un informe provisional de rutina para dar a conocer a los pobladores de las 49 Galaxias el hallazgo reciente de este instrumento.

Los escasos conocimientos que tenemos de la civilización Natdzhadarayama, a partir de las  crónicas y relatos que condujeron al descubrimiento de la sexta galaxia poblada, mucho tiempo después de desaparecido el imperio, nos fueron legados por los intercambios diplomático-culturales entre el cinturón Nuxia Rex y la Unidad Diplomática Poblacional de las entonces 44 Galaxias pobladas. Los últimos cuarenta siglos han logrado la configuración intergaláctica actual, especialmente gracias al desciframiento de los criptografemas de Luxority, piezas claves para el conocimiento de las galaxias Rodoneda y Axia Tiku, aunque la historiografía que ubica a la galaxia Nitruyeda como la sexta galaxia poblada, galaxia donde se desarrollaron los natdzhadarayamamitas, fueran producto del intercambio Nuxiório con nuestra Unidad Diplomática Poblacional en el siglo CDLXXIX. Las crónicas Yurkemeitas de Nuxur son las fuentes a las que nos referimos, en donde quedan relatados los vestigios del angustioso cataclismo interplanetario que destruyó el orden imperial y derrocó al emperador en turno Wing Chang Chek. Así mismo, queda plasmada la huida efectiva de la emperatriz Drendovskaya Darayama, de quien se supo tuvo un hijo prematuro el cual no sabemos si sobrevivió, al ser asesinada su madre, pues sólo tenía 4 años de edad. En el relato Ukur Yuker Imeita de Nuxur, atribuido a la familia Yurkei Meita, se dan a conocer tratos comerciales interplanetarios de gran tradición entre la galaxia del cinturón Nuxia Rex y la Nitruyeda, hace más de doscientos millones de milenios luz. Podemos establecer que la fuga de la emperetriz Darayama, de las revueltas que sacudieron la galaxia Nitruyeda, se localiza temporalmente cercana a setenta y nueve millones de milenios luz de nuestro cronofacto, y lo sabemos gracias a estos relatos, pulimentados por la tradición Nuxiória, de donde también fueron obtenidos los criptografemas de Luxority.


De vuelta a la enciclopedia, el 3.2% que conocemos nos ha permitido emitir informes a los organismos de Energética Intergaláctica para el mejor aprovechamiento de este tipo de recursos. Asumimos que nuestra tarea como investigadores no puede restringirse a perfilar informes sino que debe dilucidar ampliamente tres hechos: el complejo sistema de desciframiento para acceder al contenido del dispositivo, las funciones cosmohistóricas que desempeñó y la utilidad que puede tener para nuestros ulteriores desarrollos como Comunidad de Galaxias. Así mismo, recalcamos la importante labor –tanto financiera como investigativa- que nos ha proporcionado la Unidad Diplomática Poblacional de las 49 Galaxias sin la cual nuestros avances serían nulos, nuestra investigación imposible.

Retomando el hecho de la localización de la enciclopedia podemos remitir que hace siete ciclos cuánticos, un escuadrón cosmoarqueológico, al desarrollar su investigación sobre los procesos de intercambios energéticos históricos entre galaxias, localizó una fuente de poder y energía en las proximidades de los lindes del extremo polar galáctico Urdur. Al aproximarse a la fuente energética localizaron el convoy donde la emperatriz viajó. Sin tener conocimiento de este hallazgo, los cosmoarqueólogos lograron arrastrar hasta el planeta Furken, de la galaxia Ayeda, el convoy sin que sufriera ningún daño considerable. En su aterrizaje atmosférico el convoy, al no ser piloteado, sufrió un impacto que hizo que su centro de mando y controles de comandancia sufrieran graves averías. Pero, una vez en terreno sólido, el convoy fue explorado y en él se localizaron las famosísimas joyas imperiales natdzhadarayamamitas, el dispositivo enciclopédico, un conjunto de semillas biológicas y armas de poder. La primera exploración hizo pensar a los cosmoarqueólogos de la investigación que el objetivo de análisis debía ser el centro de mando y los controles de comandancia por distinguir la manufactura tecnológica natdzhadarayamamita. Sin embargo, gracias a su localización, la enciclopedia se convirtió en el objeto de análisis e interés una vez que el cosmoarqueólogo Wund Warchill lo sostuvo en su mano y se inicio la interface vinculativa entre él y el dispositivo. 


El reconocimiento de las joyas imperiales, junto a un mensaje emitido por la computadora central de la nave del convoy, permitió el reconocimiento del transportador de la emperatriz Drendovskaya. En la mitología de los criptografemas de Luxority aparecen referenciadas las joyas imperiales natdzhadarayamamitas en tres ocasiones: en el momento fundacional de todos los tiempos, en el origen de los intercambios económicos intergalácticos de Nuxia Rex y Nitruyeda y en el cataclismo imperial. En ese sentido, consideramos que el desciframiento de la enciclopedia cognipédica transgramatológica permitiría adentrarse en el desciframiento global de la civilización natdzhadarayama y en sus conocimientos profundos de la totalidad cósmica. Además, las joyas imperiales han sido trasladadas al Museo Transgaláctico 49, donde están siendo objeto de distintas investigaciones cosmoarqueológicas.

El presente informe se trata de un comunicado oficial del estado de la cuestión de los hallazgos en el extremo polar galáctico de Urdur y responde a una necesidad político-diplomática intergaláctica en vías de hacer del conocimiento de la comunidad cosmocientífica, y en general, este importante descubrimiento.

Considerando las condiciones de estabilidad cosmosocial, derivadas de las gestiones atinadas de los grupos humanos del planeta tierra, asumimos una postura crítica, investigativa y de dubitación profunda, por las posibilidades que el dispositivo enciclopédico nos abre en nuestra ya larga tradición cosmocientífica. Finalmente consideramos de vital importancia el recabar firmas de los distintos cosmocientíficos de las 49 Galaxias para institucionalizar diversos cuerpos académicos que puedan hacer resurgir, como especialistas de la civilización natdzhadarayama, el hasta ahora mitográfico ejemplo de la Universidad Imperial de Mineí, cuna del conocimiento natdzhadarayamamítico y que seguramente debió encargarse de la composición, diseño, elaboración, producción, maquilación y desarrollo del soporte bioenergético del dispositivo enciclopédico al que nos referimos.
Sin otro asunto prioritario que atender, redactamos esta misiva partiendo del cronofacto Alfa 38.90.652.8.RRR.7Y6T.W3XX4.185
Desde la centralidad cosmonáutica de la galaxia Grinx-Yurnaín.

Comité Cosmocientífico de Investigación de la Enciclopedia de Natdzhadarayama

Director en jefe: Cybernólogo Wungfrid Bakun  
Secretaria: Informatóloga Lutz Craxkovy
Tesorero: Historiador Rigboigth Zopen

Cuerpo académico de Cosmociencia:
Cosmobiológo: Cholding MacKunh
Cosmofísico: Hungard Terry
Cosmóloga: Froya Yiken
Cosmosofóloga: Liberty Kimyum

Cuerpo académico de Tecnología:
Tecnóloga: Amory Torped
Tecnólogo: Rhuging Rey
Tecnólogo: Tropoyev Jam Coby

Cuerpo académico de Informatología:
Informatólogo: Dubrevsky Connory
Informatóloga: Jarcke Folaris

Cuerpo científico de Culturología:
Cosmoantropólogo: Fieldington Lammar
Culturóloga: So Ci Ety Kinn Yurai
Cosmoarqueóloga: Valcherd Cungingston

Cuerpo académico de Cybernología:
Cybernólogo: Wolfranio Turick
Cybernóloga: Duberly Radia
Cybernólogo: Conskic Mi Yoly Sopy Dy

Cuerpo académico de Historia:
Historiador: Lopet Etes Vegum
Historiador: Menstrick Vol Ar Is Ter Novar
Historiadora: Nefer Calek Ico Numeido

Cuerpo académico de Cognitología:
Cognitólogo: Randolf Macherensky
Cognipedista: Alsys Curped Tomochaque
Cognisófo: Uire Pucked Lang Don Torrca

RÓMULO PARDO URÍAS (Hermosillo, 1981). Blogger, poeta, historiador y narrador que desde la Atenas Veracruzana intenta plasmar un registro inherente a los digitalismos globales. Desarrollando una poética diversificada, su construcción del universo natdzhadarayamamítico responde a una lógica futurista y fantástica, como puede verse nítidamente en su novela Natdzhadarayama: el imperio del olvido, de próxima aparición. Mantiene un intento creativo y comunicativo en su Página personal como construcción de una expresión multimodal.

Ilustraciones | Tang Yau Hoong

POESÍA Visita al viejo poeta | Neeli Cherkovski


Nota y versión de Moisés Villavicencio Barras

A los 90 años él parece de 90
como un pichón en un palo
de una cueva prehistórica
él piensa como alguien de 90
como un toro desgarrado de Lascaux

está acostado
en la cama pero se levanta
como un viejo acróbata
cinco pies y cuatro pulgadas
como Picasso y Stravinsky
con una gorra que esconde
su calvicie
sin alas
("cuestan miles")
calvo como un águila
calvo pero ocupado

viejo todavía capaz
de saltar de la cama
en un cuarto compartido limpio
sin orines en las sábanas
ni paredes con suciedad
y pasillos muy limpios
un nuevo universo de lo frágil viejo
aquí el aroma es joven
como en una calle de la ciudad

Él se levanta y sonríe
con ojos grandes maravillados
aún en los días anteriores cuando se quejaba
cuando pensó
que lo estaban robando enfrente de sus ojos
y se burlaban
sin reconocer su fama

Él piensa en saludarnos
señala a los árboles afuera
una vista hermosa
que ilumina su cuarto
Él no presta atención a la tele
en la sala
trato de interesarlo
en un paseo por el pasillo
pero él me distrae
el mundo de afuera es extraño
e incierto

un hombre viejo con una caminadora pasa
“ese hijo de puta sigue
caminando hacia al final del pasillo
¿No sé da cuenta que no hay nada ahí?”
dice mi amigo el viejo poeta

él observa con noventa pares de ojos
no le gusta socializar,
el trabajador en su uniforme verde
está invadiendo su casa
él quiere que pongan candado a la puerta
pero la puerta nunca se cerrará
aunque esta sea su casa ahora


le pido que me diga un poema
él lee uno de 1956
escrito en Barcelona,
su voz es fuerte
lee con autoridad
como lo hizo en los días del pasado
no lleva lentes, tiene buenos ojos
lee, las paredes resuenan
lee claras, bellas líneas coloquiales
acerca del deseo extraordinario
de ganar un premio y poseer el amor eterno
y cuando termina aplaudimos
los dos visitantes

les comento a los trabajadores
que él es un poeta famoso
ellos no lo sabían

les digo que volveremos
y si él puede salir a caminar
tal vez tomemos 90 pasos hacia el olvido
y café en el café
de la esquina de abajo
cruzando la calle

cuando nos despedimos
el poeta anciano
extiende
su mano cálida
mano pequeña
mano masiva

ha sido bueno visitarlo
“dejémne decirles que
deberían conocer a mi madre
parece de menos de 40
y tiene 120

ella tiene una corona de diamantes
ella viene a visitarme
como una reina aquí en mi cuarto”.

VISITING THE ELDER POET

90 years now he looks 90 years
like a pigeon on a pole in a prehistoric cave
he thinks 90 years now
like a disgorged bull in Lascaux

he lies in bed but springs up
an old acrobat
five feet four inches tall
like Picasso and Stravinsky
bald with baseball cap as cover
no more wigs
(“they cost thousands”)
bald as an eagle
bald but busy

old yet able to jump from bed
in a shared room so clean
no urine soaked sheet
no soiled walls
halls are spic and span
a new universe of the fragile old
here the smell is young
like on the street of the city

he gets up and beams
the beam and those big eyes of wonder
even in the old days when he’d complain
even when he thought
they were robbing him blind
and slighting him
not recognizing his fame

he thinks of greeting us
he points to trees outside
a beautiful sight
brightening his simple room
he pays no attention to the flat screen TV
in the TV room,
I try to interest him
in a stroll down the hallway
he diverts my attention
the outside world is strange
and foreboding

an old man with a walker shuffles past
“that son of a bitch keeps going
to the end of the hall,
doesn’t he realize there is nothing there?”
says my elder poet friend

he sees out of ninety sets of eyes
he doesn’t socialize,
the attendant in the green smock
is invading his house
he wants me to lock the door
the door will never lock
even if this is his home now

I ask him to recite a poem
he reads one from 1956
written in Barcelona,
his voice is strong
he reads with authority
as he did in the old days
no glasses, good vision
he reads, the walls tremble
clear, ordinary, wondrous lines
about the extraordinary desire
to win a prize and to have eternal love
and when he is done we applaud
the two of us who have come to visit

I tell the attendants he is a poet
a famous poet
they didn’t even know

I tell them we will return
and when we do can he go out for a walk
maybe we’ll take 90 steps toward oblivion
and coffee at the café
down on the corner
across the street

when we say goodbye
the elder poet extends
a warm hand
a small hand
a massive hand

it has been good of us to visit
“and by the way
you should meet my mother
she looks less than 40
and she’s at least 120 years old

she has a crown of diamonds
she walks down the hallway
like a queen to visit me here in my room”


Neeli Cherkovski nació en 1945 en Santa Mónica, California. Figura literaria de la costa oeste norteamericana. Fue el realizador del primer Festival de Poesía de San Francisco, ciudad donde radica desde 1975. Su trabajo poético comprende una decena de libros entre los que se encuentran Animal, Elegía por Bob Kaufman, Inclinado contra el tiempo (por el que recibió el galardón literario Josephine Miles en 2005) y Fronteras rotas (Generación, Universidad de Guadalajara, New College of California, 2005) edición bilingüe, primer libro suyo publicado en México.

Cherkovski mantiene una complicidad existencial y creativa con los poetas de la generación Beat manifiesta en sus biografías sobre Charles Bukowski y Lawrence Ferlinghetti, y en su colección de ensayos Los hijos salvajes de Whitman sobre doce poetas cercanos a él: Michael McClure, Charles Bukowski, John Wieners, James Broughton, Philip Lamantia, Bob Kaufman, Allen Ginsberg, William Everson, Gregory Corso, Harold Norse, Jack Micheline y Lawrence Ferlinghetti.

Profesor de literatura y filosofía en el New College of California, actualmente concluye otro volumen de poesía y trabaja en sus memorias Entre otros: la vida de un poeta.

MOISÉS VILLAVICENCIO BARRAS. Poeta, traductor, narrador y co-fundador de Cantera Verde, una de las revistas más reconocidas en el ambiente literario de México en los últimos 25 años. Ha publicado dos libros de poesía, Mayo entre voces y Luz de todos los tiempos en versión bilingüe. Su trabajo poético ha sido publicado en revistas y antologías de México y los Estados Unidos.

ESCAFANDRA Decir la verdad y nada más que la verdad… | Blanca Vázquez


La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.
Friedrich Nietzsche

Recuerdo que cuando era pequeña mi madre siempre nos pidió decir la verdad de nuestros actos; muchas veces decírselos era bien pagado con un castigo o reprimenda. Les juro que en aquel tiempo no lo entendía bien y me molestaba, confieso que en demasía. Sin embargo, al ir creciendo y dedicarme a dar clases sabía que tenía en mis manos parte de la conducta de jóvenes que empezaban a formar alas para volar solos. Así que con dolor en el corazón les ponía reglas de cómo llevar a cabo un ensayo cada ocho días sobre el tema que habíamos abordado en la semana. En el nivel bachillerato o en la universidad mantenía las mismas exigencias, fondo y forma impecables, claro está que ello me llevaba a dedicar mis fines de semana revisando párrafos y viendo en la red o en libros citados que no hubiera plagio.

Varias veces algunos chicos hacían corte y pega y entregaban todo lo encontrado en las páginas Rincón del vago o Buenas Tareas. Me molestaba sí, demasiado. Debo decir que algunas veces reí tanto, porque aunque era un trabajo basado en México ellos entregaban un documento con léxico madrileño o argentino. Lo que me llevaba a hacerles algunas bromas para ponerlos en predicamento porque al yo preguntarles no sabían que responder, sólo decían: Es mío. Lo juro es mío. Yo, con mi voz de maestra Canuta les decía que era un delito copiar un texto que no era de su autoría, que no me importaba si tenían mala sintaxis o un léxico pobre, que eso lo podríamos resolver con trabajo y con lectura. Quería que se dieran cuenta que al final de todo siempre se saben las cosas y que es penoso que alguien nos descubra robando. Creo que a varias generaciones les cayó el veinte y se esforzaron para hacer sus trabajos de manera personal. Otros no tuvieron remedio.

Stendhal[1] decía que aquel individuo poco claro no puede hacerse ilusiones: o se engaña a sí mismo, o trata de engañar a otros, sé que es un trabajo difícil hacerles ver a los jóvenes que no deben hacer plagio, si lo que ven en sus días cotidianos es que no se condena sino que se aplaude y festeja. Cuando alguien roba le dicen: Eres chingón… Le viste la cara de pendeja a la profesora… Bien valió la pena tanta impresión los apantallé a todos terminando mi tesis…Ni lo leen, para que me desgasto, soy bien chido. Y sí, muchos dejan pasar esos pequeños actos de robo y no son condenados.

Lo hemos visto en grandes autores, en académicos reconocidos y hasta en nuestros funcionarios (el caso de la tesis de Peña Nieto es sólo un botón de tan florido ramo). Hace unas semanas acudí a una lectura de un nuevo poemario mío y alguien me dijo de manera sutil que había plagiado a un escritor que conozco y reconozco. Dijo “…qué tanta influencia tiene en tu obra…puedo reconocer algunos versos…” Externo que me molesté e incomodé. Pero yo sabía que eso era falso. No hay plagio y puedo comprobarlo. Y no al que me lo dijo sino a mí misma. Predicar con el ejemplo es tan difícil pero siempre hay que ser coherentes con el decir y el hacer. Labor quizá ardua pero no imposible. Así que la frente en alto y a seguir trabajando en las aulas para hacerles ver a los jóvenes que no porque alguien haya sido descubierto en plagio y no se le haya reprochado o castigado está bien llevarlo a cabo, al contrario, tenemos que hacerles ver que el plagio no es para los otros sino para quien lo realiza una verdadera vergüenza. Aquel que emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a otros decía el filósofo español Jaime Balmes[2] es la vergüenza pura. La verdad es relativa, lo sé. Pero cuando uno se documenta, investiga, lleva horas sentado en un espacio reflexionando, conociendo y descubriendo una verdad sobre algún tema que nos apasiona podemos defender nuestra postura. Todos tenemos influencias de otros, nadie descubre el hilo negro en algún tema, así que colocar comillas o mencionar que hemos parafraseado o nos basamos en algún otro autor nunca será delito. El delito está en jurar que es tuyo lo que has escrito, sabiendo que por la espalda escondes los changuitos para que nadie te descubra.

Todo en algún momento cae por su propio peso. Así que juro decir la verdad y nada más que la verdad desde esta escafandra. Ah! Y juro que ese poemario es únicamente mío.

Para leer

*Chu Su-chen (1958). Las quince sartas de sapecas. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.
*Jorge Aulicino (2016). Libro del engaño y del desengaño. México: Ediciones sin Nombre.
*Juan Gabriel Vásquez (2013). Las reputaciones. México: Alfaguara.


Itasavi1@hotmail.com

[1] Stendhal era el seudónimo de Henri Beyle, escritor francés del siglo XIX. Autor de las novelas La cartuja de Parma y Rojo y negro. Fue uno de los principales expositores del Realismo.
[2] Jaime Balemes fue filósofo, teólogo, apologista, sociólogo y tratadista político. Es fundador de la Filosofía del Sentido Común.

ACERCAMIENTOS Gustavo Adolfo Bécquer y Marco Antonio Campos: “De lo poco de vida” | Nancy Hernández García


Para Marco Antonio Campos

A veces creo que los únicos humanos son los poetas. Míticos seres que nos develan el mundo tal cual es, con sus carencias y sus riquezas; retratan la naturaleza de los hombres. Cantan al amor y a la mujer, principalmente, y al hacerlo nos hermanan a todos en el lenguaje universal que es la Poesía. Así, no me extraña para nada hallar, mejor dicho, ser parte del diálogo que sostiene Marco Antonio Campos con el más grande poeta del romanticismo: Gustavo Adolfo Bécquer y no se trata únicamente de la admiración que Marco Antonio siente por Bécquer, sino también del sentimiento compartido, de comprender la poesía.

Cuando uno es lector de poesía, de pronto parece que los versos son muy parecidos a los de otro poeta; las imágenes acuden inmediatamente al pronunciarlas y esto pasa porque la poesía es una sola pero los poetas nos la entregan en distintas envolturas: “el genio del poeta es que su condición rancia nos sepa a nueva y que su originalidad provenga de su repetición”, es lo que dice José María Espinasa, y no se equivoca.

“De lo poco de vida”, poema de Marco Antonio Campos, dialoga con la rima LI de Gustavo Adolfo Bécquer. La referencia es directa, no sólo desde el título sino también porque la rima sirve de epígrafe; yo diría que es una introducción. De modo que el diálogo lo inicia Bécquer:

De lo poco de vida que me resta
diera con gusto los mejores años
por saber lo que a otros
de mí has hablado.

Y esta vida mortal… y de la eterna
lo que me toque, si me toca algo,
por saber lo que a solas
de mí has pensado.

Las conmovedoras palabras del romántico hablan ya no del amor ni del desamor sino del desengaño, de la incertidumbre por saber si su recuerdo había dejado huella en la amada. ¿Qué habrá contado a los demás, ―a sus sucesores―? Ella, ¿lo recordaría, qué pensaría de él? Quizá la separación o que el romance ni siquiera se diera se debió a los momentos que pasó consigo misma pero ya no importa, pues, lo poco de vida el amante lo empleará en imaginar lo que no fue.

Luego Marco Antonio toma la palabra y evoca el tiempo pasado, amargo como el café. Igual que Bécquer, habla del desengaño, pero no malgasta lo poco de vida en imaginar. Acude al recuerdo para cortar de tajo con él. Escribe estos versos para exorcizar sus demonios y continuar con lo poco de vida[1].

Ah días del '82, dibujados en el cuaderno
que caligrafío frente al parque. Ahora bien,
te lo digo de nuevo: ¿dónde poner las palabras que eran tuyas
y decían al repetirlas lo bello y lo bueno que me eras?
Yo sabía que llegabas porque miles de abejas
punteaban en oro la tarde hacia el ocaso.

El café del hotel donde tomé a sorbos
lo amargo del penúltimo café
sigue existiendo, pero desde entonces
no volví ni a deshora a tristear lo mucho que te quise
ni volví a contraluz a los parques de Polanco,
ni a andar entre árboles de aquel bosque que
retroceden al año del verde y al impulso de la raíz.

En el mirador de Segovia y en calles umbrías
de la umbría Ávila, en el diciembre
que negó la luz, compartimos cada paso,
estrella y nube, martes de la fuente
en que bebí, palomas como epístolas al vuelo.

Tomando en cuenta que el poema está fechado en 2012[2], el poeta[3] retrocede 30 años, toda una vida que no compartió con la amada. Sin embargo, el recuerdo de aquel amor tampoco es muy grato. El recuerdo es preciso, pero el contenido es claroscuro, las escalas se van más hacia los tonos oscuros; casi como una fotografía velada. No obstante, el fantasma de ella sigue ahí, en el cuaderno donde seguramente el poeta escribe sus versos, por eso no hay manera de quitar “las palabras que eran suyas”, que a él le hacían sentir afortunado sin saber que halagaba su futura desdicha. La dulce miel que ella representaba se convirtió en hiel y el dorado atardecer se tornó oscuro. Desde entonces ya no habría luz, nunca la hubo: “el diciembre negó la luz”. Ella, que era la claridad, el brillo de la tarde en el ocaso, se convierte en lo opuesto. Todo aquí estuvo cobijado por la sombra mas no por clandestinidad, sino porque este amor estaba destinado al fracaso, a no ser y aunque todo siguiera igual, el poeta se negó la vuelta al lugar del adiós, al recuerdo a ninguna hora. Y, al contrario, renació como los árboles del parque que cada año reverdecen. El poema continúa, aún más doloroso:

“El después no existe”, escriben en
anverso y reverso los que saben,
pero no entroncan en el bosque
la doledumbre que corta
como hacha el árbol.

No descubro el amarillo ni el azul:
se empieza a amar, se ama, se ama hasta desangrarse,
lo vuelven descorazonadamente imbécil,
lo hieren una y otra vez, y un día se amanece
como piedra en el lago o en hierba pisoteada.
Más tarde, por décadas, los dos moran
la misma ciudad y no se encuentran o
pasan de largo y no se reconocen.

No sé por qué escribo esto, frente al parque,
en un café de Miraflores, mientras cierran la puerta
de la iglesia, y veintidós, veintitrés-mente me llamas,
y el que cortó la vía en media vía
se vuelve música de árboles, y canta a dúo,
solidario, el canto quebrado del gorrión.

El inicio de esta segunda parte es sonoro, es la sentencia “el después no existe” o lo que es lo mismo: si te veo ni me acuerdo. Todos los que han pasado por el espinoso sendero de Venus saben que en el amor no hay nada seguro, muchas veces los pasos son en falso pero la ilusión hace creer que es para siempre y el andar se continúa aunque conduzca directo al despeñadero.

No hay explicación del amor, su razón es justamente la sinrazón de la que nace, del ímpetu, del deseo de estar con ese otro ser que nos vuelve descorazonadamente imbéciles. Pero la amada no se conforma con el trastorno sino que además de descorazonado también le quita el raciocinio al poeta y encima, pisotea el amor que le da hasta convertirlo en piedra, en hierba. Es el juego del gato y el ratón donde, por supuesto, ella tiene la sartén por el mango. Sabe que tiene dominio sobre el poeta y lo usa a su favor. A pesar del dolor, el tiempo hace su labor logrando que el después no exista y así, aunque pasen uno junto al otro, no se reconozcan y ninguno se sonría falsamente, como en aquella otra rima de Bécquer. Es mejor así.

Al final del poema, el poeta se pregunta por qué escribe. Escribe para dejar testimonio de ese amor, en un lugar quizá importante para ellos desde el que veintidós, veintitrés-mente lo llama. El poeta se desengaña pero no olvida por completo. Sí, a pesar del dolor que ella dejó, él sigue viéndola en el recuerdo en plena juventud; bella veinteañera que lo llama. No obstante, sólo la mira y no acude a su llamado. Tal vez, lo poco de vida lo pase curando su doledumbre.

Para ambos poetas “lo poco de vida” no es una frase que se dice, que se escribe, así, porque suena bien, es una reflexión de lo que el amor ha significado en sus vidas, de lo afortunados y desdichados que fueron al entregar el corazón para recibir en pago el pisoteo y el olvido.

Gustavo Adolfo Bécquer y Marco Antonio Campos comparten sus desdichas y su mayor placer: la poesía, que es sentimiento y el sentimiento, que es la mujer. Puedo verlos charlando mientras unas lágrimas asoman a mis ojos y brindo con ellos, brindamos por la poesía y por la mujer, dueña del mundo y esclava de su deseo.


NANCY HERNÁNDEZ GARCÍA. Literata. Estudiosa de la obra de José Emilio Pacheco y de la literatura mexicana en general. Lectora de poesía en su tiempo libre.


[1] Para facilitar mi comentario del poema, decidí partirlo en dos partes.
[2] Véase Marco Antonio Campos, “De lo poco de vida”, Biblioteca de México, 136, julio-agosto, 2013, pp. 16-17.
[3] Generalmente, al comentar un poema, debe distinguirse entre la voz poética y el poeta puesto que no siempre son lo mismo. Sin embargo, yo hablo del poeta porque aquí ambos, voz poética y poeta, están fundidos; igual que en el caso de Bécquer. El poeta habla abiertamente de sus sentimientos.

Fotografía original del poeta Marco Antonio Campos | Letras
Fotografía modificada (Photoshop) | Administrador de BV  

POESÍA VISUAL Tres piezas de Uriel Hernández Gonzaga


Lenguaje

Liminal
Libertad de expresión


URIEL HERNÁNDEZ GONZAGA (Guerrero, 1992). Estudiante de la licenciatura en psicología en la UAGro. En el año 2013 formó parte de la primera generación del proyecto Red de Letras, Acapulco, Guerrero, México. Ha participado en la Primera y Segunda Feria Internacional del Libro Acapulco. Poemas y cuentos suyos han sido publicados en revistas digitales e impresas. Ganador del concurso Día del escritor, Bruma Ediciones (Argentina, 2014). Su trabajo se encuentra incluido en las antologías: Homenaje a Antonio Machado (Editorial Artgerust, Madrid, España); Red de Letras, Antología (cuento) de escritores acapulqueños; Antología Poética Migraciones (Ed. ABN Arte Buhonero, Tijuana B.C, México), entre otras. Actualmente se dedica a la divulgación de la ciencia y colabora en espacios destinados a la poesía experimental.

CULTURA DIGITAL Amaramorir, Teatro Cabaret…

Después de 100 funciones, de conquistar los mejores y peores escenarios, vuelve la exitosa AMARAMORIR, espectáculo cabaretero que hace homenaje y parodia a la llamada Época de Oro del Cine Nacional Mexicano.
Acompañe a Las Musas de Botero y los Muy Muy, en este show hilarantemente divertido y reflexivo, que pone en crisis la educación sentimental de los mexicanos:

En víspera de los 15 años de la Ronchita se descubre un enredo amoroso y fatal, digno de Juan Orol, cuando ella confiesa querer a El Pichi, periodiquero que ama con desespero a Virginia del Hoyo, mejor conocida como “la que se levanta tarde”, que a su vez quiere al Lic. Corcuera de la Bárcena y Garza, quien mantiene en secreto su amor verdadero. Entre Ronchita y Virginia del Hoyo nace una rivalidad sin saber que hay un lazo más fuerte que las une y que sólo la abuela, Doña Prudencia, podrá resolver.

Acompañando a esta prole de origen humilde están El Pandulcero –de quien no se espera nada–, y La Totopa, –testigo inconsciente de la realidad–, quienes  encontrarán una nueva forma de amar, amando a colores. Entre amor, odio, risas, muerte, baile y la vida del barrio; la canción vernácula nos envuelve en una propuesta de cabaret contemporáneo.

Del 16 de agosto al 4 de octubre, Martes, 20:30 h
En Casa Actum

Héroes del 47, #9 San Diego Churubusco, Coyoacán
(cerca del Metro General Anaya)
Informes y reservaciones al 67 24 57 49
Boleto $150 y $100 (maestros, estudiantes e INAPAM)

Sobre la Compañía
Desde el 2007, las Musas de Botero y Los Muy Muy, se iniciaron en la creación de espectáculos de Teatro Cabaret. Está formada por: Azalia Ortiz, Érika de los Monteros, Omar García, Alonso Gálvez, Paola Huitrón y Norma Muñoz; profesionales con sólida formación actoral, gran talento, y propuestas creativas; que se reúnen para colaborar en un proyecto en común. Varios de los integrantes iniciaron su trayectoria en el género cabaretero bajo la tutoría de Tito Vasconcelos y Las Reinas Chulas. A partir del año 2013 el grupo crece y enriquece su producción con actores, actrices y colaboradores invitados como: Roberto Gutiérrez, Gerardo D’Sales, Lucila Bernal y Selene de la Cruz, Asunción Pineda, Diana Reséndiz, Alejandro Preisser, entre otros.

AMARAMORIR se ha presentado con gran éxito en diversos escenarios como Teatro Bar El Vicio; El Cabaretito; Café 22; El Mezcalito; El Corral de Comedias en la ciudad de Querétaro; en el X Festival Internacional de Cabaret; en la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politécnico Nacional; en la UAM Cuajimalpa y en el Teatro Obrero de Zamora Michoacán. En 2013 estuvo en temporada en el Foro A poco no; en 2014 en el Programa de Plazas Públicas de la Coordinación de Teatros de la Ciudad de México; y finalmente, en el 2015 celebró sus primeras 100 representaciones con un función de gala en el Teatro de la Ciudad “Esperanza Iris”.

POESÍA Procedimiento intermedio | Arturo Zafra Moreno


TRES TIPOS DE HIERBA

La Luna se descomponía sobre nosotros
como un balón en un vertedero.
Estaba siendo una noche extraña.
Todas mis noches son así, sobretodo cuando bebo.
Conocí a dos chicos, a raíz de un amigo,
que no paraban de decirme que tenía pinta de ser
un jodido follapavas, y ni te imaginas lo dificultoso
que me era aguantar la risa.

El más delgado intentaba alardear diciendo
que hacía solo unos días de su último polvo;
una mujer que rondaba los 40
y con las tetas a medio caer.
El corupulento que tenía una voz como si
se hubisese tragado varios trozos de vidrio
hurgó dentro de su bolsillo y sacó
una bolsa de plástico con ese reconocido
polvo blanco acumulado en una de sus esquinas.

-¿Quéreis una raya?

No lo dijo en tono sucio de camello;
lo dijo con amabilidad: él invitaba.

-No tío, yo solo alcohol. Le pegué un buen trago
a mi litro, por si dudaban de mi palabra.

El delgaducho que parecía recién sacado
de un pozo también quería ayudar.

-¿Y marihuana? Tenemos tres tipos de hierba.

Le dí otro trago al litro, mirándolo fijamente
a los ojos.

No quise ofenderles, era solo que
de todas las formas
que existen para autodestruirse
yo ya elegí la mía.


MALA LETRA

A mí ya me lo explicaron
cuando aún creía que tenía gnomos
     dentro de la nariz.
Lo único que debía hacer era escuchar
y actuar, sin un procedimiento intermedio.
Parecía buen plan.

No leímos la letra pequeña. No prestamos
la suficiente atención. Nos drograron con juguetes
y falsas esperanzas. Fuimos engañados
de mala manera.

Luego sale tu número y entras en la sala.
Te intentarán colocar una corbata, irán dictando
paso a paso lo que debes hacer
y encima
tendrás que escribirlo
        con buena letra.


ARTURO ZAFRA MORENO (1996, Caravaca de la Cruz, Murcia). Finalista en "I Antología Internacional de Poesía Contemporánea de Estudios Universitarios", finalista en "I Premio Internacional de Poesía Experimental Barco Ebrio", finalista en el "II Concurso de Poesía ¿Versamos?", seleccionado en "Por Amor a la Poesía", y seleccionado para aparecer en la antología poética V.E.R.S.O.S, promovida por el concurso"+Poesía" de Ediciones DeLetras. Ha colaborado con varias revistas y sitios web de literatura como Letralia, Almiar, la antología universal de poesía Arte Poética: Rostros y Versos, El Humo, Resonancias, Poesi.as, Espacio Luke , La poesía alcanza y Letras Salvajes. Autor de los poemarios Réquiem del licor (2015) y Viento embriagado (2015).

Ilustración | Imágenes de Google

BREVIARIOS DE YAAZKAL Lluvia enemiga | Yaazkal Ruiz C.


Sé que las nubes no pueden agotarse pero deberían hacerlo. Agotarse, tal como me pasa cuando voy a mis partidos de futbol, o cuando mi mamá me pone a lavar la cochera de la casa. Cuando volteo hacia el cielo, me hago ilusiones de que las nubes no están. Pobre de mí, las nubes cargadas de agua están sobre la casa, sobre la ciudad y el país. Para mi abuela no es bueno desear que no llueva, la lluvia es en sí una bendición de la naturaleza. Perdón, abuela, la lluvia debería irse. Pienso en todos los beneficios, los árboles que crecen, las plantas, las milpas. Aún así, estas lluvias has sido crueles y dolorosas. Son lluvias enemigas. Veo a mi mamá encender el coche en la mañana y aventarse como quien lo hace desde un paracaídas a la inundación. Las calles son lagos enormes y debajo de estos, lo impredecible. Mi madre y yo vimos un sinfín de autos varados, otros, sepultados en socavones. Los socavones no se ven y los autos caen. Niños, adolescentes, madres de familia, trabajadores, todos mojados porque los choferes pasan a toda velocidad. Es una pena que seamos tan inconscientes. Además ¿cuál es la prisa? Daños materiales, daños cuantiosos sobre los más desprotegidos. Con la inundación, imposible llegar a tiempo. Los profesores también han padecido la lluvia y esta semana han llegado tarde. Esta lluvia es enemiga y para nada romántica. No quiero verla, no. Cierro las cortinas de las ventanas.

Ilustración | Imágenes de Google

TEXTOS CARDINALES Realidad y literatura. Con algunas inversiones necesarias de valores [1] | Julio Cortazar


Hubo un tiempo entre nosotros, a la vez lejano y cercano como todo en nuestra breve cronología latinoamericana, un tiempo más feliz o más inocente en el que los poetas y los narradores subían a las tribunas para hablar exclusivamente de literatura; nadie esperaba otra cosa de ellos, empezando por ellos mismos, y sólo unos pocos escritores fueron aquí y allá la excepción de la regla. En ese mismo tiempo los historiadores se concentraban en su especialidad, al igual que los filósofos o los sociólogos; lo que hoy se da en llamar ciencias diagonales, esa invasión e interpenetración de disciplinas que buscan iluminarse recíprocamente, no existían en nuestra realidad intelectual cómoda y agradablemente compartimentada.

Ese panorama que en alguna medida podríamos llamar humanístico se vio trastornado por síntomas de dislocación y desconcierto que se volvieron acuciantes e imperiosos hacia el término de la Segunda Guerra Mundial; a partir de eso sólo las mentalidades estrictamente académicas y también las estrictamente hipócritas se obstinaron en mantener sus territorios, sus etiquetas y sus especificidades. Hacia los años cincuenta esta sacudida sísmica en el establishment de lo intelectual se hizo claramente perceptible en el campo de la narrativa latinoamericana; los cambios fueron incluso espectaculares, en la medida en que entrañaban una resuelta toma de posición en el terreno geopolítico, más que un avance formal o estilístico; como el viejo marinero de Coleridge, muchos escritores latinoamericanos despertaron «más sabios y más tristes» en esos años, porque ese despertar representaba una confrontación directa y deliberada con la realidad extraliteraria de nuestros países.

Los ejemplos de esta toma de posición son inmediatos y múltiples en esa década, pero cabría decir que ya estaban condensados proféticamente en la obra de dos grandes poetas cuyo salto hacia adentro, por decirlo así, surge inequívocamente cuando se mide, en César Vallejo, lo que va de Los heraldos negros a Trilce y los Poemas humanos, y en Pablo Neruda cuando se pasa de Residencia en la tierra al Canto general. Por su parte la narrativa, que anunciaba ya esa nueva latitud de la creación a través de la obra de Mariano Azuela, Ciro Alegría y Jorge Icaza entre otros, se perfila cada vez más como un método estético de exploración de la realidad latinoamericana, una búsqueda a la vez intuitiva y constructiva de nuestras raíces propias y de nuestra identidad profunda. A partir de ese momento ningún novelista o cuentista que no sea un mandarín de las letras subirá a una tribuna para circunscribir su exposición a lo estrictamente literario, como todavía hoy puede hacerlo en buena medida un escritor francés o norteamericano. Desde luego y por razones obvias y necesarias, esto es aún relativamente posible en la enseñanza universitaria (aunque también ahí los territorios se han trizado como un espejo), pero esa compartimentación no puede hacerse ya frente a un público de lectores u oyentes que se apasionan por nuestra literatura en la medida en que la sienten parte y partícipe de un proceso de definición y recuperación de lo propio, de esa esencia de lo latinoamericano tantas veces escamoteada o vestida con trapos ajenos.

Sé que aquí, como en tantos otros auditorios de nuestros países, estoy frente a ese público; por eso lo que pueda decirle hoy nace de la conciencia angustiada, hostigada, pero siempre llena de esperanza de un escritor que trabaja inmerso en un contexto que rebasa la mera literatura pero sin el cual su trabajo más específico sería —repitamos los versos célebres— «como un cuento dicho por un idiota / lleno de ruido y de furia / y sin sentido alguno».

Esa invasión despiadada de una realidad que no nos da cuartel es tan perceptible para los lectores como para los escritores conscientes de América Latina, y casi no necesito enumerar sus elementos más evidentes. Hoy y aquí, leer o escribir literatura supone la presencia irrenunciable del contexto histórico y geopolítico dentro del cual se cumplen esa lectura o esa escritura; supone la trágica diáspora de una parte más que importante de sus productores y de sus consumidores; supone el exilio como condicionante forzoso de casi toda la producción significativa de los intelectuales, artistas y científicos de Chile, Argentina y Uruguay entre muchos otros países. Vivimos la paradoja cotidiana de que una parte no desdeñable de nuestra literatura nace hoy en Estocolmo, en Milán, en Berlín, en Nueva York, y que dentro de América Latina los países de asilo como México o Venezuela ven aparecer casi diariamente en sus propias editoriales muchas obras que en distintas circunstancias les hubieran llegado de Buenos Aires, de Santiago o de Asunción. Todo un sistema de referencias, de seguridades intelectuales se ha venido abajo para ser sustituido por juegos aleatorios imprevisibles e ingobernables. Casi nadie ha podido ser capitán de su exilio y escoger el puerto más favorable para seguir trabajando y viviendo. A medida que pasa el tiempo el contenido y la óptica de muchas obras literarias empiezan a reflejar las condiciones y los contextos dentro de los cuales han sido escritas; pero lo que podía haber representado una opción, como tantas veces lo fue en nuestra tradición literaria, es ahora el resultado de una compulsión. Todos estos factores relativamente nuevos pero que hoy se vuelven agobiadores, están presentes en la memoria y en la conciencia de cualquier escritor que trate de ver claro en su oficio; de todas estas cosas es necesario hablar, porque sólo así estaremos hablando verdaderamente de nuestra realidad y de nuestra literatura[2].

Detrás y antes del exilio, por supuesto, está la fuerza bruta de los regímenes que aplastan toda libertad y toda dignidad en mi propio país y en tantos otros del continente. Gabriel García Márquez afirmo que no volvería a publicar obras literarias hasta que no cayera Pinochet; creo que afortunadamente está cambiando de opinión, porque precisamente para que caiga Pinochet es preciso entre otras cosas que sigamos escribiendo y leyendo literatura, y eso sencillamente porque la literatura más significativa en este momento es la que se suma a las diversas acciones morales, políticas y físicas que luchan contra esas fuerzas de las tinieblas que intentan una vez más la supremacía de Arimán frente a Ormuz. Y cuando hablo de la literatura más significativa quisiera que se me entienda bien, porque de ninguna manera estoy privilegiando la literatura calificada de «comprometida», palabra muy justa y muy bella cuando se la usa bien pero que suele encerrar tantos malentendidos y tantas ambigüedades como la palabra democracia e incluso, muchas veces, la palabra revolución. Hablo de una literatura por todo lo alto, como diría un español, una literatura en su máxima tensión de exigencia, de experimentación, de osadía y de aventura, pero al mismo tiempo nacida de hombres y mujeres cuya conducta personal, cuya responsabilidad frente a su pueblo los muestra presentes en ese combate que se libra en América Latina desde tantos frentes y con tan diversas armas. Sé de sobra hasta qué punto este auténtico compromiso del intelectual suele ser mal visto en sectores preponderantemente pragmáticos, para quienes la literatura cuenta sobre todo como instrumento de comunicación sociopolítica y en último extremo de propaganda. Me ha tocado, en la época en que escribí Libro de Manuel, soportar el peor y el más amargo de los ataques, el de muchos de mis compañeros de combate, para quienes esa denuncia por vía literaria del cruento régimen del general Lanusse en la Argentina no tenía para ellos la seriedad y la documentación de sus panfletos y sus artículos. Me cito porque el tiempo, encarnado en aquellos lectores que compartían mi noción del verdadero compromiso del intelectual, dio todo su sentido y su razón de ser a esa tentativa de convergencia de la historia y la literatura, como la dará siempre a los escritores que no sacrifiquen la verdad a la belleza ni la belleza a la verdad.

No hay que dudar en reconocer, frente a nosotros mismos y sobre todo frente a nuestros lectores, que muchos escritores de un vasto sector de América Latina sometido al caos de la explotación y la violencia de enemigos internos y externos, despertamos diariamente en nuestro país o en el exilio bajo el peso de un presente que nos agobia y nos llena de mala conciencia. A la vista de lo que está ocurriendo en países como el mío, a la vista de esos enormes campos de concentración disimulados con carnavales hidroeléctricos y campeonatos mundiales de fútbol, toda actividad básicamente intelectual parecería tener algo de irrisorio y hasta de gratuito; toda labor literaria y artística entraña una lucha permanente contra un sentimiento, una sospecha de lujo, de surplus, de evasión de una responsabilidad más inmediata y concreta. No es así, muy al contrario, pero muchas veces lo sentimos así. Tenemos que hacer lo que hacemos, pero nos duele en el acto de hacerlo. En muchos de nosotros el ejercicio de la más auténtica vocación se ve como agredida por la mala conciencia; y si esto se advierte en intelectuales de muchos países, países en donde cada uno tiene el derecho y los medios de dar a conocer abiertamente sus puntos de vista, sus aceptaciones y sus rechazos, ¿cómo describir el estado de ánimo de un intelectual chileno, boliviano, uruguayo o salvadoreño, que se esfuerza por seguir cumpliendo su trabajo específico en el interior o en el destierro, con las limitaciones y los problemas de toda naturaleza que ello le plantea?

Es entonces, cuando en mitad de una página me asalta como a tantos otros ese sentimiento de desánimo y de abandono, cuando me siento no sólo física sino culturalmente exiliado de mi país, es precisamente entonces que mi reacción tiene algo de perfectamente lógico si se mira a la luz de cualquier criterio razonable. Nunca lo sentí más claramente que el día en que me enteré de que un libro mío no podría ser publicado en la Argentina, como los de tantos otros escritores desterrados; simultáneamente con la amarga realización de que entre mis compatriotas y yo acababa de cortarse el puente que nos había unido invisiblemente durante tantos años y tantas distancias, y que el verdadero, el más insoportable exilio empezaba en ese momento, en esa soledad de la doble incomunicación del lector y el escritor, en ese mismo instante me ganó un sentimiento totalmente opuesto, algo que era como un impulso, un llamado, una convicción casi demencial de que todo eso sólo sería cierto si yo lo aceptaba, si yo entraba estúpidamente en las reglas del juego del enemigo, si me pegaba a mí mismo la etiqueta del exiliado crónico, si buscaba reconvertir mi vida hacia otros destinos. Sentí que mi obligación era la de hacer todo lo contrario, es decir multiplicar mi trabajo de escritor, exigirle mucho más de lo que le había exigido hasta entonces, y sobre todo proponer de todas las maneras posibles a mis compatriotas latinoamericanos, como seguiré haciendo mientras me queden fuerzas, una noción positiva y eficaz del exilio, una actitud y una responsabilidad totalmente opuestas a lo que quisieran aquellos que nos expulsan física y culturalmente de nuestros países y que esperan con ello no solamente neutralizarnos como opositores a sus dictaduras sino hundirnos lentamente en la melancolía y la nostalgia y finalmente en el silencio, que es lo único que aprecian en nosotros.

No me estoy saliendo del terreno de la literatura, muy al contrario. Voy a buscarlo allí donde hoy en día están naciendo tantos de sus productos, trato de mostrar los posibles valores que pueden resultar de la literatura del exilio, en vez de inclinarme ante el exilio de la literatura como lo quisiera el enemigo. Esa actitud positiva, esa determinación de asumir afirmativamente lo que por atavismo y hasta por romanticismo se tiende a ver a priori como pura negatividad, exige poner en tela de juicio muchos lugares comunes, exige el valor de autocriticarse en circunstancias en que lo más inmediato y comprensible es la autocompasión. Hace unos días se me acercó un señor que se presentó con estas palabras: «Yo soy un exiliado argentino». En mi fuero interno lamenté la prioridad que daba a su condición de exiliado, porque me pareció como tantas otras veces un reconocimiento sin duda inconsciente de la derrota, de la expulsión de una patria que de alguna manera pasaba a segundo plano en su presentación. Esto que parece psicología callejera no lo es cuando asume formas más complejas, cuando, por ejemplo, se convierte en un obsesivo tema literario. También aquí la usual noción negativa del exilio tiende a volverse poema, canción, cuento o novela, que en definitiva no pasan de ser alimento de la nostalgia propia y ajena. Recuerdo una frase de Eduardo Galeano sobre el exilio: «La nostalgia es buena, pero la esperanza es mejor». Claro que la nostalgia es buena, en la literatura y en la vida, puesto que es la melancólica fidelidad a lo ausente; pero lo ausente nuestro no está muerto, lejos de ello, y es ahí donde la esperanza puede cambiar el signo del exilio, sacarlo de lo negativo para darle un valor dinámico, unirnos a todos en el esfuerzo por reconquistar el territorio de la nostalgia en vez de quedarnos en la mera nostalgia del territorio.

Si un día logramos esto, si lo estamos logrando ya poco a poco como me parece comprobarlo en una parte de la literatura que nace hoy fuera de nuestros países, el peso de sus factores positivos aportará una contribución capital al conjunto de nuestras letras, que es decir también de nuestros pueblos. Una cosa es la cultura internacional adquirida dentro de cada país o en el curso de viajes de perfeccionamiento, y otra muy diferente la vivencia forzada y cotidiana de realidades ajenas que pueden ser favorables u hostiles pero que para el exiliado son siempre traumáticas porque no responden a su libre elección. Es entonces cuando conviene recordar que los traumatismos de todo tipo han sido siempre una de las razones capitales de la literatura, y que superarlas mediante una transmutación en obra creadora es lo propio del escritor de verdad. En estos últimos años he visto el efecto a veces destructor del desarraigo violento en hombres y mujeres que llevaban ya realizada una obra valiosa en sus países de origen. Pero a diferencia de ellos están los que han sido capaces de llevar a cabo esa alquimia psicológica y moral capaz de potenciar y enriquecer la experiencia creadora, los que han tenido la fuerza de hundirse hasta el fondo de la trágica noche del exilio y volver a salir con algo que jamás les habría dado el mero viaje de placer a París, la visita cultural a Madrid o a Londres. Y eso empieza a reflejarse ya en lo que se escribe lejos de la patria, y es una primera y difícil y hermosa victoria.

Hermosa precisamente porque su dificultad parece por momentos insuperable. Pienso en mis compañeros argentinos perdidos en tantos rincones de esta América y de Europa, en esos escritores cuyo trabajo empecinado representa fundamentalmente una batalla contra la muerte, quiero decir esa batalla que muchos libramos diariamente en nosotros mismos para seguir adelante mientras a nuestro lado, leyendo sobre nuestros hombros, hablándonos con sus voces de sombra, los que sucumbieron por escribir y decir la verdad nos impulsan y a la vez nos paralizan, nos instan a volcar en la vida y el combate todo lo que ellos no alcanzaron a completar como hubieran querido, y a la vez nos traban con el peso del dolor y de la desgracia. Yo ya no sé escribir como antes, hacia dondequiera que me vuelva encuentro la imagen de Haroldo Conti, los ojos de Rodolfo Walsh, la sonrisa bonachona de Paco Urondo, la silueta fugitiva de Miguel Ángel Bustos. Y no estoy haciendo una selección elitista, no son solamente ellos los que me acosan fraternalmente, pero un escritor vive de otras escrituras y siente, si no es el habitante anacrónico de las torres de marfil del liberalismo y del escapismo intelectual, que esas muertes injustas e infames son el albatros que cuelga de su cuello, la cotidiana obligación de volverlas otra vez vida, de negarlas afirmándolas, de escupirles en la cara de esa otra muerte, esa que Pablo Neruda viera proféticamente «vestida de almirante».

Si todo eso no se refleja un día de una u otra manera en la obra de los escritores latinoamericanos exiliados, los Videla y los Pinochet y los Stroessner habrán triunfado mas allá de su momentáneo triunfo material, mal que les pese a los que siguen creyendo que al enemigo hay que enfrentarlo culturalmente con su mismo vocabulario superficial, dialogando de alguna manera con él, reconociéndolo como un interlocutor válido en la medida en que no se sale del nivel de los panfletos y las consignas partidarias y las temáticas estrictamente ajustadas a la realidad política. Si no somos capaces de cambiar esencialmente la negatividad que busca envolvernos y aplastarnos, habremos fracasado en nuestra misión y nuestra posibilidad específicas, seremos solamente los escritores desterrados que se consuelan con novelas y poemas, los mismos que continuarán presentándose ante el mundo como «exiliados argentinos» o «exiliados paraguayos», para recibir como respuesta una sonrisa comprensiva o un asilo más. Creo que no es así, vivo en una ciudad donde diariamente recibo lo que se escribe en tantas otras, y sé que cuando llegue la hora de que los críticos y los especialistas tracen el panorama de la literatura latinoamericana de nuestros días, la creación cumplida en el exilio será un capítulo con características propias pero en plena ligazón con nuestra entera realidad, y que ese capítulo mostrará el nacimiento y el desarrollo de nuevas fuerzas, de rumbos diferentes y fecundos, de aportaciones acaso vertiginosas a la fuente común de nuestra identidad. Será como si una nación espiritual hubiera nacido de nuestras naciones devastadas por la opresión y la violencia y el desprecio, será como si el vientre torturado de nuestro Cono Sur hubiera parido una criatura que contiene y preserva la verdad y la justicia, el niño del futuro que, como en tantas mitologías y tantos cuentos de hadas es arrojado a las fieras o abandonado a la corriente de un río pero que volverá, llegado el día, para unirse definitivamente a su pueblo, tal como la historia vio un día a José Martí, tal como yo soñé un día a mi pequeño Manuel.

No tengo ya dudas de que la literatura de esta otra nación latinoamericana que es la nación del exilio continuará dándonos productos culturales que al sumarse a los que se originan en aquellos países cuyos intelectuales pueden trabajar dentro de su contexto propio, nos harán avanzar globalmente en tanto que lectores y escritores, quiero decir como pueblos. Ese avance abarcará las dimensiones más extremas y osadas de esa invención verbal que se abre paso en las conciencias y las subconciencias como una extraña, indefinible levadura que enriquece las potencias mentales y morales de los hombres. Es ahí, en esa oscura operación sin nombre pero claramente perceptible en el decurso de todas las civilizaciones, que lo literario nacido en esas condiciones tendrá un máximo valor político aunque no entre forzosamente en la dialéctica ideológica como tema o como pretexto. Es ahí que la experiencia que transmitirá esa literatura nacida hoy tantas veces de la peor angustia, de la exasperación y el desgarramiento, nos hará adelantar por ese camino que ella ha andado solitaria pero que quiere compartir con todos los suyos, el camino hacia nuestra identidad profunda, esa identidad que nos mostrará por fin nuestro destino histórico como continente, como bloque idiomático, como diversidad llena de similitudes amigas, para repetir el verso de Valéry.

En ese sentido la literatura más lúcida en estas décadas, venga del interior o del exterior de nuestros países, coincide en mostrar a través de ensayos, cuentos, novelas y poemas que incluso la más libre de nuestras naciones está muy lejos de ser auténtica y profundamente libre, y que prácticamente todos los escritores latinoamericanos, vivamos o no en nuestra casa, somos escritores exiliados. Todavía me asombra que haya entre nosotros intelectuales que dan la impresión de sentirse definitivamente seguros del terreno geopolítico que pisan, o que comparativamente se estiman en suelo firme porque los otros suelos tiemblan y se resquebrajan. Es el mismo tipo de intelectual que habla de los lectores, por ejemplo, como una realidad positiva en términos de tiradas de libros o de galardones literarios, y para quien ser editado y comentado es prueba suficiente de deber cumplido. Desde el punto de vista de nuestra realidad continental —hablo sobre todo del Cono Sur, pero esto se aplica a muchos otros de nuestros países— los intelectuales seguimos siendo un sector privado de toda estabilidad, de toda garantía. El poder nos controla ya sea de una manera salvaje o con arreglo a códigos en los que no hemos intervenido para nada, nos frena, nos censura o nos expulsa, y en estos últimos años directamente nos mata si nuestra voz disuena en el coro de los conformismos o de las críticas cautelosas. Vuelvo a citar a Rodolfo Walsh, eliminado cínicamente porque había osado decirle la verdad en plena cara al general Videla; y pienso en hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo para la conciencia de Macbeth. ¿Qué literatura puede ser la nuestra en estas condiciones, tanto la del exilio como la que se cumple en el interior de países menos atormentados, si no nos obstinamos en romper ese círculo de ignominia? Un ejercicio de la inteligencia por la inteligencia misma, como los que se ven hoy en algunos países de Europa, pero sin el derecho secularmente conquistado de los europeos a gozar más que nosotros de los puros placeres de la escritura; un triste autoengaño para tantos lectores y escritores que confunden cultura minoritaria con dignidad popular; un juego elitista, no porque nuestros escritores honestos acepten el elitismo sino porque las circunstancias exteriores a ellos les imponen un circuito cerrado, un circo donde todo aquel que ha podido pagar la entrada aplaude a los gladiadores o a los payasos mientras afuera los pretorianos contienen a la inmensa muchedumbre privada a la vez del pan y del circo. Digo con imágenes algo que siento y que vivo con mi propia sangre; me avergüenza como si yo mismo fuera el responsable cada vez que leo entrevistas en las que se habla de grandes tiradas de libros como si constituyeran la prueba de una alta densidad cultural; me avergüenza que entre nosotros haya intelectuales que todavía escamotean el hecho desnudo y monstruoso de que vivimos rodeados por millones de analfabetos cuya conquista cultural más importante se reduce a las tiras cómicas y a las telenovelas cuando son lo bastante afortunados para llegar a ellas. Detrás de todo eso, y es más que obvio decirlo, está la política de «patio de atrás» del imperialismo norteamericano y la complicidad de todos aquellos poderes nacionales que protegen a las oligarquías dispuestas a cualquier cosa —como en El Salvador, para dar un solo ejemplo— antes de perder sus privilegios. ¿De qué podemos jactarnos los escritores en este panorama en el que sólo brillan unos pocos, aislados y admirables fuegos de vivac? Nuestros libros son botellas al mar, mensajes lanzados en la inmensidad de la ignorancia y la miseria; pero ocurre que ciertas botellas terminan por llegar a destino, y es entonces que esos mensajes deben mostrar su sentido y su razón de ser, deben llevar lucidez y esperanza a quienes los están leyendo o los leerán un día. Nada podemos hacer directamente contra lo que nos separa de millones de lectores potenciales; no somos alfabetizadores ni asistentes sociales, no tenemos tierras para distribuir a los desposeídos ni medicinas para curar a los enfermos; pero en cambio nos está dado atacar de otra manera esa coalición de los intereses foráneos y sus homólogos internos que genera y perpetúa el statu quo, o mejor aún el stand by latinoamericano. Lo digo una vez más para terminar: no estoy hablando tan sólo del combate que todo intelectual puede librar en el terreno político, sino que hablo también y sobre todo de literatura, hablo de la conciencia del que escribe y del que lee, hablo de ese enlace a veces indefinible pero siempre inequívoco que se da entre una literatura que no escamotea la realidad de su contorno y aquellos que se reconocen en ella como lectores a la vez que son llevados por ella más allá de sí mismos en el plano de la conciencia, de la visión histórica, de la política y de la estética. Sólo cuando un escritor es capaz de operar ese enlace, que es su verdadero compromiso y yo diría su razón de ser en nuestros días, sólo entonces su trabajo puramente intelectual tendrá también sentido, en la medida en que sus experiencias más vertiginosas serán recibidas con una voluntad de asimilación, de incorporación a la sensibilidad y a la cultura de quienes le han dado previamente su confianza. Y por eso creo que aquellos que optan por los puros juegos intelectuales en plena catástrofe y evaden así ese enlace y esa participación con lo que diariamente está llamando a sus puertas, esos son escritores latinoamericanos como podrían serlo belgas o dinamarqueses; están entre nosotros por un azar genético pero no por una elección profunda. Entre nosotros y en estos años lo que cuenta no es ser un escritor latinoamericano sino ser, por sobre todo, un latinoamericano escritor.
 
Texto tomado de Clases de literatura de Julio Cortazar. Nº de páginas: 320 págs. Editorial: ALFAGUARA. ISBN: 9788420415161
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[1] Conferencia publicada con variantes y con el título «De gladiadores y niños arrojados al río en Obras completas, vol. VI, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2006. Al no disponer de la grabación, transcribimos la copia mecanográfica en español que se conserva con esta nota en la primera página: «Jalapa, 1980. Berkeley. 1980 (en inglés). Dar a Les Temps Modemes (enero 81)».
[2] En la versión que leyó en inglés, Cortázar añadió en este punto respecto a la versión castellana leída en la Universidad de Veracruz, Jalapa, el 4 de septiembre de 1980: «And I know all too well that these factors are frequendy neglected in academic research and literary criticism».

ACERCAMIENTOS Elogio de la impureza, fragmento 1 | Ignacio Padilla


Quienes integramos el equipo editorial y colaboradores de Bitácora de vuelos, lamentamos profundamente la muerte del escritor Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968- 20 de agosto de 2016). En homenaje, les ofrecemos aquí un texto tomado de su libro Cervantes & compañía (Tusquets Editores. Col, Marginales, 2016) en el que Padilla responde a varias interrogantes: ¿Cuáles fueron las principales aportaciones de Shakespeare y Cervantes? ¿Qué pasaría si nos atreviéramos a comparar los alcances de cada uno? ¿Cómo construirían a sus personajes, por ejemplo, y cuántas de esas técnicas siguen vigentes en nuestros días, influenciando incluso a la cultura popular? Y sobre todo, ¿en qué medida hemos reducido a un cliché nuestro conocimiento de ambas obras, indispensables para comprender cabalmente lo humano?


Reproducimos aquí la primera parte de "Elogio de la impureza".

1

Fui a Salamanca porque me dijeron que por allá había pasado el autor del Persiles, un tal Miguel de Cervantes. Viví primero en una casa muy modesta en las riberas del Tormes, justo frente al toro de piedra que hizo ver estrellas al pobre Lazarillo. Pasé luego a un departamento sórdido en la Calle Cervantes, llamada antaño Calle del Moro, donde quiere la tradición que viviera algún tiempo el Manco de Lepanto.

Allá me fui quedando, allá tuve que quedarme. Como al bueno del licenciado Vidriera, me enhechizó enseguida la apacibilidad de la vivienda salmantina. Traía yo aún fresco el asombro de mi lectura adulta, desopilante y escocesa del Quijote, de modo que me pareció pertinente y hasta justo sumergirme en la leyenda de Miguel de Cervantes. Lo hice como quien se despeña en una honda sima, en mansa burla de mí mismo, acaso en busca de más proezas, risas y encantamientos. Entre cátedras y catedrales, entre bibliotecas y mesones, perseguí dos fantasmas: el fantasma de Cervantes en la academia salmantina, y también, cómo negarlo, el fantasma de esa misma Salamanca en la obra de Cervantes.

Ignoraba yo entonces la de asombros agridulces que me deparaba esa búsqueda. Del paso del escritor por Salamanca se sabía muy poco. Con fatiga hallé un par de historias rocambolescas sobre quienes habían buscado antes las huellas castellanas del autor del Quijote, historias de cervantistas ávidos, expedientes fugitivos y cartas robadas por investigadores ingenuos o mendaces, nada que constatase que Cervantes había estudiado en las mismas aulas por las que sin duda pasaron fray Luis, Góngora, nuestro Alarcón. El silencio de los archivos de Simancas sugería que, si bien el alcalaíno había transitado efectivamente por aquellos andurriales, lo habría hecho como hizo todo en su vida: por las márgenes, a salto de mata, mirando quizás desde las callejuelas el paso altanero de los bachilleres y a los licenciados inciviles, maldiciendo en sus adentros la ironía cruel de haber nacido en otra ciudad universitaria y no poder cursar en esta otra. Lector en fuga, aventurero frustrado y sabio de arrabal, resignado a leer hasta los papeles rotos que se hallaba en las calles, aquel hijo segundo de un sacapotras de Alcalá habría nutrido una rara animadversión por la academia, tan deseada y tan aborrecida para él como lo serían después el cetro y la mitra de la España filipina. No era difícil imaginar que allí y así, aterido y miope en los portales paredaños con la subversiva Cueva de Salamanca, Cervantes se habría sentido espécimen de una fauna maldita: un abanderado de lo equívoco en los páramos de la univocidad académica, poeta entre lectores sin poesía, un insecto a quien se le cerraban las puertas del santuario donde sólo a los bachilleres se les permitía estudiar y enseñar entomología.

Frente al silencio de la historiografía y los archivos, me restaba acudir a la literatura de Cervantes para indagar en su instable relación con Salamanca. El resultado fue tan tumultuario como desesperanzador: las muchas alusiones librescas del escritor a la academia sólo corroboraban su insalvable lío de admiración y rechazo, con la balanza inclinada un tanto hacia este último. Egresados de Salamanca eran nada menos que el rencoroso Sansón Carrasco, el taimado Lorenzo de Miranda, el emponzoñado Tomás Rodaja, el bravucón Corchuelo y el altivo licenciado que lo somete. También eran bachilleres salmantinos los falsos cautivos del Persiles, estirpe despreciada por Cervantes, donde las haya. En Salamanca o en su periferia transcurrían las más duras escenas de buena parte de su desigual teatro, varios negros pasajes de sus novelas ejemplares y, por supuesto, más de un descalabro del Quijote. En el torpón entremés de La cueva de Salamanca, el antiguo soldado desteñido por el cautiverio y el fracaso habría expuesto su menosprecio hacia todos aquellos que lo habían descastado, incluidas las academias, fuera universitarias, fuera literarias.

Por otra parte, Cervantes habría gestado una atendible y creciente afición hacia todo aquello que estuviese en la Otra Orilla, encuevado en las entrañas catedralicias y universitarias: las justificadas celestinas, los audaces rufianes, los regalados gitanos, los pícaros ilustres. Allí estaba ya no la afición sino el amor innegable aunque negado del alcalaíno por la verdad dura aunque movediza del hampa. Allí estaba su pasión por el lenguaje de la germanía, su convicción de que son el vulgo y el uso quienes enriquecen el habla. Allí estaba su hondo sentido de la realidad conmoviendo la rigidez de la retórica clásica. Allí estaban el humor y la ambigüedad consagrados como espacios críticos necesarios contra una institucionalidad cada vez más esclerótica y aferrada al carnaval que negaba lo que Cervantes padecía cada jornada: la debacle de la utopía, la esperpentización del sueño de pureza europeo frente a la realidad profunda de la impureza americana.

¿Cómo encajar tanta evidencia de un bifrontismo cervantino a las academias? ¿Cómo no compartirlo en este siglo de virtualidad y tirantez entre ortodoxias y heterodoxias de toda laya? Después de todo, pensé, esa intermitencia entre lo leve y lo pesado hizo de Cervantes el inconsciente sacudidor del castellano y el fundador de su modernidad. Como lector y contador de historias, no consigo no aplaudir tamaña subversión. No puedo no adorar la paradoja cervantina que refleja nuestro ser paradójico, nuestro hablar y escribir para y desde la contradicción que nos explica. Es un poético milagro que Cervantes embistiese con tanto amor y con tal furor a las instituciones que coronan nuestro modo de nombrarnos, una hazaña que luego él mismo se haya convertido en la piedra basal de las mismas torres castellanas desde las que otrora se despeñó, un portento que hoy su retrato, también una ficción, adorne hoy el umbral de la Real Academia de la Lengua Española.

Con sus devaneos por y contra la academia, Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza, es decir: cuánto pudieron contra el celoso Cañizares las diabólicas canciones del demoniaco Loaiza. La ortodoxia vence sobre sí misma sólo cuando escucha a los abogados más tozudos del habla quebradiza de la gente común. Desde las primeras líneas del Quijote, la volatilidad del idioma como sonrisa erasmiana se ha opuesto al rictus medieval petrificado de la lengua, una lengua que, con no ablandarse, no conmueve. Al ingresar en la academia por la puerta trasera, el alcalaíno ha embellecido a martillazos, con la lengua de la tribu, el duro mármol de la lengua del monarca y el obispo: contra la inamovilidad y la muerte, el habla movediza de la vida; frente al latín del púlpito y la cátedra, el balbuceo alegre del lenguaje otro; frente a los discursos sacralizantes y sordos, la burla destemplada y dialogante. Con su crítica, Cervantes nos recuerda que nacemos cada día de la sangre derramada en el feliz combate de dos linajes verbales: uno solemne y otro risueño, uno ancestral y otro gestante, el uno tan necesario como el otro.

El audaz carnaval verbal de los escritores irreverentes y marginados reprocesa la literatura y nos enriquece con un lenguaje corrompido como la realidad misma, un habla que va generando su propio artificio de ordenanzas pícaras, un discurso de apertura bruta que admite en principio todas las formas verbales liberando a la sintaxis de las ataduras de la ortodoxia vanamente obsesionada con la pureza.


IGNACIO PADILLA. Maestro en Letras Inglesas por la Universidad de Edimburgo y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Su obra narrativa y ensayística ha sido traducida a más de veinte idiomas y le ha granjeado otros tantos premios literarios nacionales e internacionales, entre ellos los ensayos: La isla de las tribus perdidas (Premio de Ensayo Debate-Casa de América); La vida íntima de los encendedores (Premio Málaga de Ensayo) y Arte y olvido del terremoto (Premio Luis Cardoza y Aragón). Ha publicado asimismo el díptico de ensayos sobre el miedo La industria del fin del mundo y El legado de los monstruos. Además es autor de los dos primeros volúmenes de una trilogía cervantina El diablo y Cervantes (Premio Guillermo Rousset Banda) y Cervantes en los infiernos (Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos). Miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua y del Sistema Nacional de Creadores. Fue catedrático en la Universidad Iberoamericana.

Libro disponible en Librerías Gandhi

Fotografía y semblanza tomada de Sinembargo.mx

POESÍA VISUAL Expresiones formales del ejercicio tipográfico

Gráfico, ofrece un compendio muy valioso de poesía visual. Cada imagen, es un ejercicio tipográfico. Colgamos aquí algunos ejemplos y los exhortamos a que conozcan la muestra completa realizada por los alumnos de las asignaturas de diseño del Grado en Publicidad y Relaciones Públicas de la Universidad de Alicante.

Este ejercicio es de narrativa. La única herramienta a disposición del alumno es la tipografía, es decir, el alfabeto en cualquiera de sus expresiones formales, letras, números y la contracaja completa.

1. María Belén Vidal al voltear la “r” la ha convertido en una pistola, representando así la palabra “revólver”.


2. José Javier Botí Sarrió ha colocado cada letra de la palabra  en perspectiva y variando el tamaño para dar el efecto de profundidad y, por tanto, que parezca un camino.


3. Lucía Durá Marhuenda ha jugado con el tamaño de las letras para poder adaptar la palabra a la forma de un paraguas abierto.


4. Lara Ramos Picazo ha separado la “D” del grupo para expresar el concepto de su palabra.


5. Marco Ramos Mayor ha utilizado las astas de la “t” como rascacielos y, sustituyendo los brazos de la “t” por aviones, ha representado la palabra escogida.


6. Alícia Mª Escalpez Canals ha separado la palabra “rascacielos” y ha dispuesto sus partes de manera vertical simulando la silueta de una ciudad de rascacielos.


7. Alejandro Fabuel Alcañiz ha voltado la primera “a” de la palabra “cremallera” y ha dividido la terminación “llera” separándola, para crear la ilusión de que se trata de una cremallera abriéndose.


Ver la muestra completa: Gráfico, muestra curada por Ana García Montes.

TEXTOS CARDINALES No más amores | Javier Marías


Es muy posible que los fantasmas, si es que aún existen, tengan por criterio contravenir los deseos de los inquilinos mortales, apareciendo si su presencia no es bien recibida y escondiéndose si se los espera y reclama. Aunque a veces se ha llegado a algunos pactos, como se sabe gracias a la documentación acumulada por Lord Halifax y Lord Rymer en los años treinta.

Uno de los casos más modestos y conmovedores es el de una anciana de la localidad de Rye, hacia 1910: un lugar propicio para este tipo de relaciones imperecederas, ya que en él y en la misma casa, Lamb House, vivieron durante algunos años Henry James y Edward Frederic Benson (cada uno por su lado y en periodos distintos, y el segundo llegó a ser alcalde), dos de los escritores que más y mejor se han ocupado de tales visitas y esperas, o quizá nostalgias. Esta anciana, en su juventud (Molly Morgan Muir era su nombre), había sido señorita de compañía de otra mujer mayor y adinerada a quien, entre otros servicios prestados, leía novelas en voz alta para disipar el tedio de su falta de necesidades y de una viudez temprana para la que no había habido remedio: la señora Cromer-Blake había sufrido algún desengaño ilícito tras su breve matrimonio según se decía en el pueblo, y eso seguramente —más que la muerte del marido poco o nada memorable— la había hecho áspera y reconcentrada a una edad en que esas características en una mujer ya no pueden resultar intrigantes ni todavía objeto de broma y entrañables. El hastío la llevaba a ser tan perezosa que difícilmente era capaz de leer por sí sola y en silencio y a solas, de ahí que exigiera de su acompañante que le transmitiera en voz alta las aventuras y los sentimientos que cada día que ella cumplía —y los cumplía muy rápida y monótonamente— parecían más alejados de aquella casa. La señora escuchaba siempre callada y absorta, y sólo de vez en cuando le pedía a Molly Morgan Muir que le repitiera algún pasaje o algún diálogo del que no se quería despedir para siempre sin hacer amago de retenerlo. Al terminar, su único comentario solía ser: «Molly, tienes una hermosa voz. Con ella encontrarás amores».

Y era durante estas sesiones cuando el fantasma de la casa hacía su aparición: cada tarde, mientras Molly pronunciaba las palabras de Stevenson o Jane Austen o Dumas o Conan Doyle, veía difusamente la figura de un hombre joven y de aspecto rural, un mozo de cuadra o de establo. La primera vez que lo vio, de pie y con los codos apoyados en el respaldo del sillón que ocupaba la señora, como si escuchara atentamente el texto que recitaba ella, estuvo a punto de gritar del susto. Pero en seguida el joven se llevó el índice a los labios y le hizo tranquilizadoras señas de que continuara y no denunciara su presencia. Su rostro era inofensivo, con una tímida sonrisa perpetua en los ojos burlones, alternada tan sólo, en algunos momentos graves de la lectura, con una seriedad alarmada e ingenua propia de quien no distingue del todo entre lo acaecido y lo imaginado. La joven obedeció, aunque no pudo evitar aquel día levantar la vista demasiadas veces y dirigirla por encima del moño de la señora Cromer-Blake, que a su vez alzaba la suya inquieta como si no estuviera segura de llevar derecho un sombrero hipotético o debidamente iluminada una aureola. «¿Qué ocurre, niña?», le dijo alterada. «¿Qué es lo que miras ahí arriba?» «Nada», contestó Molly Muir, «es una manera de descansar los ojos para volver a fijarlos luego. Tanto rato me los fatigaría.» El joven asintió con su pañuelo al cuello y la explicación bastó para que en lo sucesivo la señorita mantuviera su costumbre y pudiera saciar al menos su curiosidad visiva. Porque a partir de entonces, tarde tras tarde y con pocas excepciones, leyó para su señora y también para él, sin que aquélla se diera jamás la vuelta ni supiera de las intrusiones de éste.

El joven no rondaba ni se aparecía en ningún otro instante, por lo que Molly Muir no tuvo nunca ocasión, a través de los años, de hablar con él ni de preguntarle quién era o había sido o por qué la escuchaba. Pensó en la posibilidad de que fuera el causante del desengaño ilícito padecido por su señora en un tiempo pasado, pero de los labios de ésta jamás salieron las confidencias, pese a las insinuaciones de tantas páginas leídas y de la propia Molly en las lentas conversaciones nocturnas de media vida. Tal vez aquel rumor era falso y la señora no tenía en verdad nada que contar digno de cuento y por eso pedía oír los remotos y ajenos y más improbables. En más de una oportunidad estuvo Molly tentada de ser piadosa y relatarle lo que ocurría todas las tardes a sus espaldas, hacerla partícipe de su pequeña emoción cotidiana, comunicarle la existencia de un hombre entre aquellas paredes cada vez más asexuadas y taciturnas en las que sólo resonaban, a veces durante noches y días seguidos, las voces femeninas de ambas, cada vez más avejentada y confusa la de la señora, cada mañana un poco menos hermosa y más débil y huida la de Molly Muir, que en contra de las predicciones no le había traído amores, o al menos no que se quedaran y pudieran tocarse. Pero siempre que estuvo a punto de caer en la tentación recordó al instante el gesto discreto del joven —el índice sobre los labios, repetido de vez en cuando con los ojos de leve guasa—, y guardó silencio. Lo último que deseaba era enfadarlo. Quizá era sólo que los fantasmas se aburren igual que las viudas.

Cuando la señora Cromer-Blake murió, ella siguió en la casa, y durante unos días, afligida y desconcertada, dejó de leer: el joven no apareció. Convencida de que aquel muchacho rural deseaba tener la instrucción de la que seguramente había carecido en vida, pero también temerosa de que no fuera así y de que su presencia hubiera estado relacionada misteriosamente con la señora tan sólo, decidió volver a leer en voz alta para invocarlo, y no sólo novelas, sino tratados de historia y de ciencias naturales. El joven tardó algunas fechas en reaparecer —quién sabe si guardan luto los fantasmas, con más motivo que nadie—, pero por fin lo hizo, tal vez atraído por las nuevas materias, acerca de las cuales siguió escuchando con la misma atención, aunque ya no de pie y acodado sobre el respaldo, sino cómodamente sentado en el sillón vacante, a veces con las piernas cruzadas y una pipa encendida en la mano, como el patriarca que nunca debió de ser.

La joven, que se fue haciendo mayor, le hablaba con cada vez más confianza, pero sin obtener nunca respuesta: los fantasmas no siempre pueden o quieren hablar. Y con esa siempre mayor y unilateral confianza transcurrieron los años, hasta que llegó un día en que el muchacho no se presentó, y tampoco lo hizo durante los días ni las semanas siguientes. La joven que ya era casi vieja se preocupó al principio como una madre, temiendo que le hubiera sucedido algún percance grave o desgracia, sin darse cuenta de que ese verbo sólo cabe entre los mortales y que quienes no lo son están a salvo. Cuando reparó en ello su preocupación dio paso a la desesperación: tarde tras tarde contemplaba el sillón vacío e increpaba al silencio, hacía dolidas preguntas a la nada, lanzaba reproches al aire invisible, se preguntaba cuál había sido su falta o error y buscaba con afán nuevos textos que pudieran atraer la curiosidad del joven y hacerlo volver, nuevas disciplinas y nuevas novelas, y esperaba con avidez cada nueva entrega de Sherlock Holmes, en cuya habilidad y lirismo confiaba más que en casi ningún otro cebo científico o literario. Y seguía leyendo en voz alta a diario, por ver si él acudía.

Una tarde, al cabo de meses de desolación, se encontró con que la señal del libro de Dickens que le estaba leyendo pacientemente en ausencia no se hallaba donde la había dejado, sino muchas páginas más adelante. Leyó con atención allí donde él la había puesto, y entonces comprendió con amargura y sufrió el desengaño de toda vida, por recóndita y quieta que sea. Había una frase del texto que decía: «Y ella envejeció y se llenó de arrugas, y su voz cascada ya no le resultaba grata». Cuenta Lord Rymer que la anciana se indignó como una esposa repudiada, y que lejos de resignarse y callar le dijo al vacío con gran reproche: «Eres injusto. Tú no envejeces y quieres voces gratas y juveniles, y contemplar caras tersas y luminosas. No creas que no lo entiendo, eres joven y lo serás ya siempre. Pero yo te he instruido y distraído durante años, y si gracias a mí has aprendido tantas cosas y también a leer no es para que ahora me dejes mensajes ofensivos a través de mis textos que he compartido contigo siempre. Ten en cuenta que cuando murió la señora yo podía haber leído en silencio, y no lo hice. Comprendo que puedas ir en busca de otras voces, nada te ata a mí y es cierto que nunca me has pedido nada, luego tampoco nada me debes. Pero si conoces el agradecimiento, te pido que al menos vengas una vez a la semana a escucharme y tengas paciencia con mi voz que ya no es hermosa y ya no te agrada, porque no va a traerme más amores. Yo me esforzaré y seguiré leyendo lo mejor posible. Pero ven, porque ahora que ya soy vieja soy yo quien necesita de tu distracción y presencia».

Según Lord Rymer, el fantasma del joven rústico eterno no fue enteramente desaprensivo y atendió a razones o supo lo que era el agradecimiento: a partir de entonces, y hasta su muerte, Molly Morgan Muir esperó con ilusión e impaciencia la llegada del día elegido en que su impalpable amor silencioso accedía a volver al pasado de su tiempo en el que en realidad ya no había ningún pasado ni ningún tiempo, la llegada de cada miércoles. Y se piensa que quizá fue eso lo que la mantuvo todavía viva durante bastantes años, es decir, con pasado y presente y también futuro, o quizá son nostalgias.


JAVIER MARÍAS (Madrid, 1951) es escritor, articulista y traductor. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, fue profesor de Literatura Española y Teoría de la Traducción en la Universidad de Oxford (1983-1985), entre otras instituciones universitarias. Es miembro de la Real Academia Española desde 2008. Con más de una decena de novelas publicadas, ha recibido múltiples galardones como el Premio Nacional de Narrativa (2012) por su novela Los enamoramientos y el Giuseppe Tomasi di Lampedusa, otorgado en 2014. Nota curricular tomada de El país

Del libro Mala índole (Algafuara, 2012)
Disponible en Casa del libro

Ilustración | Hernan Marin