BLANCO La cultura desde lo independiente y lo institucional[1] | Daniel Medina


Comencé a escribir poesía a los 16 años. A los 17, guiado por no sé qué impulso juvenil y turbulento, decidí fundar una revista. Como es lógico, no tenía ni la menor idea del trabajo, las horas de sueño espantadas, los fracasos y las decepciones de ambos oficios. Más grave todavía: no me interesaba. Quería escribir y escribía, quería tener una revista y la tenía. En un inicio las cosas son así de simples.
            Se crea ciertamente por imitación, y también se ejecutan proyectos culturales por imitación, siguiendo modelos semivictoriosos y persiguiendo los pequeños triunfos. También buscamos llenar huecos, fundar lo que no hay y dar el pistoletazo de salida con la esperanza de que todos se pongan se correr.
Les platico ahora, no carente de turbulenta juventud y a un par de años de ese inicio, que con el paso del tiempo comprendí los motivos que me llevaron a precipitarme en la difusión literaria: Mérida, la ciudad en la que vivo, está prácticamente muerta en ese ámbito. Es decir, existen dependencias municipales y estatales que han logrado en mayor o menor medida un par de cosas; el problema es que por cada paso hacia adelante dan veinte hacia atrás. Los apoyos económicos para artistas se van desmoronando, “un peso partido por la mitad no tenemos”, dicen. Por eso existen los proyectos independientes en buena parte, por el rotundo fracaso de los que llevan en las manos el poder económico, existen por el apoderamiento de los espacios y por esa falta de compromiso.
            Ante esto, vale la pena detenerse. Dice Umberto Eco que la cultura necesita de la crisis para seguir avanzando y creo que, tomando esa idea, el proyecto independiente parte de la crisis para renovar el corpus literario y artístico. Si hablamos de todo lo que aporta al ambiente cultural, el proyecto independiente resulta básico para entender los panoramas actuales. He visto, por ejemplo, ciertos grupos de poder copiar descaradamente modelos originales de este tipo; hay otros más sofisticados que suelen fichar el proyecto y lo transforman, claro, de lo independiente a lo institucional. En cierto sentido, existe una enorme necesidad de que existan estos dos tipos de propuestas, y no como si una fuera la correcta y la otra el doppelgänger monstruosamente repetido sino que, pienso, son absolutamente complementarias. Cada una tiene sus aportes, sus propuestas particulares cuya magnitud depende de dos cosas: persistencia y dinero.
            Si algo posee el proyecto independiente es una enorme dosis de persistencia, unas ganas (esa palabra mágica) de romperlo todo y mejorar a cuentagotas; del otro lado, el proyecto de institución tiene la capacidad económica de mover casi cualquier cosa, traer, llevar, elevar, todo puede hacerse, desde ese ángulo, con el factor económico. También es cierto que las grandes propuestas editoriales mexicanas, las más apreciadas y valiosas, son las independientes. Los motivos, me parece, son por demás obvios: los grupos de trabajo poseen confianza, rigor crítico y en ellos habita un espíritu de equipo combativo y por ello el fin del camino se ve lejano.
            Cuento ahora una amarga experiencia: hace un par de años, cuando inició el proyecto de revista electrónica que dirijo, recibí una invitación de cierta parte del órgano gubernamental para una reunión. Extrañado, acepté. Pasaron los días, los intercambios de correos y mensajes, hasta que llegó el día: la propuesta de aquella institución era darme dinero para hacer de la revista “algo serio, algo que valga la pena, algo que sí se vea bien, algo que interese y puede ser repartido de mano en mano”, esas fueron sus palabras. Su idea era brillante: imprimir la revista a condición de tapizar los contenidos de cuestiones políticas. No tengo ni la menor idea de a quién se le ocurrió, en ese grupo de gentes, semejante genialidad. Les contesté amablemente que no porque considero que imprimir una revista que en el formato electrónico ya tiene cierto impacto es un franco retroceso, además de lo aberrante de colocar propaganda de partidos políticos junto a textos literarios. Ya suficientes tenemos en el país. Como es lógico, perdí cualquier contacto con esa institución.
            Si a los 16 y los 17 años más de un abuelo de las letras yucatecas –de esos que no escriben pero alguna vez lo hicieron detrás de su puesto burocrático– se burló de la propuesta de revista que preparé con un equipo de trabajo, cuando a los 18 decidimos agrandar la idea y llevar un proyecto de publicación periódica al de un sello editorial digital, nos llovieron todo tipo de pedradas. Hasta este punto y tomando en cuenta el contexto, aquello (las mentadas de madre, la grosería) resulta ser una señal de buen camino en Yucatán. Al afianzar y formalizar nuestro proyecto, comenzaron a surgir otras revistas y, junto a las poquísimas existentes, termina formándose algo similar a una resistencia, y digo similar porque al menos desde mi visión no estoy resistiendo, sino generando un algo desde cero, plantando algo en un terreno falsamente infértil.
            Junto a las revistas y sellos editoriales, comenzaron a surgir más foros, algunas galerías y festivales independientes; proyectos ajenos a Mérida comenzaron a asentarse en el estado. El asunto comenzó a fluir mejor. En el mismo contexto, el Ayuntamiento decide casi acabar con su famosa convocatoria de Fondo Editorial, llevándola de mala a ridícula. Otras propuestas medianamente valiosas de la institución van en declive. Es ahí donde explotan los proyectos culturales como las únicas formas de verdadera difusión y encuentro con la literatura: porque la sinceridad suele darse en lo independiente, lejos del dinero y el poder de los gigantes.
            Ahora bien, nosotros, quienes ejecutamos el proyecto cultural en el plano independiente, también nos equivocamos. Es cierto. Nuestros errores suelen no exponerse tanto e incluso se perdonan por su raíz de emprendimiento.  Lo que sí resulta imperdonable, atroz y absurdo es que la institución explote la cultura para su beneficio, como ha pasado recientemente en la ciudad blanca, blanquísima, donde cada mes hay festivales culturales de gobierno bajo la ilusión de promover la cultura Maya, cuando el hombre de los pueblos originarios está fuera del panorama no sólo cultural sino social, es manipulado y degradado en su propio nombre. En esta misma ciudad tan blanquísima y pura, solemos quejarnos también de la centralización y norteñización de la cultura, pero claro que a nivel estatal existe una centralización: Yucatán, en materia de cultura, se reduce a Mérida.
La propuesta independiente tiene el don de la diversidad y de la fundación de lo que parece ser imposible.
            Existirá una alianza entre lo institucional y lo independiente cuando resulte necesario y el diálogo entre ambos caiga en manos de gente cuerda y preparada. Pienso que, al menos en la actualidad cultural, estamos perfectamente bien habitando los extremos. Ni tú, ni yo sino ellos y la materia artística. Mientras no se genere una crisis tan poderosa como para provocar la unión, los dos polos seguirán ostentando su lugar aunque pendientes del otro, siempre vigilantes, aprendiendo de lo que se debe y no se debe hacer por la cultura. Hasta que eso pase, seguiremos trabajando guiados por la intuición, el deseo y una enorme dosis de lo que llamamos persistencia.


DANIEL MEDINA (Mérida, 1996). Estudia la licenciatura en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha colaborado en diversos medios digitales e impresos como Periódico de Poesía, La Gualdra (suplemento cultural de La Jornada Zacatecas) y Blanco Móvil. Obtuvo el Premio INBA-CEDART de Poesía 100 Años de Letras Mexicanas 2014, el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Mención Honorífica en el Premio Internacional Caribe-Isla Mujeres de Poesía 2015 por Casa de las flores (BDV, 2016) y el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 por Una extraña música. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al italiano. Dirige Ediciones O



[1] El presente texto fue presentado en la mesa panel “El fuego de Prometeo: Nuevos proyectos independientes”, en el marco del VIII Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes realizado en Monterrey, Nuevo León, México, en octubre de 2017.

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