MINIFICCIÓN

Algunas brevedades sobre el amor | Ricardo Alberto Bugarín

CUENTO

El doctor | Servando Clemens

POESÍA

El hombre primitivo | Ihovan Pineda

FOTOGRAFÍA

Las primeras fotografías eróticas de Félix Jacques Moulin y Auguste Belloc

MINIFICCIÓN

Cuatro historias breves | Varios autores

ACERCAMIENTOS Del lado de Cervantes | Rodolfo Alonso

Viñeta de ’Don Quijote’, de Cervantes y Rob Davis
No en sólo una sino en varias ocasiones, y algunas de ellas incluso en estas mismas páginas, me tocó aludir en los últimos tiempos, ocupándome de versiones al castellano de poesía extranjera, a ese doble círculo de ansiedad en que dicha labor se incluye, y al que me vi tentado de intentar definir como la utopía traductora. Porque, si por un lado resulta casi absolutamente imposible pretender trasladar a otra lengua un poema logrado que, para serlo, ha de estar precisamente fundido en forma indiscernible con la suya, hecho un solo cuerpo con ella, en ella, por el otro se vuelve también altamente deseable, casi atávica y en muchos sentimientos sumamente fecunda la recurrente tentación de la traducirlo.

En nada de ello pensaba cuando me topé, no hace mucho, mientras me daba el gustazo de releer –con enorme felicidad, con infinito placer- el Quijote, con un inesperado, por su olvido, argumento de peso a mi favor. En el memorable capítulo sexto donde se trata del agudo escrutinio que de la biblioteca del protagonista hacen el cura y el barbero de su aldea, sin duda un maravilloso ejemplo de la más acerada, ingeniosa y poco complaciente crítica literaria, Cervantes pone en boca del cura entre inquisidor y adicto estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieran volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”.

Tras de lo cual sólo me restaría agregar, no sin satisfacción, claro: Quod erat demonstrandum.


Texto tomado del libro Defensa de la poesía. Universidad Veracruzana / Universidad Iberoamericana Torreón. Col. Biblioteca. México, 2014. 

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Rodolfo Alonso (Buenos Aires, Argentina, 1934). Poeta, traductor, ensayista con más de 30 libros, es una voz reconocida de la poesía latinoamericana y primer traductor de Fernando Pessoa y sus heterónimos. Tradujo además a grandes poetas del francés, italiano, portugués y gallego. Con prólogo de Lêdo Ivo, publicó en 2011 sus Poemas pendientes.

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POESÍA VISUAL Callar las palabras afiladas | Silvia López Gándara



SILVIA LÓPEZ GÁNDARA. Torreón, Coahuila, México. Psicóloga, poeta y pintora. Es responsable del sitio Psimarte galería que mantiene desde el 2011. Ha participado en diversas exposiciones individuales y colectivas. 


POESÍA Las bicicletas de Zagora | Lirio Garduño-Buono


Son siluetas dibujadas
en lo desnudo del terreno.
Escurre el día
y en su final,
andrajosos esgrimen
bicicletas miniatura.
A su vez montados
en la velocidad creciente
de dos ruedas,
llegan victoriosos.
Quieren vender
sus juguetes de sombra,
consiguen sólo
vestirnos de terror
en aquel suelo mineral,
bajo un último sol
de la prehistoria.

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Lirio Garduño-Buono. Nació en el DF en 1960. Formó parte de la “Asamblea de Poetas Jóvenes de México”, de Gabriel Zaid (S. XXI, 1981). Ha publicado Un viaje (UG, 2001); El duende de las cosas repetidas (La Rana, 2006); Historias Naturales, con Nina Buono (Casa Municipal de la Cultura de Gto, 2007); Retratos pintados con  agua (IQCA, 2011); Historia de sueños y señales (La Rana, álbum ilustrado para niños, 2013); Visiones (Gobierno de Querétaro, 2015). En 2001 fundó la Sala de Lectura “Perro Azul” en Sn. Isidro, Guanajuato, que funciona hasta la fecha. Trabajó con adolescentes en el ex Tutelar de Guanajuato, como instructora de arte y literatura (2004-2008). Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén en 2009 (Universidad de Q. Roo y la UEAC) con el libro Memorias de la Ropa y el Premio de Poesía León en 2011. Habla cinco idiomas y medio. Toca muy mal el piano.

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RELATO El matadero | Esteban Echeverría


A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo, las que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración, pasaban por los años de Cristo del 183... Estábamos, a más, en cuaresma, época en que escasea la carne en Buenos Aires, porque la Iglesia, adoptando el precepto de Epicteto, sustine, abstine (sufre, abstente), ordena vigilia y abstinencia a los estómagos de los fieles, a causa de que la carne es pecaminosa, y, como dice el proverbio, busca a la carne. Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo.
Los abastecedores, por otra parte, buenos federales, y por lo mismo buenos católicos, sabiendo que el pueblo de Buenos Aires atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento, sólo traen en días cuaresmales al matadero, los novillos necesarios para el sustento de los niños y de los enfermos dispensados de la abstinencia por la Bula y no con el ánimo de que se harten algunos herejotes, que no faltan, dispuestos siempre a violar las mandamientos carnificinos de la Iglesia, y a contaminar la sociedad con el mal ejemplo.
Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata creciendo embravecido empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando la misericordia del Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias. Los predicadores atronaban el templo y hacían crujir el púlpito a puñetazos. Es el día del juicio, decían, el fin del mundo está por venir. La cólera divina rebosando se derrama en inundación. ¡Ay de vosotros, pecadores! ¡Ay de vosotros unitarios impíos que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! ¡Ah de vosotros si no imploráis misericordia al pie de los altares! Llegará la hora tremenda del vano crujir de dientes y de las frenéticas imprecaciones. Vuestra impiedad, vuestras herejías, vuestras blasfemias, vuestros crímenes horrendos, han traído sobre nuestra tierra las plagas del Señor. La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos.
Las pobres mujeres salían sin aliento, anonadadas del templo, echando, como era natural, la culpa de aquella calamidad a los unitarios.
Continuaba, sin embargo, lloviendo a cántaros, y la inundación crecía acreditando el pronóstico de los predicadores. Las campanas comenzaron a tocar rogativas por orden del muy católico Restaurador, quien parece no las tenía todas consigo. Los libertinos, los incrédulos, es decir, los unitarios, empezaron a amedrentarse al ver tanta cara compungida, oír tanta batahola de imprecaciones. Se hablaba ya, como de cosa resuelta, de una procesión en que debía ir toda la población descalza y a cráneo descubierto, acompañando al Altísimo, llevado bajo palio por el obispo, hasta la barranca de Balcarce, donde millares de voces conjurando al demonio unitario de la inundación, debían implorar la misericordia divina.
Feliz, o mejor, desgraciadamente, pues la cosa habría sido de verse, no tuvo efecto la ceremonia, porque bajando el Plata, la inundación se fue poco a poco escurriendo en su inmenso lecho sin necesidad de conjuro ni plegarias.
Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas, y acontecieron cosas que parecen soñadas.
No quedó en el matadero ni un solo ratón vivo de muchos millares que allí tenían albergue. Todos murieron o de hambre o ahogados en sus cuevas por la incesante lluvia. Multitud de negras rebusconas de achuras, como los caranchos de presa, se desbandaron por la ciudad como otras tantas arpías prontas a devorar cuanto hallaran comible. Las gaviotas y los perros, inseparables rivales suyos en el matadero, emigraron en busca de alimento animal. Porción de viejos achacosos cayeron en consunción por falta de nutritivo caldo; pero lo más notable que sucedió fue el fallecimiento casi repentino de unos cuantos gringos herejes que cometieron el desacato de darse un hartazgo de chorizos de Extremadura, jamón y bacalao y se fueron al otro mundo a pagar el pecado cometido por tan abominable promiscuación.
Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos padres contra toda clase de nutrición animal y de promiscuación en aquellos días destinados por la Iglesia al ayuno y 1a penitencia. Se originó de aquí una especie de guerra intestina entre los estómagos y las conciencias, atizada por el inexorable apetito y las no menos inexorables vociferaciones de los ministros de la Iglesia, quienes, como es su deber, no transigen con vicio alguno que tienda a relajar las costumbres católicas: a lo que se agregaba el estado de flatulencia intestinal de los habitantes, producido por el pescado y los porotos y otros alimentos algo indigestos.
Esta guerra se manifestaba por sollozos y gritos descompasados en la peroración de los sermones y por rumores y estruendos subitáneos en las casas y calles de la ciudad o dondequiera concurrían gentes. Alarmóse un tanto el gobierno, tan paternal como previsor, del Restaurador, creyendo aquellos tumultos de origen revolucionario y atribuyéndolos a los mismos salvajes unitarios, cuyas impiedades, según los predicadores federales, habían traído sobre el país la inundación de la cólera divina; tomó activas providencias, desparramó sus esbirros por la población, y por último, bien informado, promulgó un decreto tranquilizador de las conciencias y de los estómagos, encabezado por un considerando muy sabio y piadoso para que a todo trance y arremetiendo por agua y todo, se trajese ganado a los corrales.
En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!
Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.
Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.
-Chica, pero gorda -exclamaban-. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!
Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.
El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga, rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne, porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo.
Siguió la matanza y en un cuarto de hora cuarenta y nueve novillos se hallaban tendidos en la playa del matadero, desollados unos, los otros por desollar. El espectáculo que ofrecía entonces era animado y pintoresco aunque reunía todo lo horriblemente feo, inmundo y deforme de una pequeña clase proletaria peculiar del Río de la Plata. Pero para que el lector pueda percibirlo a un golpe de ojo preciso es hacer un croquis de la localidad.
El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al Sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el Este. Esta playa con declive al Sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce, recoge en tiempo de lluvia, toda la sangraza seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado.
Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento. En la casilla se hace la recaudación del impuesto de corrales, se cobran las multas por violación de reglamentos y se sienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador. Fácil es calcular qué clase de hombre se requiere para el desempeño de semejante cargo. La casilla, por otra parte, es un edificio tan ruin y pequeño que nadie lo notaría en los corrales a no estar asociado su nombre al del terrible juez y a no resaltar sobre su blanca pintura los siguientes letreros rojos: "Viva la Federación", "Viva el Restaurador y la heroína doña Encarnación Ezcurra", "Mueran los salvajes unitarios". Letreros muy significativos, símbolo de la fe política y religiosa de la gente del matadero. Pero algunos lectores no sabrán que la tal heroína es la difunta esposa del Restaurador, patrona muy querida de los carniceros, quienes, ya muerta, la veneraban como viva por sus virtudes cristianas y su federal heroísmo en la revolución contra Balcarce. Es el caso que un aniversario de aquella memorable hazaña de la mazorca, los carniceros festejaron con un espléndido banquete en la casilla a la heroína, banquete al que concurrió con su hija y otras señoras federales, y que allí en presencia de un gran concurso ofreció a los señores carniceros en un solemne brindis, su federal patrocinio, por cuyo motivo ellos la proclamaron entusiasmados patrona del matadero, estampando su nombre en las paredes de la casilla donde se estará hasta que lo borre la mano del tiempo.
La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distinta. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula, y entremezclados con ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos lo ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. Esto se notaba al principio de la matanza.
Pero a medida que adelantaba, la perspectiva variaba; los grupos se deshacían, venían a formarse tomando diversas actitudes y se desparramaban corriendo como si en el medio de ellos cayese alguna bala perdida o asomase la quijada de algún encolerizado mastín. Esto era, que inter el carnicero en un grupo descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otro los cuartos en los ganchos a su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquél, de entre la chusma que ojeaba y aguardaba la presa de achura salía de cuando en cuando una mugrienta mano a dar un tarazón con el cuchillo al sebo o a los cuartos de la res, lo que originaba gritos y explosión de cólera del carnicero y el continuo hervidero de los grupos, dichos y gritería descompasada de los muchachos.
-Ahí se mete el sebo en las tetas, la tía -gritaba uno.
-Aquél lo escondió en el alzapón -replicaba la negra.
-Che, negra bruja, salí de aquí antes de que te pegue un tajo -exclamaba el carnicero.
-¿Qué le hago, ño Juan? ¡No sea malo! Yo no quiero sino la panza y las tripas.
-Son para esa bruja: a la m...
-¡A la bruja! ¡A la bruja! -repitieron los muchachos-: ¡Se lleva la riñonada y el tongorí! - Y cayeron sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendas pelotas de barro.
Hacia otra parte, entretanto, dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un animal; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y resbalando de repente sobre un charco de sangre, caía a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hilera cuatrocientas negras destejiendo sobre las faldas el ovillo y arrancando uno a uno los sebitos que el avaro cuchillo del carnicero había dejado en la tripa como rezagados, al paso que otras vaciaban panzas y vejigas y las henchían de aire de sus pulmones para depositar en ellas, luego de secas, la achura.
Varios muchachos gambeteando a pie y a caballo se daban de vejigazos o se tiraban bolas de carne, desparramando con ellas y su algazara la nube de gaviotas que columpiándose en el aire celebraban chillando la matanza. Oíanse a menudo a pesar del veto del Restaurador y de la santidad del día, palabras inmundas y obscenas, vociferaciones preñadas de todo el cinismo bestial que caracteriza a la chusma de nuestros mataderos, con las cuales no quiero regalar a los lectores.
De repente caía un bofe sangriento sobre la cabeza de alguno, que de allí pasaba a la de otro, hasta que algún deforme mastín lo hacía buena presa, y una cuadrilla de otros, por si estrujo o no estrujo, armaba una tremenda de gruñidos y mordiscones. Alguna tía vieja salía furiosa en persecución de un muchacho que le había embadurnado el rostro con sangre, y acudiendo a sus gritos y puteadas los compañeros del rapaz, la rodeaban y azuzaban como los perros al toro y llovían sobre ella zoquetes de carne, bolas de estiércol, con groseras carcajadas y gritos frecuentes, hasta que el juez mandaba restablecer el orden y despejar el campo.
Por un lado dos muchachos se adiestraban en el manejo del cuchillo tirándose horrendos tajos y reveses; por otro cuatro ya adolescentes ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda y un mondongo que habían robado a un carnicero; y no de ellos distante, porción de perros flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado envuelto en barro. Simulacro en pequeño era éste del modo bárbaro con que se ventilan en nuestro país las cuestiones y los derechos individuales y sociales. En fin, la escena que se representaba en el matadero era para vista, no para escrita.
Un animal había quedado en los corrales de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo. Llególe su hora. Dos enlazadores a caballo penetraron al corral en cuyo contorno hervía la chusma a pie, a caballo y horquetada sobre sus ñudosos palos. Formaban en la puerta el más grotesco y sobresaliente grupo varios pialadores y enlazadores de a pie con el brazo desnudo y armado del certero lazo, la cabeza cubierta con un pañuelo punzó y chaleco y chiripá colorado, teniendo a sus espaldas varios jinetes y espectadores de ojo escrutador y anhelante.
El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo y no había demonio que lo hiciera salir del pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible pialarlo.
Gritánbanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta.
Los dicharachos, las exclamaciones chistosas y obscenas rodaban de boca en boca y cada cual hacía alarde espontáneamente de su ingenio y de su agudeza excitado por el espectáculo o picado por el aguijón de alguna lengua locuaz.
-Hi de p... en el toro.
-Al diablo los torunos del Azul.
-Malhaya el tropero que nos da gato por liebre.
-Si es novillo.
-¿No está viendo que es toro viejo?
-Como toro le ha de quedar. ¡Muéstreme los c... si le parece, c...o!
-Ahí los tiene entre las piernas. ¿No los ve, amigo, más grandes que la cabeza de su castaño; ¿o se ha quedado ciego en el camino?
-Su madre sería la ciega, pues que tal hijo ha parido. ¿No ve que todo ese bulto es barro?
-Es emperrado y arisco como un unitario. -Y al oír esta mágica palabra todos a una voz exclamaron-: ¡Mueran los salvajes unitarios!
-Para el tuerto los h...
-Sí, para el tuerto, que es hombre de c... para pelear con los unitarios.
-El matahambre a Matasiete, degollador de unitarios. ¡Viva Matasiete!
-¡A Matasiete el matahambre!
-Allá va -gritó una voz ronca, interrumpiendo aquellos desahogos de la cobardía feroz-. ¡Allá va el toro!
-¡Alerta! ¡Guarda los de la puerta! ¡Allá va furioso como un demonio!
Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entre ambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Dióle el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo del asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.
-Se cortó el lazo -gritaron unos-: ¡allá va el toro!
Pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo fue como un relámpago.
Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando:
-¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda!
-¡Enlaza, Siete pelos!
-¡Que te agarra, botija!
-¡Va furioso; no se le pongan delante!
-¡Ataja, ataja, morado!
-¡Déle espuela al mancarrón!
-¡Ya se metió en la calle sola!
-¡Que lo ataje el diablo!
El tropel y vocifería era infernal. Unas cuantas negras achuradoras sentadas en hilera al borde del zanjón oyendo el tumulto se acogieron y agazaparon entre las panzas y tripas que desenredaban y devanaban con la paciencia de Penélope, lo que sin duda las salvó, porque el animal lanzó al mirarlas un bufido aterrador, dio un brinco sesgado y siguió adelante perseguido por los jinetes. Cuentan que una de ellas se fue de cámaras; otra rezó diez salves en dos minutos, y dos prometieron a San Benito no volver jamás a aquellos malditos corrales y abandonar el oficio de achuradoras. No se sabe si cumplieron la promesa.
El toro entretanto tomó hacia la ciudad por una larga y angosta calle que parte de la punta más aguda del rectángulo anteriormente descripto, calle encerrada por una zanja y un cerco de tunas, que llaman sola por no tener más de dos casas laterales y en cuyo apozado centro había un profundo pantano que tomaba de zanja a zanja. Cierto inglés, de vuelta de su saladero vadeaba este pantano a la sazón, paso a paso, en un caballo algo arisco, y sin duda iba tan absorto en sus cálculos que no oyó el tropel de jinetes ni la gritería sino cuando el toro arremetía al pantano. Azoróse de repente su caballo dando un brinco al sesgo y echó a correr dejando al pobre hombre hundido media vara en el fango. Este accidente, sin embargo, no detuvo ni refrenó la carrera de los perseguidores del toro, antes al contrario, soltando carcajadas sarcásticas:
-Se amoló el gringo; levántate, gringo -exclamaron, y cruzando el pantano amasando con barro bajo las patas de sus caballos, su miserable cuerpo. Salió el gringo, como pudo, después a la orilla, más con la apariencia de un demonio tostado por las llamas del infierno que un hombre blanco pelirrubio. Más adelante al grito de ¡al toro, al toro! cuatro negras achuradoras que se retiraban con su presa se zambulleron en la zanja llena de agua, único refugio que les quedaba.
El animal, entretanto, después de haber corrido unas veinte cuadras en distintas direcciones azorando con su presencia a todo viviente, se metió por la tranquera de una quinta donde halló su perdición. Aunque cansado, manifestaba bríos y colérico ceño; pero rodeábalo una zanja profunda y un tupido cerco de pitas, y no había escape. Juntáronse luego sus perseguidores que se hallaban desbandados y resolvieron llevarlo en un señuelo de bueyes para que expiase su atentado en el lugar mismo donde lo había cometido.
Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde la poca chusma que había
quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el cementerio.
Enlazaron muy luego por las astas al animal que brincaba haciendo hincapié y lanzando roncos bramidos. Echáronle, uno, dos, tres piales; pero infructuosos: al cuarto quedó prendido en una pata: su brío y su furia redoblaron; su lengua estirándose convulsiva arrojaba espuma, su nariz humo, sus ojos miradas encendidas.
-¡Desjarreten ese animal! -exclamó una voz imperiosa. Matasiete se tiró al punto del caballo, cortóle el garrón de una cuchillada y gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola en seguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida, exhaló algunos bramidos roncos, vaciló y cayó el soberbio animal entre los gritos de la chusma que proclamaba a Matasiete vencedor y le adjudicaba en premio el matambre. Matasiete extendió, como orgulloso, por segunda vez el brazo y el cuchillo ensangrentado y se agachó a desollarlo con otros compañeros.
Faltaba que resolver la duda sobre los órganos genitales del muerto, clasificado provisoriamente de toro por su indomable fiereza; pero estaban todos tan fatigados de la larga tarea que la echaron por lo pronto en olvido. Mas de repente una voz ruda exclamó:
-¡Aquí están los huevos! -Y sacando de la barriga del animal y mostrándolos a los espectadores, dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro. La risa y la charla fue grande; todos los incidentes desgraciados pudieron fácilmente explicarse. Un toro en el Matadero era cosa muy rara, y aún vedada. Aquél, según reglas de buena policía debió arrojarse a los perros; pero había tanta escasez de carne y tantos hambrientos en la población, que el señor Juez tuvo a bien hacer ojo lerdo.
En dos por tres estuvo desollado, descuartizado y colgado en la carreta el maldito toro. Matasiete colocó el matambre bajo el pellón de su recado y se preparaba a partir. La matanza estaba concluida a las doce, y la poca chusma que había presenciado hasta el fin, se retiraba en grupos de a pie y de a caballo, o tirando a la cincha algunas carretas cargadas de carne.
Mas de repente la ronca voz de un carnicero gritó:
-¡Allí viene un unitario! -y al oír tan significativa palabra toda aquella chusma se detuvo como herida de una impresión subitánea.
-¿No le ven la patilla en forma de U? No trae divisa en el fraque ni luto en el sombrero.
-Perro unitario.
-Es un cajetilla.
-Monta en silla como los gringos.
-La mazorca con él
-¡La tijera!
-Es preciso sobarlo.
-Trae pistoleras por pintar.
-Todos estos cajetillas unitarios son pintores como el diablo.
-¿A que no te le animás, Matasiete?
-¿A qué no?
-A que sí.
Matasiete era hombre de pocas palabras y de mucha acción. Tratándose de violencia, de agilidad, de destreza en el hacha, el cuchillo o el caballo, no hablaba y obraba. Lo habían picado: prendió la espuela a su caballo y se lanzó a brida suelta al encuentro del unitario.
Era éste un joven como de veinticinco años de gallarda y bien apuesta persona que mientras salían en borbotón de aquellas desaforadas bocas las anteriores exclamaciones trotaba hacia Barracas, muy ajeno de temer peligro alguno. Notando empero, las significativas miradas de aquel grupo de dogos de matadero, echa maquinalmente la diestra sobre las pistoleras de su silla inglesa, cuando una pechada al sesgo del caballo de Matasiete lo arroja de los lomos del suyo tendiéndolo a la distancia boca arriba y sin movimiento alguno.
-¡Viva Matasiete! -exclamó toda aquella chusma cayendo en tropel sobre la víctima como los caranchos rapaces sobre la osamenta de un buey devorado por el tigre.
Atolondrado todavía el joven, fue lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres feroces, hacia su caballo que permanecía inmóvil no muy distante a buscar en sus pistolas el desagravio y la venganza. Matasiete dando un salto le salió al encuentro y con fornido brazo asiéndolo de la corbata lo tendió en el suelo tirando al mismo tiempo la daga de la cintura y llevándola a su garganta.
Una tremenda carcajada y un nuevo viva estentóreo volvió a vitorearlo.
¡Qué nobleza de alma! ¡Qué bravura en los federales! siempre en pandillas cayendo como buitres sobre la víctima inerte.
-Degüéllalo, Matasiete: quiso sacar las pistolas. Degüéllalo como al toro.
-Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
-Tiene buen pescuezo para el violín.
-Tocale el violín
-Mejor es la resbalosa.
-Probemos, dijo Matasiete y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído, mientras con la rodilla izquierda le comprimía el pecho y con la siniestra mano le sujetaba por los cabellos.
-No, no lo degüellen -exclamó de lejos la voz imponente del Juez del Matadero que se acercaba a caballo.
-A la casilla con él, a la casilla. Preparen la mazorca y las tijeras. ¡Mueran los salvajes unitarios! ¡Viva el Restaurador de las leyes!
-¡Viva Matasiete!
-¡Mueran! ¡Vivan! -repitieron en coro los espectadores y atándolo codo con codo, entre moquetes y tirones, entre vociferaciones e injurias, arrastraron al infeliz joven al banco del tormento como los sayones al Cristo.
La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa de la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero. Notábase además en un rincón otra mesa chica con recado de escribir y un cuaderno de apuntes y porción de sillas entre las que resaltaba un sillón de brazos destinado para el Juez. Un hombre, soldado en apariencia, sentado en una de ellas cantaba al son de la guitarra la resbalosa, tonada de inmensa popularidad entre los federales, cuando la chusma llegando en tropel al corredor de la casilla lanzó a empellones al joven unitario hacia el centro de la sala.
-A ti te toca la resbalosa -gritó uno.
-Encomienda tu alma al diablo.
-Está furioso como toro montaraz.
-Ya le amansará el palo.
-Es preciso sobarlo.
-Por ahora verga y tijera.
-Si no, la vela.
-Mejor será la mazorca.
-Silencio y sentarse -exclamó el Juez dejándose caer sobre su sillón. Todos obedecieron, mientras el joven de pie encarando al juez exclamó con voz preñada de indignación.
-Infames sayones, ¿qué intentan hacer de mí?
-¡Calma! -dijo sonriendo el juez-; no hay que encolerizarse. Ya lo verás.
El joven, en efecto, estaba fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión. Su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón, la agitación de sus nervios. Sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita, su negro y lacio cabello se levantaba erizado. Su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias y la respiración anhelante de sus pulmones.
-¿Tiemblas? -le dijo el juez.
-De rabia porque no puedo sofocarte entre mis brazos.
-¿Tendrías fuerza y valor para eso?
-Tengo de sobra voluntad y coraje para ti, infame.
-A ver las tijeras de tusar mi caballo: túsenlo a la federala.
Dos hombres le asieron, uno de la ligadura del brazo, otro de la cabeza y en un minuto cortáronle la patilla que poblaba toda su barba por bajo, con risa estrepitosa de sus espectadores.
-A ver -dijo el Juez-, un vaso de agua para que se refresque.
-Uno de hiel te haría yo beber, infame.
Un negro petiso púsosele al punto delante con un vaso de agua en la mano. Dióle el joven un puntapié en el brazo y el vaso fue a estrellarse en el techo salpicando el asombrado rostro de los espectadores.
-Este es incorregible.
-Ya lo domaremos.
-Silencio -dijo el juez-, ya estás afeitado a la federala, sólo te falta el bigote. Cuidado con olvidarlo. Ahora vamos a cuentas. ¿Por qué no traes divisa?
-Porque no quiero.
-¿No sabes que lo manda el Restaurador?
-La librea es para vosotros esclavos, no para los hombres libres.
-A los libres se les hace llevar a la fuerza.
-Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas.
-¿No temes que el tigre te despedace?
-Lo prefiero a que maniatado me arranquen como el cuervo, una a una las entrañas.
-¿Por qué no llevas luto en el sombrero por la heroína?
-Porque lo llevo en el corazón por la Patria, ¡por la Patria que vosotros habéis asesinado, infames!
-¿No sabes que así lo dispuso el Restaurador?
-Lo dispusísteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame.
-¡Insolente! Te has embravecido mucho. Te haré cortar la lengua si chistas.
-Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada dénle verga, bien atado sobre la mesa.
Apenas articuló esto el Juez, cuatro sayones salpicados de sangre, suspendieron al joven y lo tendieron largo a largo sobre la mesa comprimiéndole todos sus miembros.
-Primero degollarme que desnudarme; infame canalla.
Atáronle un pañuelo a la boca y empezaron a tironear sus vestidos. Encogíase el joven, pateaba, hacía rechinar los dientes. Tomaban ora sus miembros la flexibilidad del junco, ora la dureza del fierro y su espina dorsal era el eje de movimiento parecido al de la serpiente. Gotas de sudor fluían por su rostro grandes como perlas; echaban fuego sus pupilas, su boca espuma, y las venas de su cuello y frente negreaban en relieve sobre su blanco cutis como si estuvieran repletas de sangre.
-Atenlo primero -exclamó el Juez.
-Está rugiendo de rabia -articuló un sayón.
En un momento liaron sus piernas en ángulo a los cuatro pies de la mesa volcando su cuerpo boca abajo. Era preciso hacer igual operación con las manos, para lo cual soltaron las ataduras que las comprimían en la espalda. Sintiéndolas libres el joven, por un movimiento brusco en el cual pareció agotarse toda su fuerza y vitalidad, se incorporó primero sobre sus brazos, después sobre sus rodillas y se desplomó al momento murmurando:
-Primero degollarme que desnudarme, infame, canalla.
Sus fuerzas se habían agotado. Inmediatamente quedó atado en cruz y empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven, y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa. Los sayones quedaron inmóviles y los espectadores estupefactos.
-Reventó de rabia el salvaje unitario -dijo uno.
-Tenía un río de sangre en las venas -articuló otro.
-Pobre diablo: queríamos únicamente divertirnos con él y tomó la cosa demasiado a lo serio -exclamó el Juez frunciendo el ceño de tigre-. Es preciso dar parte, desátenlo y vamos.
Verificaron la orden; echaron llave a la puerta y en un momento se escurrió la chusma en pos del caballo del Juez cabizbajo y taciturno.
Los federales habían dado fin a una de sus innumerables proezas.
En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a verga y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse qué federación saldría de sus cabezas y cuchillas. Llamaban ellos salvaje unitario, conforme a la jerga inventada por el Restaurador, patrón de la cofradía, a todo el que no era degollador, carnicero, ni salvaje, ni ladrón; a todo hombre decente y de corazón bien puesto, a todo patriota ilustrado amigo de las luces y de la libertad; y por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el Matadero.

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José Esteban Antonio Echeverría Espinosa (1805-1851). Fue un escritor y poeta argentino, que introdujo el romanticismo en su país. Perteneciente a la denominada Generación del 37, es autor de obras como Dogma Socialista, La cautiva y El matadero, entre otras.

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Cuento tomado de Biblioteca digital Argentina.

MINIFICCIONES Daniel Zetina







VENGANZA


Cansado de una larga historia de maltratos y asesinatos dolosos, por fin se decidió y el gato mató a la curiosidad.








LOS GUARDABOSQUES


El incendio se detuvo cuando llegó a una hilera de sauces llorones.









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Daniel Zetina. Escribe, edita, canta, da talleres. Ha publicado poemarios; el que más le gusta es Alabanza del libro (Astrolabio, 2013). También ha publicado libros de cuento: Babilonia contra la fe, Paradojas y la novela Cuarto en renta (Ediciones Clandestino, 2012). Desde 2004 conduce Ediciones Zetina como un sello y laboratorio editorial. Ahora vive en Querétaro, escribe poesía, minificción. Está enamorado. @DanieloZetina

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POESÍA Verdades en soledad | Roberto Sebastián Nava Fabela


Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
el violento deseo de sufrir,
y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.”
Joaquín Pasos

I

La soledad viste

los días de zozobra
sediciosa de sueños,
mata el afán de ser.
Tiene andenes
donde pasa el instante lacónico,
la mudez nostálgica,
el sosiego del olvido.
Altiva pulsa al abrazar
el escarnio del silencio.
Su verdad:
rostro del abismo,
el desahogo
de mi palabra.

II

Cuando nos separamos
el mundo abrió
sus ojos de años
y vagabundos de la luz
quedamos en soledad.

III

Fue necesario separarnos
para seguir unidos,
más allá de esta historia,
más allá de estas palabras.
A escuchar otras verdades
nos fuimos en todas las voces.


***

Roberto Sebastián Nava Fabela. (1967) Toluca, Estado de México, México. Cursó un Diplomado en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz, A. C., México, Distrito Federal. Obtuvo tercer lugar en el Certamen Literario en homenaje a Chavela Vargas, 2012, con el poema "Canto en el alba", convocado por la editorial Río Arriba, México, Distrito Federal.  Sus libros más recientes son: Espacio visitado, 2007, Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Poemario. 1ª. y 2ª. edición 2008; Amor, tatuaje de la noche, (1991-2010), 2010, Editorial Norte/Sur. Poemario; Tiempo Remoto, 2013, Gaceta de autor, editorial Río Arriba por la Cultura A. C., Poemario. Poemas suyos han sido incluidos en numerosas antologías.


***

Imagen tomada de No hay como lo de uno

POESÍA Poemas | Paloma Serra Robles


OTRO INTENTO

Dejar atrás los árboles caídos,
las hojas, el olor agazapado en las calles de los pueblos,
visitar de nuevo en la memoria
lo vivido,
(no se está, se tiene).

No poder mirar nada más que adelante,
siempre con la cabeza alta, siempre expectante,
a que el futuro provea
algo de calor, de música, y de la luz anaranjada,
de la tierra rojiza,

de sonrisas abiertas,
algo de magia.


CEMENTERIO EN BOAVISTA

Postradas las palmeras, en el centro de la isla-desierto, cuyos troncos, arañados, arrancan arenas y son guarida de animales salvajes, como esos burros diminutos que nos observan.

Yacen aquí todas las palmeras, algunas tendidas al
viento,
otras con sus alas en tensión, hacia el oeste.
Las menos afortunadas se muestran decapitadas, vacías y solitarias, desangradas por culpa de los alcoholes.

Es este un lugar que merece todos los rezos, por el alma de las palmeras supervivientes del desierto, por el alma de las alas imperfectas en ramilletes como regalos de pascua lejanos,
en este punto remoto,
destinado a ser intermedio protegido
que devino improvisado camposanto.


Poemas tomados del libro Dejar África, Cuadernos del laberinto, Col.
Anaquel de poesía. No. 40. Madrid, España, 2014.

Fotografía  |  conocealautor.com

POESÍA Canto a Magdalena | Magda Orozco


*

Usted me escribe poemas
Mi nombre le atormenta hasta tarde en las mañanas y hoy también
Usted no me conoce no ha mirado los ojos grandes y galácticos
que salen de mi cabeza no sabe qué abanicos tan perfectos y dóciles y serviciales son mis pestañas si lo supiera si conociera a esta otra Magdalena a miles de nubes separada de usted lo juro con seguridad de muerte que la vida que hasta hoy conoce pasará a la nada
Sólo por oler mis ojos
No necesita más sólo debe conocer mis ojos
Métase en ellos
Y vea qué soy
Vea adentro de mis tejidos mis entrañas
Mis huesos mi sangre más que sangre es prolactina
Entre como gusano feliz de hartarse en alimento
Eso sea usted para mí un gusano que escribe mi nombre
Hace poemas
Y me imagina con cuerpo de otra la intrusa
Esa también tiene mi nombre
No la Magdalena de sus noches.

*

Se irá diciendo plegarias a las flores a los besos ella no hace más que
Matar mata a manos llenas con amor y dulce amor
Su sol para virgo y géminis juntos
Qué dirá la suerte piensa qué dirá el viento cuando nace agosto
Ese mes le recuerda a alguien
Augusto el liviano y frágil hombre de pestañas largas y mirada de niño
Su cuerpo dice plegarias
Porque harta está de ser para los muertos
Porque éstos no dicen nada ni lloran ni viven ni cantan
Sólo están ahí enterrados haciendo nacer margaritas con sus manos
Margaritas que ofreces Magdalena a tu propio vientre como esperanza
Ahí estás pequeña estúpida
Eres bomba de tiempo
Eres campo minado alacrán
Eres una muerta más
Magdalena en el panteón de la vida.

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Magda Orozco (Guadalajara, Jalisco, 1980). Licenciada en Filosofía. Autora del poemario La otra bruja escribe, editado por la secretaría de Cultura del Gobierno de Colima. Becaria en el año 2010, en el área de Literatura. Algunos de sus poemas aparecen en los libros Bailando sin sostén (edición cartonera de poesía erótica) y Del ala rosa (editado en 2008). Ha escrito en la revista Tierra Adentro y en diversos medios locales y nacionales. Recientemente el poema titulado "El perdón y las mariposas" fue seleccionado para figurar en una publicación de Ediciones El Viaje, en el marco del Festival del Maguey y el Pulque en el Sur de Jalisco. Actualmente es docente en la Universidad de Colima.

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RELATO Con los muertos | Jorge Jaramillo


La fiesta está habitada por la muerte
Octavio Paz

Alfonso se fue a dormir y despertó muerto. Lo supo porque no estaba solo y todos los que lo rodeaban eran puro hueso y sonreían sonrisas enormes.
     Había música de danzón, huapango y rumba. Había pan y azúcar, tequila y camote, y todos reían y bailaban y lloraban alborozados de contento.
     En un rincón apartado, una calaca vieja con sombrero mexicano y envuelta en un gabán tricolor, dormitaba, ajena a la algarabía. A sus pies, varias botellas vacías descansaban. Pálido y roncando, era el único que parecía triste. Alfonso no estaba triste. Estaba muerto.
     —Hola —saludó alguien.
     —Hola —saludó Alfonso.
     El que saludó era un calavera gordo y amarillento, lo que con los muertos pasa por ser rubicundo. Llevaba un cráneo de amaranto y miel en su mano descarnada y se lo tendió a Alfonso, quien lo aceptó sin reparo, como la cosa más natural del otro mundo.
     —Eres nuevo —dijo el calavera gordo.
     Alfonso no sabía si era una afirmación o una pregunta. Un poco de ambas cosas, tal vez.
     —Soy nuevo —dijo.
     —Me llamo Gutiérrez —dijo Gutiérrez.
     —Alfonso.
     —¿No te molesta? Digo, estar muerto. A algunos les molesta, se sienten confundidos, enojados o desinteresados. Para la mayoría es algo tan natural como antes respirar, pero no para todos.
     —No, estoy bien, gracias. Ya me lo esperaba.
     —Ándale, cómete tu calavera. No nos da hambre, pero estamos de fiesta.
     —¿Qué celebran?
     —La muerte, ¿qué otra cosa hay para celebrar?
     Ante la lógica de aquella ósea respuesta, Alfonso no tenía contrarréplica. Le dio una abundante mordida a su alegría y se sumó a la alharaca, haciendo sonar el esqueleto.
     —Hola, flaquito —le dijo una calavera guapa, de dientes muy blancos, quizá un poquito anoréxica.
     —Hola, chula, ¿cómo te llamas?
     —Hortensia, flaquito. ¿Quieres bailar?
     —Con mucho gusto —replicó Alfonso, tratando de figurarse si tendría alguna oportunidad de tronarle sus huesitos a la linda joven.
     La Hortensia se movía como una profesional, la cadencia de su cóccix lo hipnotizaba como una cobra a su nuevo amor y sustento, un segundo antes de clavarle un beso afilado y paralizador. La música terminó pero ni Alfonso ni La Hortensia se fijaron. Hasta que los cuetes tronaron, llenando de colores y luz el negro cielo, no se acordaron de sus muertes ni de sus vecinos.
     —¡Ah, qué mi Alfonso! —le dijo Gutiérrez llevándole una mano al omóplato. —Se nota que te gusta el bailongo, mi valedor.
     —Siempre fui bien bailador, mi buen. Nunca aprendí a moverme pero nunca dejé de intentarlo.     Creí que me moriría sin aprender, y sí, pero mira lo que son las cosas, ya muerto como que aprendí.
     —Bueno, ya va a ser hora de servir los tamales. Pásale a lo barrido —lo condujo por el patio hasta un comedor bien iluminado. El sabroso aroma de los tamales llenaba el espacio y, de tenerlas, les haría gruñir las tripas.
     Alfonso ocupó una silla marchita entre Margarita y Rosa, dos calacas gemelas.
     —Nosotras nos morimos a los diecisiete, ¿y tú?
     —No, pues yo, a los cuarenta y algo.
     —Nosotras nos caímos a un pozo, una atrás de la otra, ¿y tú?
     —Yo no sé, me fui a dormir y desperté tieso y sin carne.
     Jijijí, jajajá. La fiesta seguía y seguía, y Alfonso estaba cada vez más alegre, y el tequila y el mezcal no se le subían a la cabeza y la carne y el mole no lo llenaban y la música no se detenía más que para cambiar de música y la vida lúgubre y vieja se iba disolviendo en su descascarado cerebro.
     —Alfonso —llamó Nájera. Para entonces, el hielo estaba todo roto y la confianza fluía como el agave.
     »Alfonso, te quiero presentar a mi amigo. Es de tu tierra.
     Nájera se acercó acompañado de un huesudo jovial y parsimonioso, de barba afilada, todo ataviado de negro.
     —Manuel, éste es Alfonso. Es nuevo.
Alfonso se cambió de mano el jarro de curado de nuez. Antes de su muerte, no soportaba el sabor del pulque, mucho menos su textura. Pero ahora, era como si toda la vida lo hubiera bebido con placer.
     —Alfonso Fortuna, pa’ servirle.
     —Manuel Acuña —se dieron la mano—, un gusto.
     —¿No era usted un poeta?
     —Sí, pero cambié de oficio cuando me vine para acá.
     —¿A qué se dedica?
     —A la filosofía contemplativa.
     —¿Qué contempla?
     —Hoy, a don Martín Luna, el viejito de allá.
     Se refería al viejo pálido que roncaba sobre su silla.
     —Sí, yo también me di cuenta de su tristeza. Parece enfermo, pero los muertos no se enferman, ¿no?
     —Sólo hay una enfermedad que afecta a los muertos. Aunque no se trata de una enfermedad, estrictamente.
     Don Martín Luna dio un grito inesperado, horrorizado. De un salto se puso en pie, se encaminó a la puerta lo más rápido que pudo y se golpeó violentamente contra ella, como si no la hubiera visto. Cayó hecho polvo.
     —Eso, mi querido amigo —dijo Manuel—, es la muerte del muerto.
     Dominga sacó un recogedor y una escoba, barrió desinteresada el polvo blanco, lo depositó en un cesto de palma que había junto a la puerta y siguió bailando con Noé, su amante. Más tarde, Alfonso se enteraría que Dominga y Noé habían muerto en un accidente de coches, al escapar de la cólera de un marido celoso.
     —¿La... muerte...?
     —Para allá vamos todos. Es lo que nos ocurre cuando ya nadie se acuerda de uno. Yo he durado bastante porque mis poemas me cuidan. Todavía algunos jóvenes nuevos se los leen a sus novias.
     —¿Qué hay más allá de la muerte del muerto? —preguntó Alfonso, con las cuencas vacías dirigidas hacia un punto incierto del horizonte, más allá de Manuel y de la vida y la muerte.
     —¡Quién sabe! —dijo Manuel, dando otro trago para quitarse el sabor amargo de la tráquea.
     Alfonso miró su jarro vacío, hizo un gesto a Nájera y Manuel, y sacó a bailar a Hortensia.


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Jorge Jaramillo Villarruel. Colaboró en Bolivia tres punto cero con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. Finalista en Rodeo de Palabras (Expreso de Sonora); 2° lugar en el XIV Concurso Internacional de “Cuento Navideño”, Súbito, Breve y Electrónico (Ficticia). Participó en: The best of Spanish Steampunk (Nevsky); Antología mexicana del zombie, Lovecraft: un tributo mexicano (El Under Ediciones); Alebrije de palabras (BUAP). En 2014 publicó su novela Los elefantes son contagiosos (BUAP).

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EMBRIONARIO Ejercicio del instante | Magdalena Escareño


ABSTRACTO EJE

Ejercicio del instante: pensar en la dimensión de mover la idea, la que se gesta en el subconsciente. La que entra como filtro desde la memoria colectiva, para internarse en cada ser y cohabitar el mismo espacio al mismo tiempo. El uno en el otro. El otro en el uno.


ALUSIÓN PRETÉRITA

Lo que fue está enraizado en presente: si en costra o en pus, si en cicatriz o herida… depende si en dependencia o independencia crece, cae. Si se hizo el corte en estación permitida; si se dejó pudrirse en fondo ciego de la ignorancia. Cada quien guarde su carga merecida.

ATURDIDO SILENCIO

Si en el telar de las neuronas, se clavan como espinas las ideas no masticadas por los labios, qué torre de silencio se construye adentro. Truenos invadiendo los caminos en los sueños. Pesadillas que nos internan hacia el abismo. Y el cuerpo flojo, y el deseo tullido en un espasmo.


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María Magdalena Escareño Torres. (México, D.F. en 1956) Vive en Colima, Colima. Teatro Independiente Hiperestesia. Entre sus libros: Espejismos y lamentaciones, poesía emergente (2001), reimpresión en 2006; Hacia la profundidad de mi ojo, poesía intimista (2002), Diez años tras la palabra dramática, dramaturgia (2006), editados por NERFE Ediciones (Colima); Al filo de lienzo o fábulas de ayer, poesía para dos (2007) y Delirios en la sombra, narrativa breve (2007), editados por Acento editores (Guadalajara).

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ACERCAMIENTOS Hacia una definición de poesía visual | Mónica González Velázquez

La poesía visual es sin duda, un género desconocido por los lectores de poesía en general y sin embargo, el que todos habrán visto y leído, aún sin ser conscientes de ello. “Se mira”, esa sería su particularidad y como su nombre lo menciona, es la visualización de la palabra, usando el potencial de la gráfica, el color, las texturas y la tipografía.

Más allá de las palabras, más allá de la imagen, la poesía visual entrelaza los códigos de ambas expresiones en un “comunicado gráfico”. Una de las disciplinas que ha absorbido las técnicas y tácticas de la poesía experimental, es el diseño gráfico. Pero la poesía visual como tal, sigue siendo un género casi en el olvido de los circuitos plásticos y literarios que han entrado en la gran feria del mercado del arte actual, a pesar de que ha estado presente desde las vanguardias, hasta nuestros días en la obra plástica y literaria. 

Hacía una prehistoria del género


Si nos remitimos a una prehistoria del género, la poesía visual data de la representación gráfica de la naturaleza en las pinturas rupestres o representación icónica de los objetos o fenómenos. Un ejemplo, lo encontramos en el valle de México, donde los Tlacuilos o primeros diseñadores gráficos, plasmaban en bellos códices la realidad a través de un sistema de gráficos. Y en la historia del arte moderno mencionemos a Marcel Duchamp (Francia), Rafael Alberti y Joan Brosa, en el caso de Madrid y Barcelona, respectivamente.

Pero la poesía visual, no sólo puede comprenderse como un lenguaje de signos, también es una representación de un pictograma que expresa sonidos o fonemas de una lengua. Todo trabajo experimental retoma los fundamentos en el arte antiguo, por ejemplo, el caligrama moderno, refundido por Apollinaire, tiene sus lejanos precedentes en los technopaegnia del periodo alejandrino griego y los carmina figurata latinos.

Acercándonos a otra línea de elementos comunicativos poéticos, tenemos los poemas-objeto, la poesía tridimensional, heredera de los ready-made de Duchamp (“esto no es una pipa”), que descontextualiza el significado habitual de un objeto para transformarlo en un elemento poético con nueva entidad.
El ready made nace con Marcel Duchamp. © Vidas famosas 
Hay muchos artistas que experimentaron estas formas de codificación del mensaje a través del uso de gráficos: Bretón, Marinetti, Jean Cocteau y Apollinaire, éste último, en su etapa Dadaista. Son célebres, por otro lado, sus “ideogramas”, en que la tipografía servía para “dibujar” objetos con el texto mismo del poema, en un intento de aproximarse al cubismo y como expresión del afán vanguardista de romper las distinciones de géneros y artes. Esta técnica hoy en día es denominada bajo el nombre de “poesía visual”.

En el caso de México podemos mencionar a José Juan Tablada quién a la par de Guillaume Apollinaire escribió caligramas, y no podemos dejar de mencionar a Octavio Paz y dos grandes poemas que retoman su forma en “la poesía concreta” “Piedra de sol” donde la amplitud de la prosa y el uso de versos endecasílabos forman una estela de arquetipos renacentistas, barrocos y simbolistas. En “Piedra de sol” se manifiesta la vanguardia pero también se despliega el espiritismo decimonónico y la imantación mitológica clásica y no podemos dejar de mencionar el poema “Blanco” escrito con una estructura y métrica para provocar una experiencia visual y auditiva.
Octavio Paz. “Parábola del movimiento” a Julio y Aurora [Cortázar]: Topoema con referencia al  el capítulo 56 de Rayuela. © Los topoemas de Octavio Paz
Damos un salto desde los poemas objeto para hablar de la letra sonora, la poli poesía, donde la voz y los sonidos se hacen verso y la materia, el objeto desaparecen. Encontramos su máxima expresión en la obra del compositor estadounidense John Cage que en su estudio sobre el sonido sentenció: “el silencio no existe”. En 1949 Cage dictó una conferencia que se titulaba “Conferencia sobre nada”. Su contenido íntegro fue el siguiente: “No tengo nada que decir, y lo estoy diciendo ahora”.

Del silencio nace la palabra o el arte de hacer poesía concreta

Umberto Eco en su libro sobre el signo, enumera una extensa recopilación de definiciones: “Representación de un objeto concreto”. Y ya que mencionamos el término concreto, la poesía concreta es la vertiente más centrada en la palabra como signo, utilizándola desde el punto de vista formal y semántico. Eugen Gomringer (Bolivia/Suiza) apunta que el hilo que une este género, es la observación, la experimentación y sobre todo el cuestionamiento.


En 1953 Gomringer acuñó el término “poesía concreta”, en analogía con el concepto de “arte concreto”. En sus poemas juega con la materialidad de la escritura y la tipografía, le sigue la pintura abstracta de su tiempo (que él denominó constructiva). Gomringer, en su manifiesto Vom Vers Zur Konstellation (desde el verso a la constelación) empieza a considerar al objeto estético como un objeto funcional.
 "Constellations" de Eugen Gomringer © El arte latinoamericano de nuestro tiempo
La poesía concreta, connota un proceso de escritura distinta a la versificada. Esta depende de la sonoridad y potencial oral de ser recitada para sus fines estéticos. En cambio, un poema concreto ocupa el espacio dado por la página como herramienta expresiva. Jugando con la disposición del texto sobre la hoja, es posible introducir otros elementos significantes no lingüísticos en la obra.

Frente a la ausencia de gramática oracional, el lector y el autor aceptan el espacio y la forma del lenguaje escrito como una gramática que abarca el poema entero. La razón por la que se denomina "concreta" es por oposición positiva al término "abstracta". Lo abstracto es aquello que se piensa extrayéndolo de su ser natural. Lo concreto no es otra cosa que lo que es, y un arte concreto se hace cargo de su material funcionalmente en vez de simbólicamente. Es decir, el poema concreto dispone todo lo necesario para la descripción de una idea en el texto: referencias, relaciones, jerarquías, construcciones y destrucciones. Por estos motivos la poesía concreta es altamente sintética: un mínimo de lenguaje expresando una idea puntual.

Diversas manifestaciones del arte y la literatura modernas, me llevan a dimensionar la poesía en diversas formas. En la actualidad, las nuevas tecnologías han aportado una nueva dimensión, mencionemos el arte-correo o mail-art; ahora también email-art; estaciones de fax de recepción de propuestas, laboratorios de experimentación de poesía sonora y demás mutaciones de la palabra escrita, que se generan y divulgan mediante convocatorias multitemáticas a través de las redes sociales.


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Mónica González Velázquez (Ciudad de México, 1973). Egresada de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM de la Licenciatura en Diseño Gráfico. A la par cursó el Diplomado de Creación Literaria en la Escuela de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Editora y poeta. Ha publicado los poemarios: Tríptico de desamor (Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte A.C., 2001), La luz y las sombras altas (Fósforo, 2006), Poesía reunida (miCielo ediciones, 2007), Las cosas últimas (Fridaura, 2008); Gran mal (miCielo ediciones, 2010) Glory box (miCielo ediciones, 2012), Las eternas rutas (Diablura editorial, 2013), El misterio de los mundos vulgares (Canapé ediciones, 2013) y la reedición de Glory box (El quirófano ediciones; Guayaquil, 2013).

Poemas suyos, también han sido incluidos en antologías de poesía en México, España, Nueva York y Argentina. Destaca La Palabra Transfigurada: 100 años de Poesía Visual Mexicana (Ediciones Del Lirio / CONACULTA 2014).

Becada por la Agencia Internacional de Cooperación Española para un proyecto de investigación literaria (2010), Mención honorífica en los certámenes anuales de poesía en Badajoz y Alicante (España, 2010). En el año de 2007, fundó miCielo ediciones proyecto literario independiente especializado en la publicación de poesía en formato de Libro-Objeto, o libro artesanal de colección con características no convencionales.

Como editora, destaca su participación en el XV Encuentro Internacional de Editores Independientes y Ediciones Alternativas (Punta Umbría, Huelva; España 2008), en Hispanic Heritage Month of York College (New York City; 2011, 2012) y en Printed Matter's LA ART BOOK FAIR. The Geffen Contemporary at MOCA (Los Ángeles, CA; 2014).

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POESÍA Maïakovski | Jesús Rito


Algún día quise escribirte una carta compañero Vladimir.
Sí, a ti,
quien le hablaba a los obreros desde la plaza roja
y nadie lo escuchaba.
Maïakovski era tu apellido, y nadie te escuchaba,
porque los obreros iban a las fábricas
y tú al café a deslizar la pluma.
A charlar con los colegas.
Y nadie te escuchaba, Vladimir,
o Maïakovski ¿cómo quieres que te diga?

"Yo mismo soy una fábrica.
Y si bien me faltan chimeneas,
esto quiere decir que más coraje me cuesta serlo"

Y nadie te escuchaba.

Porque los ductos estaba muy lejos y
los cables transportaban mensajes más importantes que los tuyos
y energía suficiente para iluminar las casas.
Cables, cables, cables...
Los obreros no te escuchaban, Vladimir,
O Maïakovski, ya no importa cómo te decían.

El tiempo ha pasado y sólo te conozco en versos,
compañero.
Las juventudes comunistas no te escuchaban,
y eso ahora vale puritita madre.

"Levanto el cráneo lleno de versos,
como una copa de vino en un brindis de sobremesa.
Pienso más y más a menudo:
sería mejor poner el fin
con la punta de una bala:
Hoy mismo,
por si acaso,
doy un concierto de despedida."

Y nadie te escuchaba, Vladimir,
Maïakovski, pendejo, valiente, fábrica sin chimenea.
O como quieran decirle al compañero.

Lilya Yúrievna Brik no te escuchaba.
O quizá sí, pero los obreros tenían hambre
y los ductos de gas eran más importantes para el futuro de tu gélido país.

Y nadie te escuchaba, compañero,
y nadie escuchó el estallido ese 14 de abril de 1930,
Vladimir, Maïakovsky, o cómo chingaos quieres que te diga.
Lo siento,
lo sentimos todos.
Y como dijiste en tus últimas palabras:
"El incidente está cerrado".

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Jesús Rito (México, 1980). Poeta y editor. Autor del poemario Recuerdos que no emigran, Pharus/Praxis, 2008. Ha participado en diferentes antologías: Las arenas del lenguaje, en doscientos años de poesía mexicana. T. XVI, selección de Jair Cortés y Berenice Huerta, 2010; Poemas para un poeta que dejó la poesía, Cuadernos de El Financiero, 2011 y Desde el fondo de la tierra, poetas jóvenes de Oaxaca, Praxis, 2012. Durante el 2010 participó en el VI Encuentro Iberoamericano de Poesía “Carlos Pellicer Cámara”; en el 2011 participó en los festivales “Epipiderme 20” y Poetry Slam en Lisboa, Portugal y durante el 2014 participó en la II Primavera Poética en Lima, Perú. Es creador y director del proyecto Editorial Pharus, el Maratón de Poesía de Oaxaca y el festival cultural Abasto de Letras, que se realiza en el mercado más importante de la ciudad de Oaxaca. Es miembro del movimiento Poscorrientista.

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